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El avion absurdo

François Truffaut - Vuelvo a la escena del avión en el desierto. El aspecto seductor de esta escena reside en su misma gratuidad. Es una escena vacía de toda verosimilitud y de toda significación; el cine, practicado de esta manera, se convierte realmente en un arte abstracto, como la música. Y ésta gratuidad, que a menudo se le reprocha, constituye precisamente el interés y la fuerza de la escena. Esto era perfectamente indicado por el diálogo cuando el campesino, antes de subir al autocar dice a su Cary Grant, refiriéndose al avión que comienza a evolucionar desde lo lejos: "¡Mire! Un avión que fumiga y, sin embargo no hay nada que fumigar...". El avión no fumiga nada y no habría que reprocharle nunca la gratuidad en sus films, pues practica la religión de la gratuidad, el gusto por la fantasía fundada en el absurdo.
Alfred Hitchcock - El hecho es que este gusto por el absurdo lo práctico de manera totalmente religiosa.
El propio Truffaut, añadiría años más tarde en "Las Películas de mi vida" (1976):
"Para mantener a lo largo de sus películas ese desequilibrio que engendra una tensión nerviosa, Hitchcock se ve obligado lógicamente a sacrificar la mayoría de las escenas indispensables en un film psicológico (escenas de planteamiento, nudo y desenlace) porque le aburre mortalmente rodarlas. Hitchcock se siente, pues, inclinado a descuidar la verosimilitud de la intriga, e incluso a odiarla, sobre todo desde que existe una generación de espectadores, falsamente preparados, que no admiten más que argumentos que sean creíbles histórica, sociológica y psicológicamente."
¿Y qué nos da a cambio? Dos horas de emoción superlativas.
Hollywood
Allen: "Zelig ha vendido a Hollywood por una buena cantidad de dinero la historia de su vida. Cuando estalla el escándalo, el estudio cinematográfico pide la devolución del dinero. Zelig sólo puede devolver la mitad, ya que se ha gastado el resto. Furioso, el estudio le devuelve sólo la mitad de su vida. Se quedan con lo mejor y sólo le devuelven las horas de sueño y de comida".
Errol Flynn: "En Hollywood tienen mucho respeto por los muertos y ninguno por los vivos."
Jane Fonda: "Sí, trabajar en Hollywood da una cierta experiencia en el campo de la prostitución."
Marilyn Monroe: "En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma."
Sin mirar hacia atrás
Abatido pues por una rutina inclemente que desprecia la iniciativa y la transgresión; desposeído, digo, de la condición lúcida necesaria para abordar temas que, a nosotros espectadores de este mundo, puedan resultar de cierto interés, me he abandonado a la lectura insensata de noticiarios internáuticos buscando, ya veis que ingenuidad, un solaz entretenimiento más allá de las sujeciones de la disección cinéfila, encontrándome de bruces -no podía ser de otro modo y me lo merezco por osado-, con la más cruda y triste realidad: con fragmentos de existencias desencantadas que asaltan verjas y cruzan mares helados y se agolpan por centenares en desahuciados bosques al amparo de aquellos que desde siempre se acostumbraron a hacer su agosto con los sueños e ilusiones de los demás.
Y no puedo evitar pensar en la contradicción que debe asolar a aquellos que tratan de forman parte de una Sociedad cuyo cartel de bienvenida es elevar la cota de su enrejado fronterizo.
Y no puedo siquiera imaginar qué es lo que tratan de dejar atrás, de qué huyen, qué pueden buscar aquellos que, sabiéndolo, vuelven a intentarlo.
Lenguas: Sexo, Mentiras y... Dosis de Paranoia
Bebe, sin quererlo, de las constantes gilliamnianas habituadas a introducirnos en mundos proyectados sobre otros “reales” (y realistas: no en vano, todo el entramado se desarrolla en un parque revestido de insólita cotidianidad) en los que ni siquiera los personajes saben qué lado de la realidad pueblan; y en ella se asoman, entre otros arquetipos: pepitos grillos de ascendencia corrumpente; camellos drogotas aficionados a las armas; amigos, pues sí, deslenguados que bien harían en meterse en sus asuntos...; personajes que sobreexcitan al protagonista hasta llevarlo al imposible clímax (que no puede sino culminar de manera liberadora) que pone fin a la película.
