Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2006.

Videoteca escogida

Inauguro una nueva sección, de indudable calado veraniego, acerca del grueso de películas que, de una u otra manera, permanecen al margen del gusto del crítico más o menos ortodoxo, y que sin embargo se han sabido ganar un lugar especial en mi videoteca, en mis recuerdos, en mi memoria cinéfila.

No serán críticas al uso sino evocaciones más o menos emocionales pero servirán bien y a las claras para vindicar algunos fragmentos de celuloide formidable ocultos en películas consideradas por la generalidad como menores, o cuanto menos víctimas de una campaña colectiva de infravaloración o, lo que es peor, olvido.

La primera en la lista la dirige Raimi pero, huelga decir, no tiene nada que ver con Spiderman. Pero eso os lo contaré otro día. 

02/08/2006 22:24 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: Videoteca escogida No hay comentarios. Comentar.

Condenado a la oscuridad

Darkman nace a partir de las llamas de un laboratorio asaltado, ignominiosamente, por Durant, lacayo justiciero de un desalmado hombre de negocios que trata de borrar a toda costa las huellas proferidas por un documento que prueba alguno de los sobornos dispensados con vistas a obtener la licencia de construcción de un enorme complejo inmobiliario.

Mafiosos del ladrillo al más puro estilo Robocop, pues, sirven de (visionarios) antagonistas arquetípicos a este hombre oscuro que antes había sido Peyton Westlake, un científico brillante, aparentemente frustrado ante la imposibilidad momentánea de llevar a buen puerto su más ambicioso proyecto, generar piel sintética perdurable, pero ilusionado por encontrar la felicidad al lado de su novia, Julie Hastings (la sinpar Frances McDormand), casualmente trabajadora al servicio del magnate.

 


 

Darkman ofrece (casi) la mejor versión posible de un cine, el de Raimi, esencialmente dinámico, gratamente virtuoso, genuinamente entrañable, en el que el ritmo y la historia van cogidos de la mano y donde no queda lugar alguno para las secuencias de transición. Especialmente reseñable en este sentido es la elipsis que representa la muerte de Westlake y el nacimiento de Darkman con un solitario entierro de por medio regado de lágrimas pero también de simplificidad y jugosa eficacia narrativa.

Westlake/Darkman, convertido en un vagabundo anónimo, despierta en un tétrico hospital desposeido de la posibilidad de sentir el dolor. Cuando huye, lo hace enamorado, ansioso por retomar su antigua vida y, sin embargo, comenzando a ser consciente que tras sus vendas se oculta el germen de un ser monstruoso, y no solo en relación a su apariencia física. Bajo estas premisas, no tardará en sufrir el insoportable peso de la humillación. Raimi entronca ahora su historia con clásicos universales con individuos deformes de por medio como El Fantasma de la Ópera, El Jorobado de Notre Dame o Frankenstein: quiere a su novia pero no su degradación física y, entre medias, debe encontrar tiempo para conjugar las claves que posibiliten su venganza. Cada asesinato (extremadamente planificado por Raimi y con claras reminiscencias comicófilas), lejos de liberar a Westlake lo introduce en su lado más oscuro, haciendo de él un ser cada vez más irreflexivo y vehemente, en un sujeto incapaz de rehuir, de una vez por todas, su ineludible condición monstruosa.

Payton Westlake, un científico ambicioso e independiente, acaba transformado en una versión violenta de si misma, es decir, en un Hyde contemporáneo infectado por su propia adrenalina; pero su violencia no proviene de proclamas sádicas sino de un cerebro desbordado de pulsiones emocionales. Así las cosas, Raimi construye a su héroe como un ser dual imbuido por la tragedia, lo cual vuelve a emparentar a Darkman con los grandes monstruos cinefílicos, condenado al aislamiento por la irreversibilidad y contundencia de sus heridas (físicas y psíquicas).

