Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2008.
La Crítica de Cine: una aproximación
Criticando en El Zoom Erótico:
"Los críticos, generalmente, no se ofenden si alguien debate sus enunciados; aluden al gusto y regatean; los más viscerales citan la metáfora del culo: “el gusto es como el culo, todo el mundo tiene uno”. Pero lo que no soporta un crítico es que alguien se meta con su estilo. Y lo cierto es que la mayoría de los críticos no tienen estilo. Y que a todos les cuesta a hacer literatura. Para evitar ser carne de cañón de puristas literaturófilos algunos críticos no hablan de si mismos como escritores sino como periodistas y juzgan el resultado de su trabajo como un ejercicio periodístico, es decir, un oficio y en base a él se dedican a recitar opiniones, a modo de directrices, sin apenas substancia literaria y mucho menos personalidad. El crítico-periodístico se debe a sus lectores, no como potenciales consumidores de literatura, sino como espectadores que necesitan a alguien que les guíe: no importa tanto la opinión del escritor sino que alguien les motive o no para ir al Cine. Y eso mismo demandan de él aquellos que le siguen. Los espectadores, por alusiones, no exigen otra cosa del crítico que compatibilidad de gustos: nada de literatura ni de creación artística. Se parte de la base de que sí coincide con mi gusto está bien dicho. En este entendimiento, limitado y conformista, es el propio espectador el que debe sentirse estafado de la pérdida del gran potencial literario que encierra una buena crítica... J.P.Bango"
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Historias de Cine: el escozor
En el cine siempre ganan los buenos, aunque sean feos y artríticos. Quiero decir, que la rubia de ojos azules a la que esperaba aquel hombre que se encontraba al otro lado de la calle asido a un ramo de flores no debería ser tan inaccesible como parecía, pues él era el bueno y ésta era su película, más y cuando por la mañana ella había aceptado su propuesta sin torcer el gesto, antes al contrario, regalándole una de aquellas sonrisas que solo saben pronunciar las ninfas, la más deseable de las cuales se acercaba en ese preciso momento moviendo de un lado a otro sus apetecibles caderas y su falda minúscula para deleite y disfrute de aquella camada de taxistas que esperaba, frente a la estación de metro, que salieran los turistas para darles “una vuelta” por Madrid.
Cuando le pidió dinero a cambio del sexo no podía creer lo que oía, es decir: ¿acaso no trabajaba ella en un banco?, ¿qué demonios hacía metida en la prostitución? Cuando recuperó el pulso y el habla expresó nuestro amigo su indignación pero ella seguía a lo suyo. “Acepto tarjeta de crédito”, concluyó mientras se vestía. Cuando el buen hombre la sacó, ella trató de ofertarle una Visa Oro, “con grandes descuentos para usted, faltaría más”. “Cortesía del banco” añadió, “y de su director, que también le tiene en buena estima”.
“Si quieres”, añadió por compasión ante el gesto circunspecto de aquel tipo, “el fin de semana podemos quedar de nuevo. Fuera del horario de oficina hago descuentos, más aún en tallas pequeñas”. Con una nueva punzada en el corazón se despidió el hombre de la puta, que volvía a su casa feliz y radiante y con doscientos euros más en su cuenta corriente. Salió del motel sin renunciar a aquella sonrisa ni a la comisión por haber contratado una nueva tarjeta de crédito. El hombre, sin embargo, siguió en la habitación sumido en la penumbra, con los pantalones bajados y con pocas ganas de subirlos.
Tardó un mes en volver al banco y cuando lo hizo, ella pareció no reconocerlo. Tras sus gafas de ejecutiva y su atractiva pose ahora no veía a una ninfa, como antaño, sino a una arpía, incluso cuando con su dulce voz le decía que el contrato de su hipoteca ya estaba aprobado a falta de los rigores de la firma y de una última reunión con el director que, cortésmente, ya le esperaba en su despacho.
El director del banco también se mostró radiante al estrecharle la mano, más aún cuando le ofreció su pluma para que firmara aquel contrato maldito que hipotecaba su futuro no menos de cincuenta años. Cuando el director sacó el tarro de vaselina y lo puso sobre la mesa, intuyó el cliente el siguiente paso. “Cuando quieras terminamos de formalizar el contrato”, rumió el director con un deje embebido de lascivia.
Y, entonces, nuestro amigo se dio la vuelta, agachó el orgullo, y apretó los dientes entre sí con tanta fuerza y aguante como pudo. En fin, cuando de niño soñó que sería protagonista de una de aquellas películas que veía por la tele nunca pensó que lo sería de una de Ken Loach.
Aún le escuece, vaya que sí.
Historias de Cine: Enajenado
En el Drácula de Bram Stoker todos habían contado su experiencia en primera persona, menos Él.
