Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2004.
Alquimistas de Cine
"Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate."
Si lo dice Billy Wilder...

Si lo dice Billy Wilder...

Imágenes de Blade Runner
No sé por qué me salvó la vida. Quizás en esos últimos momentos amaba la vida más de lo que la había amado nunca; no solo su vida: la vida de todos, mi vida. Todo lo que él quería eran las mismas respuestas que todos buscamos: de dónde vengo, adónde voy, cuánto tiempo me queda... Todo lo que yo podía hacer era sentarme allí y verle morir.

En fin, interesante página ésta, que acompaña el guión de Blade Runner con numerosas fotografías que siguen, escena por escena, el desarrollo de tan fascinante historia.
Para los no iniciados en el idioma de Shakespeare, os pongo el link de la traducción contenida en la Jack Blade Runner Page, la web que más empeño pone en encumbrar la magnífica película de Scott (la gran excepción de su carrera, junto con Alien).
Guión de Blade Runner: en castellano

En fin, interesante página ésta, que acompaña el guión de Blade Runner con numerosas fotografías que siguen, escena por escena, el desarrollo de tan fascinante historia.
Para los no iniciados en el idioma de Shakespeare, os pongo el link de la traducción contenida en la Jack Blade Runner Page, la web que más empeño pone en encumbrar la magnífica película de Scott (la gran excepción de su carrera, junto con Alien).
Guión de Blade Runner: en castellano
03/10/2004 23:43 Enlace permanente. Tema: Monográficos: El Cine Prospectivo No hay comentarios. Comentar.
Noche de Cine: making off
Próximamente, en este mundo internáutico trillado por la información cinéfila de envergadura populista, verá aumentada su oferta informativa con un nuevo portal de ascendencia sugerente, NOCHEDECINE.COM, que promete destacarse del resto con un variado cúmulo de secciones y temáticas, la más novedosa, sin duda: el Centro de Documentación Cinematográfica, "una sección para profesionales del sector donde encontrarán los principales recursos para apoyar su profesión: directorios, recursos, legislación, estadísticas, ayudas..." Y es que tras el proyecto se encuentra David Huélamo, Documentalista especializado en recursos cinematográficos que, como original punto de partida, se ha atrevido a contarnos todo el proceso de gestación de este singular proyecto a través de una, bitácora, en la que día a día, podremos ser testigos de los avances, expectativas creadas, ilusiones o decepciones que se va encontrando en el noble camino de levantar una web de Cine.
Desde El Cronicón Cinéfilo, seguiremos el desarrollo de este portal con espectación y seremos cómplices de su exitoso alumbramiento, aproximademente, a mediados de diciembre. Mientras tanto, disfrutaremos como los que más de este cuaderno de bitácora cibernético financiado con la ilusión, que competirá, de tú a tú, con aquel que Peter Jackson sustenta desde las promocionales páginas del nuevo King Kong.
Suerte en el proyecto, David.
Muertos y Enterrados
Muertos y Enterrados/Dead and Buried, el film de Gary A. Sherman se adentra en la idiosincrasia de un pueblo pesquero, escondido en una bruma impertinente que apenas si permite el paso de los rayos del sol y de algunos forasteros desorientados. Uno de éstos, un fotógrafo de inquietudes antropomórficas, es seducido por una bella mujer al mismo tiempo que alguno de los vecinos del pueblo aprovechan para atarlo, apalearlo y, finalmente, incinerarlo en las arenas de una playa de ascendencia féerica.

Muertes de carácter violento, vejaciones y desfiguraciones a las que se someten los cuerpos de los cadáveres, grabaciones de los asesinatos en súper 8, fotografías y luces insolentes que ornamentan las acometidas violentas se van sucediendo en los alrededores de un pueblo custodiado, con un insólito celo, por un sheriff cada vez más preocupado de la atmósfera violenta y turbadora que rodea su cotidianidad.
Tras la aparición del Sheriff y su familia, el punto de vista narrativo se bifurca en dos segmentos diferenciados pero convergentes: por un lado, continúa la persecución y el acecho a los forasteros que llegan al pueblo por parte de algunos de los lugareños y de otro, el guionista nos introduce en la investigación que realiza el policía para desentrañar el misterio que rodea a las muertes.

Con un atrevimiento narrativo en absoluto desdeñable, director y guionistas nos introducen en una miscelánea fanática atiborrada de referencias al Slasher contemporáneo, el mito de Prometo, a la literatura de Lovecraft, al cine de mad doctors, al thriller whodunit, a un humor negro sutil (atención al cartel que nos presenta el nombre del pueblo), y secuencias-homenajes que recuerdan tanto a La Noche de los Muertos Vivientes de Romero como a La Niebla de John Carpenter; fracciones de cine fantástico de gran envergadura que culminan con uno de los finales más impactantes del mejor Cine de todos los tiempos.
Calificación: 9
Lo más destacado: el maquillaje de Rick Baker, la inquietante atmósfera, la apostura del mad doctor…
Lo menos destacado: algunas secuencias redundantes.
Muertes de carácter violento, vejaciones y desfiguraciones a las que se someten los cuerpos de los cadáveres, grabaciones de los asesinatos en súper 8, fotografías y luces insolentes que ornamentan las acometidas violentas se van sucediendo en los alrededores de un pueblo custodiado, con un insólito celo, por un sheriff cada vez más preocupado de la atmósfera violenta y turbadora que rodea su cotidianidad.
Tras la aparición del Sheriff y su familia, el punto de vista narrativo se bifurca en dos segmentos diferenciados pero convergentes: por un lado, continúa la persecución y el acecho a los forasteros que llegan al pueblo por parte de algunos de los lugareños y de otro, el guionista nos introduce en la investigación que realiza el policía para desentrañar el misterio que rodea a las muertes.
Con un atrevimiento narrativo en absoluto desdeñable, director y guionistas nos introducen en una miscelánea fanática atiborrada de referencias al Slasher contemporáneo, el mito de Prometo, a la literatura de Lovecraft, al cine de mad doctors, al thriller whodunit, a un humor negro sutil (atención al cartel que nos presenta el nombre del pueblo), y secuencias-homenajes que recuerdan tanto a La Noche de los Muertos Vivientes de Romero como a La Niebla de John Carpenter; fracciones de cine fantástico de gran envergadura que culminan con uno de los finales más impactantes del mejor Cine de todos los tiempos.
Calificación: 9
Lo más destacado: el maquillaje de Rick Baker, la inquietante atmósfera, la apostura del mad doctor…
Lo menos destacado: algunas secuencias redundantes.
Pulsión y Cine
Nunca he podido averiguar el porqué de mi pasión cinéfila, la necesidad rutinaria de visionar obras artísticas en formato celuloso, fragmentos de la existencia ficticia de otros exagerada a conveniencia para transmitir inquietud, ternura, afecto, fatalidad, sonrisas…
Nunca he sabido porqué mi conciencia –a la que creía- de naturaleza insurrecta, consiente sobre si misma una manipulación tras otra, ser víctima propiciatoria de demiurgos barbados aficionados a los cómics, pseudo-doctores en medicina devotos de los cuentos amorales, observadores solidarios de la sociedad que les ha tocado sufrir…
Y cuando me pregunto cómo, de alguna forma, he dejado condenar mi lucidez con ingentes dosis de adrenalina impostada, músicas cómplices y guiones de tres actos, conclusiones trilladas, previsibles, lamentables, blockbuster venales construidos por cuenta del mecenazgo de un par de banqueros… solo hallo la respuesta del silencio, imperturbable, y el impulso irresistible de compensar el desagravio con la próxima película de mi director favorito.
Osea, al que le toque serlo la próxima semana.