El director aprovecha el producto para jugar con las texturas y las formas, permitiéndose la insolencia (y bizarría) de explicitarlas (el color para la narración de la “realidad”, el blanco y negro para las secuencias ficcionadas, el azul para la cristalización práctica de los pensamientos...), al mismo tiempo que aprovecha para estirar todo el metraje y entramado en torno a las consecuencias nefandas de un hoax (llevadas hasta el máximo extremo posible); carácter exagerado e impetuoso que hacen que la cinta de Cerezo comience a mostrarse excesiva y redundante una vez comprendida y asimilada su premisa inicial; consistencia que se recupera, sin embargo y de forma harto abrumadora, en el duelo arrebatador e inspirado que la pone fin, narrado con pulso impecable y mejor factura, y que da buena cuenta del talante estiloso de su creador.
Así las cosas, y a pesar de que en algunos momentos buena parte de sus soluciones argumentales flirteen con los proclamas tremendistas que, en justicia, pretende debatir y criticar (y que justifican el brillante plano subjetivo de la conclusión), la propuesta de Cerezo logra sobrevivir al dilatamiento extremado de su premisa, debido al trabajo impagable (sabemos que literalmente) y sumamente planificado de cuantos medios técnicos e interpretativos intervienen en la película, minimizando una falla, en absoluto insuperable, que no impide –en último término- el disfrute de esta corta pero arriesgada y categórica dramatización adolescente del centenario mito de Othello.
Visión ultra paranoica y violenta del mundo de los celos y sus servidumbres, en fin, Lenguas de Raúl Cerezo, se define (en su cualidad de trabajo de aprendizaje) como un tour de force vibrante e hiperbólico, una historia descomedida y superlativa, que el director (y guionista) utiliza como subterfugio para dar rienda suelta a su incuestionable talento para la composición de plano y la narrativa, pero también se presenta como una aguda y perspicaz reflexión sobre la necesidad de saciar gargantas ávidas de emociones fuertes con inabarcables porciones de hemoglobina impostada.
Lo más destacado: la primera (y arriesgada: será la primera imagen de su Carrera que se recuerde) secuencia inicial; lo bien que se escuchan los diálogos (no en vano, eje narrativo y sostén de toda la cinta); el marcado tono sarcástico de la mayoría de las intervenciones...
Lo menos destacado: Que acaba siendo víctima de su propia voracidad.
Calificación: 7,5
Las horas del Día: terrible cotidianidad
Crónica costumbrista de un asesino con tendencias psicopáticas, autodestructivo pero con una vida, ésta sí, absolutamente normal: dueño de un pequeño negocio familiar, novio y amigo, jefe y viandante de una ciudad que presume de cotidianidades e imperfección.

El director asume como dogma de fe los principios de la economía narrativa (en este caso transmutada en la escasez: de planos, ardides o retórica) y la convierte en marca reconocible y sello de una película, ésta, sí, Las Horas del Día, realizada bajo el influjo de la crónica social dramatizada, sencilla y atemporal.
No cuenta nada (una historia al uso) pero lo cuenta todo (una historia al uso). Es Cine transgresor, personalísimo e inconvencional. Cine que hay que ver (y disfrutar).
Lo más destacado: las interpretaciones de sus cuatro protagonistas principales y la elíptica y sobrecogedora escena de la boda.
Lo menos destacado: su drástica propuesta formal no funcionaría en producciones más ambiciosas y puramente cinematográficas.
Calificación: 8
Matar a Bill
Kill Bill vol. 1: Historia de una venganza
Kill Bill vol. 2: Historia de una madre
Una película que siempre apetece volver a revisar.
Bango y El Cronicón Cinéfilo
Escritor amateur, cinéfilo empedernido, lector de ciencia ficción, hábil perdedor de tiempo en utopías, aún conservaba intacto el recuerdo de aquella primera vez: ocurrió de niño, en un pase televisivo, a hurtadillas frente a una pantalla en blanco y negro que desconocía el significado de la palabra nitidez; y en ella un mundo de emociones inabarcable: un hombre trataba de sobrevivir a una cotidianidad que se había vuelto contra él; un sujeto condenado –por cuenta de una nube tóxica maldita - a desaparecer, centímetro a centímetro, de la realidad aparente que lo amparaba. Seguramente, El Increíble Hombre Menguante siga siendo una de las monster movies más mordaces y sarcásticas de todos los tiempos y, sin ninguna duda, la que posee una de las metáforas más incisivas para con el género humano. Y, con el mismo compromiso, siga siendo el mismo film lúcido y, a ratos, desasosegante ideado a medias por Richard Matheson y Jack Arnold en la lejana década de los cincuenta. El mismo film -hoy día- casi olvidado por un público joven habituado a dejar parte de sus pagas semanales en los bolsillos de Jerry Bruckheimer o Renne Zellweger...
