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La momia 3: la tumba del emperador dragón
Tiene La Momia 3. La tumba del emperador dragón, un cierto regusto a película ya vista, no ya porque imite las formas y la estructura de las entregas anteriores sino porque padece de un síndrome demasiado habitual en la Serie A hollywoodiense: el desprecio absoluto que profesa a la inteligencia del espectador medio.
No importa tanto su estereotipado macguffin o la nulidad con la que los actores occidentales despachan a los personajes que les ha tocado en suerte interpretar (desde María Bello -incapaz de hacer olvidar a Rachel Weisz- a Brendan Fraser –con cara de estómago necesitante- o Luke Ford –cuya falta de punch se hace patente cuando el argumento demanda de su parte algo más de carisma) o el indigesto exceso de CGI que ornamenta la mayoría de sus escenas o la gran cuota de secuencias de acción que no representan “acción” sino pirotecnia y artificio o lo ruidosa que resulta una banda sonora cuya única función es el subrayado cuando no hay en la película motivo alguno que subrayar; lo que más llama la atención es la extrema desidia con la que todo esto se muestra: desde su germen argumental (cuyos epítomes: amor-traición-venganza ya conocemos de sus precuelas) hasta su conclusión (convencional en su forma, carente de trascendencia en su fondo), sumándole entre medias un compendio de clichés (ya vistos, además, en otras películas: El señor de los Anillos, En busca del Arca Perdida, Indiana Jones y el Templo Maldito…) y frases improvisadas (“¿te gusta ella, verdad hijo?”; “la mía es más grande”; etc.), cuatro invitados de excepción (todos Yetis, en uno de los cameos más prescindibles de todo el cine moderno) y un final que carece tanto de emoción como de estilo.
Y eso, que estamos hablando de una película que ningunea los tiempos muertos, las reflexiones existenciales o el ritmo cadencioso; enemigos naturales de las grandes epopeyas de ascendencia palomitera. Y eso que tras sus créditos se oculta el propio Stephen Sommers (director de las dos cintas previas además de competente artesano al servicio del buen cine de aventuras para todos los públicos), que esta vez no dirige porque lo hace Rob Cohen, el artesano en el que todo productor piensa cuando en el título reina un dragón de por medio (Dragon. La leyenda de Bruce Lee; Dragonheart. Corazón de Dragón…); artífice, por su parte, de uno de los mayores bodrios de los últimos tiempos: Stealth. La amenaza invisible. Consideración de la que no puede desprenderse, ni sabría como hacerlo, este prescindible producto para todos los públicos. Una comedia que no hace gracia (nada nuevo en el horizonte), una aventura desposeída de riesgos e intriga; una cinta de fantasía donde los más aburridos son aquellos momentos en que la imaginación echa a volar; una película, en definitiva, cuyo presupuesto ni siquiera llega a justificarse en una batalla final donde lo que menos importa es su narratividad (mal endémico del cine contemporáneo), no así la confusión, el ruido y el odioso deux ex machina.
Todo junto conforma La Momia 3. La tumba del emperador Dragón: una de las peores películas del año.
Lo menos destacado: que no haya sabido extraer ningún jugo (y mucho menos comicidad) de las dos precuelas que la anteceden.
Lo más destacado: los títulos de crédito finales, antecedidos, por cierto, de una hilarante alusión referida a la cuarta entrega de Indiana Jones.
Calificación: 3
Wall-E: Amor por el Cine
Quizás sean los primeros cuarenta minutos de Wall-E un cenit del cine de animación de los últimos 20 años; desposeídos de palabras pero no de gestos ni de emociones (en términos parecidos -aunque no tan crípticos- a los descritos en el prólogo de Angel’s Eggs de Mamoru Oshii), algunas de las cuales traspasan la pantalla en formas adultas, consecuencia directa de un producto probablemente ininteligible para la mayoría de los niños, me atrevería a añadir que también para alguno de sus acompañantes, y que sin embargo tiene la rara virtud de contentar a todos desde el principio, así son de misteriosos los efluvios que su visionado transmite (próximos a E.T., sí), al menos en este magnífico (y osado) segmento introductorio.
Wall-E es aquello que promete en sus afiches promocionales: tanto una extraña fábula post-apocalíptica, de aires redentores y tono conciliador, como una deliciosa historia de amor-afecto entre un robot que es a su vez mezcla de otros muchos (todos astrosos: Número 5, Bender…) y otro, esta vez feminoide (en cuanto a su nombre), abandonado a una misión utópica ordenada por los humanos. Ambos se encuentran en una Tierra devastada que el primero se encarga de limpiar porque no sabe hacer otra cosa (su acrónimo se resuelve como Waste Allocation Load Lifter Earth-Class) a pesar de que ya no queda nadie a quien servir salvo esta visitante irascible, de nombre EVE (Extra-Terrestrial Vegetation Evaluator), una exploradora vehemente que se invita a buscar hasta el hartazgo, entre los restos de esta Tierra explotada, la clave que encienda la llama de un posible regreso de los humanos, por el momento exiliados a años luz de distancia en una estación espacial autosuficiente llamada Axioma.
La perfección técnica y su delicada caligrafía ayudan a construir a un personaje, Wall-E, desde cuya misma presentación ya proyecta altos niveles de empatía, cuestión prioritaria para garantizar el visionado de una película cuya complejidad conceptual se amplía a medida que vamos conociendo a EVE, ese robot de apariencia ovoide y antipático que al lado de Wall-E alcanza un nivel de comicidad impensable, sobretodo cuando hablamos de una figura cuya fisonomía apenas si se esboza (un tanto más en el debe, pues, de los animadores de la Pixar, del todo punto acostumbrados a este tipo de hazañas que no por habituales no deberían dejarse de vindicar). Con estos mimbres, la película no tarda en repletarse de momentos íntimos y entrañables, algunos de ellos infinitamente tiernos, complementados de otros momentos más viscerales y esperpénticos, especialmente aquellos protagonizados por este robot de apariencia noble y comportamiento ingenuo (¿o es al revés?) cuya personalidad entronca con la de El Vagabundo de las películas de Chaplin (exiliado, de repente, en mitad del Playtime de Jacques Tati). Como veis, las comparaciones en esta película siempre van en mayúsculas.
Aún embelesados por su delicada sensibilidad y buen gusto, no debemos olvidar, sin embargo, que la película es sobretodo una auténtica odisea de aventuras y de viajes aeroespaciales, de civilizaciones perdidas y de planetas olvidados en el tiempo, que oculta un entramado sumamente adulto, también dentro del campo de la ciencia ficción, y donde tienen a bien cruzarse epítomes de distintas áreas (la robótica, los viajes interestelares, la colonización interplanetaria, la supervivencia de las razas) y disciplinas (la Psicología como contenedor genérico de la alienación que sufren los protagonistas humanos; la Sociología, como valedora de una subtrama distópica), sin subrayados excesivos pero sin dejar espacio a la duda, constituyendo un corpus argumental gozosamente robusto; desde el punto de vista del espectador más exigente, posibilitando que lo que sucede en los márgenes sea tanto o más apasionante que lo que acontece en medio.
El carácter bienintencionado de la cinta (que termina de manifestarse de forma cándida en su colofón) no oculta, sin embargo, un trasfondo apocalíptico, especialmente caracterizado por su despiadada visión de la humanidad y los posos destructivos que generación tras generación la definen. En la Tierra, devastada, no queda más que un insecto y un robot stajanovista adicto a la limpieza y a coleccionar recuerdos. La Tierra no es sino una enorme montaña de mierda, y sus habitantes legítimos, entregados en el espacio a actividades hedonistas por cuenta y sustento de unos criados autómatas, viven despreocupados en mitad del universo esperando que el azar los vuelva a reubicar donde deberían.
Repleto de homenajes ultracinéfilos (2001, Naves Misteriosas, Alien, Inteligencia Artificial), algunos de ellos descacharrantes (definida por un total: “este es un gran paso para la humanidad”), el resto terriblemente emotivos (Hello Dolly), Wall-E no es sólo una de las mejores películas de la Pixar sino la que más acertadamente traslada el espíritu de alguno de sus cortometrajes más notables (por ejemplo, Presto), no en vano, la piedra angular de una productora sustentada por el talento de unos cuantos animadores y que ha encontrado en Andrew Stanton (como antes lo hizo en Brad Bird y en John Lasseter), en su doble faceta de director-escritor, el complemento ideal que necesitaba para concentrar todas las virtudes de la casa en una única obra.
Si la perfección pudiera ponderarse se aproximaría a los cánones conceptuales contenidos en esta película, Wall-E, una experiencia deliciosa, ya lo digo, recomendable para todos los paladares y gustos. La cinta de animación del año… en espera del estreno de Ponyo on a clift by the sea del siempre sobresaliente Hayao Miyazaki.
Lo más destacado: su infinita fluidez y altura cinematográfica.
Lo menos destacado: que su segundo tramo se resienta de un comienzo tan apabullante.
Calificación: 9
Doomsday: afortunado refrito de acción, aventura y otras especias apocalípticas
De nuevo un virus cuyo patrón de crecimiento no fabrica zombies pero sí muros capaces de arrinconar Escocia para los restos. Es Doomsday, un refrito de acción, aventura y otras especias apocalípticas, en realidad, una nueva muestra de cine terror de ascendencia británica: pirotécnica y ruidosa actualización de uno de los (sub)géneros más imitados en los últimos tiempos.