Pulsión: energía psíquica profunda que orienta el comportamiento hacia un fin y se descarga al conseguirlo.
Nunca he sabido porqué mi conciencia –a la que creía- de naturaleza insurrecta, consiente sobre si misma una manipulación tras otra, ser víctima propiciatoria de demiurgos barbados aficionados a los cómics, pseudo-doctores en medicina devotos de los cuentos amorales, observadores solidarios de la sociedad que les ha tocado sufrir…
Y cuando me pregunto cómo, de alguna forma, he dejado condenar mi lucidez con ingentes dosis de adrenalina impostada, músicas cómplices y guiones de tres actos, conclusiones trilladas, previsibles, lamentables, blockbuster venales construidos por cuenta del mecenazgo de un par de banqueros… solo hallo la respuesta del silencio, imperturbable, y el impulso irresistible de compensar el desagravio con la próxima película de mi director favorito.
Osea, al que le toque serlo la próxima semana.

Pulsión: energía psíquica profunda que orienta el comportamiento hacia un fin y se descarga al conseguirlo.
Mañana
Mañana se celebra una fiesta de ascendencia turbadora, “el día de la Hispanidad” o “día de la Raza Hispana” en algunos países latinoamericanos, que dice celebrar el momento en que cierto avispado marinero divisó tierra tras una larga travesía financiada con propósitos mercantilistas. El azar posibilitaría la unión entre dos mundos (eufemismo moralista utilizado para designar la fagocitación ejercida del Uno al Otro) y de paso que hoy día podamos disfrutar sin subtítulos el cine hondo de Adolfo Aristarain (Un Lugar en el Mundo) o Francisco J. Lombardi (Muerte al amanecer), los versos afilados de Mario Benedetti o Pablo Neruda…
Por mi parte, dedicaré el día a recargar pilas necesarias para sobrevivir a una existencia cada vez más rutinaria e intolerable, donde apenas hay lugar para el desahogo y cualquier propuesta lúcida se deja corromper por el conformismo y la displicencia con la misma diligencia con la que mi reloj de pulsera deglute segundos, minutos, horas, días...
Ocuparé parte de mi tiempo libre revisionando la bellísima historia de El Viaje de Chihiro que, como ya os he contado en alguna ocasión, sirvió para reconciliarme con el mejor de los Cines y, si me da tiempo, con el Drácula de Coppola, que tan bien analizara Rafa Marín en su bitácora, y a la que le debo, como poco, un artículo que compense las inolvidables sensaciones que me produjo su primer visionado.
Y, naturalmente, escribiré un post dedicado a uno de los españoles más universales de cuantos se ha atrevido a engendrar la cinematografía hispana...
Por mi parte, dedicaré el día a recargar pilas necesarias para sobrevivir a una existencia cada vez más rutinaria e intolerable, donde apenas hay lugar para el desahogo y cualquier propuesta lúcida se deja corromper por el conformismo y la displicencia con la misma diligencia con la que mi reloj de pulsera deglute segundos, minutos, horas, días...

Ocuparé parte de mi tiempo libre revisionando la bellísima historia de El Viaje de Chihiro que, como ya os he contado en alguna ocasión, sirvió para reconciliarme con el mejor de los Cines y, si me da tiempo, con el Drácula de Coppola, que tan bien analizara Rafa Marín en su bitácora, y a la que le debo, como poco, un artículo que compense las inolvidables sensaciones que me produjo su primer visionado.
Y, naturalmente, escribiré un post dedicado a uno de los españoles más universales de cuantos se ha atrevido a engendrar la cinematografía hispana...
Jesús Franco en el Dia de la Hispanidad
No hay cine de serie B, hay cine sin ideas. Tanto el cine B como el A, tienen posibilidades de ser de calidad, o ser una mierda

Poseedor, como se ha dicho, de una filmografía inabarcable y de una colección de pseudónimos de origen recurrente (tantos que aunque sólo hubiera hecho una película con cada uno de ellos seguiría siendo uno de los directores más prolíficos de la cinematografía hispana), ha posado su mirada (a veces lujuriosa, a veces traviesa, a veces cinéfila, a veces trash, a veces lúcida) en todos los géneros del cine (musical incluido) con una considerable insolencia, alternando filmes de culto (Las Vampiras), con otros de éxito internacional (Necronomicón), obras de género en sentido estricto (Gritos en la noche) con pelis de caspa y fans (Killer Barbies), películas de aire tebeístico (Luke, el intrépido) con dobles versiones anticensuras (casi toda su filmografía), cine hard con afán superviviente (Una rajita para dos) con experimentos arriesgados con aroma pop (Drácula Vs. Frankenstein)... Todo ello sazonado con una actitud bohemia e irreverente que le aparta de los dictámenes oficialistas (y de su política de subvenciones) , de los premios honoríficos a su trayectoria a los que son adictos algunos de su generación, de la cuota de pantalla que su obstinación ya tendría por bien haber merecido.
No. Yo soy un director bendito. En serio, detesto las etiquetas. Prefiero que me consideren un outsider y un marginado a que me etiqueten como el director favorito del sistema.

Es Jesús Franco: uno de los artistas españoles más universales: actor, productor, guionista, músico y, sobretodo, director de más de ciento noventa títulos (que, por cierto, han generado una multitud de carteles –muchos de ellos magníficos- cuya compilación merecería, ya de por sí, un culto mesiánico hacia su obra) repartidos en las filmotecas de países como Alemania, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y, en menor medida, España, a mayor gloria de los miles de fans (Roger Corman y Quentin TArantino, incluidos) que aun esperan que a alguien se le ocurra reivindicar en vida la figura de tan singular superviviente del estamento cinematográfico español.
Documentación y enlaces:
Videos y DVDs de Jess Franco
Entrevistas a Jesús Franco:
El Mundo
Terror Universal (entrevista de Sara Rodriguez Mata)
en CineFantastico (caché) por Sergei
entrevista de Oskar L.
Belategui
Filmografía:
IMDB
Cinefania
Culturalia
Rottentomatoes

Poseedor, como se ha dicho, de una filmografía inabarcable y de una colección de pseudónimos de origen recurrente (tantos que aunque sólo hubiera hecho una película con cada uno de ellos seguiría siendo uno de los directores más prolíficos de la cinematografía hispana), ha posado su mirada (a veces lujuriosa, a veces traviesa, a veces cinéfila, a veces trash, a veces lúcida) en todos los géneros del cine (musical incluido) con una considerable insolencia, alternando filmes de culto (Las Vampiras), con otros de éxito internacional (Necronomicón), obras de género en sentido estricto (Gritos en la noche) con pelis de caspa y fans (Killer Barbies), películas de aire tebeístico (Luke, el intrépido) con dobles versiones anticensuras (casi toda su filmografía), cine hard con afán superviviente (Una rajita para dos) con experimentos arriesgados con aroma pop (Drácula Vs. Frankenstein)... Todo ello sazonado con una actitud bohemia e irreverente que le aparta de los dictámenes oficialistas (y de su política de subvenciones) , de los premios honoríficos a su trayectoria a los que son adictos algunos de su generación, de la cuota de pantalla que su obstinación ya tendría por bien haber merecido.
No. Yo soy un director bendito. En serio, detesto las etiquetas. Prefiero que me consideren un outsider y un marginado a que me etiqueten como el director favorito del sistema.

