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Año III
La Intérprete: Redención, pacifismo y ausencia de punch.
Con un cierto retraso he podido ver La Intérprete de Sidney Pollack, una película de buena factura (algo habitual en la filmografía de director), y más que correcta ambientación, ritmo, montaje y dirección de actores, que investiga en las raíces del thriller político (sólo tangencialmente) para introducirse, después y de lleno (esto le interesa más al director y, sin duda, a los Agentes de los dos actores principales) en un drama de intriga repleto de largos períodos de tensión emocional, todos ellos provocados por el tortuoso “pasado” que sacude los "presentes" de los dos protagonistas del film.

Un doble asesinato en un país africano (imaginado, para no herir) y un inminente discurso del dictador de turno en el seno de las Naciones Unidas, sirve de prólogo para un entramado que obtiene su génesis en una conversación casual de aires conspiradores que una Intérprete de oscuro pasado, Nicole Kidman, intercepta y da a conocer a unos Servicios Secretos comandados por un Sean Penn (tirando de mohines trascendentales) consumido por una pérdida reciente. El nudo de la película se bifurca tratando de a) evitar que el genocida africano muera víctima del atentado, y b) proteger la vida de una Intérprete que asegura poder reconocer la voz de aquél que profirió la amenaza, pero sólo es una tapadera, una apariencia argumental, que oculta varias vertientes argumentales (mejor desarrolladas además) que tienen que ver con alegatos pacifistas, venganzas reprimidas, redenciones impostadas, perdones y justicia. Elementos, en fin, de ascendencia noble que, sin embargo, alejan inexorablemente su argumento de los no menos nobles artificios conformadores del mejor suspense cinematografiado, desposeyéndola pues de un sustrato de cine de género que haría las delicias de alguno de los seguidores del mismo, entre los que me incluyo; elementos definitorios de una cinematografía más dinámica, insisto, de los que esta película huye con incontenible presteza.
La heterogeneidad de la propuesta se incrementa, si cabe, con la introducción de varios tópicos de origen romántico-existencial, personalizados en varias historias de amor cercenadas (por el destino y la política) y por una posibilidad de amor futura, remota (y sólo sugerida) y, en cualquier caso, saboteada por las consecuencias de una intriga político-social de alto voltaje que no admite seducciones insatisfactorias ni enamoramientos color pastel.
El desenlace, en fin, se dilata como también se dilatan algunas situaciones relacionadas con algunos personajes de corte prescindible inmersos en un guión que bebe de demasiadas fuentes y tarda en contentarlas a todas. Impedimentos y sinsabores que hacen que no toda la cinta se soporte y disfrute con el mismo interés.
La Intérprete es, en fin, un thriller de origen político, convertido por cuenta del trío de guionistas, en una experiencia melodramática sostenida por la solvencia de una estupenda y creíble Nicole Kidman y por un atormentado y excesivamente tremendista, Sean Penn; una película, a contracorriente, sí, pero sutilmente descafeinada en tanto no sabe (o no puede) elegir alguna de las opciones argumentales que la historia propone, resultando en definitiva un vacuo compendio de todas y por ello, convierten lo que debiera haber sido una gran película, en una obra funcional, vibrante, correcta, pero olvidable. Justo como buena parte de la filmografía de Sydney Pollack.
Lo más destacado: la espléndida factura de la cinta, personalizada en la ejemplar secuencia del autobús.
Lo menos destacado: que la heterogeneidad de su propuesta reste fuerza (también dramática) a un argumento que, sin tantos requiebros ni intereses dogmático-moralizantes, hubiera hecho las delicias del mismísimo Alfred Hitchcock.
Calificación: 6,5
Robots, go home!
No es Hal 9000 ni Número 5 ni siquiera es Terminator, aunque ciertamente, "acaban" con la paciencia de cualquiera. Es una voz robotizada, subrepticiamente femenina, que dicta enunciados aprehendidos con una singular asepsia; de impersonal resulta maleducada; de iterativa, idiotizante. Por cierto, lo consiguieron: atribuí un sexo a la voz de una máquina. ¡Viva el surrealismo mecanicista!
