El Viaje de Chihiro: Anatomía de la Obra Perfecta
Spoiler: Está crítica disecciona alguna de los pormenores argumentales que explican El Viaje de Chihiro de Hayao Miyazaki. Si usted no ha visto esta película y desea permanecer inédito en su visionado, no debería leer el siguiente post.
Dar con los resortes adecuados para impulsar y, finalmente, dirigir una Obra indiscutible, pertenece más al ámbito de las quimeras que a una realidad plausible, ejecutable. Esa capacidad, lo diré otra vez, marciana, sin embargo, existe y le pertenece -casi en exclusiva- al bueno de Miyazaki, capaz de captar desde los estudios Ghibli la esencia del mejor cine de aventuras y mezclarlo con ingentes dosis de imaginación ficcionada, sin perder ápice alguno de lirismo, complicidad o empatía. Valores que con envidiable inspiración también recoge El Viaje de Chihiro, si no su mejor película, sí -al menos- la que mejor representa el Cine imaginativo, virtuoso, poético, y recurrente que define buena parte de la cinematografía de Miyazaki.
En El Viaje de Chihiro, el cineasta japonés se supera a si mismo, quebrando las reglas de la previsibilidad, creando un supramundo deslumbrante poblado por espectros que arrastran sus penas en una casa de baños para dioses; por ríos que se transforman en dragones valerosos al rescate de las niñas perdidas; por adultos devorados por la gula y convertidos en cerdos como escarnio; por trenes que se sienten fantasmas, puentes entre dos caras opuestas de un mundo dominado por la magia y la liturgia; un Mundo de Oz impostado, ay, donde todo es posible menos el desprecio a la inteligencia del espectador.
Ahí va a parar Chihiro: a esa estancia feérica que otros ven como parque de atracciones abandonado, convirtiéndose en el centro de la rivalidad de dos viejas brujas, hermanas pero enemigas, dueñas de un inframundo fantasmagórico donde, sin embargo, todo funciona aleccionado por la cotidianidad. Chihiro vive los últimos estertores de su infancia antes de dar el paso definitivo al mundo huraño de los adultos. Ya no es Dorothy, arrastrada por el huracán hacia un averno de baldosas amarillas, añorante de su casa y su presente, sino Alicia en un mundo maravilloso, surrealista y fuera de lo ordinario donde nada parece suceder de forma accidental. Tampoco es casual su encuentro con Haku, ese chico con alma de dragón que debe hacer menos dañina esa transición vital hacia la adolescencia; crisis que a la buena de Chihiro la sorprende dormitando en un coche que preludia un cambio de residencia, un cambio que les parece del todo punto natural a sus adultos y felicísimos padres y que, sin embargo, lleva aparejado un cambio sumamente trascendental en el modus vivendi de su hija: pronto tendrá nuevos vecinos, colegio y amigos...

Siguiendo similares líneas narrativas a las pergeñadas en los cuentos de Carroll o Baum, la película de Miyazaki juega con la posibilidad de que todo se trate de un sueño (las referencias a los escritos del reverendo Carroll son más que abundantes), percepción que se agudiza cuando el coche de sus padres se aproxima a un bosque fantástico y más allá, cuando toda la familia entra en un túnel no menos misterioso: metáfora incontenible de las fauces de una espeluznante bestia cuyo aparato digestivo va a parar a otra dimensión poblada de normas, singularmente variopinta, y cuyo primer designio es perseguir a los humanos, no ya pidiendo que les corten la cabeza, sino haciendo que se olviden de su propio nombre, de su identidad.
Esta es la subtrama más adulta de todas las que componen este brillante ejercicio de estilo, que, tal y como ocurría en El Mago de Oz, se resuelve -al menos existencialmente- de una manera reparadora haciendo que Chihiro llegue a desear aquello que una vez despreció: una vida cotidiana con sus padres, incluso en su nuevo hogar (algo que también ocurría en el Solo de Casa de Hughes/Colombus: un dueto dedicado a glosar los traumas paraadolescentes, por cierto).
