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Historias de Cine: el escozor
En el cine siempre ganan los buenos, aunque sean feos y artríticos. Quiero decir, que la rubia de ojos azules a la que esperaba aquel hombre que se encontraba al otro lado de la calle asido a un ramo de flores no debería ser tan inaccesible como parecía, pues él era el bueno y ésta era su película, más y cuando por la mañana ella había aceptado su propuesta sin torcer el gesto, antes al contrario, regalándole una de aquellas sonrisas que solo saben pronunciar las ninfas, la más deseable de las cuales se acercaba en ese preciso momento moviendo de un lado a otro sus apetecibles caderas y su falda minúscula para deleite y disfrute de aquella camada de taxistas que esperaba, frente a la estación de metro, que salieran los turistas para darles “una vuelta” por Madrid.
Cuando le pidió dinero a cambio del sexo no podía creer lo que oía, es decir: ¿acaso no trabajaba ella en un banco?, ¿qué demonios hacía metida en la prostitución? Cuando recuperó el pulso y el habla expresó nuestro amigo su indignación pero ella seguía a lo suyo. “Acepto tarjeta de crédito”, concluyó mientras se vestía. Cuando el buen hombre la sacó, ella trató de ofertarle una Visa Oro, “con grandes descuentos para usted, faltaría más”. “Cortesía del banco” añadió, “y de su director, que también le tiene en buena estima”.
“Si quieres”, añadió por compasión ante el gesto circunspecto de aquel tipo, “el fin de semana podemos quedar de nuevo. Fuera del horario de oficina hago descuentos, más aún en tallas pequeñas”. Con una nueva punzada en el corazón se despidió el hombre de la puta, que volvía a su casa feliz y radiante y con doscientos euros más en su cuenta corriente. Salió del motel sin renunciar a aquella sonrisa ni a la comisión por haber contratado una nueva tarjeta de crédito. El hombre, sin embargo, siguió en la habitación sumido en la penumbra, con los pantalones bajados y con pocas ganas de subirlos.
Tardó un mes en volver al banco y cuando lo hizo, ella pareció no reconocerlo. Tras sus gafas de ejecutiva y su atractiva pose ahora no veía a una ninfa, como antaño, sino a una arpía, incluso cuando con su dulce voz le decía que el contrato de su hipoteca ya estaba aprobado a falta de los rigores de la firma y de una última reunión con el director que, cortésmente, ya le esperaba en su despacho.
El director del banco también se mostró radiante al estrecharle la mano, más aún cuando le ofreció su pluma para que firmara aquel contrato maldito que hipotecaba su futuro no menos de cincuenta años. Cuando el director sacó el tarro de vaselina y lo puso sobre la mesa, intuyó el cliente el siguiente paso. “Cuando quieras terminamos de formalizar el contrato”, rumió el director con un deje embebido de lascivia.
Y, entonces, nuestro amigo se dio la vuelta, agachó el orgullo, y apretó los dientes entre sí con tanta fuerza y aguante como pudo. En fin, cuando de niño soñó que sería protagonista de una de aquellas películas que veía por la tele nunca pensó que lo sería de una de Ken Loach.
Aún le escuece, vaya que sí.
Historias de Cine: ¡Menguando!
Envío a mi mujer a por cervezas y me encuentro, de repente, impregnado de una niebla de aspecto luminiscente. No volveré a pedir prestado ningún barco mientras haya orates sueltos descargando sobre el océano... ¡sus desechos radiactivos!
Las tallas grandes comienzan a acumularse en un armario dominado por el desconcierto. Día tras día, comienzo a darme cuenta de que el problema no está en la ropa sino en el tipo que se asoma a su espejo temeroso de advertir lo imposible: ver a un adulto disminuyendo.
Los galenos se muestran sorprendidos e impotentes ante la gravedad de una mutación de aspecto irreparable. Golosos ante la posibilidad de conseguir un gran éxito médico a mi costa, se aprestan a aventurar panaceas científicas capaces de revertir, o eso dicen, la insólita enfermedad que me asola. Pero mientras, yo desaparezco, entendéis: ¡desaparezco!