Cuando finalmente culmina su venganza su Hyde interior sabe que Payton Westlake ha muerto, como también ha muerto todo lo que representaba. Entonces asume su verdadera identidad y la manifiesta: “Llamadme... Darkman”.

 


 

Solo un par de años después, Raimi retomaría el código talentoso para finalizar una de las sagas más entrañables y cimbreantes de la cinematografía moderna, Evil Dead. Pero esa es otra historia y quizá, quién sabe, también forme parte de mi videoteca particular.
05/08/2006 11:37 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: Videoteca escogida Hay 6 comentarios.

Ba(v)eando

Ayer, viendo Diabolik en la tele, no dejaba de pensar en la gran cantidad de ilustres seguidores (declarados o no) que acumula el bueno de Mario Bava de toda su obra.

 


 

 

Y no todos relacionados con su proto-slasher Bahía de Sangre...

 


 

09/08/2006 20:11 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: cinefilia Hay 6 comentarios.

El castillo ambulante de Hayao Miyazaki: algo bueno que contar

Sophie regenta la sombrerería de su madre cuando tiene un encuentro casual con Howl, un joven hechicero al que siguen unos espectros, liderados por la Bruja del Páramo, de los que no tardan en deshacerse volando juntos por encima de una ciudad de aspecto deminonónico. La Bruja, que ha presenciado el oprobio, inicia su particular venganza visitando a la joven Sophie en su tienda y profiriéndola una cruel maldición que avieja su cara y su identidad, convirtiéndola en una anciana porfiada, vagamente quejumbrosa. Pero lejos de recrearse en su infortunio, Sophie encuentra un raro estímulo en su recién descubierta anciandad, adquiriendo fuerza y coraje para afrontar su nueva situación (se dice: “por lo menos ahora me quedará bien el vestido”), invitándose a buscar su sanación, no podía ser de otro modo, en los brazos de Howl, el presumido mago también dueño del castillo ambulante (literalmente) quien, sin embargo, vive las contradicciones de su vanidad (también de su propia cobardía) en mitad de un contexto dominado por una guerra proterva (subplot no presente en el libro de Diana W y gran acierto de la adaptación), auténtica protagonista emocional de todo el relato.

 

Una vez que encuentra el Castillo con la ayuda de un espantapájaros vagabundo, la anciana Sophie entra a formar parte de su fauna, convirtiéndose en una criada de tomo lomo y centrando sus esfuerzos en ayudar a un Howl desequilibrado, al mismo tiempo que comienza su amistad con Cálcifer, el espíritu del fuego, también protagonista de una maldición, y con el pequeño Marco, el niño aprendiz de hechicero que encuentra en Sophie la madre que siempre anheló.

El choque de caracteres opuestos y las pulsiones internas que las animan (como la recuperación del afecto perdido, el hallazgo de un objetivo vital, la resistencia contra la guerra perpetua), se constituyen a partir de ese momento en el motor que promueve y dinamiza el grueso argumental de una película que basa su eficacia en la complicidad desprendida de todos y cada uno de los personajes, de otro lado (y como se ha podido comprobar en el resto de su filmografía), la seña de identidad del cineasta y su principal baza exitosa (en absoluto fácil de conseguir como bien demuestra –o mejor dicho, no demuestra- Katushiro Otomo en Steamboy), incluso en una película como esta donde la espectacularidad y la belleza estética también (ob)tienen un papel formidable que queda, pues sí, sabiamente compensado con otros momentos más intimistas, incluso tiernos, donde la instruida caligrafía de Miyazaki brilla en todo su esplendor.

Los personajes, en fin, no tardan en hacerse dueños inequívocos de este Castillo Ambulante. Así, conoceremos a Howl, un mago joven y excéntrico, maniático y presumido... devorado por una maldición infame que intensifica los términos de su cobardía. Sophie, por el contrario, se rebela trabajadora y discreta, comprensiva y valiente... No teme tanto las consecuencias de su anatema sino encontrarle las vueltas a ese destino que siempre deseó merecer. El resto de los personajes arrastran el peso de otras tantas maldiciones (a excepción de Marco que, pese a todo, utiliza la coartada de una máscara para presentarse ante los demás) como también le sucede a Cálcifer, el motor del Castillo y aquel que soporta sobre sus hombros flamélicos -y en exclusiva- el peso hilarante de la película.