Es Jesús Franco: uno de los artistas españoles más universales: actor, productor, guionista, músico y, sobretodo, director de más de ciento noventa títulos (que, por cierto, han generado una multitud de carteles –muchos de ellos magníficos- cuya compilación merecería, ya de por sí, un culto mesiánico hacia su obra) repartidos en las filmotecas de países como Alemania, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y, en menor medida, España, a mayor gloria de los miles de fans (Roger Corman y Quentin TArantino, incluidos) que aun esperan que a alguien se le ocurra reivindicar en vida la figura de tan singular superviviente del estamento cinematográfico español.
Documentación y enlaces:
Videos y DVDs de Jess Franco
Entrevistas a Jesús Franco:
El Mundo
Terror Universal (entrevista de Sara Rodriguez Mata)
en CineFantastico (caché) por Sergei
entrevista de Oskar L.
Belategui
Filmografía:
IMDB
Cinefania
Culturalia
Rottentomatoes
Historias de Cine III: The End
Ya abandonasteis la idea de estar viviendo en un sueño donde el futuro se sirve en tres actos celosamente estructurados por individuos recién salidos de la facultad de los sueños ilusorios, justo allí donde los riesgos nunca se consuman y cuando se consuman, aparece alguien encargado de contaros que todo, absolutamente todo, era mentira…
Ya dejasteis de vivir como propias las experiencias idealizadas de otros, los duelos y abatimientos de los que tú, amiga, nunca podrías salir sin mi ayuda y en el pasillo, te acuerdas de recuperar las prisas, salir por la puerta de emergencias, vomitar tu odio en el aparcamiento tras los huesos de un conductor novel que, efectivamente, no parece ser muy hábil al volante…
Y bajo vuestros pies repudiáis los restos de una vanidad que antes había sido un sabor salado, algo caliente, y un bote de cola con hielo y pajita, condenado a perdurar sólo hasta que a la salida, seducido por los colores y el ruido, por los gritos de unos niños que aprenden la doctrina del consumismo, te acuerdas de esa moneda, ay, y de esa caricia que el otro día te regalaron cuando en una situación parecida… la invitaste a otra bolsa de palomitas.
Y aquí quedo yo. Con la escoba en una mano y mis lágrimas, enjugadas, en la otra, esperando en la penumbra de una sala desalojada de sueños que este director presuntuoso del que tanto hablan se haya dignado esta vez a poner tras los dichosos títulos de crédito que sólo yo veo, el destete de la protagonista que anunciaban en aquel chat de internet.
Precisamente hoy que soy consciente, más que ningún otro día, de ser una de aquellas ficciones autocomplacientes de la que tanto acostumbran a crear estos personajillos engreídos y sin talento que pululan por la red de redes creyéndose, ingenuos ellos, que alguna vez vivirán de su saber cinéfilo…
Ya dejasteis de vivir como propias las experiencias idealizadas de otros, los duelos y abatimientos de los que tú, amiga, nunca podrías salir sin mi ayuda y en el pasillo, te acuerdas de recuperar las prisas, salir por la puerta de emergencias, vomitar tu odio en el aparcamiento tras los huesos de un conductor novel que, efectivamente, no parece ser muy hábil al volante…
Y bajo vuestros pies repudiáis los restos de una vanidad que antes había sido un sabor salado, algo caliente, y un bote de cola con hielo y pajita, condenado a perdurar sólo hasta que a la salida, seducido por los colores y el ruido, por los gritos de unos niños que aprenden la doctrina del consumismo, te acuerdas de esa moneda, ay, y de esa caricia que el otro día te regalaron cuando en una situación parecida… la invitaste a otra bolsa de palomitas.
Y aquí quedo yo. Con la escoba en una mano y mis lágrimas, enjugadas, en la otra, esperando en la penumbra de una sala desalojada de sueños que este director presuntuoso del que tanto hablan se haya dignado esta vez a poner tras los dichosos títulos de crédito que sólo yo veo, el destete de la protagonista que anunciaban en aquel chat de internet.
Precisamente hoy que soy consciente, más que ningún otro día, de ser una de aquellas ficciones autocomplacientes de la que tanto acostumbran a crear estos personajillos engreídos y sin talento que pululan por la red de redes creyéndose, ingenuos ellos, que alguna vez vivirán de su saber cinéfilo…
Annie Hall en voz en off
"Ya desde niño me sentí atraído por las mujeres que no me convenían, ¿saben? Creo que ahí está mi problema. Cuando mi madre me llevó a ver «Blancanieves y los siete enanitos», todos se enamoraban de Blancanieves. Pero yo me enamoré inmediatamente de la Reina Mala"

"...y me acordé de aquel viejo chiste, ya saben, el del tipo que va a ver al psiquiatra y le dice: «Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree que es una gallina». Y el médico le contesta: «Bueno, ¿y por qué no hace que lo encierren?». Y el tipo le replica: «Lo haría pero es que necesito los huevos». En fin, yo creo que eso expresa muy bien lo que siento acerca de las relaciones entre las personas. ¿Saben? Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas y... pero, ah, creo que las seguimos manteniendo porque, ah, la mayor parte de nosotros necesitamos los huevos"

"...y me acordé de aquel viejo chiste, ya saben, el del tipo que va a ver al psiquiatra y le dice: «Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree que es una gallina». Y el médico le contesta: «Bueno, ¿y por qué no hace que lo encierren?». Y el tipo le replica: «Lo haría pero es que necesito los huevos». En fin, yo creo que eso expresa muy bien lo que siento acerca de las relaciones entre las personas. ¿Saben? Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas y... pero, ah, creo que las seguimos manteniendo porque, ah, la mayor parte de nosotros necesitamos los huevos"
¿Sueñan los criogenizados con ovejas eléctricas?
Ayer, en La 2 de TVE, el programa Documentos TV nos brindó un documental referido a una temática singular: la criogenización.
Tras varios minutos en que los entrevistados se repartían entre freaks adoradores de la ciencia criogenizadora y trabajadores empleados en la causa, uno siempre tenía la impresión de que el mayor estímulo que impulsaba la criogenización como Ciencia era la Fe que profesaban sus seguidores hacia las bondades del método. Contradicción de naturaleza irónica que, sin embargo, quedaba al margen de los apasionados promotores de la misma…
Casi sin querer, tuvo su aparición en escena un entusiasta Gregory Benford (escritor ganador del premio Nebula por Cronopaisaje) que, aunque admitía las pocas posibilidades de la viabilidad del procedimiento, se entregaba con efusión a sus resultados, al mismo tiempo, que comentaba los recelos que sus colegas Clifford D. Simak o Robert A. Heinlein habían expresado sobre un tema que, directamente, atentaba contra su religiosidad, o el comprensivo argumento que había esgrimido Ray Bradbury sobre la futilidad que suponía resucitar en un futuro al que no habrían podido llegar los seres a los que amaba. (La respuesta de Benford lo situaba de bruces en la cúspide de la causa. “pues que se criogenicen ellos también”).
El mayor hallazgo del documental, a mi juicio, fue la presentación de uno de los productos estrella de la Fundación Alcor para la Extensión de la Vida: las cabezas que, desgajadas del cuerpo y posteriormente criogenizadas tal cual, esperan que el futuro no sólo les depare la cura de su enfermedad sino además un cuerpo vivo (y joven, suponemos), clonado, en el que poder aposentar su experimentado cerebelo… Fragmento de documental que los aficionados a las series catódicas de pata negra, ya habrán asociado a alguna de las mejores escenas de Futurama.