La prensa viene a verme pero ya no la necesito. Antes demandaba una cura: ahora un arma liberador. Huyo de mi casa porque ninguna otra cosa me alivia. Lo siento por mi mujer, víctima indirecta de una maldición concebida por el más impiadoso de nuestros enemigos: el azar.
Me encuentro con un circo y en él la respuesta que nunca quise hallar pero también a ella, que es como yo pero sin ira. En los brazos de aquella mujer enana encuentro un nuevo mástil en el que aferrarme en mitad de un naufragio de corte existencial. Pero es sólo un sueño en alguien despreciado por la normalidad: la enfermedad sigue su curso y mis células se han convertido en una especie en extinción.
Aprendo a vivir en un ecosistema donde los peligros crecen a medida que mis huesos adoptan formas microscópicas. Hoy me desperté en una casa de muñecas, embebido de rabia y destemplanza, dependiente -de nuevo- del afecto de una esposa que ya no merezco, tratando de reflexionar sobre mi presente, precisamente hoy que sé que puede que no exista el mañana...
Mi mujer cree que he muerto... ¡devorado por mi gato! Me gustaría que supiera que sigo aquí, vivo, ¡bajo el agua!, a punto de ser succionado por una alcantarilla maldita. Cuando cierran la puerta, siento en mis huesos el peso de desesperación más absoluta.
Ya no pienso en mi sanación sino en el modo más efectivo de mantenerme cuerdo, un par de días más, en el sótano de mi casa: así son las cosas en un infierno cotidiano donde los gigantescos pedipalpos de una araña custodian amenazantes la gran montaña de queso que mi estómago anhela conseguir...
La batalla se presenta desigual: ¡David contra Goliat! Pero esta vez yo soy David; mi espada: un alfiler de costurera; mi único aliciente: sobrevivir. Sin embargo, tengo una carta a mi favor: soy un hombre, es decir, nací para someter al Mundo.
Frente a mis ojos se pierde un jardín de corte bíblico, perfilado por montañas que dignifican la inmensidad. Espero a la noche y me regodeo del cosmos, de las estrellas, reflexionando sobre mi mismo, sobre mi condición, sabiendo, a fe ciega, que no soy polvo sino menos que eso. Yo diría que un átomo... Y en ese momento, lo comprendo, me oís...
¡Lo comprendo!

Historias de Cine: El superviviente
Hijo de una puta y un borracho. Lo de la puta lo sé seguro: quince hermanos de padres diferentes... Lo del borracho siempre fue una leyenda del barrio: dicen que ningún tipo hubiera querido hacerlo con mi madre sin mediar varios litros de alcohol de por medio. Puta... y fea. La hubiera querido más si no hubiera heredado la mitad de sus virtudes.
Bajito, regordete, pelirrojo y... feo: igualito que mi madre pero sin sus tetas. Pronto comprendí que no tenía futuro y me fui a una iglesia a buscarlo. Mal asunto: aprendí a rezar y a jugar a los trenecitos sin que necesariamente hubiera una máquina de vapor de por medio. Todavía me duele. Ese día prometí que no volvería a coger un tren sin cubrir mis espaldas. Una semana después extendí mi promesa: no volvería a matar a un catequista en Irlanda. Dos semanas después amanecí en el puerto de Southampton, medio hambriento, huyendo. Todos los barcos pequeños estaban ocupados y yo necesitaba cruzar el charco, y como el charco era grande...
No es fácil colarse en un barco grande pero una vez dentro tienes un montón de recovecos donde poder ocultarte. El principal problema es comer. Sobretodo cuando te das cuenta que compartes refugio con decenas de polizones y que los que no lo son pasan más hambre que tú. Había ladrones, pintores bohemios, músicos adictos al violín, niños y madres acurrucados en las bodegas de un barco que albergaba en su seno toda una ciudad, miseria y ratas incluidas.