 

De nuevo, todos los personajes (e incluso aquéllos que no lo parecen: como el perro de la Reina o el espantapájaros solícito) se presentan colmados de complejidad, y como ocurre en el resto de la filmografía del director japonés, sabiendo evolucionar sus caracteres en función del desarrollo del argumento (quizá el ejemplo más significativo es el de La Bruja del Páramo: envejecida posteriormente por otra maldición que asocia su condición, otrora vitalista, a la de una anciana senil y vetusta), y por supuesto, al Castillo, el personaje más carismático de la película, repleto de gadgets y artificios sorprendentes, cuando no directamente evocadores, como esa puerta mágica cuyo umbral va a parar a varias ubicaciones geográficas diferentes, incluso a otras dimensiones (la propia infancia de Howl o al epicentro infernal de la contienda...), en todo caso, apasionantes...

Luego está la Guerra, protagonista residual de alguna de las mejores cintas de Miyazaki y, por extensión, también de este Castillo Ambulante, al que aporta una dicotomía suculenta que oscila entre la estética, representada en la belleza pictográfica de las batallas aéreas, y la ética, personificada en las dudas que asolan al propio Howl, alguna de cuyas reflexiones hacen emparentar esta cinta de Miyazaki con el género antibélico, gracias, sobretodo, a un contexto afortunadamente indefinido donde lo que menos importa son los bandos en contienda, pero sí los desastres y atrocidades que la propia Guerra deja tras de sí.

El derroche creativo presente en El Castillo Ambulante, en fin, se resuelve inabarcable, no ya de un solo vistazo, sino en posteriores visionados de una historia que se mueve en torno a varios niveles de entretenimiento en función de la edad e intereses del espectador. En este sentido, El Castillo Ambulante obtiene la misma eficacia en el apartado grandilocuente (con esos vuelos majestuosos, con esos acorazados directamente salidos de un manual steam) como en el detallista (donde los objetos y las prendas de vestir adquieren un papel, eminentemente, protagonista), creando una sinergia evocadora, contenedora de momentos plenamente deslumbrantes (que quizá formen parte de lo mejor de la filmografía de Miyazaki) y de otros tantos menos dichosos (pero que no dejan de ser sobresalientes) que compensan la abrumadora sensación de estar contemplando otra obra maestra.

Impresión que se difumina, sin embargo (diría, otra vez, que afortunadamente) en una rápida y previsible resolución (nada que ver con Mononoke Hime, pues) que no deja ningún cabo suelto y en la cual todos los personajes se deshacen de sus máscaras (de nuevo, a excepción del pequeño Marco y quizá, por eso –por no haber alcanzado la edad adulta-, el personaje que goza de mayor indefinición) encontrando un resquicio para un discutible pero necesario (a estas alturas de la función) final feliz.

Es fácil regalar epítetos, ya véis, a una propuesta tan sugerente y acertada como ésta, financiada con el talento de uno de los cineastas, ya podemos decirlo, más importantes de la contemporaneidad.

Lo más destacado: que Miyazaki siga sabiendo encontrar, en ese universo delicioso que tan bien representa y dibuja, lúcidas e imaginativas historias que contar.

Lo menos destacado: que todas las derivaciones (explícitas y sucintas) de su argumento se confundan con una falta de profundidad global.

Calificación: 9,50

12/08/2006 23:46 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: críticas Hay 6 comentarios.

Fantasía romántica

Es, con pocas dudas, uno de los más rápidos de cuantos flechazos ha originado el Séptimo Arte, y viene precedido de un diálogo, definitivamente, inmortal, entre una bella Princesa Árabe y un Príncipe vagabundo que se hace pasar por genio...