No forma parte del futuro. Es el presente, existe, es. Y molesta. Es un contestador automático de una compañía de teléfono cualquiera y atiende las quejas de los usuarios. Tienen la encomiable función de conservar intacta la imagen de la compañía librándose del primer exabrupto de un cliente enojado. Noble labor de parapeto la suya, recibiendo insultos sobre sus carnes silícicas para salvaguardar el honor de la madre del Director General. De quien le paga. Por cierto, deberían subirlos el sueldo, pero callan, no protestan. Solo enuncian. Es su sino como el nuestro es mordernos los labios y apretar los puños... y contar los minutos que pasan al otro lado del hilo telefónico.
Con ella, con su voz partida e irrelevante, vuelves a los tiempos de preescolar, de Barrio Sésamo; te dice: "Para quejarte... pulsa 1", "para quejarte con más énfasis... pulsa 2", "para quejarte con una mayor contundencia... golpea el teléfono y pulsa 3". Entiende su trabajo en términos de auto-indulgencia: "Para insultarme visceralmente... pulsa 5, me agacho... y te desahogas". "Gracias", te dice después sin variar la textura de su voz, su tono dócil y gregario. De hecho, su imitación de las respuestas emocionales -digamos- humanas es ciertamente extraordinaria; tanto que a veces parecen emplead@s del INEM.
En fin, la tempestad se desata a los quince minutos después de haberse iniciado la comunicación. Nunca entenderé quién es la cabeza pensante detrás de la decisión de programar la música ambiental del contestador de un departamento contable con la sintonía de la película "El Golpe". Cuando escucho la música no dejo de pensar en Paul Newman y Robert Redford estafando al mafioso de turno y pienso, claro, si es oportuno sugerir la palabra "estafa" a aquél que espera le atiendan la reclamación sobre una factura...
La música se interrumpe de pronto y la voz robotizada sigue el protocolo con kafkiano rigor: "Pulse la tecla de almohadilla, gracias". "La tecla de estrella no... la almohadilla, gracias". Nadie me dice cuál es la tecla de la almohadilla así que doy una al azar... y acierto. Saben que un dedo en forma de peineta no se puede expresar por teléfono (de momento) y se aprovechan de ello. Son robots pero no idiotas. Si vieran el humo salir de tu cabeza preguntarían con un cierto deje sarcástico: "¿quiere usted que llame a los bomberos?". Y llamarían, por supuesto. Solo tendríamos que pulsar... el 4.
Dos mejor que uno
Vale, pues parecen que son dos los proyectos cinematográficos en los que está metido John Carpenter: El 13th apostol (de goloso argumento, por cierto) y Psychopath (en paralelo a la producción de un videojuego con el mismo título y argumento).

Y es que ya no saben cómo provocar más a mi impaciencia.
Hero: el retorno del wuxia
Hero ya no tiene nada que ver con ese pasado revisionista, melancólico y contestatario de aquellas primeras obras, basando todo su interés en la eficacia de una historia de aires nacionalistas (y que desprende un cierto tufillo redentor) que, sin embargo, conserva alguno de los rasgos que, en justicia, definían la cinematografía de Yimou: un gusto incontenible por la belleza contemplativa y una abrumadora factura visual (da igual los medios con los que contara) resumida en la apariencia colorista, cuasi pictórica, de todos y cada uno de los planos que la componen y que en esta película, además, asumen una función que excede el mero simbolismo, otorgando substancia y contenido diferenciado a los diversos puntos de vista que protagonizan la narración. Un esquema narrativo, por cierto, atípico y más que reivindicable, que acerca el género wuxia a la multiplicidad de puntos de vista derivativos, ahí es nada, del Rashomon de Akira Kurosawa.