Mezcla de un sinfín de películas contemporáneas (28 semanas después, Ultraviolet o La Tierra de los Muertos Vivientes) que se funde con otros homenajes, más explícitos si cabe, a 1977: Rescate en Nueva York (la protagonista lleva un parche en el ojo; uno de los protagonistas se llama Carpenter; el grupo se introduce en una región-prisión) o Mad Max II (parafernalia punk incluida), Doomsday no es sino un revoltijo cinéfago de ascendencia ochentera convertido en un divertimento de aires autodestructivos que tiene en su ritmo y en su osadía argumental dos de sus características más destacables. La tercera es la dirección (siempre afortunada) de Neil Marshall, autor de un par de cintas magníficas (The Descent, Dog Soldiers) cuya esencia podía hacernos pensar que, tal vez, podríamos estar delante de un autor más que reivindicable, exagerando: que podría convertirse en la versión europea de David Twohy. Así de ambicioso era mi vaticinio.
Pues bien. No ha cambiado mi percepción pero sí los matices que la definen. Doomsday puede parecer, a priori, un paso atrás en la filmografía de Marshall: carente de originalidad en su punto de partida, repleta de arquetipos de una sola pieza (desde la heroína indestructible hasta el antagonista empeñado en parecerlo), de diálogos crípticos y de secuencias de acción poco novedosas... Sin embargo, el cineasta de Newcastle sabe sortear las debilidades del argumento apostando por la irreverencia, sobretodo a partir de su segundo tramo, allí donde aparece su vis más delirante (que no cómica) y surrealista (con duelos de caballeros medievales incluidos). Desde este momento, la película abandona su pose previsible adquiriendo tintes grotescos, algunos de ellos sorprendentes, incluyendo una escena donde uno de los protagonistas acaba devorado por sus adversarios tras haberle pasado por un caldero hirviendo…
Como el cuerpo de este tipo, que acaba troceado y servido a pedazos a un público expectante, hambriento de hemoglobina y violencia, la película de Neil Marshall se divide de fragmentos oscilantes de diferentes géneros (incluyendo el western) y texturas (la mayoría de ellas tan oscuras como su argumento), también poseedores de otros tantos niveles de intensidad (no del todo compensados entre sí), servidos en plato grueso a un espectador que debiera epatarse por la que es su principal característica: su desorbitado gusto por el exceso.
Deudora de Carpenter (especialmente, en relación al retrato de aquellos que ostentan el poder) y de un Cine cuyas servidumbres emocionales sus seguidores se niegan a olvidar, Doomsday se constituye en una película menor pero cimbreante, más cerca de Dog Soldiers que de The Descent, una muestra más, en todo caso, del talento de uno de los autores-renovadores del género fantaterrorífico en su versión menos previsible; una parcela (sub)genérica demasiado acostumbrada a la autocomplacencia; cualidad de la que no se desliga, ni quiere, este interesante refrito de Neil Marshall, por cierto, un film no apto para todos los gustos y públicos.
Avisados quedáis.
Lo menos destacado: la eterna sensación de déjà vù.
Lo más destacado: que su mixtura conceptual no desluzca, ni de lejos, su visionado.
Calificación: 7
Mind game; Calvaire; Las Ruinas
Mind Game: Extraordinario anime obra de Masaaki Yuasa, no solo es el mejor producto salido de la factoría Studio 4º C hasta el momento sino la auténtica revelación de la que ya muchos hablaban; corriente a la que me sumo con pleno entusiasmo todavía epatado (la revisioné anoche) como sigo ante semejante despliegue imaginativo: un pleonasmo visual repleto de imágenes suculentas que aderezan una historia tremendamente poderosa (a la par que surrealista) y visceral (una extraña mezcla entre el Cine de Capra, Tarantino y Walt Disney), una de las cumbres del cine de animación de los últimos tiempos (y una de la que más funcionalmente engarza las numerosas técnicas de animación que la definen). Un joven dibujante, apocado y con escasa vocación para la iniciativa, se ve metido en una pelea de bar donde un futbolista con apariencia de matón amenaza a su amor platónico. El resto es un deleite para todo sentido y conciencia.

Calvaire (Calvario): Extraño cuento de terror obra de Fabrice Du Welz acerca de un cantante perdido en mitad del bosque que acaba con sus huesos en un apartado motel, sin cobertura en el móvil ni batería en su furgoneta. En realidad, Calvario no es sino una fábula moral (al estilo Wicker Man) definida por un peculiar universo y por un personajes pasados de vueltas. Pero lo más interesante de la película ocurre en su trasfondo: la aparición de este pobre hombre en una comunidad pastoral desposeía de mujeres y cordura (a la que llega tras haber huído de una residencia de ancianas acosadoras) provoca una catársis insostenible que acaba con su particular calvario (crucifixión incluida). Poseedora de una soluciones visuales (la secuencia de la pelea) y conceptuales sumamente interesantes (esa huida inacabable por la ciénaga), no puede dejar de destacar el marciano baile de la cantina.

Las Ruinas: apasionante subproducto de serie B, una de las cintas de terror más recomendables del año, también ha sido una de las más ignoradas por la crítica. Historia de terror brutal, a plena luz del día, donde un grupo de estadounidenses perdidos en mitad de la selva mexicana se topan con lor restos de una pirámide precolombina embebida de plantas trepadoras y malos augurios. A pesar de su apariencia rutinaria, de algún que otro defecto de guión y de un prólogo que ya hemos visto demasiadas veces en los últimos tiempos (Borderland, Turistas, Wolf creek) no tardamos en darnos cuenta, sin embargo, de que estamos en presencia de un producto de lo más estimulante, cómplice de este terror (hacia uno mismo) que ya hemos visto en The Mist y que abre una nueva vía dentro del cine de terror contemporáneo al margen de la previsibilidad, los fantasmas orientales o las sorpresas de última hora. Sorprendentemente interesante.

Criticando II
Hete aquí una nueva entrega de disparos al pie, está vez con la película El Incidente como excusa conceptual en el que quizá sea uno de mis textos más autodestructivos, y que pueden disfrutar en su completitud en El Zoom Erótico.
a) Este déficit interpretativo provoca que algunas secuencias bordeen el límite de lo soportable; especialmente cuando se juntan los dos actores principales, del todo punto desconcertados no ya como personajes que huyen en la inmensidad del caos buscando un lugar donde cobijarse y sobrevivir, sino porque son incapaces de proyectar sentimiento alguno distinto a la repulsa de aquel que pagó siete euros y ahora se encuentra con esto. Y es que jamás se ha visto en el cine un abrazo tan desposeído de afecto como aquél que se brindan los protagonistas cuando creen que van a sucumbir, es decir, al borde mismo del abismo, y se invitan a amarse para siempre y hasta donde lleguen. Ni una conclusión tan deliberadamente explicativa, que traiciona no ya el espíritu de toda la película (que, al fin y al cabo basaba su argumento en la irracionalidad de su punto de partida) sino su propio sentido, ¿o es que acaso no hablábamos de la Existencia?
b) Shyamalan reformula los principios estructurales clásicos. Por un lado, desprecia la presentación de los personajes iniciando su historia por el acontecimiento, que en segundo término, llamará la atención de los protagonistas. Después, desarrolla la historia mientras sumerge a los personajes en una huida hacia ninguna parte al tiempo que tratan de encontrarse a si mismos y comprenderse; y por último, cuando la conclusión se adviene en el horizonte, encierra a los protagonistas en una casa feérica (directamente salida de El Bosque), ocupada por una anciana misteriosa que bien podía ser una hechicera... o la anfitriona que en ese momento necesitan para encontrar las respuestas que buscan, no ya como supervivientes de un cataclismo universal, sino como víctimas de un terror aún más absoluto: el sufrimiento al margen de aquellos a los que amas.

