Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2008.
Fellini retro
Adalid de lo grotesco y de lo absurdo, hizo de la hipérbole y de la exageración su marca de identidad, su territorio reconocible. Asumió riesgos porque no sabía hacer otra cosa. Y se atrevió a crear para sí solo un universo audiovisual no apto para todos los públicos, porque entrar en el territorio de Fellini se asemeja más a una violación que a un acto propio de vouyerismo, porque no se hace para contemplar una ficción sino para invadir el subconsciente de aquel que la concibe, embriagado de recuerdos y de atribuciones oníricas, cultivados en su misma infancia, allí donde se gestó la personalidad universal que acabaría siendo, el creador que ahora todos reconocen. Y es que el Cine de Fellini era, por encima de todo, una autobiografía en perpetuo estado de gestación.
Definió su obra a través del exceso. Y sin embargo, se le recuerda por su indudable capacidad para crear iconos (La Dolce Vita, Amarcord). Así de visionarios eran sus modos de entender el arte cinematográfico, así sería el legado que dejaría para los restos. Concebidor de eso que aprendió enseguida Terry Gilliam y antes que él Karel Zeman, y entre uno y otro, Fellini, maestro de todos los extravagantes, de los creadores de delirios, de los diseñadores de personajes acostumbrados a cohabitar la entrevela, echando mano de la imaginación o de sus sueños para sortear cualquier revés o impostura; una alternativa al neorrealismo rosselliano (al que Fellini le debe más que a nadie) pues no hay mejor manera de burlarse de la realidad que creándose una propia, aun preñada de mujeres de tetas gordas y labios poco refinados, o de payasos que se creen donjuanes, o de Giuliettas que se creen espíritus con cuernos en mitad de la nada.

Aprendió a hacer Cine tomando como base sus propios recuerdos, desposeyéndolos de aditivos o de interpretaciones metafísicas, travistiéndolo de ropajes oníricos y grandguiñolescos, convirtiendo la realidad en sueño. Y se llenó de Verdad en esa interpretación mística que haría de su propia vida en Ocho y medio y en Amarcord, dos de sus obras más destacadas de una filmografía inabarcable.
Poeta y visionario, mejor contador de historias que cineasta, italiano universal: Federico Fellini. Próximamente en Retroback (enero 2009) en Granada, una ciudad ideal, me cuentan, para semejante despliegue cinefílico, en copias de altísima calidad, una selección de sus obras más significativas. Por ejemplo:
Los inútiles
Las noches de Cabiria
La Strada
La dolce vita
Ocho y medio
Julieta de los espíritus
Satyricon
Los clowns
Roma
Amarcord
Casanova
A gozar, que es ya es mucho.
Audrey
Hoy se ha presentado en Granada un resumen conceptual del I Festival Internacional de Cine Clásico, Retroback 2009:
ICONOS DEL CELULOIDE: AUDREY HEPBURN
PANORÁMICA: FEDERICO FELLINI
RETROSPECTIVA: EUGENIO MARTÍN
CLÁSICOS RECUPERADOS
ÉRASE UNA VEZ EN...
RETRATOS: GEORGES FRANJU
RETRATOS: JEAN-PIERRE MELVILLE
RETRATOS: KANETO SHINDO
CLÁSICOS DE MEDIANOCHE: EL FANTÁSTICO ITALIANO
LOS OTRO CLÁSICOS DEL CINE ESPAÑOL
TRIBUTO: JOHN PHILLIP LAW
Poco a poco iremos desgranando los diferentes films que compondrán cada una de las secciones (algunos de ellos, lo repito: i-ne-lu-di-bles). Lo que ya sí que podemos es confirmar que el eje central del Festival girará en torno a la figura de Audrey Hepburn, en el 80 aniversario de su nacimiento, contando con la presencia de su hijo Sean Hepburn Ferrer, albacea de una exposición inédita en España, que cuenta con 250 carterles internacionales, además de vestidos de la actriz y sus dos Oscars. Asímismo, el Festival contará con la presencia de Monica Mancini.