Pero él, por aquel entonces un crío ingenuo y despistadizo, liberado de la capacidad del raciocinio filosófico por cuenta de un sistema educativo deficiente (y una falta de aptitud considerable –no nos vamos a engañar-), acababa de ser investido con el don de la admiración hacia las obras de creación artísticas, aún menores, y caminaba embriagado por la capacidad de absorción de un medio, el cinematográfico, que utilizaba los recursos propios de su lenguaje para contar historias cautivadoras, fascinantes, ensoñadoras. El medio de expresión ideal para enganchar a un niño de siete años que comenzaba a descubrir que el Mundo no era sino lo que había sobrevivido a una Historia cruenta y descarnada, y el Presente, abarrotado de educadores sin talento, regido por la inflexibilidad de los horarios, las prisas, la formación descafeinada, apenas si estaba dispuesto a dejar protagonismo a la imaginación, y mucho menos, a ese mundo emocionante, seductor, marciano dimanante de la pantalla de cine.
El visionado de El increíble hombre menguante fue uno de los primeros recuerdos de su infancia y, desde luego, el acontecimiento televisivo (junto al mundial 82) que cambió su vida. Después, descubrió Los Héroes del Tiempo y Brazil, Drácula y Edgar Allan Poe, El Imperio Contraataca y aquel ciclo magnífico de Alfred Hitchcock, Clint Eastwood, Charles Chaplin, Andrei Tarkovski…
Contemplando –cautivado- aquella colección de historias, imágenes, momentos extraordinarios se animó, con el paso de los años, a devolver a ese Arte magnífico parte de los grandes instantes que le había hecho pasar. Así que se fabricó un estilo de lenguaje para vindicar, con la pasión que también desprenden estas líneas, el Cine que siempre le gustó y del que sabía escribir. De este modo surgió El Cronicón Cinéfilo y su atención exagerada a los cineastas que admiraba: John Carpenter, David Cronenberg, Stanley Kubrick, Aldred Hitchcock, Brian de Palma, George Lucas, Steven Spielberg, Julio Medem, Ken Loach, Alejandro Amenábar, Terence Fisher, Roger Corman, Joe Dante, Terry Gilliam, Charles Chaplin, Orson Welles, Serguei. M. Eisenstein, Jiri Trnka, Roman Polanski, Quentin Tarantino, Hayao Miyazaki..., y a las constantes irreductibles que definen a la más inspirada de cuantas artes misceláneas pueblan nuestra modernidad: la Cinematografía.
Y así surgió el ardor que anima a estas líneas, el perfil egocentrista que ustedes están leyendo sobre la figura de un tipo discreto y reservado al que, simplemente, le dio por acercarse al mundo del Cine desde las trincheras de la escritura amateur. Justamente quien esto firma.
J. P. Bango
Esperanza
Una de ellas, Utopía de María Ripoll, un film fallido pero arriesgado, que presume de cromas alterados e imágenes trucadas, montaje alambicado y pretensiones shyalamanistas, en torno a un argumento sugerente, el que protagoniza un oráculo perturbado por su magno poder, un ángel de la guarda existencialista condenado a sobrevivir a una cotidianidad que le hace conocedor del futuro de los hombres y mujeres que lo circundan.

Me gustan sus mimbres: lo que cuenta y cómo lo cuenta. Pero no me gusta el resultado final (ojo, no el final sino la sensación que desprende su visionado en conjunto) ni el uso arquetípico (e incluso prescindible) de alguno de sus personajes y subtramas. Es y quiere (y logra ser) diferente: y eso es motivo de aplauso. Hay director(a) y talento en Utopía. Y la consistencia se alcanza con el tiempo.
La siguiente película, una auténtica sorpresa: fría, precisa, intrigante: El Segundo Nombre de Paco Plaza, un film de género desafectado de efectismos y trivialidades, con ecos a La Semilla del Diablo de Polanski y al cine de su colega y colaborador Jaume Balaguero, con quien comparte sobriedad narrativa, atmósferas inquietantes y tensión creciente. Una obra soberbia y paradigmática que el tiempo y las retrospectivas podrán (re)situar donde merece. Por mi parte, debo encontrar algo de tiempo para escribirle una crítica como es debido.

