La Terminal: De Kafka a Capra pasando por Spielberg
Víctor Navorski aterriza en el J.F.K. de Nueva York justo en el momento en que en su país de origen se ha producido un golpe de estado y los Estados Unidos se niegan a reconocer oficialmente al nuevo gobierno y subsidiariamente, a los a
visados y pasaportes expedidos con anterioridad a la rebelión. En esa sensación de vacío documental, en esa "grieta" del sistema protocolario que a todos nos recuerda a cierta historia de Kafka, se cuela un despistado Tom Hanks que ha llegado a las puertas de Nueva York persiguiendo un spielbergiano propósito, un mcguffin inane y mal resuelto que, más que nunca, sólo parece interesar a su protagonista tal y como podemos deducir de su poco emocionante final.

Entre medias, el bueno de Viktor Navorski tendrá que acostumbrarse a vivir en una sala de espera, a alimentarse con hamburguesas de dudoso valor nutritivo, a recopilar las monedas de los carritos que los viajeros olvidan en esa estación de tránsito -que diría el amigo Simak- donde todo el mundo acostumbra a pasar de largo. Y todo ello en compañía de un guardia de seguridad negro, un limpiador hispano enamorado de una administrativa uniformada y un emigrante hindú que cree que Viktor Navorski es un espía (pronto se sabrá el por qué de su paranoia) que ayudarán a nuestro amigo en su ardua tarea de enamorarse y enamorar a una azafata a la que le cuesta deshacerse de una relación de aires destructivos.
Spielberg reivindica la América de las oportunidades construyendo una terminal autosuficiente y luminosa donde un emigrante sin papeles, un hombre desposeído de su condición de ciudadano, puede ganarse el pan y un buen sueldo si sabe demostrar su valía. Pero el film también admite otra lectura pues describe una sociedad contradictoria basada en la apariencia donde cualquier tipo puede encontrar todo lo que necesita para sobrevivir e, incluso, sentirse realizado en un complejo diseñado para hombres y mujeres en tránsito perpetuo.
La fábula sociológica (seguramente inspirada por Andrew Niccol) es fácilmente olvidada por Spielberg con la incorporación de un antagonista, el (di)rector del aeropuerto, Stanley Tucci, un émulo de Mr Scrooge, envidioso y malhuramorado, que se deja gobernar por un exceso de celo protocolario y por un insano regusto por la poltrona que lo acomoda. La presencia de este gris personaje sirve a Spielberg para devolver a la película el carácter simplista del enfrentamiento entre buenos y malos tan proclive en su extraordinaria filmografía y aunque la película no se resuelve por la vía del enfrentamiento en sentido estricto, las motivaciones que mueven a los personajes, la chispa que enciende la llama de la solidaridad y de la amistad forjada entre los protagonistas, tienen su génesis en la existencia de este discípulo del profesor Aguafiestas, eso sí, con poca comicidad y menos talante. Así, lo que debía haber sido la historia de un hombre atrapado por un sistema se transforma en a) un absurdo duelo de perfil bajo; b) en una insulsa historia de amor que no llega a ser ni siquiera cómplice, y c) en situaciones excesivamente mecanicistas y que no nos llegan a interesar en absoluto. Todo junto se permite el lujo de definir este bache creativo que el bueno de Spielberg remontará, a buen seguro, en su próxima película.
Lo más destacado: la factura técnica del invento (faltaría más!); los homenajes a Capra y la secuencia de las pastillas para el burro.
Lo menos destacado: que Tom Hanks no sea Bill Murray; la nula comicidad entre la pareja protagonista y, ya lo dije antes, que la película no es, ni mucho menos, lo que debiera haber sido.
Calificación: 4
visados y pasaportes expedidos con anterioridad a la rebelión. En esa sensación de vacío documental, en esa "grieta" del sistema protocolario que a todos nos recuerda a cierta historia de Kafka, se cuela un despistado Tom Hanks que ha llegado a las puertas de Nueva York persiguiendo un spielbergiano propósito, un mcguffin inane y mal resuelto que, más que nunca, sólo parece interesar a su protagonista tal y como podemos deducir de su poco emocionante final.

