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Dos hombres y un entorno
Rescato del archivo la crítica de una magnífica película: Master And Commander. Al otro lado del mundo:
Se ha acusado, injustamente, a Peter Weir de ser un director carente de estilo propio, incapaz de desarrollar rítmicamente los entramados argumentales que llegan a sus manos, que rehuye la condición de creador propia de su oficio… Quizás, lo que no saben sus detractores es que el estilo Peter Weir no proviene tanto del oficio de cineasta, sino de su preocupación por los formidables entornos en los que envuelve a sus personajes y la motivación que a éstos les inspira. En este sentido Weir es un director personalísimo, una rara avis de inspiración romántica que condena a sus personajes a crecer emocionalmente en un ecosistema extraño pero sugestivo del que no podrán escapar sin comprender la urdimbre que lo sostiene. No extraña, por tanto, que el cineasta australiano se oculte tras los créditos de Galipolli, El Año que vivimos peligrosamente, La Costa de Los Mosquitos, Único Testigo, Fearless y, naturalmente, la película de entorno impostado por excelencia: El Show de Truman.
Impelido por su condición de brillante narrador de contextos, Weir cuenta en Master and Commander. El otro lado del mundo, la historia de dos amigos embarcados en un velero de nacionalidad británica que lucha por restringir el dominio que, del mar, ostentan las tropas del estratega Napoleón. El uno es un tipo afortunado, Capitán experto (suponemos) de glorioso pasado, querido por sus tripulantes, de gran carisma, abnegado. El otro es un galeno dotado de una gran destreza, inquieto, entusiasta, precientífico. A ambos les une su amor por la música y el ron, la camaradería propia de una amistad cuyos orígenes nunca se explican. Desde otro punto de vista, también se narra la historia de una persecución, de un duelo entre dos barcos y capitanes, dos estilos de navegación, dos países en contienda, dos tripulaciones que se temen. Pero esa historia, teóricamente el hilo conductor del film, una historia que a Weir le importa menos.
Las (contadas) escenas de batalla son impactantes, bien planificadas en su origen y rodadas con gran verosimilitud pero prefiere recrearse en la anécdota, en la vida habitual de unos marineros que pasan frío, calor o miedo, echan de menos a sus esposas y cantan canciones populares antes de dormir. De este modo, el director australiano propone una visión novedosa del género de la aventura con barcos, no le importa quien fue Raoul Walsh sino cazar iguanas en las galápagos, jugar al críquet en los tiempos muertos y dejar sonar el violonchelo en alta mar. Se permite el lujo de hablar de barcos fantasmas, de corsarios, de motines, sin perder un fotograma en el rodaje de arquetipos; exhuma cine por los cuatros costados. Estructura su entramado como un gran episodio (no tiene principio ni final) donde van a tener cabida diversas intrahistorias de indudable interés argumental: Jonás y el gafe; el señuelo; las islas galápagos... y rehuye, seguramente porque parte de una base literaria de prospección popular, los personajes almibarados y distantes.
Master and Commander se rebela como un film magnífico, afectado de un bello lirismo, singular en todo cuanto propone. Es una película que departe con la amistad y con la guerra, con los lagartos y las espadas, con el mismo compromiso y rigor.
El director australiano disecciona el hábitat en el que los personajes se desenvuelven con una precisión de cirujano cardiovascular, mostrando sin ningún rubor y a modo de docudrama, el lado oculto de toda gran aventura: su cotidianidad. Y nos la ofrece sin ningún miramiento (véase la amputación del brazo de uno de los jóvenes protagonistas), sin renunciar a la aventura ni a los efectismos. No ganará ningún Oscar importante (quizá el de Crowe, más moderado que de costumbre aunque con los mismos gestos autocomplacientes de siempre; seguramente el de Paul Bettany) pero servirá para reivindicar el trabajo de un director que no merece pasar más tiempo en las cenagosas simas de la infravaloración.
Lo más destacado: Las escenas de las islas galápagos; las constructivas conversaciones de los dos protagonistas; la coherencia del conjunto.