Esa multiplicidad de facetas, (que dota de un atractivo especial a esta historia-homenaje de Zhang Yimou), permite al cineasta explorar las diferentes motivaciones que impulsan las acciones de los personajes, todas ellas dedicadas a fundamentar el porqué de su participación pasada, presente o futura en un atentado magnicida que tiene por objetivo finalizar una guerra; resolución drástica que posibilitaría el mantenimiento del status quo de cada una de las grandes tribus en contienda. Un argumento, ya lo veis, de aires políticos que, sin embargo, también sirve como génesis de una buena colección de luchas y peleas, todas ellas afectadas de un indudable lirismo visual, incluyendo escenas de masas desopilantes.

La película de Yimou se caracteriza, pues, por un predominio de la estética por encima del argumento e, incluso por encima de la épica (algo que sorprende en un producto de su envergadura y presupuesto) dando como resultado una obra cinematográfica visualmente deslumbrante, sí, pero, sin embargo, vacua, en tanto que su acción se supedita casi por completo a unos postulados filosófico-existenciales no del todo definidos y, en cualquier caso, ajenos, alejados de los gustos de un público demasiado acostumbrado a las propuestas intuitivas, monolíticas, clarividentes.
Hero es, en fin, una cinta compleja y deslumbrante, bien fotografiada y coreografiada, que juega con los colores y la plástica para revestir de preciosismo y color una historia que entretiene más cuando menos se sabe de ella. Una delicia sensorial que, pese a todo, se visiona y disfruta con un gran interés gracias, por encima de todo, al extraordinario empeño que para el asunto pone el ineludible músico Tan Dun.

Lo más destacado: La extraordinaria secuencia de la batalla de las flechas, todo un homenaje a otro gran clásico de Kurosawa: Trono de Sangre.
Lo menos destacado: Que su incuestionable aspecto de wuxia, sofisticado y preciosista, desvíe la atención de puristas y aficionados demandantes, digamos, de texturas más clásicas.
Clasificación: 7
Estetas
Inducido por alguno de vuestros comentarios referidos al último post veo la posibilidad de hincarle el diente a un debate más que controvertible:
Y es que se han introducido varios conceptos todos ellos referidos al conflicto existente entre la forma y el fondo, entre la estética y la ética, entre el impacto extrasensorial y a la apelación a la inteligencia del espectador... Y sí, soy el primero en gritarlo a los cuatro vientos: el cine no es sino una sinergia consecuente de la conjugación -en un mismo receptáculo creativo- de varias de las expresiones artísticas dominantes en la contemporaneidad: desde la pintura a la fotografía, pasando por la música, la arquitectura o la literatura, y dentro de ésta, por alguno de los géneros y derivaciones que la conforman: el teatro, la epopeya, el cómic...
Según esta concepción romántica, el Cine deja de ser Cine (al menos deja de serlo en un sentido artístico) en cuanto alguna de estas expresiones artísticas faltan, o faltan de algún modo sustancioso. Azrael sugiere un ejemplo refiriéndose al movimiento Dogma, y es que, ¿qué interés cinematográfico puede tener una obra cuyos principales resortes se basan, precisamente, en la negación de buena parte de los sustratos artísticos conformadores del Séptimo Arte (música no ambiental, fotografía, códigos genéricos...)? Pero, ¿eso significa que las limitaciones ejercidas sobre el proceso de creación de una obra conlleven una renuncia tácita a su cualidad artística? Respondo con otra pregunta: ¿Es menos arte el Guernika de Picasso por renunciar expresamente a la policromía?, ¿tendría la misma repercusión histórico-pictórica si estuviéramos hablando de una obra empapada de color? Puede que sí. Pero, ¿acaso no le corresponde al artista proponer las fronteras de su Arte?
El dogma es un cine castrado, de acuerdo, pero ¿esto implica que no estemos hablando de Cine? Nos gustará o no; nos convencerá o no; satisfacerá nuestras expectativas o no..., pero ¿hemos de despreciarlo sistemáticamente sin poner sobre la mesa alguna otra consideración o argumento?