El documental proseguía intercalando opiniones entusiastas con retazos de empresa corporativa que a los devotos de la ciencia ficción tanto nos recuerda a Dick y a uno de sus ejemplos más afamados: Ubik. Así que al mismo tiempo que visionaba el programa (de otra parte, excesivamente redundante), no podía dejar de preguntarme por qué en lugar de películas tan deficientes como Demolition Man, Eternamente Joven o Jason X (por citas películas que directamente se definen por la temática criogenizadora), a nadie se le ha ocurrido tratar el tema (interesante, por cierto) con el estilo penetrante y subyugador que acostumbraba el bueno de Dick.
Ahora que lo pienso: demasiado complejo para los discípulos de Jerry Bruckheimer.
Tras varios minutos en que los entrevistados se repartían entre freaks adoradores de la ciencia criogenizadora y trabajadores empleados en la causa, uno siempre tenía la impresión de que el mayor estímulo que impulsaba la criogenización como Ciencia era la Fe que profesaban sus seguidores hacia las bondades del método. Contradicción de naturaleza irónica que, sin embargo, quedaba al margen de los apasionados promotores de la misma…
Casi sin querer, tuvo su aparición en escena un entusiasta Gregory Benford (escritor ganador del premio Nebula por Cronopaisaje) que, aunque admitía las pocas posibilidades de la viabilidad del procedimiento, se entregaba con efusión a sus resultados, al mismo tiempo, que comentaba los recelos que sus colegas Clifford D. Simak o Robert A. Heinlein habían expresado sobre un tema que, directamente, atentaba contra su religiosidad, o el comprensivo argumento que había esgrimido Ray Bradbury sobre la futilidad que suponía resucitar en un futuro al que no habrían podido llegar los seres a los que amaba. (La respuesta de Benford lo situaba de bruces en la cúspide de la causa. “pues que se criogenicen ellos también”).
El mayor hallazgo del documental, a mi juicio, fue la presentación de uno de los productos estrella de la Fundación Alcor para la Extensión de la Vida: las cabezas que, desgajadas del cuerpo y posteriormente criogenizadas tal cual, esperan que el futuro no sólo les depare la cura de su enfermedad sino además un cuerpo vivo (y joven, suponemos), clonado, en el que poder aposentar su experimentado cerebelo… Fragmento de documental que los aficionados a las series catódicas de pata negra, ya habrán asociado a alguna de las mejores escenas de Futurama.
El documental proseguía intercalando opiniones entusiastas con retazos de empresa corporativa que a los devotos de la ciencia ficción tanto nos recuerda a Dick y a uno de sus ejemplos más afamados: Ubik. Así que al mismo tiempo que visionaba el programa (de otra parte, excesivamente redundante), no podía dejar de preguntarme por qué en lugar de películas tan deficientes como Demolition Man, Eternamente Joven o Jason X (por citas películas que directamente se definen por la temática criogenizadora), a nadie se le ha ocurrido tratar el tema (interesante, por cierto) con el estilo penetrante y subyugador que acostumbraba el bueno de Dick.
Ahora que lo pienso: demasiado complejo para los discípulos de Jerry Bruckheimer.
Bourne: cine de espías renovado
Con la Saga Bourne, uno se vuelve a reencontrar con el cine de espías en su vertiente más satisfactoria, un cine que recupera la verosimilitud del fragmento contenido en un receptáculo mayor del todo punto inverosímil y, sin embargo, cautivador y deleitable, donde la acción transcurre por circunstancias lógicas y los héroes se resienten de un pasado lóbrego y, seguramente, brutal.
Es un tipo de cine de acción, por ende, que se encarga de recuperar la esencia del género de espías (una evolución sofisticada del cine negro adaptada a las circunstancias psicosociales en las que la acción tiene lugar) adaptándolo a un contexto actual repleto de países desposeídos de fronteras o, cuanto menos, fácilmente traspasables (La facilidad de Bourne para cambiar de identidad y moverse a sus anchas por todo el territorio Europeo resulta claramente paradigmática de lo apuntado), de temores paranoicos de origen desconocido (cuya metáfora se representa en el propio personaje protagonista), de más fondos públicos destinados a la seguridad de lo que realmente merecen sus gestores... Es un Cine, además, que nos reencuentra con aquellas películas de perseguidos por un aparato gubernamental que los ha permitido convertirse en asesinos despiadados e implacables, individuos de naturaleza salvaje sin ninguna otra posibilidad de redención que la confrontación directa contra aquellos a los que creen causantes de sus desvelos... Naturalmente, es un cine de espías en el que un tipo como Bourne, atormentado por el recuerdo de un pasado que no logra rememorar pero imagina, se mueve a sus anchas, utilizando cualquier excusa de carácter cómplice para demostrarnos su valía como miembro destacado de una élite financiada por aquellos que reniegan de los formalismos procesales.

Herido por las heridas de una batalla que no recuerda haber comenzado, el propio Bourne se autoconvence de que la mejor defensa sigue siendo un buen ataque, algo para lo que su entrenamiento y talento, parecen haberle preparado especialmente y que sufrirán en sus carnes aquellos que osaron acosarle.
El Caso Bourne y El Mito de Bourne parecen apéndices de un mismo enunciado. La primera se resuelve sofisticada y oscura, bien dirigida pero más convencional en cuanto a entramado y la segunda se rebela como una película aun más sombría y creíble, más tentadora y despechada pero peor realizada, con un montaje que confunde el desconcierto con la funcionalidad y con una música en exceso cimbreante.
Ambas, juntas y por separado, representan un magnífico ejemplo para aquellos que pensamos que el buen cine de género aún tiene un montón de cosas que contarnos
Es un tipo de cine de acción, por ende, que se encarga de recuperar la esencia del género de espías (una evolución sofisticada del cine negro adaptada a las circunstancias psicosociales en las que la acción tiene lugar) adaptándolo a un contexto actual repleto de países desposeídos de fronteras o, cuanto menos, fácilmente traspasables (La facilidad de Bourne para cambiar de identidad y moverse a sus anchas por todo el territorio Europeo resulta claramente paradigmática de lo apuntado), de temores paranoicos de origen desconocido (cuya metáfora se representa en el propio personaje protagonista), de más fondos públicos destinados a la seguridad de lo que realmente merecen sus gestores... Es un Cine, además, que nos reencuentra con aquellas películas de perseguidos por un aparato gubernamental que los ha permitido convertirse en asesinos despiadados e implacables, individuos de naturaleza salvaje sin ninguna otra posibilidad de redención que la confrontación directa contra aquellos a los que creen causantes de sus desvelos... Naturalmente, es un cine de espías en el que un tipo como Bourne, atormentado por el recuerdo de un pasado que no logra rememorar pero imagina, se mueve a sus anchas, utilizando cualquier excusa de carácter cómplice para demostrarnos su valía como miembro destacado de una élite financiada por aquellos que reniegan de los formalismos procesales.