En total, serán aproximadamente 80 filmes los programados durante los nueve días que dure el Festival, a finales del mes de enero de 2009. Una mezcla ciertamente memorable entre cine clásico, de autor y de género, con algunas obras inéditas, en copias de altísima calidad.

Tic, tac, tic, tac.
Wall-E: Amor por el Cine
Quizás sean los primeros cuarenta minutos de Wall-E un cenit del cine de animación de los últimos 20 años; desposeídos de palabras pero no de gestos ni de emociones (en términos parecidos -aunque no tan crípticos- a los descritos en el prólogo de Angel’s Eggs de Mamoru Oshii), algunas de las cuales traspasan la pantalla en formas adultas, consecuencia directa de un producto probablemente ininteligible para la mayoría de los niños, me atrevería a añadir que también para alguno de sus acompañantes, y que sin embargo tiene la rara virtud de contentar a todos desde el principio, así son de misteriosos los efluvios que su visionado transmite (próximos a E.T., sí), al menos en este magnífico (y osado) segmento introductorio.
Wall-E es aquello que promete en sus afiches promocionales: tanto una extraña fábula post-apocalíptica, de aires redentores y tono conciliador, como una deliciosa historia de amor-afecto entre un robot que es a su vez mezcla de otros muchos (todos astrosos: Número 5, Bender…) y otro, esta vez feminoide (en cuanto a su nombre), abandonado a una misión utópica ordenada por los humanos. Ambos se encuentran en una Tierra devastada que el primero se encarga de limpiar porque no sabe hacer otra cosa (su acrónimo se resuelve como Waste Allocation Load Lifter Earth-Class) a pesar de que ya no queda nadie a quien servir salvo esta visitante irascible, de nombre EVE (Extra-Terrestrial Vegetation Evaluator), una exploradora vehemente que se invita a buscar hasta el hartazgo, entre los restos de esta Tierra explotada, la clave que encienda la llama de un posible regreso de los humanos, por el momento exiliados a años luz de distancia en una estación espacial autosuficiente llamada Axioma.
La perfección técnica y su delicada caligrafía ayudan a construir a un personaje, Wall-E, desde cuya misma presentación ya proyecta altos niveles de empatía, cuestión prioritaria para garantizar el visionado de una película cuya complejidad conceptual se amplía a medida que vamos conociendo a EVE, ese robot de apariencia ovoide y antipático que al lado de Wall-E alcanza un nivel de comicidad impensable, sobretodo cuando hablamos de una figura cuya fisonomía apenas si se esboza (un tanto más en el debe, pues, de los animadores de la Pixar, del todo punto acostumbrados a este tipo de hazañas que no por habituales no deberían dejarse de vindicar). Con estos mimbres, la película no tarda en repletarse de momentos íntimos y entrañables, algunos de ellos infinitamente tiernos, complementados de otros momentos más viscerales y esperpénticos, especialmente aquellos protagonizados por este robot de apariencia noble y comportamiento ingenuo (¿o es al revés?) cuya personalidad entronca con la de El Vagabundo de las películas de Chaplin (exiliado, de repente, en mitad del Playtime de Jacques Tati). Como veis, las comparaciones en esta película siempre van en mayúsculas.
Aún embelesados por su delicada sensibilidad y buen gusto, no debemos olvidar, sin embargo, que la película es sobretodo una auténtica odisea de aventuras y de viajes aeroespaciales, de civilizaciones perdidas y de planetas olvidados en el tiempo, que oculta un entramado sumamente adulto, también dentro del campo de la ciencia ficción, y donde tienen a bien cruzarse epítomes de distintas áreas (la robótica, los viajes interestelares, la colonización interplanetaria, la supervivencia de las razas) y disciplinas (la Psicología como contenedor genérico de la alienación que sufren los protagonistas humanos; la Sociología, como valedora de una subtrama distópica), sin subrayados excesivos pero sin dejar espacio a la duda, constituyendo un corpus argumental gozosamente robusto; desde el punto de vista del espectador más exigente, posibilitando que lo que sucede en los márgenes sea tanto o más apasionante que lo que acontece en medio.