¿Y la forma? ¿Una forma dominante sobre un fondo controvertible puede resultar seductora? A aquel que diga NO de forma tajante, le invito a que me explique "el fondo" de un par de obras de Kandinski. Pero vuelvo al Cine, ¿podemos reprocharle algo a una película que asuma ab initio su prevalencia técnica sobre la argumental? ¿Acaso la búsqueda del placer y beneplácito del espectador no incluye un cierta satisfacción de sus sentidos, vista incluido? Es más, y entendido desde el punto de vista contrario: ¿acaso no son más reprochables aquellas películas que, sin motivo presupuestario de por medio, ningunean por vagancia la cuestión formal?
Muchas preguntas y pocas respuestas. Y una certeza que se abate sobre las demás: un artista propone un juego. Hay quien entra en él y juega, y hay quien no entra en él, y no juega. ¿Debemos lincharlo por proponer el Juego?
El Viaje de Chihiro: Anatomía de la Obra Perfecta
Spoiler: Está crítica disecciona alguna de los pormenores argumentales que explican El Viaje de Chihiro de Hayao Miyazaki. Si usted no ha visto esta película y desea permanecer inédito en su visionado, no debería leer el siguiente post.
Dar con los resortes adecuados para impulsar y, finalmente, dirigir una Obra indiscutible, pertenece más al ámbito de las quimeras que a una realidad plausible, ejecutable. Esa capacidad, lo diré otra vez, marciana, sin embargo, existe y le pertenece -casi en exclusiva- al bueno de Miyazaki, capaz de captar desde los estudios Ghibli la esencia del mejor cine de aventuras y mezclarlo con ingentes dosis de imaginación ficcionada, sin perder ápice alguno de lirismo, complicidad o empatía. Valores que con envidiable inspiración también recoge El Viaje de Chihiro, si no su mejor película, sí -al menos- la que mejor representa el Cine imaginativo, virtuoso, poético, y recurrente que define buena parte de la cinematografía de Miyazaki.
En El Viaje de Chihiro, el cineasta japonés se supera a si mismo, quebrando las reglas de la previsibilidad, creando un supramundo deslumbrante poblado por espectros que arrastran sus penas en una casa de baños para dioses; por ríos que se transforman en dragones valerosos al rescate de las niñas perdidas; por adultos devorados por la gula y convertidos en cerdos como escarnio; por trenes que se sienten fantasmas, puentes entre dos caras opuestas de un mundo dominado por la magia y la liturgia; un Mundo de Oz impostado, ay, donde todo es posible menos el desprecio a la inteligencia del espectador.
Ahí va a parar Chihiro: a esa estancia feérica que otros ven como parque de atracciones abandonado, convirtiéndose en el centro de la rivalidad de dos viejas brujas, hermanas pero enemigas, dueñas de un inframundo fantasmagórico donde, sin embargo, todo funciona aleccionado por la cotidianidad. Chihiro vive los últimos estertores de su infancia antes de dar el paso definitivo al mundo huraño de los adultos. Ya no es Dorothy, arrastrada por el huracán hacia un averno de baldosas amarillas, añorante de su casa y su presente, sino Alicia en un mundo maravilloso, surrealista y fuera de lo ordinario donde nada parece suceder de forma accidental. Tampoco es casual su encuentro con Haku, ese chico con alma de dragón que debe hacer menos dañina esa transición vital hacia la adolescencia; crisis que a la buena de Chihiro la sorprende dormitando en un coche que preludia un cambio de residencia, un cambio que les parece del todo punto natural a sus adultos y felicísimos padres y que, sin embargo, lleva aparejado un cambio sumamente trascendental en el modus vivendi de su hija: pronto tendrá nuevos vecinos, colegio y amigos...

Siguiendo similares líneas narrativas a las pergeñadas en los cuentos de Carroll o Baum, la película de Miyazaki juega con la posibilidad de que todo se trate de un sueño (las referencias a los escritos del reverendo Carroll son más que abundantes), percepción que se agudiza cuando el coche de sus padres se aproxima a un bosque fantástico y más allá, cuando toda la familia entra en un túnel no menos misterioso: metáfora incontenible de las fauces de una espeluznante bestia cuyo aparato digestivo va a parar a otra dimensión poblada de normas, singularmente variopinta, y cuyo primer designio es perseguir a los humanos, no ya pidiendo que les corten la cabeza, sino haciendo que se olviden de su propio nombre, de su identidad.