Lo menos destacado: el tono patriotero de alguno de sus discursos y la precipitada resolución de alguna de las intrahistorias.
Calificación: 8
La Ruta Natural
Todavía deslumbrado por la exhibición física del marciano Gattuso en la semifinal Alemania-Italia (ya anticipo que habrá un generoso post en próximas fechas sobre el Mundial), retomo los lápices y los bártulos en esta nueva temporada cronicófila, con las baterías igual de gastadas que siempre y un futuro que pulir, presentándoos una nueva crítica en El Zoom Erótico :
“La Ruta Natural” de Alex Pastor. Somos o no somos.
El corto de Alex Pastor asume su propuesta (sino original sí explícitamente) vanguardista, otorgando una importancia superlativa a un origen palindrómico que permite disfrutar de dos historias contrapuestas de un solo vistazo [a) la de una familia cotidiana cuyas raíces, finalmente, se ven arruinadas por la tragedia y b) la de un orador que explora su pasado para estudiar y comprender los resortes incorpóreos que lo componen], tanto en el plano formal como en el conceptual. J.P.Bango
Mañana, sí o sí, la prometida crítica del Cypher de Natali.
Cypher: Identidades virtuales
Sullivan se aburre: su mujer ya no le quiere y su trabajo lo detesta. Es lo que tiene ser contable cuando se ha nacido para propósitos antitéticos. Por eso acepta explícitamente una nueva oferta: trabajará para una gran corporación informática como espía industrial. En cierto modo, le apasiona la idea de escapar de su previsible existencia para sumergirse en un mundo adrenalínico donde tendrá oportunidad de conocer a femme-fatales rebozadas de misterio, dar buena cuenta de sus interminables cigarrillos y vasos de whisky, presumir de su recién descubierta pasión por el golf, codearse con otros tipos que, como él, asisten a las convenciones ocultando una doble identidad...
Pero esto solo es el principio: luego vienen las pastillas de colores, los lavados de cerebro, los antídotos color verdoso y los escenarios virtuales y la trama de Cypher se enmaraña y lo que parecía ser la historia de un arquetipo kafkiano sometido a los rigores del cambio laboral acaba convirtiéndose en un tech-noir donde nada es lo que parece y donde las grandes corporaciones informáticas conspiran por dominar a sus oponentes en una guerra soterrada entre empresas que llevan sus maquinaciones hasta el extremo, llegando a cuestionar, a poner en duda, incluso, la realidad (incierta) que acoge a nuestro protagonista.
Una atmósfera densa y una puesta en escena minimalista (no tanto como Cube, claro), le sirven a Vincenzo Natali (un director personalísimo y, a ratos, extraordinario) como ingredientes formales necesarios para construir un thriller de espías ultramoderno y fascinante, donde la dosificación de la información juega un papel determinante a nivel narrativo (de nuevo, volvemos a remitirnos a Cube y eso significa coherencia) que permite dar buena cuenta de la pericia expositiva del cineasta, de su talento, sobre la base de un relato paranoico sostenido sobre una estructura de cajas chinas.
Punto de partida suficiente para que Natali convierta una guerra de guerrillas entre empresas informáticas a lo William Gibson, en una experiencia metafísica que haría las delicias de Philip K. Dick en una historia que cuestiona constantemente los límites de la realidad a través de su principal fuente de captación: la percepción.
Cypher, en fin, se encuadra en un subgénero, el cine de espías, adaptado a los tiempos que corren (donde no hay naciones que pueden competir con sus oponentes de igual a igual pero sí compañías informáticas con un potencial suficiente como para dominar el mundo a su antojo) y llevando sus propuestas hasta el paroxismo. Pero también es una obra compleja y absorbente, una cinta de cine negro adaptada a los tiempos que corren, construida sobre la base de un guión pluscuamperfecto, vanguardista, multigenérico, que en el último momento se desmarca por una inesperada tercera vía, esta vez romántica, que termina por definirse como verdadero hilo conductor y leitmotiv de un argumento, pues sí, definitivamente apasionante.
Lo más destacado: la secuencia del lavado de cerebro: uno de los mejores momentos de la ciencia ficción contemporánea.
