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 La primera vez que supe de “8” de Raúl Cerezo no llevaba por título “8” sino “11”, y no era más que un proyecto improvisado, como el mismo cineasta confesara tiempo después,  tras una conversación casual vía msn con quien esto firma.  La idea primigenia respondía a nociones puramente kubrickianas (numerología, geometría espacial…) que, de forma sucinta, ocultaba en sus márgenes un componente social, sin duda el punto más transgresor de un argumento cuyos primeros brotes parecían dispuestos a virar, al menos conceptualmente, el sentido por el que hasta ese mismo momento había discurrido la filmografía del director, como bien sabemos, tradicionalmente desposeída de epítomes arquetípicos. Quizá buscando una liberación emocional, además de técnica, respecto de sus anteriores trabajos, el propio Cerezo me confirmaría meses después, cuando ya había dado a conocer la idea germinal a gente de su confianza (hablamos de mayo de 2006), que el proyecto, de pretensiones controladas (la duración no sobrepasaría los tres minutos, el plan de rodaje se reduciría al mínimo, etc),  respondería a lo que entonces se denominaba "cine de guerrilla” (hoy casi un anacronismo); el objetivo: microespacios internáuticos de amplia difusión pero escasa resonancia crítica (quizá debida a su condición de producto de "usar y tirar").  Cerezo prometió ese día varias cosas y, afortunadamente, sólo cumplió la última (y vaya si se lo agradezco).

Haciendo caso omiso a mis desacertadas observaciones de entonces, que abogaban por dar espacio en su filmografía a proyectos de envergadura menor cuya difusión a gran escala le proporcionaran un mayor renombre inter-pares, aquel “11“ prototípico quedó relegado al olvido rápidamente, al menos tal y como se concibiera en aquel momento, dando paso, sólo unos años más tarde, a este “8” cimbreante que ahora nos ocupa y que sólo hereda del anterior su idea de base: un cumpleaños, un deseo, un pasado reciente con el que ajustar cuentas;  de la diferencia entre ambas versiones, notable,  justamente es de lo que voy a hablaros en las siguientes líneas. 

Y es que “8” no es sólo mucho más de lo que “11” prometía, aunque se hubiera sido capaz de llevar a buen puerto las propuestas más viscerales que Raúl Cerezo insinuaba entre líneas, es la culminación evidente de un modo de entender el Cine, en su modalidad más corta, en el que cada plano (y cada composición de plano) tiene su sentido; los detalles se pulen hasta el hartazgo, también obsesivamente (no hay más que echar un vistazo a su making off); la narrativa se reinventa y se adecúa y se deforma y moldea al antojo de un director de orquesta que no sólo respeta sesudamente su entramado, también pone todo su esfuerzo para que dicho entramado llegue al espectador más inquieto en las mejores condiciones posibles. 


Ejercicio de estilo 

No tanto buscando un trabajo experimental (que tantas veces termina saboteado por soluciones narcisistas) como un ejercicio de estilo que al mismo tiempo que cuente una historia (la elección de “cuenta”, como verbo en esta frase, no es en absoluto casual) identificable como de género (o de subgéneros, habida cuenta su idiosincrasia), sirva a un propósito evocador previsto ab initio, Raúl Cerezo  e Ignacio Aguilar (como director de fotografía, uno de los principales activos de los que se sustenta el corto) conciben "8" a partir de constantes identificaciones visuales y atmosféricas de carácter nostálgicas, siempre con la década de los ochenta (o de últimos años de los setenta como se empeña en refrendar su carga cromática) como principal referente. Si en la reciente (y estupenda) Cabin in the Woods, Drew Goddard (convertido, quizá pretendiéndolo, en una suerte de émulo-puente entre Whedon y J. J. Abrams), manipula la memoria cinéfila del espectador (y los clichés a ella asociados) para completar, sinérgicamente, su propuesta filo-nostálgica, Cerezo y Aguilar evocan a la retina de ese mismo espectador recreando paisajes y atmósferas plenamente ochenteras en el plano visual, si no directa sí subrepticiamente reconocibles, desplegando todo un compendio de ornamentos narrativos y fotográficos tendentes a sumir en ese ambiente alusivo un argumento que es, pese a todo, profusamente atemporal, incluso ageográfico, en su concepción primigenia. 

