El Reino de los Cielos: Escepticismo en el campo de batalla

Quizá lo que más llame la atención de esta buena película épica del tantas veces desacertado Ridley Scott, sea su declarado interés por la geopolítica (de perfil bajo, claro, que no está la mass media para grandes esfuerzos intelectuales), por jugarse los desmedidos recursos de producción de los que se nutre la cinta en ofrecer una radiografía competente, temperamental, metafórica de la génesis de cualquier guerra: el deseo de poder sobre los demás (y más si éstos se autodenominan diferentes) ya sea en nombre de Dios, del petróleo o de los banqueros.



Descreída y profundamente convencida en sus argumentos, la película de Scott nos cuenta la historia de Balian, un herrero recién enviudado, ex esclavo, un hombre del renacimiento en realidad (que sabe escribir, matemáticas, agronomía, táctica militar) entregado a las servidumbres y contradicciones pasionales del Siglo XI; un tipo que conoce a su padre, Godofredo, un señor de la guerra, un caballero cruzado que regresa a sus dominios en Jerusalem con la esperanza de llevar consigo a su hijo, bastardo pero noble, para que herede su nombre y designio al servicio del Rey Balduino IV. Paralelamente, la paz paccionada entre el Rey de Jerusalem y su homónimo en Damasco, Saladino, se encuentra cada más erosionada por la intervención de los Caballeros del Temple, bandidos con alma de mercenarios al servicio de una Cruz pragmática; templarios que tratan de propiciar una Guerra definitiva que los devuelva, con plenos y exclusivos derechos, el absoluto control de la ciudad Santa. Las luchas intestinas en el seno de una comunidad cristiana que busca su tierra prometida y su hacienda moral en el oriente medio, acabarán encendiendo la mecha (catapulta en mano) que propicie la (inevitable) contienda entre dos civilizaciones antagónicas.

Con esta premisa argumental, Scott hila su historia de acuerdo al arquetipo del cambio de fortuna (propio de los filmes de vertiente épica). Aquí, el cambio de fortuna lo sufre Balian, el herrero-guerrero con rostro (imperturbable, por cierto) de Orlando Bloom, un hombre que ha perdido a su mujer y a su hijo, ha matado al sacerdote de su pueblo y a los caballeros/policías que trataban de apresarle para saldar sus cuentas con la ley y que, de repente, a) se ve convertido en caballero por cuenta y gracia de Dios y de su padre, dueño de un castillo y unas tierras próximas a Jerusalem, y b) se sabe objeto de deseo y capricho de una bella princesa, Sivylla, poseedora de una mirada seductora (estupenda Eva Green), esterilizada por el peso de una decisión más que trascendente cuyas consecuencias no sabrá prever (y cuyos fundamentos dramáticos debieron quedar en la sala de montaje) ni evitar.

El cineasta británico expone con gran verismo en el plano corto los trazos y costumbres de la ciudad de Jerusalem, a la que dota de vida y candor (con más éxito que en Troya), de buena escenografía y decorados realistas a pesar de su fotografía apagada y el ritmo cadencioso de alguno de los fragmentos del film... Pero no sale tan bien parado del aspecto épico, distante e irreal, donde las muy alejadas tomas a vista de buitre (de nuevo, y ya van..., herederas de los videojuegos de guerra cenitales tipo Age of Empire), suponen un insuficiente recurso para contarnos las escenas de batalla con algún rigor narrativo y/o mínimamente diligente (por cierto, no sólo recuerdan tremendamente a El Señor de los Anillos, o a ese anuncio de Canal +, sino que cada vez se hacen menos sorprendentes y más prescindibles).



Por ello el film, claramente cercenado en la sala de montaje, zozobra en tanto no sabe convertir el guión de Monahan (de manual, por cierto), en un producto del todo digerible (apenas hay empatía con los personajes y muchas piezas y protagonistas quedan desencajadas a lo largo y ancho de la narración), consiente demasiado protagonismo al único recurso interpretativo de Orlando Bloom (dejarse crecer la barba) y sufre -y sufrimos-, demasiado por la obviedad y carácter redundante de muchos de los discursos que proclama.

Desposeída, pues, de un sentido expositivo competente y alejada de toda progresión dramática racional, la película sobrevive, en fin, gracias a la pericia de un cineasta que conociendo sus limitaciones como narrador sabe envolver sus historias de suficientes elementos ornamentales que, no sólo dan empaque a la historia, sino que la hacen parecer un producto razonablemente distraído. Algo que ni siquiera consiguió el bueno de Stone con su demencial Alexander.

Lo menos destacado: Que algunos desperfectos de guión prefabricados para atribuir cualidades heróicas y/o salvadoras al protagonista (la rápida e increíble asunción del nuevo rol de Balian y el trato mesiánico otorgado por el director del film tampoco ayudan en absoluto), saboteen su condición de película política del año

Lo más destacado: Que ante la nula vocación del cineasta para narrar con una cierta competencia y originalidad las escenas de acción y de masas, se opte por el uso de la elipsis como salvaguarda de ascendencia creativa ante lo que ya podemos denominar el Síndrome de los Narradores Incompetentes.

Calificación
: 6,5
08/05/2005 22:53 Enlace permanente. Tema: críticas.

Comentarios » Ir a formulario

gravatar.com
Autor: Luis

A mi, que soy de los que no les gustó nada Gladiator, me da una pereza...

Fecha: 09/05/2005 12:19.


gravatar.com
Autor: Spaulding

Hacía tiempo que no me aburría tanto en una sala oscura. Y además... pésimamente explicada.

Fecha: 10/05/2005 22:18.


Añadir un comentario




No será mostrado.






Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras; Emprendedor ven a Iniciador Aragón.