La Niebla (The Mist de Frank Darabont , 2007)
La afable presentación de la familia protagonista de La Niebla se ve, rápidamente, saboteada por la irrupción violenta de un árbol que atraviesa la ventana del estudio (1) donde trabaja el padre; este hecho no será sino el primero de otros que van a anticipar un gran temporal que, entre otras cosas, dejará a toda la población sin luz y teléfono. Con la presencia, también (2) aquí feérica, de una neblina densa y misteriosa en el horizonte, el padre y el hijo se dirigen hacia la ciudad a comprar provisiones, quedándose atrapados en el supermercado cuando algunos viandantes advierten la naturaleza siniestra que se oculta tras la bruma.

Decía John Carpenter(3) que solo había dos maneras de hacer cine de terror: la que presenta a una persona o varias enfrentadas a un peligro exterior (ya sean muertos vivientes, vampiros, fantasmas o matones sin escrúpulos) y la que presenta a una persona enfrentada a una amenaza aún más aterradora; la que surge de su propio interior: el miedo que emana del corazón. Carpenter reconocía con humildad haber dedicado toda su carrera a realizar películas de terror de acuerdo a la primera de las premisas, aduciendo, en esencia, la dificultad que estribaba la realización de la segunda, al menos con resultados óptimos.
Frank Darabont no se amedrenta ante la dificultad y acoge y funde ambas ideas en una película, La niebla (The Mist), basada en uno de los relatos menos difundidos de Stephen King, trazando un nuevo camino en el cine de terror contemporáneo, y saliendo más que airoso del envite.
La mención a John Carpenter ya veremos que no es casual, y es que son varias de sus películas(4) las referenciadas a lo largo y ancho de un entramado aderezado de ese aroma lovecraftiano, también subplot contextual de muchas otras de las películas del cineasta de Carthage, por ejemplo, y ya que hablamos de mundos paralelos en ebullición, En la boca del miedo. No es de extrañar, pues, que The Mist se presente, prontamente, como una obra alejada de las constantes características del cine de terror contemporáneo —tradicionalmente preocupadas en preservar la unidad familiar y la validez de los cánones morales establecidos(5)—, que apuesta por reformular el género atendiendo a postulados tan clásicos como el temor irracional hacia aquello que (literalmente) se oculta al otro lado de la puerta, dejando de lado a los fantasmas torturados o a los giros inverosímiles o los calvarios macabros que actualmente copan los entramados de las películas de miedo. Aquí solo hay pavor en estado puro: aquel que sienten los personajes hacia la incertidumbre que rodea sus vidas.
Su germen argumental, cuya esencia se adscribe en el subgénero de “personas sitiadas por una amenaza de origen dudoso”(6), se ve enriquecido por el dramático retrato de unos personajes cuyos caracteres ocultos afloran, cada vez más desaforados, como consecuencia del encierro y sus circunstancias, siendo especialmente significativo el desarrollo que experimenta el personaje interpretado por Marcia Gay Harden (Mrs. Carmody), al principio objeto de burla por su condición de mujer desequilibrada pero inofensiva (algo así como “la loca del pueblo”), pero que, a medida que se van desarrollando los acontecimientos, se va convirtiendo en una especie de mística poseída por un exacerbado extremismo religioso que hace de si misma y de las palabras sediciosas que pronuncia, las auténticas amenazas de la cinta(7); unas amenazas que esta vez no se sitúan en el exterior del recinto como su estructura argumental podría sugerir, sino en el interior/cerebelo de cada uno de los sitiados a medida que transcurren las horas, los días y las disyuntivas.
El final, no exento de ironía, nos confirma que el bueno de Darabont aún los tiene bien puestos a pesar de las prerrogativas comerciales exigibles a un producto de esta naturaleza, pero también que sigue siendo el cineasta que mejor comprende a Stephen King y a su universo (que me perdone William Goldman); también el único capaz de mejorar el material de base con sus adaptaciones, cualidad solo achacable a unos pocos directores (léase Alfred Hitchcock, Steven Spielberg) y que puede sorprender viniendo de un tipo forjado en las marismas de la serie B.
The Mist es, en definitiva, un producto de terror a la antigua usanza, que mantiene inalterado el punto de vista de la narración casi en todo momento (en términos similares a los de The Host), desposeído de pretensiones pero no de talento, que bebe tanto de los universos de Stephen King (8) como de H.P. Lovecraft(9), que conoce sus limitaciones y los espectadores a los que se dirige, y que no renuncia a regalarnos dos horas de auténtica tensión (pura y dura) a cambio del precio de una entrada de cine. Una utopía en estos tiempos, ya lo digo.
Lo más destacado: El pulso narrativo de Darabont.
Lo menos destacado: que algunos personajes que desaparecen –literalmente— en mitad de la proyección, no queden perfilados dramáticamente.
Calificación: 8,5
(1) Un estudio ornamentado con sendos posters de La Cosa y el Laberinto del Fauno. Insistimos, de nuevo, en la filiación lovecraftiana de ambas películas, así como en la idea del árbol que derriba la ventana como referencia ineludible de otro film emparentado, tangencialmente, al universo del escritor de Providence: Poltergeist.
(2) La niebla, elemento feérico por definición, sirve de elemento narrativo de naturaleza inquietante (incluso amenazante) en películas como La Niebla de John Carpenter, El pueblo de los malditos, King Kong, Drácula, El Increíble hombre menguante…
(3) http://www.fotogramas.orange.es/fotogramas/ENTREVISTAS/64@ENTREVISTAS@0.htm
(4) Asalto a la Comisaría del distrito 13 a La Niebla, pasando por La Cosa o El Príncipe de las Tinieblas.
(5) A pesar de que la estampa bucólica que acompaña los títulos de crédito nos haga pensar justamente lo contrario.
(6) La Hora Fría, La Noche de los Muertos Vivientes, Ghost of Mars… serían representantes de dicho apéndice subgenérico, uno de los más gozosos del cine fantástico, como muchas otras de sus constantes, directamente heredado del Western.
Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal. El mito se brinda un homenaje
Indy envejece, como nosotros. También lo hace Harrison Ford a pesar de los esfuerzos del Bótox, o Karen Allen, tan vivaz y divertida como en En busca del Arca Perdida pero con la mirada puesta en el crepúsculo en los planos desenfocados, quizá rememorando tiempos mejores, por ejemplo su magnífica composición en Starman, la cinta más incomprendida de John Carpenter y que acabó por condenarla al olvido. El que no envejece nunca es Spielberg para júbilo de todos nosotros, y para júbilo de la cuenta corriente de sus productores, cómplices subsidiarios de un modo de entender el espectáculo cinematográfico que aún no tiene seguidores, aunque sí imitadores incapaces de comprender la esencia misma de una historia como ésta. Que es la misma que define nuestros recuerdos, por cierto. Es como si nosotros, espectadores adictos a la melancolía, volviéramos a ser lo que éramos gracias al Cine. En particular, a esta película cuyos primeros compases (melódicos y modélicos) nos introducen, a golpe de látigo e impostura, en nuestros años de preescolar, y un poco más allá, en aquella edad maldita en que solamente los héroes de las películas conseguían salir airosos de los reveses existenciales que brindaba la vida.
En fin, no debemos considerar esta cuarta parte como bastarda por estar pasada de años o de efectos especiales, o por haber despedido al bueno de Frank Darabont que, a buen seguro, habría concebido una historia mucho más lustrosa que esta colección de clichés y arquetipos, de lugares comunes de un género que la trilogía antigua había glorificado ya, y para siempre. Debemos considerarla, eso sí, un acto de nostalgia, presto y dispuesto para una comunidad de seguidores entusiastas que, por un día, necesitan volver a sentir lo que una vez sintieron, por melancólico que sea su designio, y de otros, que ya habrán adivinado que sucedáneos insustanciales como La Momia o La Búsqueda, le deben todo al personaje creado por George Lucas, del mismo modo que éste le debía lo mismo a Flash Gordon o a James Bond, o a los seriales que animaron su infancia.
En este marco, ya lo digo: más jamesbondiano que nunca, son los soviéticos y no los nazis (a pesar de los esfuerzos de Darabont en este sentido) quienes asumen el papel de malo. De hecho, los mejores momentos de la película los protagoniza el propio contexto en el que se ubica, llegando al paroxismo en esa huida (a lo Harold Lloyd) donde los agentes de la KGB se topan con una manifestación anticomunista. Y por supuesto, no debemos olvidar a Cate Blanchett, que se adueña de la función en su papel no de villana sino de antagonista, una parapsicóloga stalinista al mando de una investigación cuya naturaleza haría estremecer de placer al mismísimo Hellboy. No es la única referencia actual que encontramos en esta película (Stargate, La momia 2, Expediente X: la película), pero sí la que más nos sorprende, más y cuando el propio Spielberg ya se había acercado al tema, con brillantez, en Taken (Abducidos).
Y es que lo que menos importa aquí es la historia (divertida, cimbreante, excesiva) sino la vuelta de un icono, con heridas pero íntegro, más acompañado que nunca a pesar de que sus mejores momentos (como la fabulosa huida del principio) los siga viviendo en solitario, embriagado por las canas y por las cicatrices, acaparando para sí los chistes sobre la edad que antes habían sido exclusivos de Sean Connery, con su sombra proyectándose sobre la pared, igual que antaño, si bien esta vez tras los focos no se oculta Douglas Slocombe sino Janusz Zaminski, que es igual de brillante pero más artificioso. Quizá sea éste el más estimulante de sus ganchos, pero no el único. Lo mejor es comprobar que lo de siempre (su ritmo, su comicidad, sus guiños cinéfilos) siguen funcionando con Ford y no lo harían con ningún otro, como bien demuestra su gag final.
Porque, en realidad, El reino de la Calavera de Cristal no es sino otra montaña rusa, repleta de chispa y aventura, que nos devuelve lo mejor del Cine de Spielberg, desposeído de anclajes melodramáticos y/o ajustes de cuentas particulares, que es capaz de concebir el espectáculo sin otra excusa distinta al divertimento, con la delectación como indiscutible elemento motivador, aunque esto suponga, como ocurría en El Templo Maldito, renunciar a la verosimilitud o a la lógica. Como en aquélla, ésta es su mejor baza. Lo peor es que la historia importa más a los personajes que a los espectadores y esto sorprende en una saga donde el argumento nunca importó lo más mínimo. También sorprende, y mucho, el protagonismo otorgado al personaje interpretado por John Hurt, de cariz absurdo y conducta insoportable, que salva al resto del grupo de vez en cuando con argucias deux ex machina y ofrece explicaciones irrisorias que nadie pide, ni necesita. Menos una historia como ésta, poseedora, claro que sí, de un final delirante, como no podía ser menos, tan carente de emoción como cargado de efectismos, una conclusión más que mejorable que, sin embargo, apenas si desluce las sensaciones, la mayoría de ellas satisfactorias, que dimana la última película de Steven Spielberg.
No dejéis que se os la cuenten.
Lo más destacado: los guiños referenciales.
Lo menos destacado: sin entrar a valorar la idoneidad de su macguffin: la total ausencia de emoción en el tramo final de la cinta.
Calificación: 7,5
Seconds (Plan diabólico, 1966)
Frankenheimer concibe una sociedad imperfecta e infeliz impostada en el epicentro mismo del american way life. Arthur es un empleado de banca taciturno a pesar de su éxito social, seguramente económico. La vida que esperaba no es la que tiene en un despacho donde destacan, expuestos en una repisa, los premios deportivos que ganara en su juventud. Su rostro aviejado y su orondo cuerpo, corrompido por el paso del tiempo y el conformismo, anhela una vida alternativa, idealizada, distinta. Pronto descubrirá que su deseo interno no es personal ni secreto: más aún, sabrá que otros detectaron antes esa necesidad (la regeneración) y la desarrollaron como otro negocio cualquiera.
La sociedad que presenta Frankenheimer se muestra, en este contexto, impiadosa, mercantilizando incluso los propios sueños. El hombre no es sino un peón subsumido en un Sistema que, por encima de todo, lo necesita como consumidor y como votante, y lo desprecia, en términos más que metafóricos, cuando ideológica e intelectualmente se asienta fuera de él. En este sentido, el hombre se sabe atrapado por una pesadilla kafkiana de la que resulta difícil desligarse sino es mediante la rebelión. Director y guionista no tardan en dejarnos claro que incluso la más de integrista de las revoluciones también forma parte del Sistema
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Despierto (Awake): operación prematura
Un joven multimillonario sin posibilidad alguna de dejar de serlo, exitoso empresario y ojito derecho de su posesiva madre, tiene que someterse a una operación en la que han de transplantarle el corazón para poder alargar su esperanza de vida. Pero antes debe tomar una decisión de gran trascendencia: contar a su progenitora que mantiene una relación amorosa con la secretaria de ésta. Cuando la crisis entre madre e hijo alcanza su punto más álgido aparece un corazón compatible en la lista de transplantes, y éste se encomienda a su mejor amigo para que realice la citada operación quirúrgica.