Aleccionado por el hambre me convidé a sobornar a uno de tipos que custodiaban las puertas con la única arma que había cultivado en mi infancia: dando pena. El segundo día aquel tipo compartió la mitad de su almuerzo. Al tercer día ya disfrutaba de las sobras de uno de los restaurantes de primera. Estaba en el paraíso pero no tardé en descubrir que no lo merecía: una pala de críquet lanzada desde la parte de arriba por un millonario furioso incapaz de aceptar la derrota, alcanzó a mi benefactor en el centro mismo de su despoblada cabeza, matándole en el acto segundos después de haberme dado mi última ración de comida... Aproveché el oprobio para atracarme sabiendo que iba a ser la última vez que me alimentaba y quedé dormido en el acto deseando despertar junto a la estatua de la libertad, más que nada, para dejar de vomitar todo aquello que comía diez minutos después de haberlo ingerido.
En fin, que dormía a pierna suelta (esto es un decir, dado lo angosto del refugio) cuando el gran estruendo me despertó. Cuando lo hice estaba atrapado en el muslamen de una señora gorda que no paraba de ladrar. Nadie sabía lo que pasaba pero todos buscaban una salida aplastándose los unos contra los otros. Incluso el agua buscaba la salida. Descubrí sus intenciones y la seguí dejando que me llevara hacia el abismo.
14 de abril de 1911, noche: seguía respirando. Flotaba en el agua divisando a todos los supervivientes cuyo destino había tenido por bien subirlos a una de aquellas barcazas antes que a mí y me invité a mirarlos con semblante de gato apaleado buscando una respuesta noble que sacara mis helados huesos de aquel maldito infierno. Cuando la niebla hizo su aparición yo dormitaba sobre el agua, seco y desabrido, pensando en comer como siempre: luego vivo.
Un chico rubio, aterido por el frío y con ganas de hacerse el héroe pacía en el agua junto a una barca. Sobre ella, una joven de aspecto aristócrata sollozaba a duras penas viendo como aquel tipo de cabello blondo y modales de herrero se congelaba en el agua por salvarla. Creían que era amor pero lo cierto es que una vivió y el otro no. Y el tercero, osea yo, contaba las estrellas entre la neblina aun a sabiendas de que aquel imbécil hubiera encontrado un hueco en mi barca si a mi se me hubiera ocurrido encoger las piernas. Y es que, amigos, estaba escrito que en esta historia debía ganar... el feo.
Aunque ningún productor de Hollywood quiera gastar sus cuartos para contarlo".
HDC: Otra Tuerca Vuelta
Los otros son ellos. Y nosotros, fantasmas sin futuro morando en esta casa que nos pertenece. Nada es lo que parece. Si le llamas tres veces tardarás en deshacerte de él: ¡zumo de cucarachas cuentachistes!
II
Un llanto al final de una escalera donde habita el miedo y el pasado; un crimen sin resolver invocando justicia; un padre poseído por un espíritu macabro; y un hacha; y una puerta que se cierra y otra que se abre en mitad de una noche tapiada de árboles que golpean ventanas, de televisores que secuestran a las niñas.
III
¡Barcos, casas, estancias asoladas por cadenas que se arrastran; sombras que soportan un hondo pesar, luces al otro lado de la puerta! Niños que sólo ven a los muertos, mujeres canijas adictas a los seriales televisivos, viejas que se esconden en un armario, negras con iare de Celestina, puentes entre dos mundos, sin ojos, Y escalofríos, muchos escalofríos, en el cuello de la futura víctima.
IV
Pianos, sí, también pianos; pianos que suenan cuando no deben sonar; cuadros de los antepasados, rasgados, mirándote; cortinas que se abren y cierran inducidas por el miedo y tú y yo abrazados en el sótano... por si acaso.
V
Y tú. Pobre cabrón que no cree en fantasmas condenando a tus hijos una eternidad poblada de ellos; y ella, pobre institutriz educada en los designios decimonónicos del victorianismo, creyéndose culpable de su muerte...
Para siempre.
