Historias de Cine: ¡Menguando!
Envío a mi mujer a por cervezas y me encuentro, de repente, impregnado de una niebla de aspecto luminiscente. No volveré a pedir prestado ningún barco mientras haya orates sueltos descargando sobre el océano... ¡sus desechos radiactivos!
Las tallas grandes comienzan a acumularse en un armario dominado por el desconcierto. Día tras día, comienzo a darme cuenta de que el problema no está en la ropa sino en el tipo que se asoma a su espejo temeroso de advertir lo imposible: ver a un adulto disminuyendo.
Los galenos se muestran sorprendidos e impotentes ante la gravedad de una mutación de aspecto irreparable. Golosos ante la posibilidad de conseguir un gran éxito médico a mi costa, se aprestan a aventurar panaceas científicas capaces de revertir, o eso dicen, la insólita enfermedad que me asola. Pero mientras, yo desaparezco, entendéis: ¡desaparezco!
La prensa viene a verme pero ya no la necesito. Antes demandaba una cura: ahora un arma liberador. Huyo de mi casa porque ninguna otra cosa me alivia. Lo siento por mi mujer, víctima indirecta de una maldición concebida por el más impiadoso de nuestros enemigos: el azar.
Me encuentro con un circo y en él la respuesta que nunca quise hallar pero también a ella, que es como yo pero sin ira. En los brazos de aquella mujer enana encuentro un nuevo mástil en el que aferrarme en mitad de un naufragio de corte existencial. Pero es sólo un sueño en alguien despreciado por la normalidad: la enfermedad sigue su curso y mis células se han convertido en una especie en extinción.
Aprendo a vivir en un ecosistema donde los peligros crecen a medida que mis huesos adoptan formas microscópicas. Hoy me desperté en una casa de muñecas, embebido de rabia y destemplanza, dependiente -de nuevo- del afecto de una esposa que ya no merezco, tratando de reflexionar sobre mi presente, precisamente hoy que sé que puede que no exista el mañana...
Mi mujer cree que he muerto... ¡devorado por mi gato! Me gustaría que supiera que sigo aquí, vivo, ¡bajo el agua!, a punto de ser succionado por una alcantarilla maldita. Cuando cierran la puerta, siento en mis huesos el peso de desesperación más absoluta.
Ya no pienso en mi sanación sino en el modo más efectivo de mantenerme cuerdo, un par de días más, en el sótano de mi casa: así son las cosas en un infierno cotidiano donde los gigantescos pedipalpos de una araña custodian amenazantes la gran montaña de queso que mi estómago anhela conseguir...
La batalla se presenta desigual: ¡David contra Goliat! Pero esta vez yo soy David; mi espada: un alfiler de costurera; mi único aliciente: sobrevivir. Sin embargo, tengo una carta a mi favor: soy un hombre, es decir, nací para someter al Mundo.
Frente a mis ojos se pierde un jardín de corte bíblico, perfilado por montañas que dignifican la inmensidad. Espero a la noche y me regodeo del cosmos, de las estrellas, reflexionando sobre mi mismo, sobre mi condición, sabiendo, a fe ciega, que no soy polvo sino menos que eso. Yo diría que un átomo... Y en ese momento, lo comprendo, me oís...
¡Lo comprendo!

Comentarios » Ir a formulario
![]()
Autor: Hombre Lobo
Siento haberte jodido el día con esta noticia...
Fecha: 22/07/2006 12:57.
Autor: J.P. Bango
Fecha: 22/07/2006 23:50.