El castillo:
Después de tantos siglos condenado a vagar sin rumbo por las servidumbres de la inmortalidad, me encuentro de bruces con mi destino enmarcado en una foto rebozada en bronce y plata: la imagen de una ninfa atrapada en el tiempo cuyos designios —me dice, ingenuo— le pertenecen en exclusiva. Le costará salir de los míos, eso puedo jurarlo.
El viaje:
Acopio enseres que bien podían hacerme falta al otro del canal: ropajes de estos tiempos, sombreros que no lo parecen, tierra de mi tierra, un baúl plagado de recuerdos..., y me embarco rumbo a lo desconocido esperando recuperar en mi destino el vestigio de un amor proscrito arrebatado por una guerra financiada, lo sé ahora, por servidores del Dios que hoy me repudia.
La Tempestad:
Llueve. No puedo eludir la zozobra que me provoca la necesidad de alimento y tengo que salir fuera para satisfacer el instinto que define mi condición animal. Vomito sangre entre la tormenta, embriagado por las almas que he de someter para seguir manteniendo a buen recaudo la mía. Pero cada vez estoy más cerca de ella. Podría detener la tempestad si quisiera.
Sangre:
Someto a aquella que la protege embebido de hemoglobina, sexo y laberintos de cuento, y me topo con ella al otro lado del jardín, empapada de lluvia y de deseo, tan arrebatadora y bella como siempre, ¡oh, destino!. La prohíbo que vea el aspecto de mi verdadero rostro y ya lo siento: hoy solo quiero saciar mi sed de sangre. Mañana, ya veremos.
La linterna mágica:
Rejuvenecido, paseo por las calles de una ciudad abierta y mestiza, donde un lobo blanco amenaza a los clientes de un salón de té tumultuoso, antes de rendirse —como yo mismo— seducido por aquella linterna mágica que estrella contra la pared fragmentos de las vidas de otros. Ahora sé que todo es posible estando ella tan cerca de mí.
La Princesa:
No sabe que ya es mía. Disimula su condición de hembra enamorada hablándome de los suyos, de dudas y recelos que dice tener, de esperanzas sustentadas en el trabajo de un gris empleado de inmobiliaria. Me considera un desliz furtivo, un hombre exótico y aventurero, un príncipe de cuento enajenado, mientras bebe otro trago de absentha al compás de la música prohibida. Sus ojos, iluminados por unas velas de ascendencia feérica, contienen los restos de la hermosa princesa que un día fue.
La niebla:
Convertido en niebla verde y densa atravieso la puerta esperando encontrarme su cuerpo y su voluntad, compartir con ella mi carne y mis desvelos, hacerla partícipe de un juego donde siempre pierde el inmortal. Ellos no lo comprenden e interrumpen el ritual a medio camino del éxtasis. Tratan de protegerla, ¡arrebatándomela!, sin comprender que —de veras— yo soy su salvación y ellos, individuos castrados por la moral, poco más que su condena. Pero en la noche soy más que una bestia; su cruz, ¡un vestigio pretérito en vías de extinción!
Acorralado:No huyo, me repliego, tratando de buscar fuerzas en la tierra que me vio nacer, sin olvidar su aroma ni aquellos ojos liberados, ni sus labios recogiendo de mi pecho la esencia hemoglobínica de la que aun retiene mi sabor. Y si no lo comprenden peor para ellos. Hoy me sentí inmortal y lo seguiré siendo para siempre… con ella a mi lado.
La llamada:
Me arrinconaron en la ciudad mestiza robando mi tierra, matando a los míos, a quienes me sirven… No quiero venganza pero sí volverla a ver. Regreso al hogar herido en una batalla en la que hace tiempo debí haber participado y sé, a fe ciega, que ella vendrá tras de mí. Entonces, la llamo. Y mi voz solo es un eco que se pierde en las montañas. Y la reclamo, a pesar de que un círculo de fuego obstruye mis pensamientos, sabiendo que su conciencia –y alma- ya no es suya sino mía, y que los intentos de sus acompañantes pronto se sabrán baldíos cuando sus huesos se despeñen por este precipicio, tú y yo lo sabemos, que acabará conduciéndoles hacia el abismo. Ahora sé que no moriré sin verte otra vez.
El Sol:
El último estertor de este día interminable se asoma sobre mi cabeza segundos antes del anochecer. Me defiendo como puedo rodeado de unos tipos que no saben por lo que luchan: lo que tratan de evitar. La última punzada sobre mi corazón me arroja contra sus pies en esa capilla maldita que revela mi verdadera condición: la bestia humillada en que me he convertido.
Redención:
Regados en lágrimas contemplamos el techo que una vez sirviera para dar cobijo a nuestra lealtad. Tengo frío y tantas dudas que, tal vez, hoy sepa que ha llegado mi final. Mi cabeza yace postrada sobre los muslos de ella contemplando como se cierra el círculo que condenó nuestras vidas. También mi muerte, ya véis. Mas no muero… porque el amor nunca muere.











