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La Casa de las Dagas Voladoras: Esteticismo romántico
Identificar y capturar al nuevo Jefe del Clan de las Casa de las Dagas Voladoras se convierte en la prioridad de los cuarteles del ejército de Fen Tiang. Alentados por la recompensa que conllevaría su captura, dos de los oficiales del acuartelamiento idean un plan: apresar a una de las notables del clan opositor, la hija ciega de uno de sus antiguos jefes, y forzar de ella una confesión que permita localizar su paradero. La testarudez de la mujer, sin embargo, hará que los captores improvisen un plan alternativo: uno de ellos la liberará de la prisión, se ganará su confianza y escapará con ella buscando que la huida les lleve al lugar donde se oculta el grupo rebelde.
El viaje, sin embargo, no ha hecho más que empezar y liberada y libertante se pierden en un bosque colorista, hostigados por una caterva de perseguidores ávidos de presas; campo de cultivo ideal, ya veis, para la cristalización de una historia de amor furtiva, que pone en riesgo las misiones de ambos y que, en último término, cuestionan su posicionamiento en un conflicto que no permite el desahogo emocional, el disfrute pleno del amor.

La Casa de las Dagas Voladoras es una película, a priori trivial y previsible, que, jugando con el tópico de la pareja que huye, se transmuta por cuenta de un guión adicto a los giros inesperados, en una orgía de golpes de efecto y resoluciones de culebrón, sabiamente sazonadas con secuencias de índole refulgente que tratan de dotar de apostura y factura relevante a esta película de artes marciales, a este wuxia travestido de cuadro pictórico-colorista, cuya apariencia remite, ineludiblemente, a Hero, la anterior película de Zhang Yimou.
Y es que, si algo caracteriza a este trabajo, es su cuidada realización, la búsqueda insobornable de una estética personal y preciosista, capaz de hacer de cada plano y secuencia, una experiencia visual deslumbrante, gozosa, seductora. Aspectos filo-visuales que el bueno de Yimou aprovecha, de manera más inspirada que en Hero, para desajustar los ritmos habituales de este tipo de producciones, y recrearse en los nobles hábitos de la conversación, muchas veces solaz, otras veces redundantes y mejorables, pero que sin embargo sirven para dar cuerpo y fuerza a este triángulo amoroso de aires trágicos imbuido en una historia bélica que queda siempre, y se agradece, en segundo y tercer plano.
Embebidos de policromía y lirismo, pues, los personajes rehuyen su condición de arquetipos previsibles, ocultando una doble vida, una intención diferente de aquélla que dicen seguir o venerar, dando fondo y sustancia a un argumento entretejido sobre la base del engaño pero también sobre la dicotomía existente entre el compromiso y el deber, entre el amor subyacente y el deseo de libertad, dejando un reducto, por supuesto, para el wuxia sobrenatural, donde las dagas vuelan dibujando caprichosas trayectorias y los cazadores se encaraman sobre los árboles de bambú para obtener el mejor ángulo de sus presas.
Eso es lo que también hace, en fin, Zhang Yimou: revestir de preciosismo una historia simple pero disfrutable, esencialmente bonita aunque trágica, para dotar de forma y contenido deslumbrante a esta película acertadamente titulada, La Casa de las Dagas Voladoras.

Lo más destacado: sus diez primeros minutos, dominados por la belleza incontenible de Zhang Yimou.
Lo menos destacado: que algunos de los diálogos no estén a la altura del cuidado extremo que caracteriza al resto de los apartados creativos presentes en el film.
Calificación: 8
Vivir el Cine... de Ciencia Ficción
Noche de Oscars cuyo resultado se antoja, según lo visto, bastante previsible: mientras llegan y por eso de aprovechar la tarde del domingo, rescato de las ciénagas de este Cronicón Cinéfilo, uno de los artículos más viscerales convenientemente reeditado en pdf.
