El castillo ambulante: Algo bueno que contar

 

El Castillo Ambulante:

Algo Bueno que Contar

 

© J.P. Bango

S

ophie regenta la sombrerería de su madre cuando tiene un encuentro casual con Howl, un joven hechicero al que siguen unos espectros de los que no tardan en deshacerse volando juntos por encima de una ciudad de aspecto decimonónico. La Bruja que lideraba a los fantasmas, espectadora directa de la huida, inicia su particular venganza visitando a la joven Sophie en su tienda y profiriéndola una cruel maldición que avieja su cara y su identidad, convirtiéndola en una anciana porfiada, vagamente quejumbrosa.

Lejos de recrearse en su infortunio, Sophie encuentra un raro estímulo en su recién descubierta anciandad, adquiriendo fuerza y coraje para afrontar su nueva situación (se dice: “por lo menos ahora me quedará bien el vestido”), invitándose a buscar su sanación, no podía ser de otro modo, en los brazos de Howl, el mago también dueño del castillo ambulante. Howl es un tipo arrogante y vanidoso, víctima de una contradicción existencial que lo emparenta con un cobarde en mitad de un contexto belicoso dominado por una guerra proterva (subplot no presente en el libro de Diana Wynne Jones y gran acierto de la adaptación), auténtica protagonista emocional de todo el relato.

Una vez que encuentra el Castillo con la ayuda de un espantapájaros vagabundo, la anciana Sophie entra a formar parte de su fauna, convirtiéndose en una criada de tomo lomo y centrando sus esfuerzos en ayudar al desequilibrado Howl, al mismo tiempo que comienza su amistad con Cálcifer, el espíritu del fuego, también protagonista de una maldición, y con el pequeño Marco, el niño aprendiz de hechicero que encuentra en Sophie la madre que siempre anheló tener.

El choque de caracteres opuestos y las pulsiones internas que las animan (como la recuperación del afecto perdido, el hallazgo de un objetivo vital, la resistencia contra la guerra perpetua), se constituyen a partir de ese momento en el motor que promueve y dinamiza el grueso argumental de una película que basa su eficacia en la complicidad desprendida de todos y cada uno de los personajes, de otro lado (y como se ha podido comprobar en el resto de su filmografía), la seña de identidad del cineasta y su principal baza exitosa (en absoluto fácil de conseguir como bien demuestra –o mejor dicho, no demuestra- Katushiro Otomo en Steamboy), incluso en una película como esta donde la espectacularidad y la belleza estética también (ob)tienen un papel formidable que queda, pues sí, sabiamente compensado con otros momentos más intimistas, incluso tiernos, donde la instruida caligrafía de Miyazaki brilla en todo su esplendor.

Los personajes, en fin, no tardan en hacerse dueños inequívocos de este Castillo Ambulante. Así, conoceremos a Howl, un mago joven, excéntrico, maniático y presumido... devorado por una maldición infame que intensifica los términos de su cobardía. Sophie, por el contrario, se rebela trabajadora y discreta, comprensiva y valiente... No teme tanto las consecuencias de su anatema sino encontrarle las vueltas a ese destino que siempre deseó merecer. El resto de los personajes arrastran el peso de otras tantas maldiciones (a excepción de Marco que, pese a todo, utiliza la coartada de una máscara para presentarse ante los demás) como también le sucede a Cálcifer, el motor del Castillo y aquel que soporta sobre sus hombros “flamélicos” -y en exclusiva- el peso hilarante de la película.

De nuevo, todos los personajes (e incluso aquéllos que no lo parecen: como el perro de la Reina o el espantapájaros solícito) se presentan colmados de complejidad, y como ocurre en el resto de la filmografía del director japonés, transformarán su carácter en función del desarrollo del argumento (quizá el ejemplo más significativo es el de La Bruja del Páramo: envejecida posteriormente por otra maldición que asocia su condición, otrora vitalista, a la de una anciana senil y vetusta). También lo hará el Castillo, el personaje más carismático de la película, repleto de gadgets y artificios sorprendentes como esa puerta mágica cuyo umbral va a parar a varias ubicaciones geográficas diferentes, incluso a otras dimensiones (la propia infancia de Howl o al epicentro infernal de la contienda...)

Luego está la Guerra, protagonista residual de alguna de las mejores cintas de Miyazaki y, por extensión, también de este Castillo Ambulante, Hauru no Ugoku Shiro, 2004, al que aporta una dicotomía suculenta que oscila entre la estética, representada en la belleza pictográfica de las batallas aéreas, y la ética, personificada en las dudas que asolan al propio Howl, alguna de cuyas reflexiones hacen emparentar esta cinta de Miyazaki con el género antibélico, gracias a un contexto afortunadamente indefinido donde lo que menos importa son los bandos en contienda y sí los desastres y atrocidades que la propia Guerra deja tras de sí.


El derroche creativo presente en El Castillo Ambulante, en fin, se resuelve inabarcable, no ya de un solo vistazo, sino en posteriores visionados de una historia que se mueve en torno a varios niveles de entretenimiento en función de la edad e intereses del espectador. En este sentido, El Castillo Ambulante obtiene la misma eficacia en el apartado grandilocuente (con esos vuelos majestuosos, con esos acorazados directamente salidos de un manual steam) como en el detallista (donde los objetos y las prendas de vestir adquieren un papel, eminentemente, protagonista), creando una sinergia evocadora, contenedora de momentos plenamente deslumbrantes (que quizá formen parte de lo mejor de la filmografía de Miyazaki) y de otros tantos menos dichosos (pero que no dejan de ser sobresalientes) que compensan la abrumadora sensación de estar contemplando otra obra maestra.


Impresión que se difumina, sin embargo, en una rápida y previsible resolución (nada que ver con Mononoke Hime, pues) que no deja ningún cabo suelto y en la cual todos los personajes se deshacen de sus máscaras (de nuevo, a excepción del pequeño Marco y quizá, por eso –por no haber alcanzado la edad adulta-, el personaje que goza de mayor indefinición) encontrando un resquicio para un discutible pero necesario (a estas alturas de la función) final feliz.

Es fácil regalar epítetos, ya veis, a una propuesta tan sugerente y acertada como ésta, financiada con el talento de uno de los cineastas, ya podemos decirlo, más importantes de la contemporaneidad.

Lo más destacado: que Miyazaki siga sabiendo encontrar, en ese universo delicioso que tan bien representa y dibuja, lúcidas e imaginativas historias que contar.

Lo menos destacado: que todas las derivaciones (explícitas y sucintas) de su argumento se confundan con una falta de profundidad global.


Epílogo:

Y aquí se acaba de momento esta historia plagada de hombres convertidos en cerdos y de padres ausentes, de aviones que podrían no serlo y de adolescentes valerosas, de ecologismo y trascendentalidad, de gente honesta y de paisajes bellos, de cielos abrumadores y de castillos suculentos, de Cine en formato animado capaz de traspasar la frontera última del regocijo, y de la personalidad incontestable que se atreve a firmar semejante catálogo de grandes obras.

Lo mejor de todo esto es que sigue en activo. Y que ya queda menos para que se estrene su siguiente película. Ese día, naturalmente, espero teneros a mi lado en el Cine.

© J.P.Bango, 2007

© Fotos, de sus respectivos propietarios.

“Hayao Miyazaki: Viento Fresco Proveniente de Oriente”

02/09/2007 10:13 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: Este Mes... Miyazaki.

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