Chihiro se destaca como la entidad más juiciosa de todas y cuantas pueblan tan curioso lugar y, sin embargo, se ve condenada a desaparecer porque se niega a pertenecer a ese insólito universo. Haku la da de comer, la dice: "debes comer algo de este mundo para que puedas permanecer en él". Y Chihiro come, deteniendo su proceso de desaparición, aceptando sumisamente la parábola de su vida. Sigue siendo una niña, sí, pero ya ha aceptado la regla magna de su nueva existencia: no podrá escapar al crecimiento.

Miyazaki disecciona la mitología del cambio convirtiéndola en un hermoso cuento de brujas para todos los públicos: un viaje iniciático, intemporal, subyugante, donde no hay lugar para el respiro y donde las soluciones imaginativas se suceden incontrolables en dos horas de Cine talentoso, perspicaz e inmejorable al compás de la magistral partitura de Joe Hisaishi.
Cinta de animación portentosa, de inspiración humanista, de ritmo cimbreante e hiperbólico, capaz de regenerarse continuamente, de reinventarse al calor de un argumento cimentado sobre raciones de gozosa y inagotable imaginación. Es, en fin, El Viaje de Chihiro: una obra mayúscula que demuestra que el Cine sigue siendo un incuestionable territorio para el disfrute, una habitación oscurecida, esa linterna mágica concebida para el gozo de los sentidos; un lugar, digo, donde consiguen forjar su magia aquellos hechiceros que como Miyazaki son capaces de tejer sobre texturas celulosas alguno de los más inalcanzables de nuestros sueños.
Lo más destacado: el poder hipnotizador, magnético y exquisito de alguna de las secuencias más intimistas y la divertidísima escena de las bolas de hollín: una auténtico lección de cine.
Lo menos destacado: la sacudida repentina de que rara vez volveremos a sentir emociones semejantes a la salida de un establecimiento de Cine.
Calificación: 9,99
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Autor: Azrael
Fecha: 16/01/2006 00:56.
Autor: katakrek
También recuerdo que la primera vez que lo vi pensé: Joder, y eso que somos occidentales, si llego a ser japones y entender algunas de las figuras mitológicas que aparcen, esto debe ser acojonante.
Fecha: 16/01/2006 08:43.
Autor: Andolini
Fecha: 16/01/2006 11:41.
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Autor: FranOntanaya
Las secuencias del tranvía son sencillamente geniales.
Fecha: 16/01/2006 16:10.
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Autor: Manuel Márquez
Un saludo muy cordial
P.S. Muchísimas gracias, amigo, por la inclusión de un enlace a mi blog en tu apartado correspondiente. Cuenta con el que te corresponde, no sólo en justa reciprocidad, sino en lógico reconocimiento a la calidad de lo que haces.
Fecha: 16/01/2006 17:54.
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Autor: Manuel Márquez
Gracias, J.P., por tu magnífica reseña acerca de la película, cuyos extremos comparto punto por punto, y gracias a Miyazaki por crear ese mundo de magia y fantasía en el que tan fácil es sumergirse y del que tan difícil es salir. Y, cómo no, gracias a mi peque por llevarme, cogido de la mano, hasta él: algo que, entre otras muchísimas cosas, nunca podré agradecerle lo suficiente.
Un cordial saludo.
P.S. gracias, J.P., por el magnífico detalle de incluir la reseña de mi blog en tu apartado de enlaces: en justa correspondencia, en mi blog ya figura el correspondiente al tuyo, y no sólo por una cuestión de mera reciprocidad, sino porque la calidad de tu publicación así lo merece.
Fecha: 17/01/2006 10:14.
Autor: Jorge F.
A mi también me recordó a Alicia en el País de las Maravillas, pero más imaginativa y menos infantil. Los extraños seres que aparecen son impresionantes.
Muy buena crítica, al nivel de la película.
Un saludo
Fecha: 17/01/2006 10:44.
Autor: Queco
Fecha: 18/01/2006 11:58.
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Autor: EKI
Fecha: 18/01/2006 22:29.
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Autor: John Trent
Fecha: 21/01/2006 04:12.
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Autor: J. P. Bango
Fecha: 22/01/2006 17:49.