En contradicción con el contestatario ambiente juvenil protagonista de esta década, (que debiera haber exigido una revisión de las paranoias colectivas), 2001 nos aleja del aura politizado característico del género reubicándolo, excepcionalmente, en su vertiente Hard. El film no sólo mira al espacio: se ubica en él para reflexionar sobre nuestra existencia, sobre nuestro sentido en un Universo, definitivamente, insondable. 2001 rebasaría toda expectativa técnica, artística y argumental hasta convertirse en una de las mejores películas de la historia del Siglo XX, reanimando la SF con temas tan fascinantes como el progreso tecnológico al servicio de la humanidad (Things to Come); la teoría de la Evolución llevada hasta límites extremos o el Mito de Frankenstein (personalizado en Hal 9000). El hombre había encontrado su verdadera identidad en el universo y el Cine de Ciencia Ficción, un espejo genialoide en el que mirarse. Pronto descubriríamos que había sido una excepción esta película tan fascinante, pretenciosa y redonda, que apenas si dejaba lugar para la competencia. Una de las que se atrevieron, El Planeta de los Simios de Schaffner, encontró una justa recuperación cinéfila el día del estreno del horroroso remake/versión que de la película (y novela de Pierre Boulleau) había ideado, el otras veces acertado pero siempre excesivo, Tim Burton.
Es, Vivir el Cine... de Ciencia Ficción , y forma parte de este rincón ultracinéfilo que un buen amigo definió como Writer's Cut.
Resaca
1) Paul Haggis repite como guionista de una película ganadora del premio más importante (que añade al de mejor guión original) y eso significa varias cosas. Una: que su siguiente película (y de Eastwood) estará en la próxima quiniela de los Oscars. Otra: que sus próximos guiones se cotizarán más que generosamente.
2) Ang Lee, gana el premio que ya merecía por Tigre y Dragón. Nunca me ha gustado excesivamente el cine de este hombre, pero sí lo encuentro diferente (y de vocación imprevisible) dentro de la ortodoxia creativa que suele definir el cine contemporáneo. Y me gusta Hulk, por supuesto, a pesar de su exagerada y ruidosa resolución.
3) El Síndrome de Connelly (el premio a la actriz que interpreta a la mujer del biografiado) le tocó esta vez a Reese Whiterspoon, esa estupenda actriz que siempre hace de si misma (desde Freeway a Election pasando por...), y que en versión original, y como bien nos cuenta REFO, suena tan, tan... En fin, hubiera sido peor si hubiera estado Renee Zellweger de por medio.
4) La pugna entre Hayao Miyazaki y Tim Burton la ganó... Nick Park. Me encantan los duelos en los que acaba ganando el juez.
5) Memorias de Kong: los premios, digamos, más técnicos se repartieron alicuotamente entre la fenomenal King Kong de Peter Jackson y la poco más que intrascendente Memorias de una Geisha, ese remake de Chicago perpetrado por el bueno de Rob Marshall que, en unos días y en forma de crítica, se asomará a éste, vuestro, blog.
6) La politización de los argumentos objeto de nominación y sus buenas dosis de denuncia socio-conspiranoica, da buena cuenta del talante progresista y necesario que define a alguno de los creadores más satisfactorios e ineludibles del actual panorama hollywoodiense. McCarthy debe estar revolviéndose en su tumba y yo me alegro, por descontado.
7) No hubo Oscar para Alberto Iglesias ni para John Williams (sorprendentemente, porque es difícil hacerlo mejor). Y tampoco para Hisaishi por su mayestática composición de El Castillo Ambulante. Claro que este último no estaba nominado. Nota del autor: no sé por qué.
8) Ya se que son causas perdidas pero no por ello debemos olvidarlas; son las preguntas sin respuesta de cada año:
¿De verdad no sería más justa la presencia de los actores y actrices en una única categoría que no diferenciara una interpretación en función del sexo de la persona que la ejecuta, tal y como ocurre, faltaría más, en el resto de categorías?
¿Por qué se consiente una categoría como mejor película de animación aceptando tácitamente que no pueden competir, de igual a igual, con el resto de películas nominadas?
¿Por qué la mayoría de las películas seleccionadas para la categoría de mejor película extranjera en lengua no inglesa desprenden un cierto tufillo antropológico? ¿Rpresenta esa selección el buen cine que se hace en el resto del mundo, más allá de la lengua de Shakespeare?
¿Se sentirá compensado George Clooney por el premio al mejor actor secundario en lo que parecía ser el año Clooney? ¿Qué opinará Jake Gyllenhall del asunto?
¿Por qué sigo escribiendo este tipo de contra-crónicas cuando año tras año me canso de manifestar que, efectivamente, no volveré a centrar mis letras en el resumen de una ceremonia mercantilista y vacua como esta, en un espectáculo televisivo y mercadotécnico que tiene que ver más con la moda y la superficialidad que con el Cine y sus variaciones gozosas?