Entre medias, el bueno de Viktor Navorski tendrá que acostumbrarse a vivir en una sala de espera, a alimentarse con hamburguesas de dudoso valor nutritivo, a recopilar las monedas de los carritos que los viajeros olvidan en esa estación de tránsito -que diría el amigo Simak- donde todo el mundo acostumbra a pasar de largo. Y todo ello en compañía de un guardia de seguridad negro, un limpiador hispano enamorado de una administrativa uniformada y un emigrante hindú que cree que Viktor Navorski es un espía (pronto se sabrá el por qué de su paranoia) que ayudarán a nuestro amigo en su ardua tarea de enamorarse y enamorar a una azafata a la que le cuesta deshacerse de una relación de aires destructivos.
Spielberg reivindica la América de las oportunidades construyendo una terminal autosuficiente y luminosa donde un emigrante sin papeles, un hombre desposeído de su condición de ciudadano, puede ganarse el pan y un buen sueldo si sabe demostrar su valía. Pero el film también admite otra lectura pues describe una sociedad contradictoria basada en la apariencia donde cualquier tipo puede encontrar todo lo que necesita para sobrevivir e, incluso, sentirse realizado en un complejo diseñado para hombres y mujeres en tránsito perpetuo.
La fábula sociológica (seguramente inspirada por Andrew Niccol) es fácilmente olvidada por Spielberg con la incorporación de un antagonista, el (di)rector del aeropuerto, Stanley Tucci, un émulo de Mr Scrooge, envidioso y malhuramorado, que se deja gobernar por un exceso de celo protocolario y por un insano regusto por la poltrona que lo acomoda. La presencia de este gris personaje sirve a Spielberg para devolver a la película el carácter simplista del enfrentamiento entre buenos y malos tan proclive en su extraordinaria filmografía y aunque la película no se resuelve por la vía del enfrentamiento en sentido estricto, las motivaciones que mueven a los personajes, la chispa que enciende la llama de la solidaridad y de la amistad forjada entre los protagonistas, tienen su génesis en la existencia de este discípulo del profesor Aguafiestas, eso sí, con poca comicidad y menos talante. Así, lo que debía haber sido la historia de un hombre atrapado por un sistema se transforma en a) un absurdo duelo de perfil bajo; b) en una insulsa historia de amor que no llega a ser ni siquiera cómplice, y c) en situaciones excesivamente mecanicistas y que no nos llegan a interesar en absoluto. Todo junto se permite el lujo de definir este bache creativo que el bueno de Spielberg remontará, a buen seguro, en su próxima película.
Lo más destacado: la factura técnica del invento (faltaría más!); los homenajes a Capra y la secuencia de las pastillas para el burro.
Lo menos destacado: que Tom Hanks no sea Bill Murray; la nula comicidad entre la pareja protagonista y, ya lo dije antes, que la película no es, ni mucho menos, lo que debiera haber sido.
Calificación: 4
17/11/2004 20:08 Enlace permanente. Tema: críticas.
Comentarios » Ir a formulario
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Autor: Spaulding
La verdad es que es una pena que un hombre, con el talento de Spielberg, pierda el tiempo en nimiedades como ésta. De todas maneras, si comparamos "La terminal" con "Always", por ejemplo, la primera sale ganando y de largo.
Fecha: 18/11/2004 19:17.
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Autor: J. P. Bango
Teniendo en cuenta que puede hacer lo que quiera (de momento) debería ser más espontáneo y menos cerebral a la hora de concebir sus nuevos proyectos. Respecto a Always, uff, al menos estaba Richard Dreyfuss y Holly Hunter y algo de química entre ambos. En ésta...
Fecha: 18/11/2004 19:09.
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Autor: Spaulding
Si, no le negaré lo de la química, pero si "La terminal" ya es edulcorada... no digamos de "Always"
Fecha: 19/11/2004 19:53.
Autor: pauli
no hace mucho escribi sobre esta pelicula en mi blog, y creo que me despache a gusto.ahi queda eso :).
Fecha: 21/11/2004 19:31.
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Autor: J. P. Bango
Sí. Lo leí. El título ya lo explicitaba todo: "Un bobo en La Terminal" :P
Fecha: 21/11/2004 19:57.