El carácter bienintencionado de la cinta (que termina de manifestarse de forma cándida en su colofón) no oculta, sin embargo, un trasfondo apocalíptico, especialmente caracterizado por su despiadada visión de la humanidad y los posos destructivos que generación tras generación la definen. En la Tierra, devastada, no queda más que un insecto y un robot stajanovista adicto a la limpieza y a coleccionar recuerdos. La Tierra no es sino una enorme montaña de mierda, y sus habitantes legítimos, entregados en el espacio a actividades hedonistas por cuenta y sustento de unos criados autómatas, viven despreocupados en mitad del universo esperando que el azar los vuelva a reubicar donde deberían.
Repleto de homenajes ultracinéfilos (2001, Naves Misteriosas, Alien, Inteligencia Artificial), algunos de ellos descacharrantes (definida por un total: “este es un gran paso para la humanidad”), el resto terriblemente emotivos (Hello Dolly), Wall-E no es sólo una de las mejores películas de la Pixar sino la que más acertadamente traslada el espíritu de alguno de sus cortometrajes más notables (por ejemplo, Presto), no en vano, la piedra angular de una productora sustentada por el talento de unos cuantos animadores y que ha encontrado en Andrew Stanton (como antes lo hizo en Brad Bird y en John Lasseter), en su doble faceta de director-escritor, el complemento ideal que necesitaba para concentrar todas las virtudes de la casa en una única obra.
Si la perfección pudiera ponderarse se aproximaría a los cánones conceptuales contenidos en esta película, Wall-E, una experiencia deliciosa, ya lo digo, recomendable para todos los paladares y gustos. La cinta de animación del año… en espera del estreno de Ponyo on a clift by the sea del siempre sobresaliente Hayao Miyazaki.
Lo más destacado: su infinita fluidez y altura cinematográfica.
Lo menos destacado: que su segundo tramo se resienta de un comienzo tan apabullante.
Calificación: 9
El Caballero Oscuro y la blogosfera parlante
No sé qué me gusta más; sí El Caballero Oscuro (lo digo ya: una auténtica sorpresa para quien este escribe además de un producto de gran altura cinematográfica) o la ingente colección de (excelentes) artículos (algunos de ellos contrapuestos entre sí) que pueden leerse a este lado de la red de redes a propósito de la última película de Nolan. El próximo que subestime la blogosfera se las verá conmigo.
Noelio: [Leer artículo completo] Hay secuencias en "El Caballero Oscuro" capaces de dejarnos pegados a la butaca aunque no sintamos gran cosa por los personajes que las protagonizan, como ese brutal interrogatorio policial o el encuentro en el hospital desalojado. Es posible que la cinta cargue demasiado las tintas en su subtexto político, pero también logra captar a la perfección la atmósfera de pesadilla que comienza a extenderse sobre una sociedad que lleva ya casi siete años al borde del caos (en ese sentido, su estudio de Gotham en clave casi psicosocial es loable). Por supuesto, algunos de los grandes lastres de "Begins", como las secuencias de no-acción y el rechazo a la diversión transparente, siguen presentes en una secuela que, finalmente, acaba perdiendo las formas en un (anti)clímax articulado en torno a vaguedades y chorradas sobre la moral…
Guillermo Zapata: [Leer artículo completo] El Miedo. Que bien sabe Nolan retratar el miedo contemporaneo. Las imágenes más terroríficas de El Caballero Oscuro aparecen por televisión. Es la tele la que te cuenta los planes del Joker. Es un video doméstico "a la youtube" el que te narra el horror. Es el fuera de campo el que da sentido al pánico. ¿Cúando es fascinante el Joker? ¿El mayor momento? Cuando desprecia aquello que ordena nuestro mundo. El dinero. ¿Y cúando es más interesante? Cuando muestra por la vía de los hechos las nulas posibilidades de supervivencia que tenemos colectivamente en el reino del "salvese quién pueda". Y por eso me da tanta rabia que las soluciones morales de la película sean tan... morales. Tan bienpensantes.