Historias de Cine: El Rey de la Selva
(Esperemos que el bueno de Jackson consiga hacerte justicia)
Suenan tambores de reclamo en un horizonte preñado de teas que arden al abrigo de una empalizada donde creen permanecer a salvo de mi figura. Y frente a sus hogueras de miedo, un puñado de vírgenes tiemblan esperando que un rugido las libere de unas ataduras a las que las condena la comunidad que mañana mismo comenzará a llorarlas, y a la que, sin embargo, salvan manteniendo otro año más una tradición secular de aires supersticiosos. Piensan, dominados por el terror, que pueden permanecer guarecidos de un Dios que ellos creen impiadoso; sin embargo, yo no soy un Dios sino un animal, más que eso: necesito amar. Y ellas no son sino un juguete en las manos de un monstruo incapaz de comprender su naturaleza y condición; un monstruo, digo, ¡un monstruo...!
Pero todo cambia con la presencia de ella: una hembra blanca con el pelo bañado en oro acompañada de otros tipos de andares altivos y pose arrogante. No tarda en convertirse en mi obsesión y los otros lo saben. Por un lado, la deseo. Por otro: los temo. Pero no me importa. Los ojos de la hembra son un regalo del cielo en esta selva necesitada durante tantos años de alguien que alterara sus normas prehistóricas. En mi mano ya no es un juguete sino algo más. Lo sé. Algo más. Y ella muestra en su rostro el gesto de quien creyéndose herida todavía se niega a renunciar a su condición de bella dama, de hembra seductora e irresistible.
***
No sé lo que ha pasado. Me he quedado dormido y hoy mi cuerpo yace postrado en el interior de un receptáculo en el que me cuesta respirar. Me mareo. Tengo que despertar de esta pesadilla que me cubre de pescado y desasosiego, que oprime mis pulmones y ahoga mi anhelo de estar con ella... otra vez.
Ya no son antorchas sino luces de una naturaleza que no percibo las que prenden frente a mi rostro. No sé donde estoy ni qué es lo que vitorean aquellos que esperan tras las cortinas. Cuando se abren, una ingente cantidad de pequeños monos de tez blanca expresan su temor con un repentino silencio. Pero atado en esta plataforma gigantesca, ahora soy yo el que les tiene miedo. Pero el miedo puede vencerse. Siempre ha sido así. De repente, echo de menos la isla que me vio nacer, la libertad, rodeado de estos seres que asisten a un espectáculo que, os aseguro, no olvidarán jamás. Por lo pronto, me deshago del primer cordaje. Y grito porque no tengo otra manera de demostrar mi hostilidad contra aquellos que financiaron mi secuestro.
Huyo sin saber adónde. Destruiría su poblado si consiguiera ver, al menos, su final. Pero su frontera se rebela inalcanzable. Si tuvieran hechiceros podría negociar una rendición, quizás mi exilio. Pero no tiene hechiceros y no dejan de perseguirme. Y mi único propósito sigue siendo regresar a casa.
Exhausto pero todavía íntegro, he conseguido alcanzar un refugio cerca del cielo.
***
Ella. Otra vez.... Otra vez en mis manos. Y no tiene miedo. Si pudiera convertirme en uno de ellos lograría escabullirme entre una multitud que asiste, curiosa, al linchamiento de la bestia que todos ven y que únicamente yo siento, pero solo soy un animal enamorado que teme que puedan hacer daño a aquella a la que una vez deseé. Su hermoso y pequeño semblante corre peligro junto a mí, así que lo pongo a buen recaudo y me entrego a mi destino en esta cima sin salida en este día maldito en el que nunca debí haber despertado. Entonces algunos de ellos comienzan a revolotear a mi alrededor, insensatos. Son abejas gigantes que escupen aguijones contra un pecho derrotado por el desconcierto.
Ahora yazgo inconsciente en el suelo de una jungla de cristales y asfalto. Y mi corazón muere lentamente, lentamente...
Enajenado
La montaña:
Después de tantos siglos condenado a vagar sin rumbo por las servidumbres de la inmortalidad, me encuentro de bruces con mi futuro enmarcado en una foto rebozada en bronce y plata, la imagen de una ninfa atrapada en el tiempo cuyos designios -me dice, incauto- le pertenecen en exclusiva... Le costará salir de los míos, eso puedo jurarlo.