Esta es la subtrama más adulta de todas las que componen este brillante ejercicio de estilo, que, tal y como ocurría en El Mago de Oz, se resuelve -al menos existencialmente- de una manera reparadora haciendo que Chihiro llegue a desear aquello que una vez despreció: una vida cotidiana con sus padres, incluso en su nuevo hogar (algo que también ocurría en el Solo de Casa de Hughes/Colombus: un dueto dedicado a glosar los traumas paraadolescentes, por cierto).
Chihiro se destaca como la entidad más juiciosa de todas y cuantas pueblan tan curioso lugar y, sin embargo, se ve condenada a desaparecer porque se niega a pertenecer a ese insólito universo. Haku la da de comer, la dice: "debes comer algo de este mundo para que puedas permanecer en él". Y Chihiro come, deteniendo su proceso de desaparición, aceptando sumisamente la parábola de su vida. Sigue siendo una niña, sí, pero ya ha aceptado la regla magna de su nueva existencia: no podrá escapar al crecimiento.

Miyazaki disecciona la mitología del cambio convirtiéndola en un hermoso cuento de brujas para todos los públicos: un viaje iniciático, intemporal, subyugante, donde no hay lugar para el respiro y donde las soluciones imaginativas se suceden incontrolables en dos horas de Cine talentoso, perspicaz e inmejorable al compás de la magistral partitura de Joe Hisaishi.
Cinta de animación portentosa, de inspiración humanista, de ritmo cimbreante e hiperbólico, capaz de regenerarse continuamente, de reinventarse al calor de un argumento cimentado sobre raciones de gozosa y inagotable imaginación. Es, en fin, El Viaje de Chihiro: una obra mayúscula que demuestra que el Cine sigue siendo un incuestionable territorio para el disfrute, una habitación oscurecida, esa linterna mágica concebida para el gozo de los sentidos; un lugar, digo, donde consiguen forjar su magia aquellos hechiceros que como Miyazaki son capaces de tejer sobre texturas celulosas alguno de los más inalcanzables de nuestros sueños.
Lo más destacado: el poder hipnotizador, magnético y exquisito de alguna de las secuencias más intimistas y la divertidísima escena de las bolas de hollín: una auténtico lección de cine.
Lo menos destacado: la sacudida repentina de que rara vez volveremos a sentir emociones semejantes a la salida de un establecimiento de Cine.
Calificación: 9,99
Kong en el Writer's Cut
Día de resaca de Globos de Oro (por cierto, con poca sustancia cinéfila a priori) y de un dolor de muelas, seré generoso, bastante incontenible, echo manos del archivo y subo al Writer’s Cut la crítica de la película de Jackson, editada con un formato de texto más apto para la lectura y de nuevas fotos. Es una sección, ya lo sabéis, ideada para lectores... como usted ;)
ROMA: Están locos estos romanos
Defenestrada por el capricho del televidente de a pie, demasiado cansado a estas horas del día como para detener su intelecto más allá de las trivialidades impostadas, del esperpento redundante y prescindible que domina el medio televisivo (y por ende, las audiencias y el share), la superproducción Roma ha pasado de puntillas por ésta nuestra actualidad catódica hasta el punto de convertirse en la gran olvidada de la temporada, posiblemente en el mayor fracaso de audiencia de los últimos tiempos.
Pero no parece habérselo merecido, y es que esta primera temporada se ha caracterizado por una despliegue técnico-artístico poco más que deslumbrante, capacidad inusual en estas lides catódicas que ha permitido al director de fotografía jugar con las texturas y el aspecto cromático de la obra, y al director de cada capítulo, usar a su antojo las luces y las sombras al objeto de componer una obra dramática de aires expresionistas que además de atractiva, mantiene una absoluta coherencia formal con todo lo narrado.