Algo se mueve en el cine de género en España. Es sólo una isleta de esperanza inmersa en un barrizal de cine previsible y tremendista. Nada, en fin, que no podamos resolver (y superar) con esfuerzo, talento y aptitud.
Uranio embotellado
Todo ello, aleado con notables cotas de suspense, de nuevo, protagonizado por objetos que asumen un protagonismo irracional y memorable (las llaves de una bodega, las botellas de la cosecha de 1934), diseñados para secundar un argumento increíble (pero eficaz) en torno a un macguffin que vuelve a reunir algunos de los tópicos (con)formadores de su filmografía: madre castradora y dominante (sobretodo de cara a la nuera); mujer enamoradiza y sufridora; concilio de malos aficionados a las conspiraciones geopolíticas...
Cine próximo a las vertientes emocionales definitorias del film noir a lo Fritz Lang, Encadenados representa el enaltecimiento del Amor en el Cine de Alfred Hitchcock sólo igualado (aunque desposeído de la reciprocidad necesaria para que pueda definirse como película esencialmente romántica) por varios segmentos de Vértigo que, al igual que ésta, aún conserva el carácter de película claustrofóbica, psicológica y enfermiza.

Es Encadenados, una de las cumbres del mejor cine de todos los tiempos.
Vísceras sobre celulosa
Y en esa rememoración idealizada tantas veces denigrada por el conformismo, todavía subsisten los textos de aquellos que, una vez, escribieron sus gestas e ilusiones sobre sus propios recuerdos y experiencias alertándonos, adoctrinándonos, sirviéndonos de guía formal y referente, sobre lo que debe, puede o no puede hacerse, en una columna de opinión diaria financiada con el tesón de aquel que vive con los ojos abiertos, con la voluntad de quien espera hacer de este estercolero un Mundo (más) habitable.
Porque uno, aún ateo, también presume de haber tenido referentes. Alguien a quien seguir y leer, fabricante de columnas diarias, aficionado al teatro,pelo cano, corazón rojo, periodista, republicano... ¡Vísceras sobre celulosa! Desde ayer mismo, inmortal.
Blogia 2
Toquemos madera: Blogia está mudando a una nueva versión de si misma: Blogia 2.
Probando, probando
Los cambios en el hospedador Blogia 2, parecen significativos pero en pruebas. El diseño del Cronicón se ha vuelto poco más que loco (como podéis comprobar: ora funciona bien, ora no sé si funciona). Para colmo de males, los gnomos de la informática (en forma de polvo) han decidido sabotear la placa base de mi disco duro, que está a punto de gritar ¡basta!, casi como yo, obligándome a dejar el trabajo bloguero (y el que no lo es) para tiempos mejores en espera de que pueda solucionar los dichosos e inabarcables problemas con el hardware.
Ciertamente, me espera una semana dura.
El Infierno
Aprovecho la coyuntura (mi PC vuelve a funcionar tras un par de días en la U.V.I. y Blogia 2 sigue mejorando -y de qué modo) para rememorar uno de los lúcidos episodios de una gran y recomendable película: Sin City .

Hablan Lucille (la agente de la condicional envuelta en sombras) y Marv (el tipo rudo envuelto en vendas):
- ¿Has vuelto a las andadas?
- Un problema con la poli.
- ¿No te habrás cargado a alguno?
- Que yo sepa no. Pero tardará en olvidárseles. Te lo aseguro.
- ¿Cómo demonios le cuento esto ahora a la comisión?
- No tienes por qué contárselo, esta vez no. No hablamos de una pelea en un bar... ni de que algún cretino haya quemado a alguien con gasolina. ¡Esto es gordo!
- ¿No deberías tomarte otra pastilla?
- ¡No quiero que nada me deja atontado! ¡La sangre va a correr, te lo aseguro! Como en los viejos tiempos, ¡los malos tiempos!, los días del todo y nada han vuelto. No tengo elección y estoy preparado para la guerra.
- La cárcel fue un infierno. Será la perpetua esta vez.
- El INFIERNO es vivir día a día sin saber la razón de tu existencia. Pero se acabó. Le ha costado la vida a alguien que se portó bien conmigo... Pero he salido del infierno. ¡Sé lo que tengo que hacer!