Herido por las heridas de una batalla que no recuerda haber comenzado, el propio Bourne se autoconvence de que la mejor defensa sigue siendo un buen ataque, algo para lo que su entrenamiento y talento, parecen haberle preparado especialmente y que sufrirán en sus carnes aquellos que osaron acosarle.
El Caso Bourne y El Mito de Bourne parecen apéndices de un mismo enunciado. La primera se resuelve sofisticada y oscura, bien dirigida pero más convencional en cuanto a entramado y la segunda se rebela como una película aun más sombría y creíble, más tentadora y despechada pero peor realizada, con un montaje que confunde el desconcierto con la funcionalidad y con una música en exceso cimbreante.
Ambas, juntas y por separado, representan un magnífico ejemplo para aquellos que pensamos que el buen cine de género aún tiene un montón de cosas que contarnos
Cronicon en los BOBs
Esta tarde, mientras recorría las catacumbas de Google en busca de nuevas páginas que, de alguna forma u otra, enlazaran a alguna de las mías, me llevé toda una sorpresa (por inesperada) por la presencia de este Cronicón Cinéfilo entre las propuestas como candidatas al mejor Blog en la categoría "Tema" de la web THE BOBs - BEST OF THE BLOGS DEUTSCHE WELLE PREMIOS INTERNACIONALES WEBLOG 2004.

En fin, mi ego agradece sobremanera a la persona (a la que no conozco ni me advirtió de su intención), lector de la presente página, que se encargó de dotar de tan magnos honores a este modesto y, absolutamente personalísimo, El Cronicón Cinéfilo.

En fin, mi ego agradece sobremanera a la persona (a la que no conozco ni me advirtió de su intención), lector de la presente página, que se encargó de dotar de tan magnos honores a este modesto y, absolutamente personalísimo, El Cronicón Cinéfilo.
Hellboy: Superhéroe en déjà vu
Hellboy es un film exonerado de cualquier pretensión artística (a propósito) que nos cuenta la historia de un pequeño diablillo que retorna del averno para definirse contra la tiranía de la malignidad (Spawn), enrolado en una corporación gubernamental (X-files) consagrada a la captación y reclutamiento de seres ¿humanos? de ascendencia paranormal (X-Men) y que dedica todos sus fondos y recursos para salvar a la humanidad del acoso, impertinente, de demiurgos, nazis, babosas demoníacas, y demás habitantes del (sub)mundo de las tinieblas.

Hellboy cuenta como aliado con un hombre pez con cabeza de sandía y cerebro de precogniscente (y que el guionista olvida a mitad del metraje); con una compañera que hace las veces de amor platónico (y no platónico) e hilo conductor (Superman), poseedora de una infancia difícil (Carrie) y un presente lacónico que pasa como puede enjugándose en diatribas existenciales en el jardín de un frenopático y momentos de estrés culminados con impulsos piroquinéticos (Firestarter) que se activan, creedme, mediante la carpetovetónica técnica del guantazo (¿Scary Movie 4?); y, naturalmente, (cuenta) con un maestro adoctrinado, consejero que ejerce de padre (o padre que ejerce de mentor), que le guía por el mejor de los caminos posibles, el compromiso, y lo obliga a resguardarse de los caminos de la tentación por una simple cuestión de fe.
La acción transcurre por suburbanos góticos (Underground, Mimic, Blade II), iglesias derruidas teñidas de aguaceros y granadas, cementerios siberianos con estructura de videojuego, y recintos gubernamentales enterrados en la cotidianidad de un barrio residencial…, escenarios recurrentes todos ellos que el bueno de Guillermo del Toro aproveche para dar rienda suelta a su poderosa maquinaria iconográfica, repleta de imágenes fascinantes y pasajes mágicos (que en algún momento recuerdan a Kwaidan), y que posibilitan la perfecta fusión entre la adaptación comicófila al uso en el Hollywood actual (poco imaginativa y, terriblemente, predecible) y el universo religioso, mecanicista y visionario del excesivo (pero tantas veces brillante) director mexicano.
Los numerosos referentes a la filmografía de Del Toro (desde Cronos a Mimic, pasando por Blade II) sólo nos indica que Hellboy también bebe de la fuente de la autorreferencia, caudal del que acostumbran a beber los directores en sus horas más bajas pero que, sin embargo, el cineasta mexicano utiliza para recuperar al personaje de Mignona de la futilidad previsible a la que la condenan los cánones exigidos por los consumidores de palomitas a granel, no lo olvidemos, auténticos financiadores de la mayoría de las películas que pueblan las carteleras de todo el mundo.
En este sentido, Hellboy no funciona como actualización de todos estos precedentes, ni siquiera como un excelente compendio de las bondades de aquéllas sino porque es un film consciente de sus propias limitaciones y debilidades, de su guión terso (que el bueno de HellBoy trata de disimular bajo la fachada de algún momento de humor –poco afortunado, la verdad) y sus interpretaciones estereotipadas (salvo Ron Perlman) y, sobretodo, porque nunca oculta su condición de producto menor pero divertido que logra rehuir de la mediocridad por el talante y tesón de su buen director.
¿Qué nos ofrece de original..? Nada. ¿Y por qué nos gusta?
Calificación: 6
Lo menos destacado: El guión y su insolente voluntad por acumular personajes insubstanciales y planos, la nula capacidad dramática de los momentos que debieran haber sido (más) dramáticos…
Lo más destacado: la dirección artística, el magnífico montaje, la narratividad de sus escenas de acción, la decidida voluntad de Del Toro por acercar la historia de Hellboy a su propio universo conceptual.

Hellboy cuenta como aliado con un hombre pez con cabeza de sandía y cerebro de precogniscente (y que el guionista olvida a mitad del metraje); con una compañera que hace las veces de amor platónico (y no platónico) e hilo conductor (Superman), poseedora de una infancia difícil (Carrie) y un presente lacónico que pasa como puede enjugándose en diatribas existenciales en el jardín de un frenopático y momentos de estrés culminados con impulsos piroquinéticos (Firestarter) que se activan, creedme, mediante la carpetovetónica técnica del guantazo (¿Scary Movie 4?); y, naturalmente, (cuenta) con un maestro adoctrinado, consejero que ejerce de padre (o padre que ejerce de mentor), que le guía por el mejor de los caminos posibles, el compromiso, y lo obliga a resguardarse de los caminos de la tentación por una simple cuestión de fe.
La acción transcurre por suburbanos góticos (Underground, Mimic, Blade II), iglesias derruidas teñidas de aguaceros y granadas, cementerios siberianos con estructura de videojuego, y recintos gubernamentales enterrados en la cotidianidad de un barrio residencial…, escenarios recurrentes todos ellos que el bueno de Guillermo del Toro aproveche para dar rienda suelta a su poderosa maquinaria iconográfica, repleta de imágenes fascinantes y pasajes mágicos (que en algún momento recuerdan a Kwaidan), y que posibilitan la perfecta fusión entre la adaptación comicófila al uso en el Hollywood actual (poco imaginativa y, terriblemente, predecible) y el universo religioso, mecanicista y visionario del excesivo (pero tantas veces brillante) director mexicano.
Los numerosos referentes a la filmografía de Del Toro (desde Cronos a Mimic, pasando por Blade II) sólo nos indica que Hellboy también bebe de la fuente de la autorreferencia, caudal del que acostumbran a beber los directores en sus horas más bajas pero que, sin embargo, el cineasta mexicano utiliza para recuperar al personaje de Mignona de la futilidad previsible a la que la condenan los cánones exigidos por los consumidores de palomitas a granel, no lo olvidemos, auténticos financiadores de la mayoría de las películas que pueblan las carteleras de todo el mundo.
En este sentido, Hellboy no funciona como actualización de todos estos precedentes, ni siquiera como un excelente compendio de las bondades de aquéllas sino porque es un film consciente de sus propias limitaciones y debilidades, de su guión terso (que el bueno de HellBoy trata de disimular bajo la fachada de algún momento de humor –poco afortunado, la verdad) y sus interpretaciones estereotipadas (salvo Ron Perlman) y, sobretodo, porque nunca oculta su condición de producto menor pero divertido que logra rehuir de la mediocridad por el talante y tesón de su buen director.
¿Qué nos ofrece de original..? Nada. ¿Y por qué nos gusta?
Calificación: 6
Lo menos destacado: El guión y su insolente voluntad por acumular personajes insubstanciales y planos, la nula capacidad dramática de los momentos que debieran haber sido (más) dramáticos…
Lo más destacado: la dirección artística, el magnífico montaje, la narratividad de sus escenas de acción, la decidida voluntad de Del Toro por acercar la historia de Hellboy a su propio universo conceptual.
Dear American Friend
Querido amigo americano:
Se que estás ahí, que me sigues desde hace varios meses aunque apenas si te atreves a dejar el rastro de un servidor que no reconozco. No te culpo: yo mismo paso por infinidad de sitios sin atreverme a dejar siquiera un suspiro de mi presencia, una huella consciente que refrende esa visita que acabo de realizar. Me vence la timidez como a ti.
No quiero que te lo tomes a mal, o que puedas entender esta misiva como un modo de intromisión en tu voluntad, en tu legítimo ejercicio al voto libre, incoaccionado, voluntario por el que tanto y tan noblemente, por qué ponerlo en duda, lucharon tus antepasados.