Un argumento de origen culebrenesco (más culebrenesco aún de lo que he reseñado arriba, que incluye la muerte de su padre vestido de papá Noel, como en los Gremlins) alcanza un cariz novedoso en el momento en que la operación se transforma en un auténtico calvario cuando el paciente comienza a ser consciente de todo lo que le está pasando cuando se supone que ya debería estar anestesiado. Este síndrome de percepción intraoperatoria (anesthesia awareness), un concepto no sabemos si médico o promocional en el que el paciente tiene la posibilidad de sentir (oh, pesadilla) todo y cuanto le sucede en el quirófano, no es sino el principal reclamo de la película. En realidad, es lo único que quedará en nuestro subconsciente una vez visionada una cinta que, en otro orden de términos, dura mucho más de lo que debiera, fundamentalmente, por la insistencia de su director, también guionista, en recordarnos lo bueno que es proponiendo trampas argumentales, repitiendo una y otra vez imágenes y secuencias ya vistas antes, incluso ralentizadas. Estos subrayados autocomplacientes no solo pretenden disimular la complejidad de su entramado (que no la tiene) sino alargar el carácter anecdótico de la historia hacia una duración, digamos, estándar que compense la engorrosa sensación de tener que pagar seis euros para ver un capítulo televisivo más de Masters of Horror. Ni siquiera esto consigue el bueno de Joby Harold, ya que incluso con las repeticiones mencionadas, apenas si su película llega a los ochenta minutos.
Sin embargo, no hay que pensar que estamos ante un producto desdeñable, ni mucho menos. Algunos de sus mejores momentos parecen sacados, directamente, de algún episodio de The Twilight Zone. Su argumento, repleto de retruécanos narrativos y otros giros (que, aunque son previsibles, no dejan de ser funcionales) de guión, alcanza un gozoso cenit en la secuencia en que, bisturí en mano, los cirujanos se disponen a trepanar el esternón de Hayden Christensen, a pesar de los intentos del propio paciente, todos subvocalizados (y a gritos, al estilo que Ray Milland inmortalizara en “The prematural buried” de Corman: una película, por cierto, que comparte no pocos puntos en común con el film aquí comentado, incluido el fundamento de su resolución) por tratar de despertarse del infierno en que se ha convertido su operación.
A partir de aquí, la película se transmuta en una intriga médica (una mezcla entre Coma y El fugitivo sin Robin Cook o Michael Crichton de por medio), repleta de personajes que ocultan sus verdaderas personalidades y de otros que mutarán su carácter hasta convertirse en lo contrario de lo que parecían. Joby Harold da rienda suelta al argumento, aplicando alguna solución narrativa interesante (como, por ejemplo, mostrar en segundo plano al propio Christensen en alguno de los muchos flashback que jalonan todo este segmento del film) y alguna flagrante incongruencia, perdonable en el desarrollo de una historia, que busca la complicidad del público (y hacerle participe de esta odisea) para ir después resolviendo, en su compañía, el puzzle planteado.
Despierto (Awake) es una obra, pues, no apta para hipocondríacos ni para susceptibles, ni para aquellos que todavía piensen que Hayden Christensen es incapaz de interpretar de manera convincente sin acudir a los tics que tan bien lo definen. Pero es suficiente, en este trillado subgénero hollywoodiense, el thriller cuasi-sobrenatural, tantas veces saboteado por la intromisión de sus productores, y por la querencia del propio espectador a recibir historias especialmente masticadas.
Lo más destacado: su absoluta falta de pretensiones.
Lo menos destacado: que su argumento ya lo hemos visto antes aunque con otras texturas y formas.
Calificación: 6
Pozos de Ambición: los cimientos de una nación
Que Kubrick buscaba sustituto ya lo intuyó Spielberg cuando acogió buena parte de sus ideas, bocetos y conversaciones recientes para trasladar a la pantalla grande la última de las ensoñaciones del cineasta neoyorquino, AI. Si bien Spielberg no consiguió sino parecerse a sí mismo en aquella monumental incursión en el mundo robótico de Brian Aldiss, muchos estuvimos de acuerdo que ninguno otro distinto a Spielberg osaría acercarse a la comparación kubrickiana. Algunos, sin embargo, nos advirtieron que el verdadero heredero de Stanley Kubrick no lucía de gafas ni gorra de béisbol ni propugnaba baladas judías al compás de la música de John Williams, sino que se llamaba Paul Thomas Anderson y hacía películas personalísimas, no todas con Philip Seymour Hoffmann de protagonista, sí todas con un estilo depurado y complaciente, creando una perfecta simbiosis entre la música, la fotografía y la dirección de actores, que le ayudaba a definir un estilo que el bueno de Tom Cruise se atrevió a apadrinar en esa película suya llamada Magnolia.
Magnolia fue, en efecto, una película imperfecta por cuenta, seguramente, de su despliegue verborreíco, apenas matizado por un trabajo de cámara notable, más aún: por el absoluto control que repliega el cineasta sobre cualquiera de los elementos que definen a su producción. Le faltaba a Magnolia lo mismo que a Boggie Nights: contención y mesura; eso que sí tuvo PTA en Punch Drunk Love (Embriagado de amor), la que quizá aún sea su obra más personal y redonda, junto a la que es su película más minusvalorada (y más reivindicable, por tanto), Sydney, la cinta que sentó las bases de ese talento imparable cuyas raíces ahora vuelca, con enjundia y boato, en su última producción hollywoodiense, de título exageradamente literario tanto en su traducción castellana, Pozos de ambición, como en su versión original (después sabremos por qué).