Jose C.: [Leer artículo completo] La batalla es mucho más dura de lo que piensa un espectador inocente. Batman parece ganar en el terreno de las peleas, las persecuciones, los secuestros y los rescates. Batman puede ganar incluso en el interior de un tunel oscuro de Gotham, que es la escena más asombrosa de todas. El Joker lo sabe “No creerías que me lo iba jugar todo a un combate contigo” le dice. Pero el Joker tiene una carta inesperada. Mientras Batman ha ido triunfando en el universo pirotécnico del cine de acción moderno asombrándonos a todos con sus “más difícil todavía”, el Joker ha triunfado en el territorio del cine clásico, del cine de siempre, porque ha sido capaz de pervertir la conciencia de un hombre bueno. Entonces entendemos esa debilidad autodestructiva del Joker. “Atropéllame” le grita a Batman cuando lo ve venir con su vehículo. “Dispárame”, le dice al fiscal. Porque si la justicia sucumbe a la venganza, entonces, él gana.
José A. Peig: [Leer artículo completo] Como obra coral The Dark Knight juega sus bazas en varios círculos: el fundamental es el estrato formado por Batman, Joker y Harvey Dent y es el que prevalece por su acertado desarrollo y su potente significación . Harvey Dent - el hombre normal y máximo aspirante a restaurar el orden - es el personaje-víctima en esa pugna entre enmascarados; Batman lo utilizará para que el pueblo recupere la confianza en el orden institucional y Joker para destruir toda esperanza y expandir el caos. Dos Caras es el resultado de la maquinación maquiavélica a dos bandas y un arma definitiva en la misión de conquistar la conciencia de Gotam. Parece que estamos ante un final que otorga el triunfo al señor del caos , pero finalmente Batman decide utilizar la manipulación y propagar la mentira como única forma de mantener la esperanza. La cara amable de la política es la nueva religión. Termina la película y estamos en el mismo punto inicial, solo que ahora Batman, voluntariamente, se ha convertido en un proscrito. Conclusión desoladora en un filme pensado como una mera transición hacia la tercera entrega, lo cual hace de él un producto intencionadamente inacabado.
Diego Faraone: [Leer artículo completo] A los problemas de ritmo se les suma el hecho de que se hace demasiado larga y que carece de personajes creíbles -la fugaz transformación de un individuo de perfecta integridad moral en un demonio sediento de venganza es absurda-, pero no menos desventurado es el trasfondo ideológico que encubre la película. El malvado Guasón (el fallecido Heath Ledger y su genial número de magia son de lejos lo mejor) tiene demasiados puntos en contacto con un terrorista talibán, llámese Bin Laden o quien fuere: manda emisarios dementes con bombas incrustadas en el cuerpo, envía filmaciones caseras de ejecuciones, toma rehenes, planifica el terror y la destrucción urbana con el detallismo de un psicótico. Como dice un personaje: “Álgunos hombres no van en busca de nada lógico, como el dinero. No pueden ser comprados, intimidados, no se puede razonar o negociar con ellos, sólo quieren ver el mundo arder”. No buscan dinero, señal de que están muy enfermos. Batman, por su parte, se parece a Bush: ante tan siniestra amenaza se ve forzado a usar violencia en los interrogatorios, a armarse como nunca antes, a inmiscuirse en la vida privada utilizando dispositivos de vigilancia masiva. El fin justifica sobradamente los medios porque, hombre, estamos en guerra.
Diego Salgado: [Leer artículo completo] Ahora bien, la pugna entre luz y oscuridad que caracteriza a El Caballero Oscuro no tiene oportunidad alguna de resolución feliz o al menos conciliadora, como en tantos de los modelos citados. Porque el punto de partida y llegada del film es la intromisión en el microuniverso Gotham City de un cáncer incurable llamado el Joker (Heath Ledger), un “agente del caos” cuya única ambición declarada pasa por “que la ciudad arda” y contra el que, en consecuencia, toda terapia es inútil cuando no contraproducente. Resulta fascinante comprobar cómo El Caballero Oscuro se contagia de esa infección mortal, propiciándose en su narrativa una sensación de caos e impotencia similar a la que sacude a Wayne, Gordon, Dawes y Dent cada vez que creen han conseguido una pírrica victoria sólo para que el Joker la desarbole o invierta sus intenciones, golpeando incansablemente y cada vez a mayor escala.