No quiero hablarte de política porque este no es medio adecuado para ello. Tampoco quiero hablarte de justicia social. Desde aquí sólo puedo hablarte de Cine: te puedo hablar de Ken Loach, ese gamberrete director británico al que le gusta contar historias de gente cotidiana, como tú y como yo, con sus problemas de conciencia de clase, con sus inciertos futuros, con sus sueldos congelados, sus procesos de regulación de empleo, sus jubilaciones anticipadas, su alcoholismo maldito, su imposibilidad para disfrutar de una vida amorosa placentera por cuenta de una globalización auspiciada por aquellos que proyectan sueños en forma de dólares, muertos a cambio de una mayor plusvalía.
Te puedo hablar de Tim Robbins, ese mal cómico pero estupendo director que, de vez en cuando, se desmarca en tu país con alguna declaración altisonante, tu me entiendes: “que si los derechos civiles limitados, que si las libertades públicas cerceradas, que si los presos de Guantánamo, que si la participación en invasiones de terceros países con propósitos mercantilistas...”, alternándolo con alguna película lúcida y consecuente que reflexiona sobre la pena de muerte, sobre la naturaleza y carácter de una religión retrógrada que encuentra un extraño acomodo en la venganza y en la humillación pública.

También puedo hablarte de Michael Moore, un documentalista gordo con aires demagógicos y exceso de ego (y un cineasta como la copa de un pino) que, seguramente conocerás mucho mejor que yo y que se dedica a tocar las pelotas (the balls) a ese que tú y yo sabemos, imagínate, sólo porque dejó toda una insignificamente ciudad de Michigan sin futuro, un país armado hasta los dientes al que le insunfla ingentes dosis de paranoia colectiva, una política exterior emparentada con los traficantes de petróleo y a la ausencia de un compromiso solidario, un cielo sucio y contaminado y algún que otro protocolo medioambiental sin firmar, Frentes internacionales sustentados por qué se yo empresas, eso sí, en nombre del Dios, ya lo sabes, el Dios bueno, el que siempre tenemos de nuestro lado y nos ilumina y fundamenta y nos proporciona tantos devotos, oh gracias, como impuestos para financiar nuestras empresas de armas. En el fondo, el Sr. Moore es un director de Cine que hace Cine y en el Cine, qué te voy a contar que tú ya no sepas, todo se exagera, todo es subjetivo, todo es absolutamente relativo...
Por cierto, ese tipo, el de la consonante intercalada, es hijo de alguien influyente, ¿verdad? Tiene dinero, tiene amigos, tiene petróleo... Supongo que podría comprar cualquier cosa y, que casualidad, se le ocurre vivir en un entorno que le vendería cualquier cosa... En fin, ya sé que es un tipo influyente. Por aquí dejó más de un amigo que hoy, como no tiene gran cosa que hacer, se dedica a devolverle los favores escribiendo algún discurso de caracter anacrónico, algún chascarrillo cómplice con los mismos aires paranoicos esgrimidos por su mentor y maestro, sazonado de un sentido del humor surrealista que, irremediablemente, los cinéfilos asociamos a Groucho Marx o a Charles Chaplin en imagen pero, por descontado, jamás lo haríamos en talento.
Yo no puedo presumir de nada: mientras escribo esto han muerto de hambre más de un centenar de críos mucho más cerca de lo que me gustaría creer y no parece que me importe demasiado... Esta mañana he presenciado un amanecer y me he ocultado en una oficina para dejar pasar el día encerrado en mis números y una ristra de asuntos de escasa trascendencia. Si esta noche hubiera habido fútbol ni siquiera hubiera pensado en tí, amigo americano, ni en la posibilidad de estar contándote todo esto...
No. No te engañes. No pido tu voto. Simplemente me desahogo porque yo no puedo votar y sé, que a larga, el resultado de esta elección me va a afectar de algún modo. Y con alguien tengo que desahogar mi impotencia. Me comprendes, ¿verdad? Vota. Vota en conciencia, como sí realmente tu voto fuera más que un único voto, como si tras tu decisión se encontrara el destino de toda una humanidad . Vota, tú, que puedes hacerlo...
Nos veremos en el cine, si te apetece, en el único lugar del mundo donde la utopía aún es posible.
Yours sincerely,
J. P. B.
Se que estás ahí, que me sigues desde hace varios meses aunque apenas si te atreves a dejar el rastro de un servidor que no reconozco. No te culpo: yo mismo paso por infinidad de sitios sin atreverme a dejar siquiera un suspiro de mi presencia, una huella consciente que refrende esa visita que acabo de realizar. Me vence la timidez como a ti.
No quiero que te lo tomes a mal, o que puedas entender esta misiva como un modo de intromisión en tu voluntad, en tu legítimo ejercicio al voto libre, incoaccionado, voluntario por el que tanto y tan noblemente, por qué ponerlo en duda, lucharon tus antepasados.

No quiero hablarte de política porque este no es medio adecuado para ello. Tampoco quiero hablarte de justicia social. Desde aquí sólo puedo hablarte de Cine: te puedo hablar de Ken Loach, ese gamberrete director británico al que le gusta contar historias de gente cotidiana, como tú y como yo, con sus problemas de conciencia de clase, con sus inciertos futuros, con sus sueldos congelados, sus procesos de regulación de empleo, sus jubilaciones anticipadas, su alcoholismo maldito, su imposibilidad para disfrutar de una vida amorosa placentera por cuenta de una globalización auspiciada por aquellos que proyectan sueños en forma de dólares, muertos a cambio de una mayor plusvalía.
Te puedo hablar de Tim Robbins, ese mal cómico pero estupendo director que, de vez en cuando, se desmarca en tu país con alguna declaración altisonante, tu me entiendes: “que si los derechos civiles limitados, que si las libertades públicas cerceradas, que si los presos de Guantánamo, que si la participación en invasiones de terceros países con propósitos mercantilistas...”, alternándolo con alguna película lúcida y consecuente que reflexiona sobre la pena de muerte, sobre la naturaleza y carácter de una religión retrógrada que encuentra un extraño acomodo en la venganza y en la humillación pública.