Lo menos destacado: que la (compleja) intriga informática reste espectadores (ab initio) a esta magnífica reivindicación del cine de género de perfil alto.
Calificación: 9
Crónica de un Mundial de Fútbol
Se acabó lo que se daba.
El acervo futbolístico guardará una foto para los anales: Gattuso, embriagado de éxito, levantando extasiado la Copa del Mundial. Me alegro por él: en ningún otro campeonato nadie había corrido tanto para abrazarla...
A Gattuso lo sacaron en hombros sus propios compañeros, quizá reivindicando la figura de un tipo cuyo fútbol se define por la densidad pero también por el compromiso y el esfuerzo solidario. Valores extraordinarios en este mundillo que los futbolistas italianos asumen como verdadera marca de identidad. Incluso cuando juegan de suplentes, asumiendo un rol secundario, sabiéndose estrellas con grandes coches y contratos que trabajan, sin embargo, al servicio de una causa colectiva.
No juegan al fútbol: se ayudan. Y a veces, ya véis, es suficiente para conquistar un sueño, es decir, ganar un Torneo como éste. En Italia, ya lo sabéis, esta noche... nadie duerme.
La Derrota:
Domenech, espectador abatido de un ceremonial de aires pirotécnicos, se quedó sobre el césped del Olímpico de Berlín reflexionando sobre lo que acababa de ver, sobre su derrota, quizá buscando alguna excusa que justificara el desacierto de su equipo. La encontró mencionando a Zidane y se equivocó.
No se le ocurrió otra cosa que decir al término del único partido del Mundial que su equipo había merecido ganar. Así se las gasta el Fútbol de vez en cuando.
El mejor jugador del mundo:
Zidane, el mejor jugador del campeonato y el único que sabía cómo demostrarlo, coqueteó con la gloria en dos cabezazos: uno lo envió en medio de la portería, el único sitio que cubría Buffon, ese gran portero que no adivinó ni una sola de las trayectorias de balón en la tanda de penalties que su equipo, sin embargo, acabó ganando (Varessi y Baggio, otrora devorados por las lágrimas, debieron disfrutar de lo lindo de esta revancha histórica).
El segundo cabezazo, decía, lo estrelló Zidane contra el tórax de Materazzi, contrariado como estaba de no encontrar en sus pies talentosos la llave que le abriera la puerta del éxito perpetuo. Encontró lo contrario, ya se vió, en una acción vehemente y desafortunada que sirvió para dar nombre y rostro a la derrota.
Acción que singularizaría la capitulación de un colectivo y que muchos, seguramente oportunistas, aprovecharon para convertir en desprecios que emponzoñan una trayectoria deportiva envidiable del que sin duda alguna sigue siendo uno de los mejores jugadores del mundo.
Al resto se les olvidó demostrarlo en este Mundial. Sus respectivos clubes les dan las gracias, por descontado.
Tacticomania:
No ha sido éste un gran Campeonato del Mundo, un campeonato dominado por las servidumbres tácticas y el éxito del doble pivote defensivo, atalaya inexpugnable para casi todos menos para Italia que, sin embargo, también tuvo que recurrir al balón parado para conquistarla.
El equipo que empuja se arriesga a ser batido al contraataque; los ataques se dirigen, extrañamente, a las bandas y esquinas, en un desesperado intento de provocar una falta en las inmediaciones del área o un córner salvador. Se buscan, entonces, centrales altos y fornidos, bien musculados, valientes, que sepan chocar y evitar al contrario, que busquen con su cabeza un balón que vuela y que sus hombros soporten la embestida del contrario. Se buscan, decían, dianas con sueldo de futbolista contra las que poder dirigir con éxito un misil de corto alcance...
Las jugadas a balón parado, en fin, convierten al fútbol en una vulgar coreografía que acerca al Deporte Rey a su prescindible pariente americano. En éstas lides, el talento se difumina, quedando al servicio de la colocación y la fuerza...
Alguien me habla de precisión y buen toque pero esto no es billar sino fútbol, es decir, pasión y goles.