Nos encontramos, pues, en There will be blood con una película mefistofélica, de pretensiones preclaras (ese Oscar anhelado, ese reconocimiento artístico universalizado, esa sentido de la grandilocuencia visual, esas interpretaciones de ascendencia vehemente…) y larga duración, que quiere pertenecer a otra década y casi lo consigue, quizá porque se sabe más cerca de Scorsese que de Kubrick o Altman y, por encima de aquéllos, de Welles o de Nicholas Ray, a pesar de que su argumento nos remita en sus primeras secuencias no a Ciudadano Kane o Al este del Edén sino a Gigante, aquella otra película folletinesca de George Stevens articulada en torno a los peinados y poses de James Dean, y de cuyas resonancias mítico-bíblicas se apropia PTA en este descenso a los infiernos, absolutamente demencial e incontenido, que es There will be blood, contando con la connivencia de un Daniel Day-Lewis quien se sabe, como casi siempre, protagonista absoluto de la película. De ahí sus excesos; de ahí la apatía de los demás.
Los primeros minutos de There will be blood son sobresalientes, más que eso: uno tiene la impresión de estar en presencia de un producto de otro tiempo: apasionado, sin reglas, instintivo… Un crescendo musicado que acompaña a las imágenes de este empresario que todavía se niega a serlo, excavando su pozo en busca de plata, primero, y de petróleo, después, dejando sus huesos y cordura en el intento. Es un inicio desposeído de cualquier vínculo con la comercialidad y, por tanto, de diálogos o de explicaciones, que juega con el recuerdo de 2001: una Odisea en el Espacio y, por tanto, aspira a reclamar ese heredad que antes anunciaba. El resto no esta a su altura y, sin embargo, se mantiene, con sus altibajos y su duración exagerada, entre lo mejor que se ha podido ver este año en un Cine. Posee momentos dramáticos memorables, especialmente el estallido del pozo, sobre cuyos cimientos se asienta el punto de inflexión de esta película al tiempo que explicita las prioridades sentimentales de Daniel Plainview, como bien puede comprobar su propio hijo.

En este contexto, entienden PTA y Daniel Day-Lewis, no hay lugar para secundarios o para mujeres, y sí para un par de tipos sin escrúpulos: uno financiado por la Fe y por el poder que gracias a su desempeño puede llegar a ejercer sobre los demás; el otro imbuido por la recompensa de encontrar todo el dinero que le permita poder vivir el resto de su vida en soledad…; ambos, desde el principio, enfrentados en una espiral de odio cuyas connotaciones hacen públicas –a gritos- en el altar mismo de una Iglesia. Es un duelo de antagónicos entre los que en realidad no son sino la cara de una misma moneda definida por la avaricia y el arribismo, así como por la consecución de un deseo cuya naturaleza se resumiría en el sometimiento de aquéllos que osen hacerles frente.
La película termina enrocándose en rededor de la personalidad, cada vez más desordenada y pancista de Daniel Plainview; ya poco importa a PTA sus negocios o su fortuna, y sí mostrarnos las claves de la involución emocional que arrastra a este gran hombre de negocios hacia el abismo haciendo un paralelismo evidente entre el caudal que emerge de los pozos, cada vez más suculento y denso, y la sangre que va manchando las ropas de aquel que los perfora, de un origen cada vez más irracional.
Retrato desaforado de la ambición y de las malas artes que la financian, There will be blood se resiente, en fin, de su falta de mesura y su larga duración, y de la ausencia de algunos secundarios capaces de hacer frente al trabajo, sobresaliente a pesar de los pesares, de un Daniel Day-Lewis que logra lo que ninguno antes había conseguido: eclipsar en algún momento el trabajo de cámara de Paul Thomas Anderson.
Lo más destacado: Que Paul Thomas Anderson no haya rodado la obra maestra que todos esperábamos.
Lo menos destacado: que podía haberlo sido con algunos retoques en la sala de montaje.
Calificación: 9
Cloverfield (Monstruoso): la bestia aplastando el asfalto
1. No me gusta el título castellano. Es como si Lost, la monumental serie catódica concebida por J.J.Abrahms, se hubiera traducido como Misterioso. Y no lo digo porque falte a la realidad (como sí ocurría en Expiación. Más allá de la pasión) sino porque está vez lo tenían sumamente fácil: Cloverfield. Da igual lo que signifique: es decir, podrían no significar nada (un misterio más en la nómina de misterios de sus creadores) y seguiría siendo un nombre recurrente, fácil de recordar. Por eso y porque la película no va de monstruos. Si acaso va de pérdida o de búsqueda (excusa argumental también asociada a otro éxito reciente: El Orfanato de J.A. Bayona) o de supervivencia o de amor. Pero no de monstruos, a pesar del tamaño descomunal de aquel que provoca las destrucciones (y los mordiscos).

