La Tumba de las Luciérnagas de Isao Takahata
| La Tumba de las Luciérnagas: Guerra Sin Pan |
© J.P. Bango
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sao Takahata, veterano director televisivo responsable de series como Heidi, Marco o Ana de las Tejas Verdes, y co-fundador del estudio Ghibli junto a Hayao Miyazaki, concibe la realización de una película de animación de carácter instructivo basada en la novela corta de Akiyuki Nosaka: La Tumba de las Luciérnagas. De forma paralela, y para compartir gastos, el estudio Ghibli financia una de las obras más personales de Hayao Miyazaki, Mi Vecino Totoro, una película que comparte no pocos puntos en común con la cinta de Takahata a pesar de que sus pretensiones y resultado final sean, singularmente, opuestos.
El paso del tiempo, tal y como su concepción pretendía, termina por complementarlas y juntas componen un díptico a todas luces sobresaliente, claramente valioso, si bien es la cinta de Takahata, preñada de un pesimismo furibundo, es la que concentra una mayor dosis de desesperanza a lo largo y ancho de todo su entramado, negando la posibilidad no ya de un final feliz (del todo punto impensable para una historia como esta) sino de encontrar un resquicio amable capaz de reconciliarnos, aunque solo sea tangencialmente, con la humanidad y la naturaleza destructiva que la define. También por esto sabemos que es una película de Takahata.
El argumento de La Tumba de las Luciérnagas, desde esta perspectiva, sugiere un carácter enteramente desalentador:
Un bombardeo norteamericano en mitad de un poblado japonés en plena Segunda Guerra Mundial, separa el destino de los dos hermanos, Seita (catorce años) y Setsuko (de cuatro), y de su madre, que finalmente acabará muriendo fruto de las quemaduras producidas por las bombas incendiarias. En esa situación de orfandad, y tras deambular por los restos de su antigua aldea, los dos hermanos se van a vivir con unos familiares lejanos donde conocerán de primera mano las nefastas consecuencias de cualquier guerra, ya sea en forma de bombardeos arbitrarios, racionamientos y escasez de comida, o los reproches de la viuda que los hospeda que ve en los dos pequeños una amenaza cierta a la pervivencia de su propio heredad.
Sintiéndose defraudados por el comportamiento de los mayores que los acogen, el joven Seita y su hermana Setsuko se van a vivir a una cueva junto a un lago trufado de luciérnagas y piojos, deseando hallar la libertad que anhelan pero, al mismo tiempo, intensificando la naturaleza de sus penurias (alimenticias, higiénicas y existenciales), mientras se invitan a encontrar un modo en el que sobrevivir a una cruenta contienda que ya hace semanas les ha convertido primeramente en huérfanos, después en fantasmas sin hogar condenados a ejercer de espectadores pasivos de esta historia truculenta.

Los niños se enfrentan a la guerra aleccionados por la resignación, sin dejar de ser conscientes de la gravedad que su situación y de la desesperanza que abate su futuro: se tragan las lágrimas, porque no pueden hacer otra cosa, y rememoran tiempos mejores en los que, por ejemplo, no tenían que vender las ropas de su madre para comprar el arroz que necesitan… Pero los niños no dejan de serlo en medio de la precariedad: construyen columpios, cazan luciérnagas, nadan en las playas desatendiendo la presencia del sufrimiento…
Sobre la base de la novela corta de Nosaka (que sufrió situaciones parecidas a las descritas en su relato), Takahata construye una película perturbadora, inmensamente triste, que se ve como se lee la novela, con una punzada incesante en el corazón, al tiempo que se niega a compartir cualquier vínculo con la indulgencia. Sus secuencias duelen: tanto como el vientre, sembrado de guijarros y añoranza, de la pequeña Setsuko. Y más aún las acciones en las que se ven envueltas los protagonistas. Y es que nunca las consecuencias de una guerra, aquí más que nunca maldita, se filmó de un modo tan descarnado y contundente: Seita, autoerigido protector de su hermana, se ve obligado a robar para conseguir comida, sufriendo el apaleamiento de los propietarios, y el desdén de un pueblo orgulloso que todavía se niega a claudicar. Las secuelas de todas sus decisiones son aciagas, no ya porque su hermana no podrá conseguir la comida nutritiva que su enteritis exige, sino porque se sabe víctima de una sociedad inflexible ante la necesidad o la carestía, ni siquiera ante la que sufren los hijos del soldado que lucha por ellos.
De estudiar los brotes de esta contradicción también se ocupa la cinta de Takahata quien continuamente se dedica a comparar la vida de los protagonistas con la de los demás, ya sea mostrándolos como supervivientes junto a los cuerpos chamuscados por las bombas, o como víctimas arbitrarias que caminan como espectros al lado de las casas intactas de aquellos que tuvieron suerte, o como huérfanos desahuciados en mitad de una calle repleta de niños con padres esperándolos en sus casas.

En este ecosistema cruento y realista, Takahata encuentra un gozoso espacio para los simbolismos dotando de una gran trascendentalidad dramática a los objetos, en especial, a una ajada caja de caramelos que se convierte en la auténtica protagonista emocional de la película; también lo es, en su propio contexto, el pequeño cofre de mimbre que guarda las cenizas de la madre y que Seita lleva consigo a todos los lados; o las luciérnagas que alumbran las noches y que terminan por fundirse con el paisaje, participando de un lirismo metafórico: aportando luz a una estancia obscura; asimilándose a las bombas que dejan caer los aviones al atardecer; evocando el recuerdo de un barco luminiscente donde debiera estar el padre; o posándose en la techumbre de una cueva asemejando su apariencia a la de un firmamento de estrellas inalcanzable.
La lírica que conforma La Tumba de las Luciérnagas también se deja seducir por los efectismos, por ejemplo, dejándonos ver el cadáver putrefacto de la madre, repleto de gusanos y vendas ensangrentadas, a punto de ser enterrado en una fosa colectiva ante la mirada de un hijo, el suyo, condenado a reprimir el llanto para no sabotear la integridad emocional de su pequeña hermana. Con su cálida atención a los comportamientos afectivos, Takahata construye una historia infinitamente tierna, singularmente emotiva, tejida sobre una urdimbre condicionada por la Guerra y la Necesidad, por la consternación perpetua que originan los bandos en contienda, incluso más allá de las trincheras.
Todo junto ayuda a construir una de las películas, pues sí, más tristes de la Historia: ninguno de los que la han visto podrán olvidarla nunca. Así se las gasta el Cine con los relatos que parten (d)el corazón. Como éste, La Tumba de las Luciérnagas de Isao Takahata.
Lo más destacado: la composición de plano.
Lo menos destacado: la irreprimible desazón que proyectan algunas de sus secuencias.
Calificación: 9,90Comentarios » Ir a formulario
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Autor: faraway
Pero sí que es cierto lo de la desazón, yo tengo miedo de verla de vuelta, verla solo una vez ya fue un golpe durísimo. Ya que estamos, muy bueno el artículo.
Fecha: 09/10/2007 02:53.
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Autor: J.P. Bango
El casi 10 se lo tengo reservado, desde hace varios años, a El Viaje de Chihiro.
Gracias, claro, aunque el mérito es del amigo Takahata (la novela no es ni la mitad de lírica que esta película narrando, esencialmente, lo mismo), por cierto, un tipo bastante incomprendido en estas esferas cinéfilas.
Un saludo.
Fecha: 09/10/2007 09:07.
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Autor: netotem
Te invito a que nos envíes alguno de tus escritos a www.netotem.com
En adelante seguiré tu blog con atención, netotem
Fecha: 08/11/2007 01:14.