Es esta ambientación, digo, la gran baza con la que cuenta esta historia, rodada en Cinecittá, que pierde un agradecido tiempo en presentarnos el día a día de los habitantes de la gran capital del Imperio Romano, introduciéndose en sus tabernas, foros, mercados, plazas, circos, templos de culto, hogares... y haciendo de todo ello un gozoso entorno contextual y didáctico acerca de una organización político-social cimentada, huelga decirlo, sobre el trabajo de las castas inferiores y/o los esclavos.

Pero esto, que es mucho, es lo de menos en una serie, Roma, que no renuncia a su condición de ficción televisiva y por ello, que debe y sabe manejarlos resortes del ritmo, contener la emoción, mantener el interés de la intriga semana en semana, hacer del siguiente capítulo una experiencia ineludible y de su conclusión, aún conocida, una respuesta diletante y liberadora. Y todo eso lo consigue ROMA, a pesar de buena partes de sus propuestas quedan enterradas bajo el lodo de una estructura coral que debe cubrir demasiados frentes, también políticos, y demasiados años (aunque no lo parezca), sin que llegue nadie a explicar las motivaciones que asolan a los personajes, quedándose sólo en los actos, en la anécdota, entendiendo la trama (sobretodo la política) desde una perspectiva cuasi-periodística (incluso de periodismo amarillo), que la despoja, pues, de buena parte de la sustancia dramática que debería protagonizar una ficción de semejante trascendencia histórica.
Interés trágico-dramático que sin embargo, si "anima" el día a día de los dos protagonistas, digamos reales, de la serie: Lucio Voreno y Tito Pullo, basados en personajes reales (sendos centuriones nombrados por César en uno de sus libros-testimonio), transformados aquí en una suerte de pareja de hecho, centurión y legionario, inseparables y nobles amigos que, al igual que le sucedía al bueno de Forrest Gump, se convierten en inesperados testigos e, incluso, en personajes de una extrema relevancia (especialmente delirante en este sentido es el papel atribuido de Tito Pulo en varios capítulos) en la resolución de buena parte de cuantas subtramas componen esta interesante primera temporada.
La acción queda así concebida como una simple sucesión de hechos, aleatoriamente explicados, sumergidos en un entorno fascinante en donde tienen cabida, a) disputas entre familias rivales comandadas por sendas arpías adictas a la conspiración pública, b) complots fraticidas entre patricios estrategas al mando del ejército más profesionalizado de la historia, c) retazos de leve confrontación política
Y d) alguna generosa ración de sexo, transgresión social y violencia. Caracteres estos también definitorios de un espectáculo televisivo sustentado sobre un armazón, a todas luces, irresistible.
Lo más destacado: el trabajo de unos actores cuya caracterización y rasgos se aproximan, y de qué modo, a los estándares romanos.
Lo menos destacado: las elipsis temporales, abundantes y desprendidas, restan progresión dramático-lógica a la subtrama política.
Un deseo: Ya supongo que la segunda temporada debería versar, en justicia, sobre la sucesión de Cayo Julio César por parte de Octavio, Bruto y Marco Antonio. Pero, qué narices, a uno le gustaría ver un spin off con Cleopatra...
Calificación: 7,5
Desde el infierno
Todo esto viene a colación precisamente porque acabo de volver a ver Spiderman 2. Los más veteranos lectores de este Cronicón Cinéfilo, recordaréis la crítica y la valoración, más bien despiadada (en comparación a lo que se destila en un garito virtual, éste, acostumbrado a cohabitar con el panegírico), sin duda, por debajo de sus verdaderos méritos (que son muchos: lo sabía entonces y lo repito ahora) y cualidades. Este nuevo visionado subscribe (podía no haberlo hecho, no creáis: la segunda vez suele ser de índole crítica) todas las virtudes comentadas en aquel entonces y subraya alguna más evidente, como por ejemplo el hecho incuestionable de ser un más que digno producto de entretenimiento familiar a todas luces dominado por la lucidez narrativa, incluso en aquellos momentos de fastuosa (y tantas veces incontrolable) y muchas veces prescindible acción pirotécnica.