2. Se mezclan en Coverfield tres conceptos cinematográficos reunidos en torno a la definición de plano-subjetivo: a) el plano subjetivo en sentido estricto que expresa la mirada del personaje a través de su propio punto de vista: ya presente en El hombre y el Monstruo, La Dama del Lago, La senda tenebrosa, El hombre de los rayos X en los ojos, La noche de Halloween… b) El plano subjetivo canalizado a través de una herramienta que actúa de intermediaria entre la realidad y aquel que la capta, ya presente en El Fotógrafo del Pánico, Holocausto Caníbal, Proyecto Brainstorm, Días Extraños, El Proyecto de la Bruja de Blair, Doom o, últimamente, en Redacted o [REC]… y c) el cine-ojo, el kino-glaz, el cine como resultado de una revolución óptica, capaz de captar una imagen distinta a la captada por el ser humano y, por tanto, capaz de sintetizar una nueva realidad, alternativa y vanguardista, que trata de buscar la reacción del espectador a través del montaje.
3. Cloverfield es una mezcla entre El Monstruo de los Tiempos remotos, The Host y Rec, aditivada con sustratos de las Kaiju Eiga (la destrucción de la urbe como metáfora de otros temores atávicos: perdida de identidad, ataques terroristas, ausencia de valores colectivos…) y de La Guerra de los Mundos de Steven Spielberg (la destrucción queda siempre en segundo plano: los personajes son testigos y víctimas pero de ellos no depende la resolución del conflicto).
4. La cinta de Matt Reeves es fruto de su tiempo como también lo eran REC o Redacted. La era you-tube ofrece un nuevo vehículo comunicativo, no solo para promocionar una película hasta el hartazgo utilizando medios no convencionales, sino –incluso- para definirlas audiovisualmente. Los primeros planos de Cloverfield ya detentan sus limitaciones, para bien y para mal. El espectador debe atenerse a su propuesta o sufrir con sus resultados. Algo, por cierto, también extrapolable al Sweaney Todd de Tim Burton como bien pudieron comprobar los espectadores menos informados en su reciente estreno.
5. La utilización de actores desconocidos permite a los creativos disponer de recursos tan venenososos-para-la-taquilla como golosos-para-el-espectador-más-exigente. Es decir, detrás de cualquier esquina pueden morir aplastados alguno de los personajes principales. Esto eleva el nivel de suspense pero sobretodo revierte la tradicional inmunidad aplicable a los personajes protagonistas en el cine norteamericano. Algo se mueve al otro lado del atlántico: los roles y destinos de los protagonistas no deben depender del caché del actor que lo interprete sino de los intereses de la propia narración. Esto lo entendió perfectamente Alfonso Cuarón en Hijos de los Hombres.
6. Lo íntimo se enfrenta a lo espectacular. El protagonista aparta la vista cada vez que tiene el monstruo delante, especialmente cuando intenta comérselo (es decir, cuando intenta devorar a su cámara). Las fuerzas del gobierno apenas si aparecen y cuando lo hacen no son sino apéndices ornamentales en un argumento que no los concierne. En plena era you-tube el protagonista es aquel que tiene la cámara: el que hace y deshace. Y si la narración lo elige como protagonista pues ya podemos olvidarnos de las explicaciones. De repente, deja de importarnos el monstruo y sí, mucho, el destino amoroso-existencial de aquel que, habiéndolo perdido todo en los primeros ataques, arriesga todo lo que le queda (por ejemplo, su propia vida) para redimirse de un error del pasado.
7. Si Godzilla debe su origen a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, Cloverfield es consecuencia directa del 11-S, pero en ningún momento se criminaliza al bicho, antes al contrario: importan las consecuencias no las causas. De hecho en esta película no hay causa, solo sufrimiento y supervivencia. Y por extensión: no dan lo mismo sus metáforas.
8. Abrams es el nuevo gurú del medio cinematográfico y procede directamente del campo de la televisión. ¿Significa esto de que estamos en presencia de una nueva Generación de la Televisión similar a la de los años sesenta? (Ya saben la de Frankenheimer, Lumet y compañía…) Pues no. De hecho, esto supone una excepción: los grandes cineastas recurren a la televisión (y no al revés) porque es un medio que les permite la libertad creativa que demandan como autores. Pregúntenle a Brian Synger.
9. La secuencia. El monstruo acaba de derribar el puente de Brooklyn. Algunos de los supervivientes de ese mismo acontecimiento observan qué es lo que les está atacando; ven, entonces, al monstruo trepando de un edificio a otro, defecando parásitos depredadores contra los soldados, sembrando el caos en Manhattan. Lo vemos desde el punto de vista de los informativos en las televisiones de la tienda de electrodomésticos donde se refugian. La cámara subjetiva amplía su perspectiva. Esto pudiera parecer una traición de su punto de partida conceptual: pero no lo es, lo que vemos también proviene del objetivo de la cámara de video, no ya una extensión del ojo de su portador, sino esa realidad solo captable a través del soporte videográfico. A Vertov, definitivamente, también le gustaría esta película.
10 La cabeza de la Estatua de la Libertad rebotando sobre el asfalto es un icono del cine de ciencia ficción setentero que pertenece, "ahí me han dao", al Escape from New York de John Carpenter. No. No sale en la película, pero el cartel no miente. Por cierto, en esta película Plissken aterriza sobre una de las Twin Towers de Nueva York... Vale. Se acabaron las metáforas. Y las letras.
Lo más destacado: Que logren camuflar una producción tan compleja (a nivel técnico) como ésta en un producto (pretendidamente) realista y docudramático.
Lo menos destacado: La (lógica) confusión (también geográfica) que exudan alguna de sus secuencias.
Calificación: 7
No es país para viejos: el retorno de los Coen
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o. No es país para viejos… ni para sheriff pasados de vueltas, ni para perdedores incapaces de reconducir sus destinos ni para asesinos extrañamente ligados a una bombona de oxígeno ni, por supuesto, para cineastas comprometidos con el noble arte de la narración sin aspavientos. Sin embargo, de vez en cuando, surge al otro lado del atlántico una propuesta que transgrede las convenciones y los inconvenientes, postulando una revisión de alguno de sus apotegmas más universales, caso del western o del cine negro, dando como resultado una bilis creativa de singular calado y apariencia que no solo consiente la aprobación entusiasta de una comunidad de críticos adictos al dogma y al sectarismo, sino que además logra definirse como un producto cinematográfico incontestable. Un tipo de producto, ya vais viendo por donde voy, que dejó de ser protagonista en el curriculum de los Coen desde hace al menos un lustro, dejando a los hermanísimos perdidos —hasta ayer mismo— en perversiones iconoclastas y otras obras alimenticias, pero que sí hizo mella en el último gran narrador norteamericano del Siglo XX (ahora sabemos que también del Siglo XXI gracias a The Road), el septuagenario escritor Corman McCarthy, cuyas letras nos traen a la memoria conceptos y texturas más que próximos al western crepuscular de los años 80 (sí, también al cine de Walter Hill, otrora principal valedor de este estilo). Quiero decir que esta vez los Hermanos Coen pisaban suelo seguro...

El recuerdo de Fargo (en cuanto a intenciones formales), de Un Plan sencillo, (el dinero como primer síntoma de la fatalidad: atención a la secuencia de los jóvenes que ofrecen la camiseta a Chigurh), de Los Tres Entierros de Melquíades Estrada (Tommy Lee Jones desempolvando cadáveres) y de Sed de Mal (como epítome del noir fronterizo), se vertebran como vagas referencias cinéfilas que el espectador más ilustrado no sabe evitar, y cuya caligrafía y forma nos sirve para introducirnos en esta película con una cierta sensación de deja vu. Pronto veremos que éste es un prejuicio erróneo.
Los párrafos y diálogos de McCarthy crean una rara simbiosis, algunos dirán que “previsible” y yo “sinérgica”, entre su propio universo creativo y el pergeñado por los Coen, haciendo de la suma de ambos talentos una obra estimulante y retorcida, de desarrollo cadencioso e intenciones filosóficas, casi tanto como los diálogos que promulga el bueno de Tommy Lee Jones mientras ve pasar los recuerdos de toda una vida delante de una nariz, la suya, instruida por el conformismo, el cansancio y la decepción.
Los hermanos Coen renuncian en No es país para viejos a los requiebros formales y a los personajes histriónicos, entendiendo que la historia lo es, principalmente, gracias a su fluidez no a sus condimentos. Y quizá también por eso escamoteen de la narración algunas de sus soluciones más efectistas resolviendo, en forma de elipsis, todas las confrontaciones colectivas (no así los ataques, siempre brutales, del asesino Chigurh). Queda en la pantalla, sin que medien apenas un par de líneas de diálogo, las consecuencias de lo acontecido, las imparables secuelas de unas disputas protagonizadas por unos personajes subsumidos en una espiral de violencia, en un contexto hostil y polvoriento, al cual se van a adaptar como alimañas por un puro afán superviviente. Es una película, además, desposeída de clímax (no así de peaks), concibiendo su conclusión como su comienzo, es decir, dejando que los personajes prosigan sus vidas o sus muertes (o sus divagaciones existenciales), sin que ninguno de ellos encuentre otro consuelo que el saberse víctima de su propio destino. Ese destino con el que alegremente juega ese perro llamado Chigurh; un personaje, a todas luces, inolvidable, que se define como el gran acierto de la función.
Todo junto construye una obra de madurez incuestionable, de tintes apocalípticos y aires reflexivos, que le sirve a los Coen, en fin, para reconducir su carrera y sus intereses cinéfilos, llevarse algún Oscar, y regodearse de esa condición marciana que les permite, en este mundillo depredador y nada condescendiente, elegir tu próximo proyecto a conveniencia. Una suerte que podemos imitar eligiendo ver esta película en la Cartelera: No country for old men de Joel y Ethan Coen.
Lo más destacado: las interpretaciones de unos actores, todos ellos, cuyos registros y matices se disfrutan, plenamente, en su versión original.
Lo menos destacado: que algunas de las situaciones planteadas ya las hemos visto en alguna película anterior.
Calificación: 8,1
Soy leyenda… porque el cielo me ha hecho así
Expresa, con atinado verbo, Hernán G. Silvosa en su defensa del Cine como espectáculo de imprescindible disfrute en una pantalla grande, que “ir al cine es renunciar a las reglas de lo cotidiano y sumergirse en un trance onírico, dejarse llevar por la monstruosidad de una imagen gigante y maravillosamente incontrolable, siempre desquiciada y perversa”.