La Guerra:
Acopio enseres: ropajes, sombreros, tierra de mi tierra, un baúl plagado de recuerdos..., y me embarco rumbo a lo desconocido esperando recuperar en mi destino el vestigio de un amor proscrito; un recuerdo hermoso arrebatado por una guerra proterva financiada por mercenarios al servicio del Dios que hoy me repudia.
La Tempestad:
Llueve. No puedo eludir la zozobra que me provoca la necesidad de alimento y tengo que salir fuera para satisfacer el instinto que define mi condición animal. Vomito sangre entre la tormenta, embriagado por las almas que he de someter para seguir manteniendo a buen recaudo la mía. Pero cada vez estoy más cerca de ella. Podría detener la tempestad si quisiera.
La linterna mágica:
Rejuvenecido, paseo por las calles de una ciudad mestiza donde los viandantes se confunden con bellas damas y los lobos blancos campan a sus anchas en salones de té tumultuosos junto a una linterna mágica que estrella contra una pared... fragmentos de las vidas de otros. Ahora sé que todo es posible estando ella tan cerca de mí.
La Princesa:
No sabe que ya es mía. Disimula su condición de hembra enamorada hablándome de los suyos, de dudas y recelos que dice tener, de esperanzas forjadas sobre el trabajo de un gris empleado de inmobiliaria. Me considera un desliz furtivo, un hombre exótico y aventurero, un príncipe de cuento enajenado, mientras bebe otro trago de absentha al compás de la música prohibida. Sus ojos reflejan los restos de la hermosa princesa que un día fue.
La niebla:
Convertido en niebla, atravieso la puerta esperando un encuentro con su presencia, compartir mi carne con ella, hacerla partícipe de un juego donde siempre pierde el inmortal. Ellos no lo comprenden e interrumpen el momento de éxtasis donde una vez compartirmos la esencia hemoglobínica que una vez nos concretó. Atraviesan la puerta con brusquedad: tratan de salvarla, ¡arrebatándomela! Pero en la noche yo soy más que una bestia. Su cruz, un vestigio pretérito en vías de extinción.
Recuerdo:
La llamo. Arrinconaron mi presencia en la ciudad mestiza, robaron mi tierra, mataron a los míos... No quiero venganza pero sí a ella. Vuelvo al hogar herido en una batalla en la que hace tiempo debí haber participado y sé, a fe ciega, que vendrá tras de mí. La noto. No moriré sin verla otra vez.
El Sol:
El último estertor de un día maldito se asoma sobre mi cabeza segundos antes del anochecer. Me defiendo como puedo rodeado de unos tipos que no saben por lo que luchan, lo que tratan de evitar. La última punzada sobre mi corazón me arroja contra sus pies en una capilla feérica que rebela mi verdadera condición: la bestia humillada que siempre fui.
Redención:
Regados en lágrimas contemplamos el techo que una vez sirviera para proteger nuestra lealtad. Tengo frío. Mi cabeza yace muerta sobre los muslos de ella. Pero no muero. Y no lo haré mientras todavía quede alguien que pueda sentir mi muerte. Pero no muero. Porque el amor, simplemente, nunca muere.
La eterna espera
Yo vivo en un planeta donde la eternidad se manifiesta segundo a segundo. Y yo no puedo morir para superarla, al menos en mi estado embrionario, cuando mis tentáculos reposan dentro de un cascarón ovoide esperando -este es mi sino- la siguiente etapa evolutiva. Para que se produzca este salto liberador a uno de ustedes se le tiene que ocurrir aterrizar en mis dominios, hollar el terreno que una vez pisaron mis antepasados y meter sus narices, literalmente, en el casco de mi nave espacial buscando lo que no hubieran querido -de saberlo- haber descubierto jamás.
Cuando viene a verme una camada de astronautas incautos, las emociones que uno siente por dentro se asimilan a un orgasmo. No. No me mal interpretéis. Mi deseo de carne no tiene nada que ver con el sexo sino con la supervivencia. La sangre me regenera, me convierte en una supraespecie voraz, letal y atlética. Y ellos suelen llegar colmaditos de templada hemoglobina...
