La Historia del Martes que fue Lunes

El día se había alumbrado con más luz de la habitual por cuenta de un dichoso decreto saboteador de nuestras rutinas diarias, de las prácticas automatizadas que despiertan los músculos y sentidos de todos aquellos que dejamos la praxis del deporte en el ocaso de nuestra adolescencia, justo en el momento que comenzábamos a hacer nuestras las proclamas del conformismo y la indolencia, en aquel lugar, vosotros también le conocéis, donde los pájaros se convierten en árboles y las revoluciones se edifican sobre letras de bancos…

Pero la luminosidad de aquel día era lo único que había cambiado: un desayuno liviano, una caminata sin sentido, un ordenador que no se dejaba utilizar, esos ojos castigados por la petulancia de unos rayos que sólo mi gato sabría ver. Y hambre a media mañana. Y llamadas de teléfono que nunca querrías atender. Y números, y más números, dónde debiera poner: esperanza, anhelos, oportunidades, lucidez, arrojo…

¿Qué de quién es el coche gris del aparcamiento…? Pues, el mío, por supuesto.

Miles de fragmentos de cristal esparcidos por el asfalto en aquel martes que parecía lunes y una luna que no era luna y unos ojos fuera de sus órbitas que comprobaban, entre sorprendidos y sarcásticos, la perversa puntería de aquel chinarro maldito, la cobardía probada de aquel que sólo había dejado por rastro las huellas de su vehículo, ¡el acelerón maldito que había quebrado en un suspiro mi recién lavado… cristal del coche!

Y un seguro que te da largas y otro que te da risa y unas llamadas que no cesan y las que tú haces y te importan ¡no las cogen!, y unos números que te delatan como el más torpe entre los torpes de cuantos gestores de algo has conocido, espejo mío, en aquella siniestra mañana…

Y el día no se enderezaba rodeado de nervios y desesperanzas, suspiros que no merecía, quebraderos de cabeza provocados por aquellos que se saben epicentros de cualquier mundo donde los favores se confunden con exigencias, la cortesía con descortesía, la humildad con servidumbre… ¡Ay!

Llegué a casa, por descontado, cené pescado y por descontado: me sentó mal. Ganó el Barça, se murió un pez, se me cayó el mando a distancia, ganará Bush, ¡me seguía doliendo el jodido cuello…!, y me arrellané en el sillón con la esperanza que esas dos gotitas de cianuro conseguirían allanarme el camino hacia la extremaunción, allí mismo como estaba, en las mismísimas Puerta(s) del Infierno de Teinosuke Kinugasa.

Gracias amigo Garci por salvarme el día.
02/11/2004 23:57 Enlace permanente. Tema: Historias de Cine.

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Autor: Spaulding

me asusta usted, señor Bango, con este post.

Fecha: 03/11/2004 08:03.


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Autor: J. P. Bango

Tranquilo Spauld: un día mal digerido, nada más. Lo más paradójico es que lo salvó Garci con esa película: La Puerta del Infierno, por cierto, de una precisión narrativa envidiable.

Fecha: 03/11/2004 20:14.


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