Esa cualidad, justamente exigible a este director (y no, por ejemplo, a Rob Bowman o Poul Anderson), demuestra que el acomodo sigue, sin embargo, fagocitando buena parte de su talante transgresor, de su condición de heredero contemporáneo del mejor Tex Avery, cualidades que demuestra, y de qué manera, en la necesaria e ineludible secuencia de la matanza del quirófano: tres minutos de gozosa trasgresión formal donde el bueno de Raimi recupera la cámara subjetiva, el montaje simbólico, primario, cuasiexpresionista, la planificación fragmentaria y efectiva, el humor negro de complicidad irrestible (“¿Hay algún mecánico en la sala?”, comenta un cirujano armado de una sierra quirúrgico-industrial momentos antes de amputar los implantes maquinales del Dr. Octopus), puro cartoon de ascendencia bizarra que, directamente, toma sus fuentes de la propia cinematografía de Raimi y, en concreto, de sus dos mejores productos: El ejército de las tinieblas y Darkman.
En esta secuencia, también de aires Cronenbergianos (por cierto, protagonizada por el más cronenbergiano de los antagonistas de Spiderman), Raimi nos da una buena muestra de lo bien que sabe hacerlo cuando deja de lado el compromiso con lo previsible, con lo que sus productores esperan de él como inocuo satisfacedor de gustos prefabricados, de historias inanes y complacientes.

Es un momento cinéfilo brillante, imprescindible, que traiciona en parte al resto de la película, que sabotea su esencia primigenia (por fortuna) para recordarnos que tras ese espíritu aparentemente acomodado ruge el gemido de una bestia que pretende escapar de la trivialidad... que trata de salir del Infierno.
La rebelión de los muertos
Historias de Cine: El superviviente
Hijo de una puta y un borracho. Lo de la puta lo sé seguro: quince hermanos de padres diferentes... Lo del borracho siempre fue una leyenda del barrio: dicen que ningún tipo hubiera querido hacerlo con mi madre sin mediar varios litros de alcohol de por medio. Puta... y fea. La hubiera querido más si no hubiera heredado la mitad de sus virtudes.
Bajito, regordete, pelirrojo y... feo: igualito que mi madre pero sin sus tetas. Pronto comprendí que no tenía futuro y me fui a una iglesia a buscarlo. Mal asunto: aprendí a rezar y a jugar a los trenecitos sin que necesariamente hubiera una máquina de vapor de por medio. Todavía me duele. Ese día prometí que no volvería a coger un tren sin cubrir mis espaldas. Una semana después extendí mi promesa: no volvería a matar a un catequista en Irlanda. Dos semanas después amanecí en el puerto de Southampton, medio hambriento, huyendo. Todos los barcos pequeños estaban ocupados y yo necesitaba cruzar el charco, y como el charco era grande...
No es fácil colarse en un barco grande pero una vez dentro tienes un montón de recovecos donde poder ocultarte. El principal problema es comer. Sobretodo cuando te das cuenta que compartes refugio con decenas de polizones y que los que no lo son pasan más hambre que tú. Había ladrones, pintores bohemios, músicos adictos al violín, niños y madres acurrucados en las bodegas de un barco que albergaba en su seno toda una ciudad, miseria y ratas incluidas.
Aleccionado por el hambre me convidé a sobornar a uno de tipos que custodiaban las puertas con la única arma que había cultivado en mi infancia: dando pena. El segundo día aquel tipo compartió la mitad de su almuerzo. Al tercer día ya disfrutaba de las sobras de uno de los restaurantes de primera. Estaba en el paraíso pero no tardé en descubrir que no lo merecía: una pala de críquet lanzada desde la parte de arriba por un millonario furioso incapaz de aceptar la derrota, alcanzó a mi benefactor en el centro mismo de su despoblada cabeza, matándole en el acto segundos después de haberme dado mi última ración de comida... Aproveché el oprobio para atracarme sabiendo que iba a ser la última vez que me alimentaba y quedé dormido en el acto deseando despertar junto a la estatua de la libertad, más que nada, para dejar de vomitar todo aquello que comía diez minutos después de haberlo ingerido.