También puedo hablarte de Michael Moore, un documentalista gordo con aires demagógicos y exceso de ego (y un cineasta como la copa de un pino) que, seguramente conocerás mucho mejor que yo y que se dedica a tocar las pelotas (the balls) a ese que tú y yo sabemos, imagínate, sólo porque dejó toda una insignificamente ciudad de Michigan sin futuro, un país armado hasta los dientes al que le insunfla ingentes dosis de paranoia colectiva, una política exterior emparentada con los traficantes de petróleo y a la ausencia de un compromiso solidario, un cielo sucio y contaminado y algún que otro protocolo medioambiental sin firmar, Frentes internacionales sustentados por qué se yo empresas, eso sí, en nombre del Dios, ya lo sabes, el Dios bueno, el que siempre tenemos de nuestro lado y nos ilumina y fundamenta y nos proporciona tantos devotos, oh gracias, como impuestos para financiar nuestras empresas de armas. En el fondo, el Sr. Moore es un director de Cine que hace Cine y en el Cine, qué te voy a contar que tú ya no sepas, todo se exagera, todo es subjetivo, todo es absolutamente relativo...
Por cierto, ese tipo, el de la consonante intercalada, es hijo de alguien influyente, ¿verdad? Tiene dinero, tiene amigos, tiene petróleo... Supongo que podría comprar cualquier cosa y, que casualidad, se le ocurre vivir en un entorno que le vendería cualquier cosa... En fin, ya sé que es un tipo influyente. Por aquí dejó más de un amigo que hoy, como no tiene gran cosa que hacer, se dedica a devolverle los favores escribiendo algún discurso de caracter anacrónico, algún chascarrillo cómplice con los mismos aires paranoicos esgrimidos por su mentor y maestro, sazonado de un sentido del humor surrealista que, irremediablemente, los cinéfilos asociamos a Groucho Marx o a Charles Chaplin en imagen pero, por descontado, jamás lo haríamos en talento.
Yo no puedo presumir de nada: mientras escribo esto han muerto de hambre más de un centenar de críos mucho más cerca de lo que me gustaría creer y no parece que me importe demasiado... Esta mañana he presenciado un amanecer y me he ocultado en una oficina para dejar pasar el día encerrado en mis números y una ristra de asuntos de escasa trascendencia. Si esta noche hubiera habido fútbol ni siquiera hubiera pensado en tí, amigo americano, ni en la posibilidad de estar contándote todo esto...
No. No te engañes. No pido tu voto. Simplemente me desahogo porque yo no puedo votar y sé, que a larga, el resultado de esta elección me va a afectar de algún modo. Y con alguien tengo que desahogar mi impotencia. Me comprendes, ¿verdad? Vota. Vota en conciencia, como sí realmente tu voto fuera más que un único voto, como si tras tu decisión se encontrara el destino de toda una humanidad . Vota, tú, que puedes hacerlo...
Nos veremos en el cine, si te apetece, en el único lugar del mundo donde la utopía aún es posible.
Yours sincerely,
J. P. B.
Realidad inyectada en vena
El otro día me inyecté en vena una ración doble de cine independiente en formato realista con dos buenas películas: Capturing the Friedmans y Elephant.
La apacible vida de los Friedman, una familia de clase media residente cerca de la costa este se ve enturbiada por la interceptación por parte del FBI de unas revistas de p ornografía infantil remitidas al padre de la familia, Arnold. Este hallazgo y la posterior investigación en el entorno del sujeto auspiciada por los muchachos del FBI, propiciará numerosas denuncias que inculpan al propio Arnold Friedman y a su hijo Jessie, de numerosos delitos de pederastia y abuso a menores cometidos durante, al menos, cuatro años.
El Film de Andrew Jarecki recupera las imágenes caseras rodadas por el propio Arnie y, sobretodo, por David, el hijo mayor de los Friedman, actual payaso (de profesión) e inspirador casual de la película (el director preparaba un documental sobre el mundo de los payasos cuando se encontró con David Friedman y con el escabroso pasado de su familia), en los momentos previos a la detención y posterior proceso judicial de Arnold y su hijo Jessie.

Las imágenes representan un testimonio descarnado e inaudito del desmoronamiento de una familia, de sus disputas y desvelos, del afán de sus miembros por aparentar una cotidianidad normalizada que, sin embargo y en estado de latencia, oculta un pasado brutal y un futuro intensamente oscuro que culminará, o no, con el suicidio de Arnold Friedman en la cárcel.
Radiografía en bruto de la realidad más deprimente (influencia de la prensa, compadreo judicial, enrocamiento familiar…), Capturing the Friedmans es un film documental desprovisto de aditivos y, francamente, doloroso que atraviesa las diferentes etapas de un pre-proceso judicial que actúa como hilo conductor de la historia con una gran precisión narrativa, renunciado al enjuiciamiento de los acontecimientos que narra pero dotándolas de una efectiva contundencia emanada de la severidad del tema objeto de análisis.
Un auténtico documental de terror.
Con idéntica conmoción social a sus espaldas (pues la película se basa en Tragedia en el Instituto Columbine que ya generaría la estupenda Bowling for Columbine de Michael Moore), Elephant de Gus Van SAnt nos cuenta la historia cotidiana de un instituto en los momentos previos al asalto y posterior matanza ejecutada por dos de sus jóvenes y ociosos alumnos. Pero esto, amig@s, ya es otra historia.
La apacible vida de los Friedman, una familia de clase media residente cerca de la costa este se ve enturbiada por la interceptación por parte del FBI de unas revistas de p ornografía infantil remitidas al padre de la familia, Arnold. Este hallazgo y la posterior investigación en el entorno del sujeto auspiciada por los muchachos del FBI, propiciará numerosas denuncias que inculpan al propio Arnold Friedman y a su hijo Jessie, de numerosos delitos de pederastia y abuso a menores cometidos durante, al menos, cuatro años.
El Film de Andrew Jarecki recupera las imágenes caseras rodadas por el propio Arnie y, sobretodo, por David, el hijo mayor de los Friedman, actual payaso (de profesión) e inspirador casual de la película (el director preparaba un documental sobre el mundo de los payasos cuando se encontró con David Friedman y con el escabroso pasado de su familia), en los momentos previos a la detención y posterior proceso judicial de Arnold y su hijo Jessie.
Las imágenes representan un testimonio descarnado e inaudito del desmoronamiento de una familia, de sus disputas y desvelos, del afán de sus miembros por aparentar una cotidianidad normalizada que, sin embargo y en estado de latencia, oculta un pasado brutal y un futuro intensamente oscuro que culminará, o no, con el suicidio de Arnold Friedman en la cárcel.
Radiografía en bruto de la realidad más deprimente (influencia de la prensa, compadreo judicial, enrocamiento familiar…), Capturing the Friedmans es un film documental desprovisto de aditivos y, francamente, doloroso que atraviesa las diferentes etapas de un pre-proceso judicial que actúa como hilo conductor de la historia con una gran precisión narrativa, renunciado al enjuiciamiento de los acontecimientos que narra pero dotándolas de una efectiva contundencia emanada de la severidad del tema objeto de análisis.
Un auténtico documental de terror.
Con idéntica conmoción social a sus espaldas (pues la película se basa en Tragedia en el Instituto Columbine que ya generaría la estupenda Bowling for Columbine de Michael Moore), Elephant de Gus Van SAnt nos cuenta la historia cotidiana de un instituto en los momentos previos al asalto y posterior matanza ejecutada por dos de sus jóvenes y ociosos alumnos. Pero esto, amig@s, ya es otra historia.
Los ojos de Lady Halcón

