La fábrica de la inmortalidad

Coinciden en estas fechas varios obituarios que, independientemente de la mayor o menor atención mediática, despiertan el interés de muchos de nosotros, aficionados fanófilos habituados a acordarnos de los vivos... cuando mueren.

El último, un artesano pero también cineasta, Richard Fleischer, autor de un par de obras ahora consideradas de culto por la contemporaneidad como Los Vikingos o El Estrangulador de Rillington Place (no me cansaré de decirlo: un film sobresaliente), pero también director de una de las películas fundamentales de una infancia, la mía, sometida a los irrestibles influjos de la televisión: “Cuando el destino nos alcance (Soylent Green)”, una adaptación de la novela de Harry Harrison, que anticipa la mayoría de las claves que, conceptualmente, más me interesan a la hora de afrontar el visionado o lectura de una obra de ciencia ficción distópica.

Fleischer no inventó nada en su marciana capacidad de dejar a las historias fluir, de dejarlas, digo, buscar y encontrar su propio camino dentro de un tipo de cine, el de género, tantas veces mancillado por la indiferencia de los Notables, y como Frankenheimer, sufrió el desprecio, sino ya el olvido, de esa misma comunidad aficionada que un día le dio trabajo y lo dotó de un Nombre (reconocible aunque no reconocido) dentro de las inabarcables prerrogativas definitorias del trabajo artesano.

En fin, uno de esos artistas de los que absorbemos, interiorizamos sus ideas, y que homenajeamos someramente cuando mueren. Y que de vez en cuando recordamos y vindicamos como dignos representantes de una forma de expresión artística, ésta, el Cine, acostumbrada a fabricar continuamente, personas e iconos inmortales.

30/03/2006 19:34 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: cinefilia.

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