El Segundo Nombre: el precio del sacrificio
Un montaje aleatorio que relaciona varias secuencias a priori desestructuradas nos introduce, sin más preámbulos, en una iglesia donde tiene lugar el sepelio de un hacendado empresario que se acaba de suicidar. El guión, que sigue las prerrogativas del cambio de fortuna a la hora de plantear su génesis, nos presenta a la caterva de socios, empleados, amigos, médicos, personalidades que el fallecido acumulaba a su alrededor y a la hija del mismo, Daniella, una joven bióloga a la que le cuesta comprender las causas que motivaron el óbito. Imbuida por la sospecha, la joven comenzará a investigar los últimos pasos de su padre, buscando respuestas que resuelvan las dudas que el suicidio le plantean y que, en último término, perturban su cotidianidad.

Con esta premisa, el entramado avanza con una cierta parsimonia, recopilando pistas y elementos inquietantes seguramente provenientes de la fuente literaria, la novela de Ramsey Campbell, que sirve de basamento a la sinopsis, a un guión sumamente preciso al que no le importa ir desvelando alguna de sus cartas (todas ellas substanciosas) en mitad del metraje porque sigue manteniendo intacto su objetivo de sumergir a) a la protagonista en una experiencia pesadillesca (y turbadora) de la que le va a costar salir, y b) al espectador en una sima de creciente y mutable desasosiego mientras resuelve el puzzle propuesto por el director.
En El Segundo Nombre de Paco Plaza podemos reconocer homenajes tácitos a La Semilla del Diablo de Polanski (y a buena parte de su espíritu temático), un inspector de policía a todas luces emparentado con su homónimo de Frenzy, y un pulso narrativo ejemplar que se ve acompañado de no pocos estímulos argumentales que tienen que ver con sectas milenaristas de ascendencia bíblica, expiaciones de culpa de aires redentores, sacrificios indeseables pergeñados por la Fe, fachadas morales que ocultan comportamientos perturbados y dobles vidas...
La sobriedad y buen tino narrativo del cineasta, y el más que correcto uso de los recursos de producción y creativos con los que cuenta (excelentes guión, fotografía, dirección artística y música), sirven para dar empaque y consistencia a esta película de misterio que sabe (con)jugar sus bazas con una notable pericia, manteniendo siempre un ritmo tan sosegado como conveniente, tratando de hacer buen Cine siguiendo las normas -siempre impostadas- de los códigos genéricos.

El Segundo Nombre, en fin, logra constituirse en una de las cintas más inspiradas de cuántas conforman la discreta, pero de vez en cuando sobresaliente, cinematografía de Género (financiada con capital) español y, sin duda, en una auténtica sorpresa para aquél que se acerque a su visionado con la esperanza de disfrutar de una película de terror psicólógico (prontamente de culto) decorosa, inquietante, vindicable.
Lo más destacado: su factura técnica; la credibilidad y solvencia de todos los protagonistas...
Lo menos destacado: su (inmerecida) intrascendencia comercial.
Calificación: 8
Visiones en formato tangible
Fin de semana de Hispacon, ahora transmutada en Ibercon para dar cabida a los colegas portugueses y, de paso, compartir gastos.
Al hilo de la misma, la pasada semana recibí el Visiones 2005 , la antología de narraciones de carácter anual que reúne alguno de los relatos inéditos más satisfactorios dentro del género (de Ciencia Ficción y Terror) compilados por un maestro de ceremonias y seleccionador invitado (por la AEFCFT ), este año, representado en la persona de Santi Eximeno, que tuvo por bien darle cabida a uno de mis cuentos más queridos.
Participado de algún error de imprenta importante pero comprensible, que lastra (o dota de un sentido especial) algún párrafo de varios relatos (todos relacionados con la aparición de textos en cursiva de ascendencia bastarda), su presencia en mis manos -e imagino en manos de todos los que participan de la compilación-, supone una recompensa edificante a nivel emocional que compensa, y de qué manera, el tiempo (siempre más de lo debido) empleado en la redacción de cada línea, párrafo, fragmento de esta colección de historias financiada con el afecto que profesamos unos pocos a la creación de fábulas de ficción que salgan de lo ordinario...
Y es que no hay nada como tocar letras aposentadas sobre celulosa para darse cuenta que el esfuerzo, tantas veces inane, de vez en cuando sirve para dar frutos, algún libro y nuevas y renovadas ganas por hacerlo mejor y superarse.