Las pizarras son cosas de los colegios y el fútbol se aprende a jugar, se goza, fuera de ellos.
La paradoja portuguesa:
Cristiano Ronaldo, habilidoso delantero luso, se hizo famoso por su regate: cada vez que embestía a tres defensas salía victorioso. Lo hizo infinitas veces y todas con el mismo resultado pero fue incapaz de dar un pase definitivo que acabara en gol.
A Figo le bastaron cinco minutos en el campo para lograr lo que el resto de sus compañeros no habían conseguido en todo el campeonato: encontrar a uno de sus delanteros.
Se conformaron con el cuarto puesto pero tenían fútbol para más. Eso también los diferencia de Italia y Alemania.
Los jóvenes valores:
Si el futuro del fútbol debe definirse a partir de Podolski, nos espera una década de sequía extrema.
Por mi parte, yo apostaba por Messi, igual que medio mundo, y por descontado por Argentina. Pekerman se desmarcó del mundo y de su propio cuello cuando sacó a Julio Cruz en su lugar. No sólo perdieron el partido sino que abrieron la posibilidad de especular sobre su suerte de haber satisfecho la inquietud mundial. Ésta no la olvidaremos, José.
Fernando Torres también es joven y también es un crack: en todos los partidos fue el mejor jugador de la selección. Que sí, que sí, que lo fue. Su carácter aventurado y su personalidad inquieta lo asocian a un tipo descreido, ligeramente altivo...
Con tres como él hubieramos pasado de cuartos...
La camiseta roja:
...Si hubiéramos llegado.
Al contrario de lo que se piensa, España sólo cae en cuartos en aquellos mundiales que se disputan fuera del continente, en los cuales nuestra selección suele ser la segunda o tercera europea en cómputo global. En Europa, con el calor de su propio público, España fracasa continuamente. Le puede la presión y su propia incompetencia para hacer de su juego una propuesta temible. El cruce con España es un cruce deseable: se puede jugar a empatar y ganarla.
Así que nos derrotan siempre. Esta vez tocó Francia y la antigua la táctica del atrapamoscas pero pudieron, perfectamente, haber esperado a los penalties.
También allí nos habrían ganado. Lo saben nuestros rivales y lo que es peor: lo sabemos también nosotros. Así de triste es.
La prórroga del año:
Lippi se la jugó en las semifinales en una prórroga definida por la épica, poniendo todo el talento con el que contaba al servicio de la victoria. Extraña, y de qué manera, esa conducta expuesta en un técnico italiano que sin embargo sabía que no tendrían opciones en un desempate frente a los paisanos de aquel que inventó la tanda de penalties.
Quizá por eso esté considerado como un erudito del fútbol.
El anfitrión derrotado:
Perdieron pero ganaron. La selección tricampeona llegaba con un equipo en horas bajas y supo encontrar sobre el césped el afecto de un público, definitivamente, entregado a las servidumbres de la contienda deportiva. Quizá por ello fueron los que mejor encajaron la derrota, asumiendo la valía de un tercer puesto, cuando los suyos habían dejado sobre la hierba las escasas fuerzas con las que contaban.
Por eso se unieron a la fiesta y despidieron a los suyos entonando, con agria tristeza pero esperanzados, el himno oficial de los melancólicos.
You'll never walk alone:
Y es que es el fútbol el que nunca caminará sólo, llenando estadios y colapsando las audiencias, haciéndose partícipe de una batalla donde el único que siempre sale victorioso es el deporte.
También es opio, sí. Pero, ¡cómo nos gusta el opio, Salinas!
Un Wilder menor sigue siendo un Wilder con mayúsculas
Estaba escribiendo la crítica de una película, finalmente, prescindible (a pesar de sus ejemplares tres cuartos de hora iniciales –ya os contaré algo sobre ella-) Plan de Vuelo: Desaparecida, cuando se cruzó frente a mis ojos el comienzo de los títulos de una película cuyo fin terminó por desviar mi atención: “Directed by: Billy Wilder”.