Carles Matamoros: [Leer artículo completo] A los Nolan les puede, sin embargo, su ambición. Pues en las desmesuradas pretensiones de la narración -la voz grave del héroe, el uso operístico de la música, los planos cenitales de la ciudad,...- se denota un molesto intento de trascendencia que el filme nunca alcanza del todo. Quizás porque los discursos rimbombantes de los personajes (explicativos a la par que confusos) no tienen la coherencia que deberían y porque tanto la existencia de dos clímax desiguales como los golpes de guión injustificados (la resurrección de Gordon) restan fuerza a un relato que, en general, sí está muy bien hilvanado.
Alvy Singer: [Leer artículo completo] ¿Cuántas veces se pronuncia en la película Vértigo la palabra Obsesión? Se tomo la palabra como ambicioso y juguetón punto de partida para un film de romanticismo perverso que dirigió Brian DePalma. Hitchock era un cineasta obsesionado con hacer del lenguaje su única y última herramienta. La obsesión de Stewart es retratada siempre con movimientos de cámara, con secuencias oníricas y con largos planos de Kim Novak. En The Dark Knight los grandes temas (el orden y el caos) son además recitados: el Joker enseguida aclara "Soy un agente del caos". Batman también confiesa "Qué debo hacer". Igual que Sin City, The Dark Knight no toma como herramienta única al cine. Cuando lo hace, excepto en dos estupendas tomas un poco más largas (el paseo del Joker por Gotham, la salida del hospital) hay en el film un hálito de extrañeza y belleza que no está en el resto del metraje. Nolan construye sus secuencias emotivas usando el clásico travelling circular de forma repetida. La música de Zimmer y Newton Howard, omnipresente menos en dos escenas, no ayuda a que esto suceda con mucha intensidad…
Sr. Toldo: [Leer artículo completo] Incapaz de decidirse por la postura de Moore (incrementar el psicologismo, la complejidad referencial) o la de Miller (apuesta clara por el hard-boiled), Nolan opta por intentar darle una dimensión de plausibilidad a los elementos más tebeístico-fantasiosos, un nivel actoral de la más alta altura, una localización física y real alejada de los acartonados decorados de sus predecesores en la franquicia cinematográfica de Batman y sumar una constante acumulación de reflexiones morales subrayadas en recurrentes enfrentamientos dialécticos. En The Dark Knight lleva este último aspecto hasta un apogeo de one-liners de pomposa profundidad que articulan todo el elaborado entramado argumental a base de triángulos y subtramas paralelas de la película. Pese a que ya sabemos lo bien poco que molan los subrayados orales en determinadas ocasiones, la contundencia y elaboración del guión de Christopher y Jonathan es tan consistente (salvo algún que otro detalle que fluctúa entre lo chirriante y lo vergonzoso, como es el asunto de los ferrys; no ya sólo por su un tanto naïf desarrollo, sino por tratarse de un calco estructural de uno de los climax anteriores) que uno estaría dispuesto a pasar por alto el exceso de grandilocuencia si se viera respaldado por un trabajo formal a la altura. No es el caso.
Tonio L. Alarcón: [Leer artículo completo y la ineludible conversación intra-comentarios] Que una película que dura 152 minutos sostenga un ritmo tan constante, tan apabullante, es mérito tanto de Nolan como de su montador, Lee Smith, que realizan un magnífico trabajo al que sólo se le puede poner un pero: la sensación de que la película tiene dos clímax, con el ligero bache narrativo que ello supone. Aun así, el material es tan magnífico que uno enseguida se olvida de semejante irregularidad. Porque, si en Batman Begins el nivel actoral era muy alto, con El caballero oscuro se ha disparado hasta límites estratosféricos. No sólo ha desaparecido el mayor problema del anterior film, Katie Holmes (aquí sustituida por la mucho más interesante Maggie Gyllenhaal), sino que además los dos nuevos actores que se incorporan hacen una labor magnífica. Heath Ledger es quien se llevará los mayores reconocimientos, por desgracia no sólo por su terrorífica interpretación del Joker, pero eso no debería evitar admirar la composición que Aaron Eckhart hace de un papel tan complicado como el de Harvey Dent, al que sabe guiar con mano maestra por todo su camino de ascenso y caída en los abismos del crimen.