Un musicometraje de terror 

La celebración (nocturna) del cumpleaños del pequeño de la familia actúa de catalizador de un entramado en forma de clímax cuyo prólogo, en justicia, podría haber pertenecido a una obra de mayor duración. Pervertida de elementos arcanos, casi siempre insinuados, que laceran y condicionan dicha reunión, la fiesta se ve rápidamente violentada por la irrupción sorpresiva de un conjuro en ciernes que amenaza con mutar, sine die, el carácter y personalidad del niño protagonista. Víctima de una dicotomía ingobernable que pretende hacer de él lo que la mitad de su familia quiere, el niño desafía a sus demonios internos (y también a sus deseos) frente a las velas de una tarta que encierra, en su naturaleza, una solución aviesamente reparadora. El argumento se (re)pliega, de este modo, alrededor de una decisión (el sacrificio de un padre que puede ser, igualmente, un maltratador o una simple víctima, la oveja negra de la familia o un quiste benigno que insidiosamente se empeñan los otros en extirpar), cuyos principales epítomes el espectador debe completar como bien quiera siguiendo el camino trazado por el director mediante sugerencias de indudable calado polanskiano. 

Preñada de resonancias musicales (hiberbolizadas convenientemente gracias a los efectos de sonido)  que remiten, al mismo tiempo, a la (proto)obra de Penderecki y a la  de Ligeti (no por casualidad, dos de los músicos habitualmente ligados a la filmografía de Stanley Kubrick), la composición barroca del valenciano Voro García (mezclada para la ocasión el equipo técnico responsable del sonido) engalana más que eficazmente  toda la narración, constituyéndose no ya sólo en la guinda de un pastel ya de por si suculento, sino en un segmento más que significativo (y goloso) de ese mismo pastel, tal es su grado de expresividad y alcance descriptivo. 

Autoría manifiesta

Escribía quien esto firma, tiempo atrás y a propósito de Escarnio, que en la obra de Cerezo "se destaca(ba), sobremanera, una composición formal severamente adulterada que reforzaba su condición de obra de terror personalísima, de cinta planificada y autoconsciente, subyugada por el protagonismo absoluto de la composición de plano y por un cierto regusto a cine de género que se niega a renunciar a su condición de (pequeña) obra de autor”. Es curioso que la mayoría de los valores allí descritos, entonces tan evidentes como hoy, se repitan, seis años después, en su siguiente trabajo, con una mayor perfección intrínseca si cabe, ofreciendo, por el mismo precio, una genial simbiosis entre fotografía, montaje (en paralelo, siempre in crescendo) y dirección, y un score musical en perfecta consonancia con las imágenes filmadas; ambos caracteres aproximan más a “8” al trabajo del animador ruso Garri Bardin que a los propios cortos musicales de Disney que parecen ser sus referentes; una rúbrica singularmente reconocible en sus dos últimos trabajos que, en segundo término, confiere a “8” de Raúl Cerezo ese cariz autoral que ya se atisbaba, más que someramente, en su obra anterior.  

No menos importante (e igualmente identificable en términos autorales) es la continua relevancia que, en sus guiones, asumen los objetos (amuletos auto-lesivos, cajas de regalos, llaves encintadas, joyeros que salvaguardan fotos ajadas, aldabas barrocas, tartas de cartón piedra, muñecos que encierran -más allá de sus costuras- cambios generacionales) que protagonizan la acción, así como la minuciosa proliferación de elementos (objetuales o no) de indudable ascendencia narrativa que enriquecen notablemente el entramado (las uñas afiladas, las manos huesudas, las miradas abyectas, las gemelas kubrickianas, las nieblas atmosféricas…), servidos en una mise en scène apabullante en la que cada plano (y cada detalle que aparece en él) adquiere por si mismo una considerable enjundia, lo que va a intensificar su disfrute en ulteriores visionados, más y cuando esa misma puesta en escena recargada se ve aderezada, vuelvo a insistir en ello, de un montaje in crescendo que dinamiza toda la acción.  

Quizá el rasgo técnico que más adecuadamente ilustra la evolución del propio Cerezo como cineasta incontestable es su control del tempo narrativo (de nuevo apoyándose en el montaje, pero también en el “fuera de plano”), no ya solo consintiendo en su narración jugosas rimas visuales (por ejemplo, el humo de las velas encadenado a la aparición repentina de la niebla), también demostrando un férreo control de la cadencia rítmica que exuda el corto hasta su misma conclusión, especialmente ejemplificada en la secuencia en el que el joven protagonista resuelve la dicotomía de marras.  Así las cosas, "8" termina por constituirse en el mejor trabajo, hasta la fecha, del director, y en uno de los mejores cortos del año (pasado); un cortometraje de apenas trece minutos de duración que no necesita en su desarrollo palabras extemporáneas ni elucidaciones subrayadas pero sí gestos y miradas cómplices de todos aquellos que lo protagonizan, y una dirección firme, y decidida, particularmente empeñada en manifestar la eficacia (y la excelencia) cinematográfica de la comunicación no verbal. Cine-Cerezo en estado puro; es decir, justo lo opuesto a lo que uno entiende por “cine de guerrilla”. 

J. P. Bango 

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gravatar.comAutor: carlos

Esta guay tu blog.
Échale si quieres un vistazo al mío.
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Un saludo.

Fecha: 22/01/2013 16:11.


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