Carpenter vuelve a la blogosfera
Postergo por segundo día consecutivo (y mientras asimilo las consecuencias filo-trágicas del desastre acaecido en Highbury) la crítica de la película Memorias (no os perdeis nada) de una Geisha, para recomendar efusivamente el magnífico artículo que sobre la película (ahora de culto: pronto objeto de estudio en universidades amantes de la vanguardia iconoclasta) de John Carpenter: 1997... Rescate en Nueva York, ejecuta con su afilada pluma y mejor verbo, el singular Miguel A. Refoyo, REFO , uno de los tipos que mejor dominan el noble arte de la escritura al servicio de la causa vindicativa, uno de aquellos escritores, decía, capaz de contagiar de entusiasmo y relevancia a esta parcela de la blogosfera tantas veces deteriorada por la desidia.
Un reportaje seleccionado, naturalmente, para lectores como usted.
Memorias de una Geisha: Un romance intrascendente
Dentro de las prerrogativas de la literatura de perfil bajo, hay un género iluminado por los arcanos efluvios del éxito: la narración en formato epopéyico de vivencias exóticas, extravagantes, contadas en primera persona buscando un pretexto de verosimilitud; historias, digo, atiborradas de romances y viajes, regocijos o adversidades que los personajes deben disfrutar o superar capítulo a capítulo; vivencias que se extienden por un buen número de páginas abrigadas por el sustrato emocional de la empatía; fragmentos de existencias ficcionadas, en fin, entretejidas sobre una urdimbre que, en último término, persigue la complicidad del lector -su beneplácito-, abrumándolo.
Es una ajada forma literaria que sin embargo no tiene una traslación consistente en el Cine, un medio de expresión acostumbrado a otros ritmos y simplificaciones que obligan a acortar en demasía los primeros capítulos, las introducciones, (generalmente determinantes para establecer el cariz dramático de una historia), abandonándolas abruptamente tras los títulos de crédito, mientras el adaptador y guionista (con)centra su trama en algún aspecto concreto del entramado, generalmente, más efectista pero -la mayoría de las veces- exonerado de la raíz dramática que, siendo ecuánimes, debería justificar la existencia de un relato de estas características en la pantalla grande.
Sin dejar de lado a una sola de estas premisas, no tardamos en encontrarnos en esta película de Rob Marshall, con una pequeña niña y a su hermana, ambas arrancadas del calor de un hogar condenado por la desdicha, llorando ante la pérdida que supone un secuestro paccionado por su familia, adláteres y coadyuvantes que no dudan en abandonarlas, antes de su propia muerte, contra un horizonte que se antoja quebrado y oscuro...
El destino de las dos hermanas no tardará en bifurcarse, quedándose nuestra protagonista sola, como criada primero y como aprendiz de Geisha después, gracias a unos hermosos ojos que a medida que va creciendo le irán abriendo puertas pero también generando enemistades, la principal de ellas, con Hatsumomo, la primera Geisha de la Casa, quien verá en la joven Sayuri una más que severa competencia que pone en jaque no ya sólo su heredad, su lugar preeminente en la Casa, sino también su destino.

Con esta premisa, no parece casual que el guión de Memorias de una Geisha recayera en manos de Rob Marshall (tras el exagerado éxito conseguido por el insatisfactorio musical Chicago -insatisfactorio como película no como musical, se entiende), quien aprovecha la novela de Arthur Golden para redefinir las constantes temáticas de su anterior obra, trasladando aquella estructura al terreno que mejor conoce: el western esteticista sustentado sobre la rivalidad existente entre dos grandes divas; la una, echa a si misma, mujer envidiosa y altanera, revanchista y conspiradora; la otra, adolescente ingenua y enamoradiza, bella pero inconsciente, candidata eterna a representar un rol claramente afectado por el Síndrome de Cenicienta...