Me convido a pasar a mi tercer estadio en cualquier receptáculo orgánico que me permitar asimilar substancias vitales: plasma y líquido amniótico. Salgo después de él, por donde puedo (nunca de manera discreta), y comienzo a estudiar a mis futuras víctimas; las cuento: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... No me gustan los gatos. De momento soy pequeño y huyo. Mañana seré más grande y les plantaré cara. Sólo necesito sus vidas y, a mí, nunca me asustaron los lanzallamas.
Los he devorado a todos. A todos, menos a una... Una hembra. Ella cree que me ha matado. Pero sólo yo sé la verdad. Vuelvo a mi latente estado primigenio: la perpetua e insobornable espera.
Cada vez estoy más cerca de vuestro utópico planeta azul. Y vosotros, víctimas potenciales de mi voracidad, a un paso -sólo uno-, de la extinción.
Aterrada
Había pensado en coger la llave de la habitación y cerrarse por dentro. Pero sabía que él se colaría por el ojo de la cerradura y que se ensañaría con ella como había hecho con aquella niña de la tele.
Le aterrorizaba pensarlo. Había comenzado a oír los ruidos en el desván hacía unas semanas, justo después de que su padre hubiera partido hacia la estación petrolífera. Su madre y ella habían buscado por todos los rincones del desván buscando señales de actividad de algún animal y aunque había venido un hombre de la empresa de su padre para certificar que no había ninguna rata, los ruidos cada vez eran más intensos. Sobretodo por la noche, pensaba la niña, sobretodo cuando su madre se iba a trabajar...
A la semana ya se había acostumbrado a los ruidos pero podía sentir su presencia. En los espejos, en los azulejos del cuarto de baño, tras las ventanas... el reflejo de aquella entidad dominaba todos los rincones de la casa. Y sus pensamientos.
Después vinieron los dibujos. En realidad, ella no se acordaba de haber realizado ninguno de aquellos dibujos pero su madre y su maestra se habían alarmado tanto por su contenido que ella misma se empezó a preocupar. No recordaba haberlos hecho, pero todos tenían su firma, estilo, color...
Sólo recordaba la voz. Esa voz tan aterrorizadora que aunque había pensado en meterse dentro del armario para esconderse, sabía que acabaría encontrándola. Esa misma noche o mañana. Se lo advirtió a su madre el domingo por la tarde:
- Me pasará lo que a aquella niña, la de la tele, la que giraba la cabeza sobre una cama. El diablo se meterá dentro de mí. Me hará daño. Y te haré daño, mami. Lo sé. Él me lo cuenta. Él lo sabe todo de nosotras. Y dice que tú eres nuestra peor enemiga.
La madre, ingenua, pensaba que no tenía que haberla dejado ver aquella película.
El hombre inexorable
En la suma de desahogos impostados que iban forjando su experiencia vital, ese, el ver Cine a granel, se había convertido en su hábito más reconfortante; una necesidad artística exigida por su intelecto como respuesta a una realidad más deshumanizada y codiciosa; una realidad maldita, pensaba cada amanecer, donde los buenos sabían que los malos siempre se acababan llevando el mejor de los botines posible. Sí. A su mujer también, no os riáis...
Pero a la salida del Cine todo volvía a ser igual que siempre. Sabía que seguía vivo porque las horas de su reloj no dejaban de fluir, las dudas comenzaban a aflorarle, el ruido asolaba a su cerebelo. Un fuerte dolor estomacal interrumpió sus pensamientos.
A su mente le llegaban recuerdos de esa infancia que tanto añoraba. Deseó, entonces, haberse lanzado de bruces, escaleras abajo, como aquel niño del tambor de hojalata, con la esperanza de revertir la inexorabilidad, la vacuidad de una existencia desencantada y rutinaria. El día que comprendió que el Cine se había convertido en el último reducto de su cordura ya era demasiado tarde...
Hoy pasa los días en el frenopático, jugando al bridge con las cuidadoras, ganándole los cuartos al futbolista retirado, riéndole los chistes al biólogo pro-apocalíptico. No ha vuelto a ver una película, ni el cine ni la tele, y la sonrisa vuelve a formar parte de su cotidianidad.
