Crónica de un Mundial de Fútbol
Se acabó lo que se daba.
El acervo futbolístico guardará una foto para los anales: Gattuso, embriagado de éxito, levantando extasiado la Copa del Mundial. Me alegro por él: en ningún otro campeonato nadie había corrido tanto para abrazarla...
A Gattuso lo sacaron en hombros sus propios compañeros, quizá reivindicando la figura de un tipo cuyo fútbol se define por la densidad pero también por el compromiso y el esfuerzo solidario. Valores extraordinarios en este mundillo que los futbolistas italianos asumen como verdadera marca de identidad. Incluso cuando juegan de suplentes, asumiendo un rol secundario, sabiéndose estrellas con grandes coches y contratos que trabajan, sin embargo, al servicio de una causa colectiva.
No juegan al fútbol: se ayudan. Y a veces, ya véis, es suficiente para conquistar un sueño, es decir, ganar un Torneo como éste. En Italia, ya lo sabéis, esta noche... nadie duerme.
La Derrota:
Domenech, espectador abatido de un ceremonial de aires pirotécnicos, se quedó sobre el césped del Olímpico de Berlín reflexionando sobre lo que acababa de ver, sobre su derrota, quizá buscando alguna excusa que justificara el desacierto de su equipo. La encontró mencionando a Zidane y se equivocó.
No se le ocurrió otra cosa que decir al término del único partido del Mundial que su equipo había merecido ganar. Así se las gasta el Fútbol de vez en cuando.
El mejor jugador del mundo:
Zidane, el mejor jugador del campeonato y el único que sabía cómo demostrarlo, coqueteó con la gloria en dos cabezazos: uno lo envió en medio de la portería, el único sitio que cubría Buffon, ese gran portero que no adivinó ni una sola de las trayectorias de balón en la tanda de penalties que su equipo, sin embargo, acabó ganando (Varessi y Baggio, otrora devorados por las lágrimas, debieron disfrutar de lo lindo de esta revancha histórica).
El segundo cabezazo, decía, lo estrelló Zidane contra el tórax de Materazzi, contrariado como estaba de no encontrar en sus pies talentosos la llave que le abriera la puerta del éxito perpetuo. Encontró lo contrario, ya se vió, en una acción vehemente y desafortunada que sirvió para dar nombre y rostro a la derrota.
Acción que singularizaría la capitulación de un colectivo y que muchos, seguramente oportunistas, aprovecharon para convertir en desprecios que emponzoñan una trayectoria deportiva envidiable del que sin duda alguna sigue siendo uno de los mejores jugadores del mundo.
Al resto se les olvidó demostrarlo en este Mundial. Sus respectivos clubes les dan las gracias, por descontado.
Tacticomania:
No ha sido éste un gran Campeonato del Mundo, un campeonato dominado por las servidumbres tácticas y el éxito del doble pivote defensivo, atalaya inexpugnable para casi todos menos para Italia que, sin embargo, también tuvo que recurrir al balón parado para conquistarla.
El equipo que empuja se arriesga a ser batido al contraataque; los ataques se dirigen, extrañamente, a las bandas y esquinas, en un desesperado intento de provocar una falta en las inmediaciones del área o un córner salvador. Se buscan, entonces, centrales altos y fornidos, bien musculados, valientes, que sepan chocar y evitar al contrario, que busquen con su cabeza un balón que vuela y que sus hombros soporten la embestida del contrario. Se buscan, decían, dianas con sueldo de futbolista contra las que poder dirigir con éxito un misil de corto alcance...
Las jugadas a balón parado, en fin, convierten al fútbol en una vulgar coreografía que acerca al Deporte Rey a su prescindible pariente americano. En éstas lides, el talento se difumina, quedando al servicio de la colocación y la fuerza...
Alguien me habla de precisión y buen toque pero esto no es billar sino fútbol, es decir, pasión y goles.
Las pizarras son cosas de los colegios y el fútbol se aprende a jugar, se goza, fuera de ellos.
La paradoja portuguesa:
Cristiano Ronaldo, habilidoso delantero luso, se hizo famoso por su regate: cada vez que embestía a tres defensas salía victorioso. Lo hizo infinitas veces y todas con el mismo resultado pero fue incapaz de dar un pase definitivo que acabara en gol.
A Figo le bastaron cinco minutos en el campo para lograr lo que el resto de sus compañeros no habían conseguido en todo el campeonato: encontrar a uno de sus delanteros.
Se conformaron con el cuarto puesto pero tenían fútbol para más. Eso también los diferencia de Italia y Alemania.
Los jóvenes valores:
Si el futuro del fútbol debe definirse a partir de Podolski, nos espera una década de sequía extrema.
Por mi parte, yo apostaba por Messi, igual que medio mundo, y por descontado por Argentina. Pekerman se desmarcó del mundo y de su propio cuello cuando sacó a Julio Cruz en su lugar. No sólo perdieron el partido sino que abrieron la posibilidad de especular sobre su suerte de haber satisfecho la inquietud mundial. Ésta no la olvidaremos, José.
Fernando Torres también es joven y también es un crack: en todos los partidos fue el mejor jugador de la selección. Que sí, que sí, que lo fue. Su carácter aventurado y su personalidad inquieta lo asocian a un tipo descreido, ligeramente altivo...
Con tres como él hubieramos pasado de cuartos...
La camiseta roja:
...Si hubiéramos llegado.
Al contrario de lo que se piensa, España sólo cae en cuartos en aquellos mundiales que se disputan fuera del continente, en los cuales nuestra selección suele ser la segunda o tercera europea en cómputo global. En Europa, con el calor de su propio público, España fracasa continuamente. Le puede la presión y su propia incompetencia para hacer de su juego una propuesta temible. El cruce con España es un cruce deseable: se puede jugar a empatar y ganarla.
Así que nos derrotan siempre. Esta vez tocó Francia y la antigua la táctica del atrapamoscas pero pudieron, perfectamente, haber esperado a los penalties.
También allí nos habrían ganado. Lo saben nuestros rivales y lo que es peor: lo sabemos también nosotros. Así de triste es.
La prórroga del año:
Lippi se la jugó en las semifinales en una prórroga definida por la épica, poniendo todo el talento con el que contaba al servicio de la victoria. Extraña, y de qué manera, esa conducta expuesta en un técnico italiano que sin embargo sabía que no tendrían opciones en un desempate frente a los paisanos de aquel que inventó la tanda de penalties.
Quizá por eso esté considerado como un erudito del fútbol.
El anfitrión derrotado:
Perdieron pero ganaron. La selección tricampeona llegaba con un equipo en horas bajas y supo encontrar sobre el césped el afecto de un público, definitivamente, entregado a las servidumbres de la contienda deportiva. Quizá por ello fueron los que mejor encajaron la derrota, asumiendo la valía de un tercer puesto, cuando los suyos habían dejado sobre la hierba las escasas fuerzas con las que contaban.
Por eso se unieron a la fiesta y despidieron a los suyos entonando, con agria tristeza pero esperanzados, el himno oficial de los melancólicos.
You'll never walk alone:
Y es que es el fútbol el que nunca caminará sólo, llenando estadios y colapsando las audiencias, haciéndose partícipe de una batalla donde el único que siempre sale victorioso es el deporte.
También es opio, sí. Pero, ¡cómo nos gusta el opio, Salinas!