Como si quisiera demostrar con hechos el fundamento de este comentario, Francis Lawrence, autor de la despreciable Constantine, hace de los primeros minutos de Soy Leyenda (incluso en su prólogo cervatino), una experiencia espectacular y turbadora, donde el terror proviene de la vacuidad de los entornos y de la grandeza de los espacios, expresada de forma metafórica a través de una camada de rascacielos silentes, restos cómplices de un devenir que ha condenado a la humanidad para siempre dejando a cambio, y únicamente, el rescoldo humeante de una civilización —conoceremos la causa a través de flashbacks—, literalmente, deshecha a pedazos.
Haciendo protagonista a la expectación y al suspense, Lawrence logra en este segmento introductorio que comprendamos a Neville y a sus motivaciones, que suframos por su soledad y por el misterio que envuelve su existencia y, sobretodo, por aquello que amenaza su propia vida. Y es que el terror se atisba y huele en cada rincón, no necesariamente oscuro, y no porque al otro lado de la esquina puedan ocultarse los colmillos de una leona famélica, o un nido de sanguijuelas sedientas de sangre y carne, sino porque sus huesos se saben presos de una ciudad que lo mantiene atrapado en la incertidumbre, testigo y sufriente de una pregunta cuya respuesta, Robert Neville, no se atreve a resolver: ¿realmente es el último hombre vivo sobre la Tierra ?
“En aquellos días nublados, Robert Neville no sabía con certeza cuándo se pondría el sol, y a veces ellos ya ocupaban las calles antes de que él regresara. Durante toda su vida, la hora del crepúsculo estaba relacionada con el aspecto del cielo, y por lo general, prefería no alejarse demasiado”
Con la única compañía de su perro y de su reloj tintineante, Neville se adentra en la ciudad buscando despojos de esa civilización que ya no existe, tratando de proveerse de aquello que aún le pueda hacer falta, por ejemplo: especímenes que le ayuden a resolver la ecuación que ahora define su existencia: ¿podrá revertirse la enfermedad que ha convertido la humanidad en vampiros?
El interés de Soy Leyenda se desvanece cuando comprobamos que los vampiros no son sino raras formas travestidas de carnes infográficas, apresuradamente renderizadas para solaz disfrute del público adolescente, y que la intrahistoria mathesiana que definía a Neville (supervivencia, evolución) se han transmutado en epítomes adaptados a los nuevos tiempos (liturgia y religiosidad).
Francis Lawrence vuelve a tropezar, (¿y van…?), en una adaptación pero más aún lo hace un sistema de producción demasiado acostumbrado a invertir en estruendo y en aparatosidad en lugar de hacerlo en inventiva y talento, confundiendo la idea de espectáculo-disfrutable-en-pantalla-grande con ruido y explosiones a granel, que además se ven sazonadas de un extraño componente ideológico, de clara ascendencia shyamalanista, cuyos epítomes litúrgicos van a vertebrar un colofón donde la última esperanza de la humanidad la otorga los restos de una comunidad eclesiástica. La idea del mesianismo no es nada nueva en el cine de ciencia ficción contemporáneo, como bien pudimos disfrutar y sufrir en Matrix, pero resulta absolutamente fuera de lugar en una película, ésta, donde el carácter heroico del superviviente, su carácter contumaz y locuelo, viene pervertido por la influencia de dos ángeles custodios que no se sabe muy bien de dónde salen pero sí qué (dogmáticos) propósitos persiguen.
Soy leyenda es, en fin, mucho menos de lo que promete, no ya en sus taglines sino en su abrumadora primera media hora, sueños del protagonista incluidos. Pero es lo que tiene el cine de Hollywood, cuyos resultados se saben terriblemente influenciados por el gusto de aquellos que pagan las facturas; tanto que son capaces de convertir una gozosa metáfora sobre el futuro de la humanidad en una explotation mística de andar por casa.
Una lástima.
Lo más destacado: que a pesar de los pesares y los altibajos, su hora y media fluye con cierto [r/v]igor rítmico.
Lo menos destacado: la presencia de personajes (no todos maniquís o vampiros digitalizados) totalmente prescindibles.
Calificación: 5,4
Halloween. El origen: Respetuosa revisitación del clásico de Carpenter
Nada le falta a esta precuela de Rob Zombie, ni siquiera la posibilidad de que podamos calificarla como una mala película, carente de equilibrio y de lógica interna, difícilmente salvable incluso valorando su principal seña de identidad: su apariencia feísta y desvaída, a la larga traducida en una cierta vacuidad conceptual. Pero esto sería simplificar, quedarse con lo evidente, despreciar el trabajo evocador del ex líder de White Zombie, el respeto que profesa hacia su referente y principal excusa. Y es que “Halloween. El origen”, es más que un remake de La Noche de Halloween de John Carpenter.

Rob Zombie intenta racionalizar la historia de Carpenter igual que el propio Carpenter había intentado hacer en ¡Sanguinario! (Halloween 2): olvidando que lo más importante de la cinta primigenia nunca había sido su historia (ciertamente prescindible) sino las metáforas sucintas que ocultaba su entramado y, por encima de todo, la predisposición del cineasta neoyorquino a dinamitar los corsés del género aplicando los dogmas narrativos que entonces caracterizaban su obra, especialmente su personalísima (y económica) concepción del suspense. Aunque, naturalmente, nada tiene que ver Rob Zombie (un cineasta en constante aprendizaje que busca, todavía sin éxito, las claves para construir una obra -en verdad- maestra y reconocida) con Rick Rosenthal, otrora director de Sanguinario, y sí mucho con aquellos fans irreductibles de una de las obras capitales de Carpenter, erróneamente considerada matriz de un subgénero, el slasher, que solo comenzó a serlo a partir de sus secuelas e imitaciones.
El nuevo producto/secuela/remake muestra, pues, una veneración extrema por la cinta madre, incluso repitiendo alguno de sus planos más logrados, especialmente gozosos en la presentación pública del pequeño Myers, observador acechante detrás de un árbol de la que será su primera víctima humana -suponemos-, en la víspera de la célebre noche de Halloween. Zombie logra aplicar su sello personal a toda esa primera parte, que el rockero metido a cineasta (o el cineasta que anidaba en la laringe del músico) forja repleta de tópicos, palabrotas y otras banalidades, ya vistas en sus anteriores trabajos, saboteadas por los discutibles diagnósticos que esgrime el confundido Loomis (de nuevo, un personaje sin ningún vigor dramático), despachados por Zombie de forma contundente y efectiva, siendo fiel a su estilo bruto, repletando el entramado de personajes aborrecibles y cierto desorden ambiental, pero también trazando algunas soluciones narrativas especialmente talentosas (por ejemplo, la planificación de los primeros asesinatos), emparentando el slasher teen que todos conocemos con el gothic terror que la década de los ochenta trataba de olvidar, hasta llegar a una resolución alargada en exceso a la que le cuesta alcanzar una catarsis definitiva; una catarsis que finalmente consigue con un grito desgarrador que rebela la auténtica naturaleza de los Myers.
En esta segunda parte, deudora del argumento de la película de Carpenter y, para la mayoría, el principal lastre de la cinta de Zombie, es, sin embargo, donde “Halloween, el origen” adquiere una personalidad propia y reconocible, enredada en un ecosistema cada vez más asfixiante y claustrofóbico, que dice adiós, definitivamente, a las idílicas panorámicas de Haddonfield, a su significación de ciudad residencial enferma y cómplice, para colmarse de trasteros polvorientos y armarios sin salida, de piscinas preñadas de hojas mustias y techos derrumbados por el peso de una maldición que humaniza, y de qué modo, la condición de Myers-persona, antes bogeyman inmortal y omnipresente.
Pero a pesar de la intención de Rob Zombie de homogeneizar el producto de acuerdo a sus propios cánones creativos, el desequilibrio entre ambas partes es evidente, más y cuando la segunda se resuelve de forma atropellada y expedita, especialmente en la planificación de los asesinatos (insisto: de unos personajes que en esta película no tienen ninguna función significativa), y en la dilatación temporal de los últimos duelos, alguno de los cuales se resuelven de forma absurda sin que medie turbación, temor o expectación de por medio.
Más allá de su propuesta formal y opresiva, no hay atisbo, en este segmento, de suspense e inventiva; así las cosas, las muertes se suman sin descanso hasta el final, alentadas por el componente sexual que exuda toda la película, y por la insistente intención de Zombie de dotar de un aire legendario a todo lo visto, quedando en el subconsciente la sensación contraria a la deseada, es decir, de estar en presencia de otro producto de consumo que pretende más saciar el estómago necesitante de una camada de adolescentes ociosos, erróneamente considerados por los productores como targets potenciales de esta película, que de responder a una lógica interna de guión. Claro que si a esta obra la definiera la lógica no se ocultaría detrás de ella Rob Zombie.
Lo más destacado: el (afortunado) respeto hacia la obra de Carpenter/Hill y, especialmente, hacia alguno de sus personajes.
Lo menos destacado: que la sensación final no sea de agobio ni de terror sino de déjà vù… en cualquiera de sus segmentos.
Calificación: 6,5
La mascara del demonio: la cumbre del terror gotico italiano
Principe Vadja: Tu sonrisa ha desaparecido. ¿Quieres que dejemos el Castillo?¿Encuentras demasiado tristes estos viejos muros?
Princesa Katia Vadja: No. Quiero seguir aquí. La melancolía de esta casa me gusta. Durante siglos ha sido nuestra residencia, ¿por qué cambiar ahora? Aquí está el pasado… Y la memoria de quienes nos precedieron…
“La Mascara del Demonio” arrastra una rara leyenda de defectos formales que deja de lado la mención al sistema de producción de aquellos años, el poco respeto que sobre la obra de un autor —primerizo o no— ejercían, principalmente, los distribuidores internacionales, capaces de alterar su montaje inicial y su banda sonora así como la duración última de la película en función del público y país al que se dirigiera. Pero ni el paso del tiempo ni el desdén de los distribuidores logró enterrar en las catacumbas del olvido una película, ésta, donde necrofilia y goticismo se daban de la mano para refundar un estilo narrativo que el propio Bava había ayudado a edificar en la imprescindible “I Vampiri” de Riccardo Freda, sirviéndose ahora de retazos ideológicos de alguna de las obras capitales de la Hammer, a cuyo regazo también se acomodaría el ciclo que Corman desarrolló en los sesenta sobre las obras del gran Edgar Allan Poe.
“La Máscara del Demonio” se revela como una cinta de terror instintiva, poseedora de un prólogo impactante pero, a la vez, funcional, que introduce al espectador en esta historia de amantes castigados y maldiciones proferidas, con la inquisición y el vampirismo como protagonistas residuales. Excavando en su argumento podemos deducir algunas singularidades gozosas que intensifican su importancia y significación última:
La Princesa Asa es condenada a morir en la hoguera pero antes ha de ser exorcizada clavándole una máscara de pinchos en su rostro; vejación de la que se defiende, presa de la cólera, pronunciando una feroz execración contra los descendientes de aquellos que financian y consienten el oprobio. Un estruendoso colofón antes de créditos que no es sino el germen de todo lo que está por venir en un argumento cuya intensidad se regenera al albor de la resucitación de la Princesa Asa, doscientos años después, gracias a la sangre y torpeza de un ingenuo viajero, el Doctor Kruvajan, cuya llegada a los dominios de los Vadja desencadenará el inicio de la venganza anunciada.
Bava utiliza sus conocimientos en el campo de la fotografía para dotar a la película de un aire irreal y oscuro, incluso en las estancias más iluminadas que no son las del castillo sino las de unos jardines repletos de ramajes mustios y estatuas siniestras. La luz se resguarda de la aristocracia pero no del pueblo ni de sus cantinas, ni de un campo abarrotado de vida y ríos, incluso cuando sobre su cauce se pose el cadáver de uno de los caballerizos del castillo.
El entretexto oculta la descomposición de una familia aristocrática de aires ancestrales sufriente de los excesos de aquellos que posibilitaron su fortuna, viviendo amedrentados por el recuerdo de un pasado cuya naturaleza se explicita del modo que mejor saben hacer las cintas de género: con fantasmas. El Príncipe Vadja se ve asediado, pues, de visiones terribles y temores atávicos que terminan de trastornarlo sine die cuando el revivido Jabutich se presenta en su dormitorio de madrugada. El temor de la desintegración de los antiguos regímenes no se expresa con revoluciones como en El Gatopardo sino en la suciedad que se acomoda en unas estancias abandonadas a su suerte, y en el intelecto de aquellos que celebran su senectud embriagados de cortinas negras, cuadros ancestrales, temores invencibles y leyendas que no se olvidan. En este sentido, el fantasma resucitado de Igor Jabutich ejerce de conciencia personificada vomitando un exabrupto de justicia diabólica pergeñada contra aquellos que sintiéndose del lado de Dios promovieron condenas públicas como escarmiento.
Formalmente, “La Máscara del Demonio” aún conserva el aroma de varias secuencias antológicas:
a) La presentación de la Princesa Katia, cuyos poderosos ojos se iluminan por una luz de ascendencia dudosa, mientras sujeta a dos perros negros con firmeza frente a las ruinas de la Iglesia donde reposan los restos de la bruja condenada, envuelta en brumas y oscuridad, incluso a esas horas del día.

