La Pluma y el Guionista
Presumió durante toda su vida de haber conocido a gente importante, ya sabéis, de aquella que salen en las portadas de la revistas y son recibidos con mirada afanosa por los directores de los bancos; tipos acostumbrados a recoger premios, elogios y reconocimientos de aquellos que financian sus inversiones con el talento de los demás. También se vanagloriaba de haber conocido a un ilustre futbolista e, incluso, a varios premios Nóbel: de literatura, de astrofísica, de la paz. Uno de estos se atrevió a regalarle un mechero. Si alguna vez hubiera tenido algo que quemar habría utilizado aquel atento regalo que, desde entonces, adornaba uno de los bolsillos de su ajado chaleco.
Se levantó durante los últimos 50 años de su vida a las seis de la mañana, y cada día, minutos antes del amanecer, dirigía sus pasos hacia aquel hotel, saludaba a uno de los recepcionistas, y se introducía en el ascensor, convenientemente uniformado, para comenzar su tarea diaria. Sus huesos se rodeaban de un gran cajón de hierro forjado, acabados de latón, adornos decimonónicos. Su oído se había acostumbrado al chirriar de los engranajes, al ruido del abrir y cerrar de unas puertas que databan de más de un centenar de años. Su gesto afable, su sonrisa cómplice, sus infalibles pronósticos del tiempo, le habían granjeado una gran reputación incluso en otras ciudades y hoteles. De los tres ascensores con los que contaba aquel hotel, el suyo siempre era el más utilizado. Una mañana de octubre le dio por morirse entre la planta cuarta y la quinta. Aquella vez no le acompañaba nadie.
El ascensor no había constituido una parte esencial de su vida: había sido su vida. De arriba a abajo, de abajo a arriba, había acumulado miles de kilómetros y, en realidad, nunca se había movido del sitio. No le importaba. No le importó. La leyenda cuenta que murió con una sonrisa en sus labios aviejados.
Cuando alguien propuso hacer de la historia de aquel ascensorista una gran película, al productor le dio un ataque de risa de tal magnitud que el ingenuo guionista tuvo que llamar a su secretaria para que lo volviera en sí. Si en aquel momento hubiera estado fumando uno de los habanos a los que tanto estaba acostumbrado se lo hubiera tragado sin remisión. "¿A quién le importará la historia de Nadie?", bramó. Y volvió a reír, más comedido, mientras se alejaba.
El guionista, viéndose rechazado una vez más, se condenó a escribir guiones de teleseries de por vida. Aquella misma noche, una de esas noches de diciembre donde los turrones se confunden con manjares y las tristezas emergen de lo más profundo de uno mismo, llegó a casa, se abrazó a su esposa y desenvolvió el regalo de su cumpleaños con una cierta apatía. Aquella pluma ornamentada con ribetes dorados, tan hermosa, había estremecido su corazón. En aquel momento supo que nunca la utilizaría y que si lo hacía, únicamente lo haría por dinero.
No supo reprimir el llanto.
---------
Sólo quedan 14 días
---------
Se levantó durante los últimos 50 años de su vida a las seis de la mañana, y cada día, minutos antes del amanecer, dirigía sus pasos hacia aquel hotel, saludaba a uno de los recepcionistas, y se introducía en el ascensor, convenientemente uniformado, para comenzar su tarea diaria. Sus huesos se rodeaban de un gran cajón de hierro forjado, acabados de latón, adornos decimonónicos. Su oído se había acostumbrado al chirriar de los engranajes, al ruido del abrir y cerrar de unas puertas que databan de más de un centenar de años. Su gesto afable, su sonrisa cómplice, sus infalibles pronósticos del tiempo, le habían granjeado una gran reputación incluso en otras ciudades y hoteles. De los tres ascensores con los que contaba aquel hotel, el suyo siempre era el más utilizado. Una mañana de octubre le dio por morirse entre la planta cuarta y la quinta. Aquella vez no le acompañaba nadie.
El ascensor no había constituido una parte esencial de su vida: había sido su vida. De arriba a abajo, de abajo a arriba, había acumulado miles de kilómetros y, en realidad, nunca se había movido del sitio. No le importaba. No le importó. La leyenda cuenta que murió con una sonrisa en sus labios aviejados.
Cuando alguien propuso hacer de la historia de aquel ascensorista una gran película, al productor le dio un ataque de risa de tal magnitud que el ingenuo guionista tuvo que llamar a su secretaria para que lo volviera en sí. Si en aquel momento hubiera estado fumando uno de los habanos a los que tanto estaba acostumbrado se lo hubiera tragado sin remisión. "¿A quién le importará la historia de Nadie?", bramó. Y volvió a reír, más comedido, mientras se alejaba.
El guionista, viéndose rechazado una vez más, se condenó a escribir guiones de teleseries de por vida. Aquella misma noche, una de esas noches de diciembre donde los turrones se confunden con manjares y las tristezas emergen de lo más profundo de uno mismo, llegó a casa, se abrazó a su esposa y desenvolvió el regalo de su cumpleaños con una cierta apatía. Aquella pluma ornamentada con ribetes dorados, tan hermosa, había estremecido su corazón. En aquel momento supo que nunca la utilizaría y que si lo hacía, únicamente lo haría por dinero.
No supo reprimir el llanto.
---------
---------
06/12/2004 19:56 Enlace permanente. Tema: Historias de Cine.