En fin, que dormía a pierna suelta (esto es un decir, dado lo angosto del refugio) cuando el gran estruendo me despertó. Cuando lo hice estaba atrapado en el muslamen de una señora gorda que no paraba de ladrar. Nadie sabía lo que pasaba pero todos buscaban una salida aplastándose los unos contra los otros. Incluso el agua buscaba la salida. Descubrí sus intenciones y la seguí dejando que me llevara hacia el abismo.
14 de abril de 1911, noche: seguía respirando. Flotaba en el agua divisando a todos los supervivientes cuyo destino había tenido por bien subirlos a una de aquellas barcazas antes que a mí y me invité a mirarlos con semblante de gato apaleado buscando una respuesta noble que sacara mis helados huesos de aquel maldito infierno. Cuando la niebla hizo su aparición yo dormitaba sobre el agua, seco y desabrido, pensando en comer como siempre: luego vivo.
Un chico rubio, aterido por el frío y con ganas de hacerse el héroe pacía en el agua junto a una barca. Sobre ella, una joven de aspecto aristócrata sollozaba a duras penas viendo como aquel tipo de cabello blondo y modales de herrero se congelaba en el agua por salvarla. Creían que era amor pero lo cierto es que una vivió y el otro no. Y el tercero, osea yo, contaba las estrellas entre la neblina aun a sabiendas de que aquel imbécil hubiera encontrado un hueco en mi barca si a mi se me hubiera ocurrido encoger las piernas. Y es que, amigos, estaba escrito que en esta historia debía ganar... el feo.
Aunque ningún productor de Hollywood quiera gastar sus cuartos para contarlo".
Sueños goyescos II
Nunca es tarde...
Iba a escribir la contracrónica habitual de la última ceremonia goyesca y me he encontrado con una pantalla inmensamente blanca y muy pocas cosas que añadir a lo ya dicho, visto, sabido.
Y es que ante la ausencia de una película indiscutible, se ha optado por premiar aspectos significativos de cada obra, otorgando un rancio protagonismo a la única triunfadora de la noche: La vida Secreta de las Palabras que, según me cuentan, poco tiene que ver con Rompiendo las olas de Von Trier y sí, mucho, con el resto de la filmografía de Isabel Coixet, lo cual ya es algo. Veremos.
Lo cierto es que este año el cine español no ha levantado grandes expectativas artísticas, presentándose como un año de transición en espera de que los grandes reclamos nominales del séptimo arte ibérico, a saber, Almodovar, Amenábar y Medem, unidos a las dos superproducciones (Alatriste y Tirante El Blanco) del año, logren compensar el traspies y polémica surgidos a partir del estreno y éxito de la anacrónica (y ciertamente reprochable) Torrente 3.
Con todo, y tras cuatro horas de absurdo y reiterado ceremonial, la gala transcurrió por el más categórico de los aburrimientos, basando todo su interés en la (poco atinada) comicidad de unos actores-presentadores embebidos de lisonjas impostadas y chistes con poca gracia, algún vestido atrevido diseñado para llamar la atención de los espectadores ajenos al mundillo cinéfilo, y la sensación ineludible de que lo mejor seguían siendo las imágenes de archivo y, sin lugar a dudas, aquellas secuencias de películas que una vez formaron parte de este circo audiovisual... y lo dignificaron.
En fin, más de lo mismo y con menos apostura de la habitual, la confirmación de que, efectivamente, el cine español debe someterse a los designios imparables de la autocrítica, cuestión, digo, que debe resolver también en cuanto a la concepción y forma última que deben tomar sus festejos y conmemoraciones. Y nunca es tarde...












