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Dossier 2008: Pasadizo.com

Desde ayer mismo puede descargarse, vía online, el Dossier 2008 de Pasadizo.com que recopila en un formato de lo más estimulante las críticas de casi todos los estrenos (tanto en cine como en DVD) del año pasado que guardan más o menos relación con el género fantástico, incluidas algunas reseñas de éste que escribe. Vale la pena su consulta, podéis creerme.
CITY OF EMBER de Gil Kenan
Ésta se me había olvidado:
Deudor de un argumento cuyos cimientos se nutren de un itinerario de búsqueda y superación (una fórmula prototípica de este tipo de historias), City of Ember: en busca de la luz va a ofrecer una resolución extrañamente previsible, incluso desposeída de emoción, como si, de veras, tanto director como guionista fueran conscientes de que lo importante en esta película no es su conclusión (a pesar de lo que los propios personajes crean) sino el viaje, aquí generosamente preñado de referencias ecologistas, denuncias anti-despóticas y amistad adolescente. Su aspecto de cinta prefabricada, casi artesanal, nos va a recordar, además, las pretensiones de aires entrañables que persigue una historia que no busca tanto embelesar al espectador con soluciones tecnológicas de última generación (mal endémico del cine contemporáneo en su vertiente fantástica) como seducirle con una historia de corte lúcido y recurrente, que aboga por el afán explorativo antes que por la explotación de sus constantes. Lo que nos puede dar una pista del porqué de su sonoro fracaso al otro lado Atlántico…
DÉJAME ENTRAR de Tomas Alfredson
Una de las más jugosas constantes de las que nutre la excepcional filmografía del canadiense David Cronenberg es aquella que presenta una realidad distorsionada poblada de personajes que se atreven a trascender las leyes de la física, ya sea transformando sus cuerpos para adecuarlos al nuevo medio (físico, tecnológico, social), como si el cuerpo dejara de ser la entidad natural que todos conocemos y comenzara a formar parte de una supraestructura mayor, más desarrollada en su abstracción, mejor adaptada a una realidad en perpetuo cambio, o bien proyectando sobre dicho espacio una parte de sí mismos. Esta última idea se hace manifiestamente explícita en Cromosoma 3 (The Brood, 1978) en tanto va a ser la propia conciencia de uno de los protagonistas la que engendre, digamos que corporeice, sus demonios internos, convirtiéndolos en herramientas monstruosas al servicio de sus pulsiones más primarias, en aquella película definidas en términos de venganza. De esta misma (y estimulante) idea bebe “Déjame entrar” (Låt den rätte komma in) en su subtexto, si bien el sujeto que aparenta engendrar los apéndices físicos no es una madre en crisis en pleno proceso de divorcio sino un niño, con no menos problemas, que sufre del acoso de su entorno, siendo especialmente insoportable aquél que le profesan sus compañeros de pupitre. Es el primer (y más apasionante) reclamo de esta estupenda película de vampiros, ternura, venganza y desarraigo emocional cuyo principal estímulo proviene, precisamente, de la relación que une a sus dos protagonistas impúberes: Oskar, un niño acomplejado, solitario e imaginativo, que sueña con asesinar, secretamente, a aquellos que lo humillan, y, Eli, una pequeña vampira, que no sueña sino que vive en una pesadillesca cotidianidad, obligada a degollar a sus víctimas mientras se alimenta con su sangre, recién llegada al piso de al lado, con aquel que la cuida y quiere, el viejo Hakan, en una barriada de Estocolmo (estamos en el año 1982) preñada de paisajes gélidos, ventanas tapiadas y cierto descontento social.

Condenados a encontrarse y a complementarse, pues, los dos niños inician una relación de amistad cuyo predecible desarrollo no tiene nada que envidiar a los de un serial romántico al uso (siguiendo la fórmula arquetípica de primera caricia, beso y estremecimiento), llegando a tal grado de compenetración, en fin, que durante todo el metraje se juega con la idea de que no estemos sino en presencia de una única persona (al estilo de El Otro de Robert Mulligan), siendo la otra una extensión, hecha carne, de los deseos proferidos por aquélla.
Estamos en presencia, ya se intuye, de una historia de afectos insatisfechos y de padres ausentes, de adultos que no saben lo que quieren y de niños víctimas de abusos, de incomunicación latente y de deseos insatisfechos (magníficamente expresada en la definición del personaje de Hakan, uno de los más fascinantes y, a la vez, misteriosos –no ocurre así en la novela, ya lo advierto-, de la cinematografía fantástica contemporánea) pero también nos encontramos ante una historia de vampiros, de las de toda la vida, si bien aquí no hay chupasangres de instituto, de aspectos pálidos y poses seductoras, adictos a la sangre animal y a la gomina, sino auténticas bestias hambrientas, enemigas de la luz y de los modales, sedientas de hemoglobina humana y de cariño, poseedoras de una fuerza inusual, fruto de su naturaleza resistente, víctimas de una maldición atávica que les obliga a pedir permiso para entrar en el hogar ajeno antes de succionar la yugular de sus víctimas.
Tomas Alfredson adapta con atinada precisión (y mejor gusto) la novela epónima de John Ajvide Lindqvist y lo hace dotando a la historia de un halo docurrealista que la hace situarse más próxima al cine de ascendencia dramática que a cualquiera de los modismos que definen el cine fantástico en la actualidad. Hay, pues, abundancia de planos generales (algunos desenfocados, sobretodo cuando hay adultos de por medio), un ritmo sosegado pero preciso donde predominan los silencios, y unas interpretaciones que huelen a verdad, a cercanía. No saca partido de la ambigüedad argumental que se insinúa en la primera parte de esta reseña (y que estaba en la mente del cineasta en el rodaje como el propio director esgrime en sus entrevistas) y se resiente por la endeble definición de algunos personajes, presentados con formas paródicas y, sin embargo, nos encontramos con una de las mejores películas de la década, repleta de escenas escalofriantes (como la del hospital…), un final antológico (y liberador) y un par de secuencias embebidas de emociones impagables. Casi nada, me diréis.
Lo más destacado: que es capaz de demostrar la estupenda salud del género fantástico más allá de las convenciones y arquetipos que van a definir el cine hollywoodiense.
Lo menos destacado: que hayamos tenido que esperar tanto tiempo para poder disfrutar de esta película en la pantalla grande.
Calificación: 9,25
[publicado originalmente en SEPTIMOVICIO.COM]
PONYO SOBRE EL ACANTILADO: El retorno a la infancia de Miyazaki