Y como de cuentos hablamos, el Príncipe no tarda en transmutarse en Presidente, un empresario con los rasgos y mirada de Ken Watanabe (el único japonés del elenco protagonista, dicho sea de paso), objeto de los desvelos y deseos de una Geisha, imposibilitada por su cargo y condición, a hacer públicos sus sueños y ambiciones; condenada a fenecer, empero, sin ser correspondida en su amor; castigada, también, a sobrevivir a un entorno tremendamente hostil (que, entre otros asuntos, incluye la Segunda Guerra Mundial en Kioto); hostilidad aparente que, sin embargo, no evita en ningún momento la sublimación/exaltación del trabajo de la Geisha; más que un trabajo, toda una función social que busca (y debe encontrar, dado lo poco que le cuesta volver a su antigua condición) la perfección abnegada al servicio de los hombres. Un anacronismo, sí, que Marshall ignora por doquier, resaltando el talante exótico de su propuesta, su condición de folklore cinematografiado sin mayor interés que la sana pero vacua intrascendencia.
Desposeída de emociones y dramatismo por culpa de un guión, a todas luces, azucarado y petulante, la película fluye con una cierta letanía, ahogada por las interferencias de un Departamento de Arte empeñado en justificar su gran presupuesto, a base de decorados y vestuario de corte espectacular; únicos alicientes, en realidad, de una película fútil y vana, incapaz de proyectar algún halito de dramatismo, emoción o sensibilidad (diréis: ¿acaso no ocurría lo mismo en La Casa de las Dagas Voladoras? Pues sí... pero no); fragmentos melodramáticos que el guión desprecia generosamente, dejándolo todo al (insuficiente) uso narrativo de las miradas de los personajes (como ocurre con la marcha de Hatsumomo) y al subrayado auditivo de la hermosa composición de John Williams que hace lo que puede (que es mucho) para rescatar a la película del más absoluto e inconsumibles de los tedios.
Afectos y desperfectos, en fin, que definen y dan sentido a esta historia de amor atípica, de aires platónicos y exagerados. Un extraño remake de Chicago cimentado sobre una excelente y disfrutable factura técnica, único elemento destacable de una película que queriendo ser sublime y jactanciosa, se pierde y se pervierte por la gratuidad de su superioridad presupuestaria.
Lo más destacado: la música de John Williams, y su conseguida factura técnica.
Lo menos destacado: Su escaso calado dramático.
Calificación: 6
Lang, Brecht y la Libertad
Lo dice un padre a su hija en la ineludible y reivindicable "Los verdugos también mueren" de Fritz Lang.
"La Libertad no es como uno de esos bienes que se poseen como un sombrero o un trozo de azúcar. La Libertad se adquiere luchando por conseguirla. Te acordarás de mi porque encontré mi muerte en esta bella batalla".
Suena a Brecht, porque es Brecht.

Gira y gira
Me recomiendan fervientemente El Cielo Gira de Mercedes Álvarez, el film documental que estrenan esta noche en La 2, y al que Jorge Mouro de Pedro (Miradas.net) definió (en una excelente crítica , por cierto) como...
"...el acontecimiento cinematográfico más importante ocurrido en este dichoso país en mucho tiempo"
Palabras elogiosas que, sin duda, elevan la espectación hacia el visionado de un documental, de otro lado, sumamente premiado y reconocido.
Veremos... Y os contaré, claro.
Contrastes
Fin de semana de contrastes que la juventud de dos países sólo geográficamente fronterizos como Francia y España, vivía con notable intensidad y pasión: la una, reivindicando la anulación de un contrato de trabajo basura de clara ascendencia explotadora; la otra, reclamando un espacio comunal y gratuito para la ingesta desproporcionada de alcohol y aditivos.
En fin: así somos y esta imagen es la que damos, en una semana politizada, en este Cronicón atrapado por el recuerdo hacia una guerra descomedida e ilegítima, financiada por oscuros intereses bajo la cínica coartada de la liberación de un pueblo sometido a los designios caprichosos de un déspota. Noble labor que, sin embargo, todos sabemos incierta.
Por cierto, ayer vi Syriana. A ver si saco tiempo para escribir una crítica como es debido, como se merece.
Corrupción
“Cargos por corrupción?, ¿corrupción? Corrupción es la intromisión del Gobierno en el funcionamiento del Mercado por medio de regulaciones... Eso dijo Milton Friedman, y ganó un condenado Premio Nóbel. Si tenemos leyes en contra de ella, es precisamente para poder salirnos con la nuestra. La corrupción es nuestra protección. La corrupción hace que nos sintamos más cómodos y seguros. La corrupción es la razón por la que usted y yo estamos hablando tranquilamente, y no peleándonos en la calle por un trozo de carne. La corrupción... es la razón por la que ganamos”
Se lo dice Danny Dalton a Bennet Holyday antes de que el segundo confirme ante sus superiores al primero como chivo expiatorio de un gran caso de... corrupción. Es otra muestra, claro, de la mordacidad presente en Syriana, ya lo dije ayer: próximamente en esta pantalla amiga.
