Memorias de una Geisha: Un romance intrascendente
Dentro de las prerrogativas de la literatura de perfil bajo, hay un género iluminado por los arcanos efluvios del éxito: la narración en formato epopéyico de vivencias exóticas, extravagantes, contadas en primera persona buscando un pretexto de verosimilitud; historias, digo, atiborradas de romances y viajes, regocijos o adversidades que los personajes deben disfrutar o superar capítulo a capítulo; vivencias que se extienden por un buen número de páginas abrigadas por el sustrato emocional de la empatía; fragmentos de existencias ficcionadas, en fin, entretejidas sobre una urdimbre que, en último término, persigue la complicidad del lector -su beneplácito-, abrumándolo.
Es una ajada forma literaria que sin embargo no tiene una traslación consistente en el Cine, un medio de expresión acostumbrado a otros ritmos y simplificaciones que obligan a acortar en demasía los primeros capítulos, las introducciones, (generalmente determinantes para establecer el cariz dramático de una historia), abandonándolas abruptamente tras los títulos de crédito, mientras el adaptador y guionista (con)centra su trama en algún aspecto concreto del entramado, generalmente, más efectista pero -la mayoría de las veces- exonerado de la raíz dramática que, siendo ecuánimes, debería justificar la existencia de un relato de estas características en la pantalla grande.
Sin dejar de lado a una sola de estas premisas, no tardamos en encontrarnos en esta película de Rob Marshall, con una pequeña niña y a su hermana, ambas arrancadas del calor de un hogar condenado por la desdicha, llorando ante la pérdida que supone un secuestro paccionado por su familia, adláteres y coadyuvantes que no dudan en abandonarlas, antes de su propia muerte, contra un horizonte que se antoja quebrado y oscuro...
El destino de las dos hermanas no tardará en bifurcarse, quedándose nuestra protagonista sola, como criada primero y como aprendiz de Geisha después, gracias a unos hermosos ojos que a medida que va creciendo le irán abriendo puertas pero también generando enemistades, la principal de ellas, con Hatsumomo, la primera Geisha de la Casa, quien verá en la joven Sayuri una más que severa competencia que pone en jaque no ya sólo su heredad, su lugar preeminente en la Casa, sino también su destino.

Con esta premisa, no parece casual que el guión de Memorias de una Geisha recayera en manos de Rob Marshall (tras el exagerado éxito conseguido por el insatisfactorio musical Chicago -insatisfactorio como película no como musical, se entiende), quien aprovecha la novela de Arthur Golden para redefinir las constantes temáticas de su anterior obra, trasladando aquella estructura al terreno que mejor conoce: el western esteticista sustentado sobre la rivalidad existente entre dos grandes divas; la una, echa a si misma, mujer envidiosa y altanera, revanchista y conspiradora; la otra, adolescente ingenua y enamoradiza, bella pero inconsciente, candidata eterna a representar un rol claramente afectado por el Síndrome de Cenicienta...
Y como de cuentos hablamos, el Príncipe no tarda en transmutarse en Presidente, un empresario con los rasgos y mirada de Ken Watanabe (el único japonés del elenco protagonista, dicho sea de paso), objeto de los desvelos y deseos de una Geisha, imposibilitada por su cargo y condición, a hacer públicos sus sueños y ambiciones; condenada a fenecer, empero, sin ser correspondida en su amor; castigada, también, a sobrevivir a un entorno tremendamente hostil (que, entre otros asuntos, incluye la Segunda Guerra Mundial en Kioto); hostilidad aparente que, sin embargo, no evita en ningún momento la sublimación/exaltación del trabajo de la Geisha; más que un trabajo, toda una función social que busca (y debe encontrar, dado lo poco que le cuesta volver a su antigua condición) la perfección abnegada al servicio de los hombres. Un anacronismo, sí, que Marshall ignora por doquier, resaltando el talante exótico de su propuesta, su condición de folklore cinematografiado sin mayor interés que la sana pero vacua intrascendencia.
Desposeída de emociones y dramatismo por culpa de un guión, a todas luces, azucarado y petulante, la película fluye con una cierta letanía, ahogada por las interferencias de un Departamento de Arte empeñado en justificar su gran presupuesto, a base de decorados y vestuario de corte espectacular; únicos alicientes, en realidad, de una película fútil y vana, incapaz de proyectar algún halito de dramatismo, emoción o sensibilidad (diréis: ¿acaso no ocurría lo mismo en La Casa de las Dagas Voladoras? Pues sí... pero no); fragmentos melodramáticos que el guión desprecia generosamente, dejándolo todo al (insuficiente) uso narrativo de las miradas de los personajes (como ocurre con la marcha de Hatsumomo) y al subrayado auditivo de la hermosa composición de John Williams que hace lo que puede (que es mucho) para rescatar a la película del más absoluto e inconsumibles de los tedios.
Afectos y desperfectos, en fin, que definen y dan sentido a esta historia de amor atípica, de aires platónicos y exagerados. Un extraño remake de Chicago cimentado sobre una excelente y disfrutable factura técnica, único elemento destacable de una película que queriendo ser sublime y jactanciosa, se pierde y se pervierte por la gratuidad de su superioridad presupuestaria.
Lo más destacado: la música de John Williams, y su conseguida factura técnica.
Lo menos destacado: Su escaso calado dramático.
Calificación: 6
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Autor: Hombre Lobo
Sin embargo, por lo demás, la película se deja ver.
Fecha: 11/03/2006 22:14.
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Autor: Anónimo
No esperaba menos de Rob Marshall. ¡Suerte que me la he perdido!
¡Un saludo!
Fecha: 12/03/2006 20:45.
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Autor: REFO
Es ñoña, muy ñoña.
Fecha: 16/03/2006 12:46.
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Autor: J. P. Bango
Fecha: 18/03/2006 19:04.