 

- ¿De dónde habéis venido?

- Del otro lado del Tiempo para encontraros.

- ¿Desde cuándo estáis buscando?

- Desde el principio del Tiempo. 

- ¿Hasta cuándo pensáis quedaros?

- Hasta el fin del Tiempo.

 

Son, naturalmente, June Duprez y John Justin en:

 


 

El Ladrón de Bagdad.

17/08/2006 13:47 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: cinefilia Hay 3 comentarios.

Una (Bella) Historia China de Fantasmas

 

Buceando en las entrañas de la melancolía, no es difícil volverse a encontrar con esta película de naturaleza entrañable y resultados seductores, una de las cintas de género favoritas de quien esto escribe y firma, digna de formar parte, claro que sí, de mi (discutible pero selecta) videoteca escogida.

Una Historia China de Fantasmas, tal y como su título español advierte, es un cuento protagonizado por espectros, exonerado de toda pretensión por cuenta de un guión imaginativo y delirante, construido sobre una compilación de escenas más o menos sofisticadas (montadas de forma instintiva y funcional), sazonadas –no por casualidad- de un humor cómplice y esencialmente grotesco. Nunca quiere ser una obra perfecta, ni siquiera una gran obra, pero de cada una de sus escenas se desprende un regusto delicioso, levemente inmortal.

El film de Ching Siu Tung narra la historia de un joven estudiante (también cobrador de impuestos), destinado a una aldea provinciana rodeada de bosques misteriosos que ocultan cementerios y santuarios repletos de espectros y aparecidos. Ante la imposibilidad de costearse un alojamiento, decide pasar la noche en un templo (dicen) maldito donde tendrá su primer contacto con demonios, fantasmas y demás entidades sobrenaturales que desean, ante todo, saciar sus estómagos diabólicos con almas jóvenes.

Investido con el don de la impericia, el joven estudiante, sin embargo, logra sobrevivir al acoso de los demonios en su primera noche y, más que eso, comienza a sentirse atraído por una hermosa fantasma que, en un acto de misericordia, se convida a perdonarle la vida. Aunque el estudiante desconoce la condición de la joven (no sólo es un espectro condenado sino que, además, está prometida al mismísimo Señor de las Tinieblas), se propone liberarla de la pena que la aprisiona. Cándido pero valeroso, el estudiante se aliará con un rudo luchador (habituado a las luchas con espíritus desorientados) y se adentrará hasta el mismísimo infierno para intentar salvar el alma de su amada.

 

 


Una Historia China de Fantasmas está llena de imágenes fascinantes: demonios deslenguados, vuelos imposibles, artes marciales de linaje mágico, avernos envueltos en niebla, cabezas mordedoras, túnicas extensibles hasta el infinito... Pedazos de Cine Fantástico, (por encima de todo: fantástico), reunidos en torno a una historia cautivadora, romántica, imperecedera.

 

Seguramente, una de las películas más bellas (y divertidas) que uno recuerda haber visionado.

21/08/2006 22:09 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: Videoteca escogida Hay 7 comentarios.

Un Plutón Verbenero:

Primero tomó el nombre de un Dios. Luego fue enviado al propio infierno por la comunidad científica que un día le encumbró. Entre medias, un atajo de... maestros de escuela inculcaron sus letanías anacrónicas en cerebelos infectados de ansiedad que esperaban su turno para adentrarse, definitivamente, en un mundo imperfecto dominado por auténticos hijos de Pluto capaces de cambiar los dogmas a su antojo.

¡Demonios, me tuvieron todo el parvulario dibujando un planeta que no es un planeta! ¿Quién me devolverá aquel tiempo? Más aún: ¿qué ocurrirá cuando se descubra que, efectivamente, dos y dos no son cuatro?

En fin. Respiremos.