Syriana: el precio del poder
No parece mala semana ésta, de aniversario del inicio de la enésima Guerra en el Golfo Pérsico, para comprender y asimilar con mayor capacidad de discernimiento algunas de las implicaciones político-socio-económicas ampliamente manifestadas en esa estupenda cinta de Stephen Gaghan que es Syriana.

Siguiendo la premiada estructura narrativa de Traffic, Gaghan opta por bifurcar el entramado en torno a cinco grandes ejes (en realidad en torno a cinco grandes personajes y cuatro de sus respectivos entornos), que desde diferentes puntos de vista, pretenden dar un enfoque íntegro de un conflicto en perpetuo estado de latencia, sobre el que se ciernen, además, numerosos intereses, fundamentalmente económicos (y por ende, relacionados con el Poder, término entendible en toda su extensión), y una gran deriva social traducida en el desarraigo al que se ven empujados algunos de sus miembros psicológicamente más susceptibles/influenciables, los cuales, en sus términos más extremos, pueden llegar a encontrar un refugio de índole reparador (desafortunadamente existencial) en los suburbios más pasionales de la fe y, por deformación, en ámbitos coaligados con la violencia y el terror.
Cinco historias, decía, opuestas pero confluentes, protagonizadas por:
a) Un agente acorralado, Bob Barnes, que acaba de perder un misil y buena parte de su dignidad aceptando un último trabajo antes de entregarse a los quehaceres intrascendentes de la jubilación: asesinar a la persona que pone en jaque la supremacía del país que le paga y, por extensión, su incontenible dominio sobre la totalidad de las fuentes energéticas del planeta. Barnes, sin embargo, no tardará en descubrirse como una pieza de un engranaje corrupto y aprovechado, un peón más al servicio de un dignatario ambiguo que antepone el interés de "poderoso caballero" a los románticos efluvios de las banderas...
b) Un Analista Financiero, que tras un trágico suceso familiar, se convierte en asesor de un Emir, apoyando sus propuestas reformistas y, esencialmente, transgresoras, que se resumen en la búsqueda de una alternativa de comercio que lleve aparejada una redistribución equitativa de los beneficios generados con el petróleo, con vistas a reordenar un modelo social a todas luces dominado por la desigualdad y los anacronismos...
c) Un Príncipe Reformista, por alusiones, un sujeto educado en los designios del liberalismo económico de ascendencia occidental (fruto de su educación universitaria), habituado a competir en el mercado en igualdad de condiciones y, bajo esas premisas, promotor de un acuerdo con una empresa china que desequilibra la balanza en contra de los intereses norteamericanos; un líder de talante comprometido y utópico, empero, subsumido en un entorno de antagónicos, el principal de ellos, un Príncipe (su hermano) que quiere arrebatarle su heredad y, de paso, restituir la validez (y las prebendas) de los contratos anteriores...
d) Un ambicioso abogado que busca sustratos de corrupción en la fusión de dos empresas, la una, fuerte y poderosa, que acaba de perder un importante contrato de explotación petrolífera en el emirato; la otra, pequeña pero bien influenciada, que acaba de adquirir los derechos de explotación de una petrolera kazaja; ambas persiguen mantener su parte de un sustancioso pastel de ascendencia petrolífera; el abogado, la oportunidad de introducirse de lleno en el negocio... jugando a tres bandas con inmejorables cartas.
e) Un joven pakistaní desempleado en el emirato por cuenta de las nuevas condiciones de un mercado globalizado y deshumanizante, casual aprendiz en una madrazza de las innobles artes de la venganza ciega, herramienta al servicio de una causa reprochable y fanática...
Como se ve, y a pesar de la aparente frialdad de su puesta en escena y del carácter complejísimo de su entramado, no deja de ser una película de personajes; de hecho, es el conocimiento que obtendrán de si mismos los protagonistas al final de la película, el verdadero leit motiv de la historia y la que, en justicia, impulsa el desarrollo de toda la acción. Son personajes, además, cuyos destinos y objetivos tienden a converger en un clímax final que cierra alguna de las ideas planteadas y deja abiertas el resto, la mayoría, sin renunciar a su condición de obra reflexiva y madura capaz de entroncar con algunos de los títulos más significativos, políticamente hablando, de la no menos convulsa década de los 70.