La película parecía aviejada y respondía a una temática que, de ningún modo, asociaba a la cinematografía del director. Enseguida indagué sobre el título (Five Graves at Cairo) y me dispuse a visionarla, con la esperanza de degustar de una pieza, sino perdida, sí del todo punto ninguneada por un cinéfilo, éste que escribe, al que definitivamente aún le queda mucho Cine que ver; más aún: que descubrir.
En mitad del desierto avistamos un tanque aliado arrastrándose por las dunas, con apariencia descontrolada. Una rápida visita al interior nos desvela el por qué: sus ocupantes yacen muertos, quizá acribillados por las armas del Mariscal Rommell cuyo avance se antoja imparable por esas tierras norteafricanas. No tardamos en advertir, sin embargo, que uno de los ocupantes acaba de despertar y confuso, se apresta a salir del tanque, quedando al cuidado de un sol abrasador, en mitad de un desierto que amenaza con devorarlo. Con las escasas fuerzas que lograr reunir, comienza a arrastrarse en dirección a la nada, esperando encontrar en el horizonte, las huellas de la civilización que le salve.
Y las encuentra, aunque no del modo deseado, en un antiguo hotel que antes había servido de cuartel a los británicos, y que ahora ondea banderas nazis...
Wilder apoya la causa propagandística con una película sobre el heroísmo: es una película menor dentro de su filmografía pero, sin embargo y quizá por ser obra suya, conserva momentos extraordinarios (muchos de ellos relacionados con el trabajo de Erich Von Stroheim), otros hilarantes (todos ellos relacionados con el dueño del Hotel) que hacen recomendar el visionado de una película que al igual que el Ser o no ser de Lubitsch, saca un gran partido a la confusión de identidades (el protagonista se hace pasar por un camarero cojo –fallecido en el bombardeo del día anterior- que trabajaba para los alemanes para descubrir los planes de Rommell en su mismísima habitación) y al carácter cómplice de una relación amorosa cuyas peculiaridades se supeditan, y de qué manera, a las servidumbres imparables de la Guerra.
El epílogo, prescindible pero tolerable dado el carácter adoctrinador que dimana toda la película, tampoco logra sabotear el recuerdo de una película que desconocía y que, por el contrario, me deja con el mejor de los sabores posible: el sabor de un Cine de carácter inmortal.
Aunque menor.
Mujer y Pantera
No es McBeth sino Irene Dubrovna...

Pero tampoco la sientan muy bien los celos...
Historias de Cine: ¡Menguando!
Envío a mi mujer a por cervezas y me encuentro, de repente, impregnado de una niebla de aspecto luminiscente. No volveré a pedir prestado ningún barco mientras haya orates sueltos descargando sobre el océano... ¡sus desechos radiactivos!
Las tallas grandes comienzan a acumularse en un armario dominado por el desconcierto. Día tras día, comienzo a darme cuenta de que el problema no está en la ropa sino en el tipo que se asoma a su espejo temeroso de advertir lo imposible: ver a un adulto disminuyendo.
Los galenos se muestran sorprendidos e impotentes ante la gravedad de una mutación de aspecto irreparable. Golosos ante la posibilidad de conseguir un gran éxito médico a mi costa, se aprestan a aventurar panaceas científicas capaces de revertir, o eso dicen, la insólita enfermedad que me asola. Pero mientras, yo desaparezco, entendéis: ¡desaparezco!
La prensa viene a verme pero ya no la necesito. Antes demandaba una cura: ahora un arma liberador. Huyo de mi casa porque ninguna otra cosa me alivia. Lo siento por mi mujer, víctima indirecta de una maldición concebida por el más impiadoso de nuestros enemigos: el azar.
Me encuentro con un circo y en él la respuesta que nunca quise hallar pero también a ella, que es como yo pero sin ira. En los brazos de aquella mujer enana encuentro un nuevo mástil en el que aferrarme en mitad de un naufragio de corte existencial. Pero es sólo un sueño en alguien despreciado por la normalidad: la enfermedad sigue su curso y mis células se han convertido en una especie en extinción.