b) La de la niña que va a buscar leche para su madre atravesando un bosque sombrío. Su planificación recuerda a una de las secuencias más reconocidas de “The Leopard Man” de Jacques Tourneur, y aunque esta vez la amenaza no se consuma sí servirá de inquietante génesis del rapto del Doctor Kruvajan, tentado por la curiosidad frente a un misterioso coche de caballos, cuya apariencia feérica inspiraría también al “Drácula” de Coppola.
c) La resucitación del Príncipe Igor, emergiendo de la tierra con su máscara infernal y sus uñas afiladas, recibiendo sobre su cuerpo enlodazado el sabor del agua y de la tormenta, bajo cuyo amparo y custodia, al igual que ocurría en la novela de Stoker, se sirve el más cruento de los augurios. Tumbas resquebrajadas, bosques embebidos de brumas y ramas densas, candiles suspendidos en el vacío, cadáveres ahorcados tras las puertas, pasadizos que ocultan trampas y pozos sin fondo, muertos vivientes que atacan a sus hijas, puñales que atraviesan los ojos de los cadáveres, máscaras del demonio y demás simbología macabra se adueñan de la dirección artística de esta película, y de alguna de sus soluciones más dramáticas, y justifican su sentido recargado y, especialmente, su indisimulada apuesta por el horror total.

Este gusto por la acumulación de detalles y por la densidad de la puesta en escena se convierte en un elemento más de la narración, contribuyendo a forjar su apariencia umbrosa y turbadora. Pero Mario Bava no se conforma con la Forma, dotando a la película de un Contenido cuyas vertientes se explican en términos de contraposición: por un lado, Bava contrasta la alegre vida del pueblo y de la hospedería con las estancias mórbidas de un castillo agonizante. De otro, juega con la idea del doppelgänger, enfrentando a la Princesa vampiro Asa contra su doble, la bella heredera Katia, cuyo rostro y apariencia virginal desea poseer a toda costa para culminar el último de los preceptos de su venganza, esta vez, en términos de reencarnación. El duelo está servido y se resuelve de forma circular con la ayuda de un émulo de Van Helsing, de profesión sacerdote, y de un joven doctor de apostura enamoradiza incapaz de detener los encantadores efluvios de la bruja.
Bava cierra la película como la empezó: con una turba antorchada ajustando cuentas con el pasado; entremedias hemos asistido a una obra pervertida de excesos y desarreglos de guión, errores de raccord y de montaje, que, sin embargo, conserva buena parte de su poderío visual y alcance mitómano, varias secuencias estimulantes, y una indudable capacidad para sobrevivir a su tiempo. Igual que los vampiros, ya veis.
La Tumba de las Luciérnagas de Isao Takahata
| La Tumba de las Luciérnagas: Guerra Sin Pan |
© J.P. Bango
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sao Takahata, veterano director televisivo responsable de series como Heidi, Marco o Ana de las Tejas Verdes, y co-fundador del estudio Ghibli junto a Hayao Miyazaki, concibe la realización de una película de animación de carácter instructivo basada en la novela corta de Akiyuki Nosaka: La Tumba de las Luciérnagas. De forma paralela, y para compartir gastos, el estudio Ghibli financia una de las obras más personales de Hayao Miyazaki, Mi Vecino Totoro, una película que comparte no pocos puntos en común con la cinta de Takahata a pesar de que sus pretensiones y resultado final sean, singularmente, opuestos.
El paso del tiempo, tal y como su concepción pretendía, termina por complementarlas y juntas componen un díptico a todas luces sobresaliente, claramente valioso, si bien es la cinta de Takahata, preñada de un pesimismo furibundo, es la que concentra una mayor dosis de desesperanza a lo largo y ancho de todo su entramado, negando la posibilidad no ya de un final feliz (del todo punto impensable para una historia como esta) sino de encontrar un resquicio amable capaz de reconciliarnos, aunque solo sea tangencialmente, con la humanidad y la naturaleza destructiva que la define. También por esto sabemos que es una película de Takahata.
El argumento de La Tumba de las Luciérnagas, desde esta perspectiva, sugiere un carácter enteramente desalentador:
Un bombardeo norteamericano en mitad de un poblado japonés en plena Segunda Guerra Mundial, separa el destino de los dos hermanos, Seita (catorce años) y Setsuko (de cuatro), y de su madre, que finalmente acabará muriendo fruto de las quemaduras producidas por las bombas incendiarias. En esa situación de orfandad, y tras deambular por los restos de su antigua aldea, los dos hermanos se van a vivir con unos familiares lejanos donde conocerán de primera mano las nefastas consecuencias de cualquier guerra, ya sea en forma de bombardeos arbitrarios, racionamientos y escasez de comida, o los reproches de la viuda que los hospeda que ve en los dos pequeños una amenaza cierta a la pervivencia de su propio heredad.
Sintiéndose defraudados por el comportamiento de los mayores que los acogen, el joven Seita y su hermana Setsuko se van a vivir a una cueva junto a un lago trufado de luciérnagas y piojos, deseando hallar la libertad que anhelan pero, al mismo tiempo, intensificando la naturaleza de sus penurias (alimenticias, higiénicas y existenciales), mientras se invitan a encontrar un modo en el que sobrevivir a una cruenta contienda que ya hace semanas les ha convertido primeramente en huérfanos, después en fantasmas sin hogar condenados a ejercer de espectadores pasivos de esta historia truculenta.

Los niños se enfrentan a la guerra aleccionados por la resignación, sin dejar de ser conscientes de la gravedad que su situación y de la desesperanza que a