Dos inconvenientes, que no deméritos, entorpecen el visionado de la película:
a) El pulso narrativo de Gaghan no es tan certero como el manifestado por Soderbergh (ni la historia tan accesible como la de Traffic, claro), y el equilibrio de algunos de sus pasajes se resiente, digamos, por la presencia de algunos personajes apenas perfilados (cuando no prescindibles) y de algunas relaciones solo sucintamente sugeridas (como las de Barnes con su mujer e hijo, apenas desarrollada cuando no amputada por un argumento del que se espera un desarrollo más extenso -si cabe- en su futuro estreno en el mercado del DVD) que incrementan la sensación de que el montaje se llevó más metraje del que esta historia necesita para que podamos disfrutarla en plenitud.
b) Su (en absoluto caprichosa) complejidad argumental hace que la película sea difícilmente digerible de un primer vistazo, y ni siquiera en siguientes visionados para cualquier potencial espectador instruido en las doctrinas de la indiferencia socio-política, y es que Syriana exige del espectador un bagaje enciclopedista de carácter actualizado y una cierta amplitud de miras: demasiado riesgo ab initio, claro, para que el éxito de la propuesta llegue a un espectro de público más amplio que es lo que sin duda merece esta militante y necesaria película de Stephen Gaghan.
Syriana se resuelve, en fin, como una cinta de espionaje de aires pesimistas y conspiranoicos, que analiza, con una gran profusión de datos y personajes, la situación del oriente medio actual en alguna de sus variables más controvertidas, controvertibles y subrepticias. Una obra de denuncia disfrazada de película coral transfronteriza, que admite más de una lectura y deja abiertos numerosos interrogantes para que la tertulia posterior a su visionado complemente el entendimiento y el disfrute de esta cinta que, por lo demás, presume de una excelente (y envidiable) factura técnica.
Lo más destacado: que su guionista y director logre hacer de su estructura alambicada y meliflua una sorprendente película de acción coral.
Lo menos destacado: que el puzzle filo-dogmático que propone sea inabarcable (e inasimilable) de una sola vez.
Calificación: 7,5
Lem, el inmortal
Solaris, de Lem :
Nuestros cuerpos, blancos y desnudos, se disuelven, se transforman en un hervidero de larvas negras, y soy —somos los dos— una masa confusa de gusanos viscosos, una masa infinita, y en ese infinito (no, yo soy el infinito) grito en silencio, imploro la muerte, imploro un final.
La literatura también es inmortal .
La fábrica de la inmortalidad
Coinciden en estas fechas varios obituarios que, independientemente de la mayor o menor atención mediática, despiertan el interés de muchos de nosotros, aficionados fanófilos habituados a acordarnos de los vivos... cuando mueren.
El último, un artesano pero también cineasta, Richard Fleischer, autor de un par de obras ahora consideradas de culto por la contemporaneidad como Los Vikingos o El Estrangulador de Rillington Place (no me cansaré de decirlo: un film sobresaliente), pero también director de una de las películas fundamentales de una infancia, la mía, sometida a los irrestibles influjos de la televisión: “Cuando el destino nos alcance (Soylent Green)”, una adaptación de la novela de Harry Harrison, que anticipa la mayoría de las claves que, conceptualmente, más me interesan a la hora de afrontar el visionado o lectura de una obra de ciencia ficción distópica.
Fleischer no inventó nada en su marciana capacidad de dejar a las historias fluir, de dejarlas, digo, buscar y encontrar su propio camino dentro de un tipo de cine, el de género, tantas veces mancillado por la indiferencia de los Notables, y como Frankenheimer, sufrió el desprecio, sino ya el olvido, de esa misma comunidad aficionada que un día le dio trabajo y lo dotó de un Nombre (reconocible aunque no reconocido) dentro de las inabarcables prerrogativas definitorias del trabajo artesano.
En fin, uno de esos artistas de los que absorbemos, interiorizamos sus ideas, y que homenajeamos someramente cuando mueren. Y que de vez en cuando recordamos y vindicamos como dignos representantes de una forma de expresión artística, ésta, el Cine, acostumbrada a fabricar continuamente, personas e iconos inmortales.