Aprendo a vivir en un ecosistema donde los peligros crecen a medida que mis huesos adoptan formas microscópicas. Hoy me desperté en una casa de muñecas, embebido de rabia y destemplanza, dependiente -de nuevo- del afecto de una esposa que ya no merezco, tratando de reflexionar sobre mi presente, precisamente hoy que sé que puede que no exista el mañana...
Mi mujer cree que he muerto... ¡devorado por mi gato! Me gustaría que supiera que sigo aquí, vivo, ¡bajo el agua!, a punto de ser succionado por una alcantarilla maldita. Cuando cierran la puerta, siento en mis huesos el peso de desesperación más absoluta.
Ya no pienso en mi sanación sino en el modo más efectivo de mantenerme cuerdo, un par de días más, en el sótano de mi casa: así son las cosas en un infierno cotidiano donde los gigantescos pedipalpos de una araña custodian amenazantes la gran montaña de queso que mi estómago anhela conseguir...
La batalla se presenta desigual: ¡David contra Goliat! Pero esta vez yo soy David; mi espada: un alfiler de costurera; mi único aliciente: sobrevivir. Sin embargo, tengo una carta a mi favor: soy un hombre, es decir, nací para someter al Mundo.
Frente a mis ojos se pierde un jardín de corte bíblico, perfilado por montañas que dignifican la inmensidad. Espero a la noche y me regodeo del cosmos, de las estrellas, reflexionando sobre mi mismo, sobre mi condición, sabiendo, a fe ciega, que no soy polvo sino menos que eso. Yo diría que un átomo... Y en ese momento, lo comprendo, me oís...
¡Lo comprendo!

La Ley de la Desproporción
Émulos de guerreros de otros tiempos adictos a la carne calcinada defienden sus territorios y paisanos bajo la discutible estratagema de la desproporción...
Y es que nunca hubo un término medio. Se pasó de castigado a castigador: nunca hubo interés por buscar algo distinto a la imposición ni voluntad política que abogara por el diálogo, más aún: por la comprensión. En esta tesitura, el Otro es el Enemigo: no hay otro dogma que la confrontación permanente. Y rige, claro, la Ley del que más puede: suele pasar cuando coinciden en una misma habitación ideológica aquel que vende las armas con aquel que cree necesitarlas.
Mientras tanto, los cadáveres se amontonan en unas calles definidas por la contradicción. Pero no debemos preocuparnos: seguiremos a salvo mientras no llegue el olor.
La lucidez de Videodrome
Recientemente me he vuelto a reconciliar con el Videodrome de David Cronenberg, film que repudié durante bastante tiempo, y que a día de hoy se ha convertido en una de las películas más impactantes, necesarias e imprescindibles para conocer y comprender (y disfrutar) la filmografía de este singular cineasta canadiense.
Y es que a medida que las imágenes de la película se aviejan, sus ideas cobran sentido y fuerza, adquiriendo vigencia en una sociedad altamente tecnificada, cada vez más dependiente y necesitada de estímulos externos que satisfagan y/o complementen nuestros sentidos.

Videodrome no solo se rebela como un antecedente lúcido y despiadado de esa incomprendida obra maestra que es eXistenZ (y que también se convertirá en cinta de culto con el paso del tiempo), sino que se rebela como una film altamente reflexivo en su análisis sociológico sobre la modernidad que, además, se adelanta a su tiempo.
Es Nueva Carne (quizá uno de sus mayores exponentes) pero también una película de género conspiranoico (a lo Taxi Driver) que constituye, hoy ya puedo decirlo, uno de los mayores hitos de la década de los ochenta.
En fin, que si tuviera algo de tiempo le dedicaría un ensayo como es debido.
Universitas: Sexo Catódico
Mientras termino de editar los capítulos tercero y cuarto, os dejo con un breve spin-off de Universitas:
Universitas: SEXO CATÓDICO
© J. P. Bango
EXT. CALLE. ENTRADA DE UN CINE. TAQUILLAS.
Marx, Kate y JimmyK, en este orden, están esperando en la cola para comprar las entradas de Cine. Al grupo se acerca Jota que se cuela entre ellos, indisimuladamente.
Kate (a Jota):
Ya vienes tarde
Jota:
Me he entretenido.