Ponyo ya ha llegado, como quería, a ese acantilado cuya cima resguarda el hogar del pequeño Sosuke. Lo ha hecho empujada por el mar y por su tenacidad, acabando en el interior de un bote de cristal que rescata, de entre las rocas y con gran empeño, el propio Sosuke con ayuda de su madre. Ponyo es todavía un diminuto pez rojo, de comportamiento juguetón y afable, adicto al jamón y a las bromas. Un pez a punto de dejar de serlo tras haber huido del mar, de la burbuja inmensa donde lo guardaba su padre, buscando aquello a lo que cree que debe aspirar todo ser humano: poseer pies o manos en lugar de aletas, desayunar todos los días leche con miel al abrigo de una madre comprensiva, dormir a pierna suelta después de haber llenado el gaznate…
Fujimoto es un mago que se desvive por conservar el equilibrio de la naturaleza; odia a los humanos, es decir, aquello que él mismo representa, por el desprecio que los propios humanos profesan hacia los mares y hacia la vida que se oculta en ellos; pero Fujimoto también es un padre que trata de evitar que triunfe la tentación a la que se puede enfrentar su hija, si, de veras, persiste en la idea de alejarse del océano y de renunciar, como así parece, a su destino para acercarse a Sosuke y al resto de los hombres, desoyendo el impulso natural que hace de ella, pronto lo sabremos, una sirena.
Ponyo en el acantilado no es tanto una película como una fábula cuyo argumento se limita a mostrar la voluntad de una niña que quiere ser aquello que anhela y de un océano que pretende recuperar un equilibrio, de repente, saboteado por la voluntad de esta pequeña y testaruda sirena cuyo primer objetivo vital es enfrentarse a su destino y cambiar. Pero también es la historia de una madre que espera el eterno retorno de su marido (al contrario de lo que ocurre en el cine de Isao Takahata, en el cine de Miyazaki los adultos siempre vuelven, o aspiran a hacerlo), perdido en el mar aunque no lo sabe, al amparo de las estrellas, temporalmente alejado por motivos laborales del calor de aquellos que lo quieren encima del acantilado.
Miyazaki vuelve sobre sus pasos, sembrando su última película de imágenes espectaculares y secuencias oníricas, constituyendo un sano equilibrio entre una cinta que quiere ser, al mismo tiempo, épica (majestuosa e impactante) y lírica (sobretodo allí donde se muestran los quehaceres más cotidianos), y lo hace retomando las que son constantes de una filmografía (la amistad como motor que mueve el cambio; el túnel como puerta intermedia entre el mundo real y el fantástico; el constante anhelo de la naturaleza por conservar intacto el status quo; las extrañas máquinas –esta vez subacuáticas como en Conan, el niño del futuro- que siguen poblando el universo), definitivamente, extraordinaria, que apenas si admite pasos en falso o productos menores, aunque se travistan de formas infantiles, como es el caso.
Hayao Miyazaki retorna a la infancia para introducirse en su propio barco de juguete, navegar sobre una carretera cubierta de dinosaurios marinos o secarse con una toalla embadurnada de afecto y apego, respetando a los ancestros y a quienes los precedieron y a un ecosistema, tantas veces, destruido por la codicia de aquellos que desprecian los equilibrios. Para la retina quedan algunas de las secuencias más emocionantes de su filmografía, como el advenimiento de la madre de Ponyo bajo una radiante luz de luna cuya influencia en la marea no es una respuesta de ira sino de justicia; aquella que demanda esta sirena que no quiere serlo a pesar de que dicho deseo pueda llegar a poner en peligro el orden natural de todos los océanos. Y lo es, como siempre, gracias a la música, siempre inspirada, de Joe Hisaishi, quien compone para la ocasión una banda sonora preñada de efluvios wagnerianos (los mismos que atrajeron antes a Korngold o a John Williams), y soluciones operísticas muy al hilo de la propia estructura de una película entrañablemente hermosa, radicalmente absorbente. Una cinta que parece estar diseñada para otro tiempo, para otros públicos, tan alejada de otras versiones de La Sirenita (por ejemplo la de Disney) como próxima a los intereses estilísticos y argumentales de la Ghibli (y de Hayao Miyazaki, todavía, su principal sostén).
Ponyo en el acantilado es, en fin, una película delicadamente bella en cuanto a su forma, adulta, además, en su subtexto, dibujada para satisfacer a cualquier clase de público y fundamentalmente a ese niño que todavía sueña con sirenas, magia y encantamientos siderales. Una película, ciertamente, magnífica que debiera gustar tanto a los más pequeños como a aquellos adultos que los acompañan… sin olvidar que una vez lo fueron.
Lo más destacado: su delicada atención a los detalles más cotidianos.
Lo menos destacado: que su condición de película infantil llegue a restarle espectadores.
Calificación: 9,25