Ahora está condenado a perpetuarse en el panteón de los olvidados, ocupando un gracioso puesto entre el Seiscientos, la Peseta, el Padre Apeles y... Aznar. Atrás quedaron sus días de Gloria: pocas entidades (físicas o espirituales) logran hacerse un hueco en el intelecto de tantos miles de millones de personas. Y eso, siendo tan pequeño, casi insignificante: un Planeta Enano, es decir, una piedra. No hay mayor humillación que la degradación.

Ayer le llegó el turno a Plutón. Un día de estos le tocará al Cristianismo. Entretanto, ¿cuándo coño dejará de ganar el Barca?

Ronaldo, tio, en serio, ¡te necesitamos! Es decir, ¡te necesitamos más que a Capello!



25/08/2006 20:35 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: Otros temas Hay 2 comentarios.

Solo un beso: Loach se redime con amor

Algo más que un beso, mestizo y de corte liberador, se cruza en el camino de un joven DJ pakistaní y una profesora irlandesa católica, quienes a partir de ese momento tendrán que luchar contra viento y marea para poder disfrutar de su relación en plenitud, evitando las sujeciones e intromisiones de sus respectivas familias y/o comunidad, mientras siembran las bases de una convivencia estable y tolerante. 

 

Una relación, en fin,  sustentada sobre la base del conflicto, le sirve a Loach para retomar la senda de la fábula socio-romántica de corte hiperrealista que, en su momento, ya diera origen a la que quizá aun siga siendo su obra más equilibrada y memorable, Mi Nombre es Joe, una película con no pocos puntos en común con este, sorprendentemente vitalista, Ae Bond Kiss, con la que el bueno de Ken Loach parece dejar aparcado la vena reivindicativa (e internacionalista) que había protagonizado su trabajo en los últimos años.

 

Sin apelar al sarcasmo definitorio de aquél célebre episodio de El Sentido de la Vida de los Monty Phyton, pero sin dejar de lado, faltaría más, el espíritu agresivo que siempre protagonizó su filmografía,  el infatigable combatiente Ken Loach (y su fiel escudero desde los tiempos de Land and Freedom, Paul Laverty), dirige ahora su punto de mira hacia el estamento social por excelencia, La Familia (en sentido estricto: no hay padrinos aquí), enfrentándolo con uno de sus mayores enemigos: la decisión personal de un individuo, en este caso, singularizada en la búsqueda de la Felicidad más allá de las convenciones sociales, religiosas, familiares...

 

Bajo esta premisa, asistiremos al rechazo desgarrado de la familia pakistaní (en la linea de Quiero ser como Beckham), de cuya descomposición se hace responsable al afianzamiento de esta historia de amor mestiza. Con ella, los protagonistas quiebran las normas de su entorno provocando un cataclismo emocional que, aparte de favorecer el trabajo interpretativo de los dos protagonistas (protagonistas, a su vez, de un casting más que acertado), posibilita el desarrollo de las propuestas libertinas del bueno de Paul Laverty.

 

Laverty, un guionista antisistema que suele idear "revolucionarias" historias de amor normalmente trufadas por un entorno contaminado por la desigualdad y la injusticia, se las ingenia, sin embargo, para encontrar un poso (solo un poso) de optimismo en este romántico cuento moral con el que cineasta británico Ken Loach vuelve a demostrar su indudable capacidad para el retrato de carácter realista y, de paso,  reafirmarse como el mejor de cuantos osan aventurarse en el resbaladizo terreno del inconformismo cinematografiado.

 

Algo que sus seguidores agradecemos generosamente.

 

Lo más destacado: Algunas secuencias en plano corto made in Loach; el episodio del cura católico.

 

Lo menos destacado: la incompleta (por maniquea) descripción de algunos personajes.

 

Calificación: 8,5

30/08/2006 15:24 Autor: bango. Enlace permanente. Tema: críticas No hay comentarios. Comentar.


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