En fin, aun me quedan varios relatos que leer (ya me han dicho que he dejado lo mejor para el final: en especial María y los Mendigos de Alfredo Álamo), así que esperaré a tenerlo todo leído para emitir un juicio de opinión sobre la calidad global de la antología, si bien, a grosso modo, es cierto que el compilador, el infatigable Santiago Eximeno , ha reunido un buen número de historias con un claro y sugerente denominador común, la Muerte, tal y como el mismo advierte en el prólogo. También noto, quizá por lo anterior, menores dosis de heterodoxia que la aparecida en La ciudad de los Muertos y otros relatos (la otra compilación de la que participaba a principios de año); heterodoxia que se traslada, quizá sorprendemente, al plano formal.Globalización de carácter creativa de la que, sin embargo, tampoco sabe desmarcarse mi relato.
Algo que hay que apresurarse a subsanar con tiempo y riesgo.
The Descent: Highway to Hell
Esta vez no debo contar mucho del argumento.
Tras un prólogo de ascendencia luctuoso, un grupo de amigas aficionadas a los deportes de riesgo se reúnen en los Montes Apalaches para vivir una aventura de aires redentores en el interior de una gruta natural revestida de misterio(s) y espacios angostos. Una vez dentro, sumergidas en un supramundo desconocido e impreciso, descubrirán una ruta nueva que, incautas, se aprestarán a explorar ignorantes -pues sí- del terrible secreto que el subsuelo oculta en su interior.
The Descent disecciona el género humano en un brutal descenso a los infiernos donde el prometedor guionista y director británico, Neil Marshall (autor de la interesantísima y reivindicable Dog Soldiers ), introduce a un grupo de excursionistas profesionales, sometiéndolas a una tensión creciente e imparable en torno a una serie de peligros derivados de una odisea de carácter espeleológico contada desde una perspectiva próxima a la ciencia ficción antropocéntrica.

Con un entramado argumental de apariencia (insisto, sólo en apariencia) previsible (más y cuando no tardan en advertirse ciertas reminiscencias al tríptico Deliverance, La Presa, Depredador que tanto debieron gustar al director de Dog Soldiers), la película comienza a recrearse en episodios de suspense, enfrentando a las protagonistas a varias situaciones extremas que, en último término, las pondrá de bruces frente a sus propios demonios internos. En este sentido, lo que en principio parece una película de terror convencional se va transformando en una historia de cariz reparador (las protagonistas se sumerjan en el interior de la tierra para bucear en busca de sus raíces), donde llegan a cristalizarse viejos temores, recelos, dudas, vínculos afectivos, expiaciones, deudas morales, temores... que atañen a las protagonistas y a sus relaciones sobre un escenario abiertamente hostil, de aspecto sobrenatural y tenebroso. Desde este punto de vista, The Descent de Neil Marshall se va a entender como una fábula antropológica desde la que extraer conclusiones definitorias de una naturaleza, la humana, incapaz de rehuir su ineludible condición de animal superviviente y destructivo. Y todo ello, sin renunciar a un climax desasosegante y pesadillesco, puro y duro cine de serie B: vibrante, sorprendente, artesanal; cine de consumo de alto voltaje diseñado para gargantas, en fin, ávidas de buenas e ineludibles historias de ficción.

Apuntad este nombre: Neil Marshall. Algunos de los que me conocéis habéis leido/escuchado vaticinios similares en la persona de David Twohy que todavía están por cumplirse (aunque a mí siga pareciendo ciertamente reivindicable toda su filmografía). Con Neil Marshall no me equivocaré.
Apuntad esta película: The Descent. Un film de género ultraplanificado donde no sobra ni un sólo plano que, además, adquieren una significación especial en sucesivos visionados, dejando para el recuerdo indeleble el disfrute de la que es, con pocas dudas, la mejor película de terror del año. Una película acojonante. En todos los sentidos.
Lo más destacado: su final: un imposible climax de una hora de duración embebido de paredes que emanan efluvios sanguinolentos, altas dosis de desasosiego y tratamiento de pesadilla, culminado de manera poco convencional... y sin concesiones.
Lo menos destacado: que su apariencia formal, sinopsis y cartel den a entender que nos encontramos ante una cinta de consumo desposeída de alicientes e interés.
Calificación: 9