Kate:
Prefiero no saber en qué...
Jota:
¡No...! Esta vez te equivocas. Nada de sexo. Al menos, directamente. Vengo de comprar una tele.
Kate:
¿Y para qué quieres tú una tele si nunca estás en casa?
Jota:
Para ponerla, claro. La llevo ahí... en el coche. Para cuando haga falta...
Kate:
¿Y qué sentido tiene llevar una tele en el maletero de un coche?
Marx:
No todo tiene sentido en la vida.
Jota:
Esto sí lo tiene.
Kate:
Pues ya me dirás.
Jota:
Es para estimular la imaginación en el momento del coito.
Marx:
¿He oído coito?
Kate:
¿Qué quieres que te diga, chico? Sigo sin entenderlo. Si ves una película porno durante el coito lo que menos vas a estimular es la imaginación: te lo dan todo hecho.
Jota:
No. No es para ver películas porno. Es para mirar programas...
Kate:
¿Mientras estás haciendo el amor quieres ver la tele? ¿Qué pensará la chica?
Jota:
El problema no es lo que piense ella sino lo que pienso yo... Ya conoces mi problema: sufro de eyaculación precoz.
Kate:
Ya estamos creando conflictos donde no los hay...
Jota:
Por eso acudí a un loquero como me aconsejó Marx...
Marx:
Un sexólogo. Yo te dije "sexólogo".
Jota:
Pues eso. Fui a un loquero sexual de esos, y me dijo que uno de los trucos consistía en pensar en cosas desagradables justo en el momento de mayor excitación. Pues bien, me puse manos a la obra y en el siguiente polvo sólo veía mugre, basura... y muertos.
Kate:
¿Y?
Jota:
Pues que los muertos no tardaron en transformarse en muertas...
Kate:
¿Y...? ¡No! ¡No sigas!
Jota:
Pues sí. Sucedió lo inevitable. Me excité aún más. Ahora el loquero dice que sufro de eyaculación precoz irreversible y que, encima, soy un necrófilo.
Jimmy K (en voz baja a Kate):
La chica que tenemos delante está a punto de desmayarse.
Jota:
¡Le voy a demostrar qué está equivocado! ¡Yo puedo controlar mis impulsos!
Marx:
Claro, Jota, le vas a demostrar que puedes controlar tus impulsos... ¡Y por eso te compras una tele!
Jota: (muy serio)
Exacto. Cuando esté en máxima excitación me pongo a la Campos.
Kate:
¿Y has pensado que puede pasar por tus pensamientos si en la tele están echando documentales de animalitos?
Jota:
¡Coño! ¡No había pensado en eso! Pues con cadáveres vaya, pero con animales ya es demasiado, ¿no creéis?
La chica que los antecede comienza a vomitar de forma incontinente.
Jimmy K (a Kate):
Era inevitable.
Kate (a Jimmy K):
Sí.
Marx:
Venga. Deja el sexo y saca el dinero que nos toca. Va a empezar la peli.
Jota:
¿Qué dinero?
Marx:
Jota, hoy te tocaba a ti invitarnos al Cine.
Jota:
¡Ostia! ¡Es verdad!
Los otros tres asienten.
Kate, Jimmy K y Marx (al unísono):
¿Y?
Jota:
Pues nada... ¡Que me lo he gastado todo en la tele!
Fundido a negro
EXT. CALLE. ENTRADA DE UN CINE. TAQUILLAS.
Marx, Kate, Jimmy K y Jota están sentados en la acera, a la puerta del cine, tirando miguitas a las palomas. Ya ha empezado la película y el resto de la cola se ha esfumado. Se escuchan arcadas a la izquierda del grupo.
Jota:
¿Y a esa que la pasa? Va a vomitar hasta el esófago. Deberíamos acercarnos a ver que la pasa.
Kate (sonriendo traviesa):
Acércate a ella, Jota, sí, igual necesita de una palmadita en la espalda.
Jota:
Coño. Pues allá voy. Igual la reconforto y todo.
Fundido a rojo
© J.P.Bango