- ¿Sois de verdad o sois un espíritu?
- Soy... desgraciada.
Noche de Halloween
Recupero de la revista Terror Universal, un extracto de uno de mis artículos (la primera parte de aquel que dedicara a John Carpenter y el Cine Fantástico) titulado La Noche de Halloween: La irrupción del Slasher, en recuerdo de este día de los muertos que tantas y tan variadas páginas a escrito en éste, nuestro medio artístico favorito.
There he is, there he is! The
Bogyman
Gracias a la aparición del soporte videográfico, el cine de Terror de Serie B está a punto de sufrir una transformación de sus resortes distributivos. Carpenter, y el mercado juvenil, tendrán mucho que decir en esta revolución
El sobresaliente éxito de La noche de los Muertos Vivientes (Romero) y la Semilla del Diablo (Polanski), sólo 10 años antes del estreno de La Noche de Halloween, ha desterrado de los circuitos de serie A propuestas revisionistas del cine de terror clásico. A cambio, los cines se llenan con experiencias cinematográficas más cercanas al thriller (El Exorcista), a la parapsicología (La leyenda de la Mansión del Infierno) o incluso a la aventura (Tiburón). En este contexto aperturista, las jóvenes promesas del cine norteamericano ubican sus primeros pasos en un género, el del terror, que desea vivir en la década de los 70 otro de sus célebres intentos de reinvención. Es la década en la que cineastas como Oliver Stone (la paranoica La Mano); David Cronenberg (Vinieron de dentro de...) o Brian de Palma (Carrie) coquetean con el género sin desafectos. Es el momento que aprovecha John Carpenter para cambiar -para siempre- el concepto del Slasher.
Desde M de Fritz Lang, pasando por el cuento de terror La Noche del Cazador de Charles Laughton, El Cebo de Ladjslao Vadja, hasta la obra cumbre Psicosis, El Estrangulador de Boston o la siempre reivindicable El estrangulador de Rillingon Place, el cine de psychokiller se ha destacado por ser un Cine de rostros, un Cine donde el protagonismo se reparte, de igual a igual, entre víctima y asesino. Consciente de su propia pericia, Carpenter destierra la idea de dotar de rostro al serial killer de La Noche de Halloween, quitándose importancia, porque no encuentra un actor que represente el tormento interior que sacude al personaje protagonista.

Aliado con la falta de competencia de su director de Casting, John Carpenter propone escenificar el anonimato de la violencia utilizando una máscara como elemento formal. De repente, el psychokiller se transforma en un ser de ascendencia pseudodiabólica y rostro anónimo: cualquier persona puede ser portadora del mal en su versión más descarnada. Sin saberlo, el director neoyorquino acaba de dejar sin vocación a toda la remesa de actores que, desde niños, habían deseado interpretar el papel de psicópata en un film (quedaban aun varios años para que Anthony Hopkins reivindicara el lugar del “rostro” en el mundillo del celuloide). Y más aún: El slasher promulgado por Carpenter se olvida de desollar gargantas de prostitutas (afición indeseable que promulgaba el moralista –y victoriano- destripador de Londres), ladronas de guante blanco (Psicosis) o ciudadanos de porte british habitantes de la ribera del Támesis (Frenzy), y dirige sus pasos hacia niñeras despreocupadas, ciudadanas en todo caso de una población norteamericana que, desde la invasión del último alienígena amorfo aficionado a los cómics, se había desacostumbrado al temor propiciado por los ataques violentos.
Las reglas del juego se pervierten en un tour de force donde lo más trascendente es el lugar donde Carpenter ubica la cámara, convirtiendo al director de un plumazo en uno de los mejores narradores de suspense del actual cine norteamericano y a la película, en una de las series B más taquilleras e imitadas de todos los tiempos.
There he is, there he is! The
Bogyman
Gracias a la aparición del soporte videográfico, el cine de Terror de Serie B está a punto de sufrir una transformación de sus resortes distributivos. Carpenter, y el mercado juvenil, tendrán mucho que decir en esta revolución
El sobresaliente éxito de La noche de los Muertos Vivientes (Romero) y la Semilla del Diablo (Polanski), sólo 10 años antes del estreno de La Noche de Halloween, ha desterrado de los circuitos de serie A propuestas revisionistas del cine de terror clásico. A cambio, los cines se llenan con experiencias cinematográficas más cercanas al thriller (El Exorcista), a la parapsicología (La leyenda de la Mansión del Infierno) o incluso a la aventura (Tiburón). En este contexto aperturista, las jóvenes promesas del cine norteamericano ubican sus primeros pasos en un género, el del terror, que desea vivir en la década de los 70 otro de sus célebres intentos de reinvención. Es la década en la que cineastas como Oliver Stone (la paranoica La Mano); David Cronenberg (Vinieron de dentro de...) o Brian de Palma (Carrie) coquetean con el género sin desafectos. Es el momento que aprovecha John Carpenter para cambiar -para siempre- el concepto del Slasher.
Desde M de Fritz Lang, pasando por el cuento de terror La Noche del Cazador de Charles Laughton, El Cebo de Ladjslao Vadja, hasta la obra cumbre Psicosis, El Estrangulador de Boston o la siempre reivindicable El estrangulador de Rillingon Place, el cine de psychokiller se ha destacado por ser un Cine de rostros, un Cine donde el protagonismo se reparte, de igual a igual, entre víctima y asesino. Consciente de su propia pericia, Carpenter destierra la idea de dotar de rostro al serial killer de La Noche de Halloween, quitándose importancia, porque no encuentra un actor que represente el tormento interior que sacude al personaje protagonista.

Aliado con la falta de competencia de su director de Casting, John Carpenter propone escenificar el anonimato de la violencia utilizando una máscara como elemento formal. De repente, el psychokiller se transforma en un ser de ascendencia pseudodiabólica y rostro anónimo: cualquier persona puede ser portadora del mal en su versión más descarnada. Sin saberlo, el director neoyorquino acaba de dejar sin vocación a toda la remesa de actores que, desde niños, habían deseado interpretar el papel de psicópata en un film (quedaban aun varios años para que Anthony Hopkins reivindicara el lugar del “rostro” en el mundillo del celuloide). Y más aún: El slasher promulgado por Carpenter se olvida de desollar gargantas de prostitutas (afición indeseable que promulgaba el moralista –y victoriano- destripador de Londres), ladronas de guante blanco (Psicosis) o ciudadanos de porte british habitantes de la ribera del Támesis (Frenzy), y dirige sus pasos hacia niñeras despreocupadas, ciudadanas en todo caso de una población norteamericana que, desde la invasión del último alienígena amorfo aficionado a los cómics, se había desacostumbrado al temor propiciado por los ataques violentos.
Las reglas del juego se pervierten en un tour de force donde lo más trascendente es el lugar donde Carpenter ubica la cámara, convirtiendo al director de un plumazo en uno de los mejores narradores de suspense del actual cine norteamericano y a la película, en una de las series B más taquilleras e imitadas de todos los tiempos.