Hernán Silvosa: [Leer artículo completo -y estudiarlo en las facultades-] Y es bueno recordar que es en la figura de Harvey Dent que Bruce Wayne hace la mayor de sus apuestas: renunciar a su otro yo encapuchado. Pero ya todos sabemos lo que pasa: siempre gana la banca. Si Batman begins era una fuerza hipnótica que, desenfrenada, buscaba expulsar los miedos internos volviéndolos contra sus fuentes mediante un símbolo con ideales de cambio, The dark knight es un vértigo sin descanso que culmina con la renuncia a este símbolo para refugiarse en los callejones oscuros de Ciudad Gótica, ya no sólo por fuera de la ley, sino además por fuera de la aceptación política y social. Batman renuncia a convertir sus acciones en una moral (en un orden preestablecido de corrección e incorrección) y se sitúa mejor que nunca frente a su ética personal. Renuncia además al poder de ver y controlar todo (ahí está la escena del diálogo con Lucius Fox sobre los límites de la tecnología, el uso del sonar y, finalmente, la destrucción del aparato).
Jordi Revert: [Leer artículo completo] El Caballero Oscuro es uno de los más soberbios entretenimientos que ha regalado el cine. Lo es en su inteligencia y en su pulso, en su densidad y en su espectáculo, pero sobre todo lo es por ofrecer, además de todo ello, una desafiante reflexión en torno a las figuras del héroe y del villano. Poco queda de la vía esperpéntica y gótica que genuínamente iniciara Tim Burton y penosamente destrozara Joel Schumacher. Batman es, hoy más que nunca, un justiciero discutido e incomprendido por la sociedad por la que vela, un caballero oscuro cuyo futuro se revela más pesimista que nunca pese haber salvado Gotham una vez más. Pero donde su tormento crece, disminuye la incomprensible distancia que a cada película crecía entre el superhéroe y su público. Y ahí es donde la película de Christopher Nolan triunfa y donde merece la pena depositar las esperanzas del futuro cine de superhéroes: en que El Caballero Oscuro marque un antes y un después en esa complicada y fructífera relación.
Iván Villamel: [Leer artículo completo] Nolan se apoya en el fantástico guión de su hermano Jonathan (con quién ya había colaborado en "Memento" y "El truco final") para crear un paralelismo enfermizo enfrentando a héroes y villanos mediante un espejo existencialista que refleja la misma imagen, poniendo especial énfasis en esa moneda de dos caras que sirve de poderosa metáfora sobre la esencia primaria de los personajes más extremos de la historia, alejados, a priori, en sus intenciones pero no tanto en los motivos a partir de los cuales eligieron un camino u otro al enfrentarse con el miedo y la desesperación. La introspección con rémoras emocionales del hombre murciélago se deconstruye de forma brillante para cuestionar que ser podría haber sido creado mediante un distinto estado psicológico, y ahí es donde entra en juego la demencia y el histrionismo sin valores morales del Joker, un ser que ejerce de poderoso catalizador de muchas de las dobles lecturas que esconde este estupendo filme. A partir de él, Nolan da un giro considerable a muchas de las convenciones sociales y miedos atávicos de una sociedad amparada en la paranoia social y el miedo al exterior, dejando claro que los mayores monstruos no provienen del exterior de una comunidad, sino de la pérdida de valores implícita en cierta evolución de su propia sociedad (no conforme con eso, otorga al Joker el inmenso poder de convertir a sus habitantes en congéneres de una dudosa moralidad en su tramo final, algo que resuelve de forma positivista y que resta algo de mérito a la valentía inicial).
