Dos grandes cintas
Se proyectaron dos cortos en secciones paralelas: El Límite de Miguel Á. Refoyo, cuyas singularidades ya he analizado exhaustivamente en este Cronicón (Leer Crítica : El Limite: Extenuante relato dialéctico sobre la violencia interior) y La Pecera (que analizaré brevemente en alguno de los post que todavía quedan), un cortometraje existencialista de Jaime Rosales que anticipa buena parte del estilo narrativo de un autor que tuvo por cenit esa pequeña gran obra que es “Las Horas del Día”.
Pero hoy me quedo con el recuerdo de los otros dos cortos proyectados al margen de la Sección Oficial:
El Laberinto de Simone es un cine eminentemente tensional que se adscribe, sin ni tan siquiera pretenderlo, a la tendencia asiática de crear un clímax de terror psicológico (con fantasmas de por medio) a partir de una génesis argumental más propia del género trágico-costumbrista (con el sentimiento de pérdida como leit motiv) que de una cinta de suspense al uso.
Su factura técnica, superlativa, y el buen pulso de su autor (manifestado en su habilidad con el montaje y en una narración multifacetada que admite la coexistencia de varios puntos de vista) contribuyen a reforzar su apariencia de obra trascendental y eviterna. Los subplots que maneja (retazos de culpabilidad malentendida, recreación de universos paralelos, evocaciones oníricas) refuerzan los resortes emocionales de una historia que sabe transmitir inquietud y suspense, ternura y dramatismo, sin renunciar a su condición de cuento féerico que busca, en cualquier caso, la sugestión de un espectador embelesado por la textura y atmósfera de lo que está visionando.
Necesitaría ver, sí, otra vez esta obra de Ivan Sainz Pardo, para reajustar mi entusiasmo a un ambiente más terrenal y crítico, pero -de momento- mis primeras sensaciones son las de haber presenciado, en pantalla grande, los mimbres de una película sobresaliente.
Pero hoy me quedo con el recuerdo de los otros dos cortos proyectados al margen de la Sección Oficial:
El Laberinto de Simone es un cine eminentemente tensional que se adscribe, sin ni tan siquiera pretenderlo, a la tendencia asiática de crear un clímax de terror psicológico (con fantasmas de por medio) a partir de una génesis argumental más propia del género trágico-costumbrista (con el sentimiento de pérdida como leit motiv) que de una cinta de suspense al uso.
Su factura técnica, superlativa, y el buen pulso de su autor (manifestado en su habilidad con el montaje y en una narración multifacetada que admite la coexistencia de varios puntos de vista) contribuyen a reforzar su apariencia de obra trascendental y eviterna. Los subplots que maneja (retazos de culpabilidad malentendida, recreación de universos paralelos, evocaciones oníricas) refuerzan los resortes emocionales de una historia que sabe transmitir inquietud y suspense, ternura y dramatismo, sin renunciar a su condición de cuento féerico que busca, en cualquier caso, la sugestión de un espectador embelesado por la textura y atmósfera de lo que está visionando.
Necesitaría ver, sí, otra vez esta obra de Ivan Sainz Pardo, para reajustar mi entusiasmo a un ambiente más terrenal y crítico, pero -de momento- mis primeras sensaciones son las de haber presenciado, en pantalla grande, los mimbres de una película sobresaliente.

La Cabina es Historia de la televisión y del formato corto pero, sin embargo, no deja de ser una obra vanguardista adscrita -son los años setenta- a una de las corrientes más pesimistas (y también creativas) de la Ciencia Ficción. Bebe -como bien apuntó Carlos Aguilar- del espíritu de Thomas Disch pero también de Alfred Bester, Richard Matheson o Nigel Kneale. Se rebela, por tanto, fruto de su época pero no de un país cuya idiosincracia crítica, al menos, metafóricamente, tanto en las imágenes que muestra como en la elección de los arquetipos (allí es donde la presencia de José Luis López Vázquez se antoja más que determinante) que lo protagonizan.
Como toda cinta parabólica que se precie, su trama se pervierte de simbolismos y metáforas que redundan en aspectos más o menos subrepticios que erosionan los cimientos de la sociedad objeto de reprimenda. Garci y Mercero se centran en el tema de la incomunicación (por eso encierran a su protagonista en una cabina de teléfonos) y en como, a medida que los individuos entran en la edad adulta, ven reducidas sus expectativas y movimientos hasta que, literalmente, desaparecen de cara a la sociedad que les cobija. Continuamente, Mercero insiste en una idea visual que asimila a la Cabina con los inmensos y frios rascacielos que la secundan. Pero no se queda ahí: un niño jugando con la pelota contrapuesto a un hombre encerrado en la cabina no es sino otro juego metacinéfilo que entronca a esta pequeña obra maestra con la génesis conceptual del Ciudadano Kane de Orson Welles. Apenas nada para esta alegoría antifranquista (con la privación de las libertades individuales como objeto de denuncia) filmada en pleno franquismo y con dinero público.
Porque, por encima de todo, La Cabina es una cinta de género: la organización spectriana va seleccionado los especímenes alienados y los aparta, inexorablemente, de la circulación. Exageradamente, podíamos definirla como una remake de La Invasión de los Ladrones de Cuerpos.
La actualidad, sin embargo, la sigue presentando como un cuento con estructura operística y retazos de cine de Terrpr (especialmente crudos en los momentos en los que el protagonista comienza a ser consciente de la irreversibilidad de su situación) que trasciende cualquier código genérico y frontera para presentarse al mundo como una de las películas más sorprendentes y reivindicables de toda nuestra cinematografía.
Sendas películas, separadas entre sí por más de treinta años, resultan paradigmáticas para comprender el potencial extraordinario que encierra una obra corta cuando sus imágenes se cimentan sobre una buena historia que contar.
Y es que quizá siga siendo ésta la clave.
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Autor: IVAN
A veces, las primeras impresiones y sensaciones son las verdaderas.
Precioso. Gracias por la crítica.
Precioso. Gracias por la crítica.
Fecha: 26/09/2006 02:38.
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Autor: John Trent
Que grande La cabina. Sin duda, un clasico setentero que no necesita de una duracion estandar para impactar con su historia y, sobretodo, con ese brutal final.
Saludos.
Saludos.
Fecha: 26/09/2006 16:45.