Luis Rueda: [Leer artículo completo] En resumen: filme de superhéroes, de acción, que, como debe ser en un producto mainstrem, acude al golpe de efecto manido y ofrece los pertinentes fuegos de artificio (puro entertainment), un relato cargado de aromas noir que huye claramente de la extravagancia y el distanciamiento burtoniano: elección que acarrea cierta propensión al grand gingnol y a la extrañeza: nunca Batman ha sido un protagonista más desplazado en su propia aventura. Por otro lado, tenemos una cinta consistente que traslada un discurso muy personal a una saga demasiado exprimida, cine valiente que se reserva la licencia de resituar los límites del orden y la justicia y, lo más importante, nos concede la libertad de transitar por el reino del caos y salir con la moral indemne.
La momia 3: la tumba del emperador dragón
Tiene La Momia 3. La tumba del emperador dragón, un cierto regusto a película ya vista, no ya porque imite las formas y la estructura de las entregas anteriores sino porque padece de un síndrome demasiado habitual en la Serie A hollywoodiense: el desprecio absoluto que profesa a la inteligencia del espectador medio.
No importa tanto su estereotipado macguffin o la nulidad con la que los actores occidentales despachan a los personajes que les ha tocado en suerte interpretar (desde María Bello -incapaz de hacer olvidar a Rachel Weisz- a Brendan Fraser –con cara de estómago necesitante- o Luke Ford –cuya falta de punch se hace patente cuando el argumento demanda de su parte algo más de carisma) o el indigesto exceso de CGI que ornamenta la mayoría de sus escenas o la gran cuota de secuencias de acción que no representan “acción” sino pirotecnia y artificio o lo ruidosa que resulta una banda sonora cuya única función es el subrayado cuando no hay en la película motivo alguno que subrayar; lo que más llama la atención es la extrema desidia con la que todo esto se muestra: desde su germen argumental (cuyos epítomes: amor-traición-venganza ya conocemos de sus precuelas) hasta su conclusión (convencional en su forma, carente de trascendencia en su fondo), sumándole entre medias un compendio de clichés (ya vistos, además, en otras películas: El señor de los Anillos, En busca del Arca Perdida, Indiana Jones y el Templo Maldito…) y frases improvisadas (“¿te gusta ella, verdad hijo?”; “la mía es más grande”; etc.), cuatro invitados de excepción (todos Yetis, en uno de los cameos más prescindibles de todo el cine moderno) y un final que carece tanto de emoción como de estilo.
Y eso, que estamos hablando de una película que ningunea los tiempos muertos, las reflexiones existenciales o el ritmo cadencioso; enemigos naturales de las grandes epopeyas de ascendencia palomitera. Y eso que tras sus créditos se oculta el propio Stephen Sommers (director de las dos cintas previas además de competente artesano al servicio del buen cine de aventuras para todos los públicos), que esta vez no dirige porque lo hace Rob Cohen, el artesano en el que todo productor piensa cuando en el título reina un dragón de por medio (Dragon. La leyenda de Bruce Lee; Dragonheart. Corazón de Dragón…); artífice, por su parte, de uno de los mayores bodrios de los últimos tiempos: Stealth. La amenaza invisible. Consideración de la que no puede desprenderse, ni sabría como hacerlo, este prescindible producto para todos los públicos. Una comedia que no hace gracia (nada nuevo en el horizonte), una aventura desposeída de riesgos e intriga; una cinta de fantasía donde los más aburridos son aquellos momentos en que la imaginación echa a volar; una película, en definitiva, cuyo presupuesto ni siquiera llega a justificarse en una batalla final donde lo que menos importa es su narratividad (mal endémico del cine contemporáneo), no así la confusión, el ruido y el odioso deux ex machina.
Todo junto conforma La Momia 3. La tumba del emperador Dragón: una de las peores películas del año.
Lo menos destacado: que no haya sabido extraer ningún jugo (y mucho menos comicidad) de las dos precuelas que la anteceden.
Lo más destacado: los títulos de crédito finales, antecedidos, por cierto, de una hilarante alusión referida a la cuarta entrega de Indiana Jones.
Calificación: 3