Ya no le importa el paso del tiempo, los cuernos de su mujer, la mirada seductora de la taquillera del Cine, la terquedad inagotable del tempus fugit. Sabe que Bruce Willis, el hombre del futuro, pronto vendrá a rescatarlo.
Pensamientos furtivos frente a un espejo (de cine)
Pensamiento 1º:
Escribir es un proceso delirante. A veces sirve como válvula de escape, una brizna de fantasía que ocupa parte del tiempo que debería ocupar en pensar. Pensaré en ello cualquier día de estos...
Pensamiento 2º:
Sólo conozco una certeza. Soy la única persona que estará conmigo el resto de mi vida. Por eso firmé un pacto de no agresión; para cumplirlo debemos llevarnos bien, tú y yo, espejo mío.
Pensamiento 3º:
Decisiones. A veces hay que tomar decisiones. A la mayoría de gente se le activa un mecanismo de refuerzo en su cerebelo que le ayuda a soportar la carga de la decisión; liberados de ella, se autoconvencen para vivir, desde entonces, en el creencia de que acertaron... Yo siempre tomo la decisión contraria a mis propios intereses. ¡Y el jodido mecanismo cognitivo no me funciona!
Pensamiento 4º:
Me aburrió soberanamente la película que vi anoche. Pero volveré a verla. Quizás porque no tenga una mejor cosa que hacer. Quizá porque no tenga nadie con quién vivir... una alternativa más gozosa.
Pensamiento 5º:
Estoy triste. La tristeza es una sensación contradictoria. Me lo hace pasar mal y a la vez me da sueño. Y soñar es reconfortante. Si al menos fuera una depresión me alimentaría a base de pastillas y miraría a la ventana y te vería a tí, querida, regresar con tus buenos modales, con tu sonrisa ineludible y seductora... en lugar de a Gorcha y sus ojos rebosados de ira. Pero no estoy deprimido, ay.
Pensamiento 6º:
Tengo fiebre. No sé cuando empezó pero ya forma parte de la familia. Cuando la peña viene a verme hablo de mí en plural:
- Hoy no podemos salir.
- ¿Quienes?
- Mis virus y yo, por supuesto.
La decisión:
- Iré contigo.
- ¿A pesar de ella...?
- Claro. A pesar de ella.
- ¿Por mí?
- No. Por mi.
- Oye, ¿te desperté?
- No.
- Te daba voces y no me contestabas...
- Pensaba, nada más.
- Me ducho y nos vamos, ¿vale?
- Vale.
- Oye, que si te molesta no vamos hoy. Parece que te estoy obligando...
- No, no. No me molesta. La de Bridget Jones está bien.
- Te quiero, cari.
- Yo también a tí, vida mía.
La Pluma y el Guionista
Se levantó durante los últimos 50 años de su vida a las seis de la mañana, y cada día, minutos antes del amanecer, dirigía sus pasos hacia aquel hotel, saludaba a uno de los recepcionistas, y se introducía en el ascensor, convenientemente uniformado, para comenzar su tarea diaria. Sus huesos se rodeaban de un gran cajón de hierro forjado, acabados de latón, adornos decimonónicos. Su oído se había acostumbrado al chirriar de los engranajes, al ruido del abrir y cerrar de unas puertas que databan de más de un centenar de años. Su gesto afable, su sonrisa cómplice, sus infalibles pronósticos del tiempo, le habían granjeado una gran reputación incluso en otras ciudades y hoteles. De los tres ascensores con los que contaba aquel hotel, el suyo siempre era el más utilizado. Una mañana de octubre le dio por morirse entre la planta cuarta y la quinta. Aquella vez no le acompañaba nadie.
El ascensor no había constituido una parte esencial de su vida: había sido su vida. De arriba a abajo, de abajo a arriba, había acumulado miles de kilómetros y, en realidad, nunca se había movido del sitio. No le importaba. No le importó. La leyenda cuenta que murió con una sonrisa en sus labios aviejados.
Cuando alguien propuso hacer de la historia de aquel ascensorista una gran película, al productor le dio un ataque de risa de tal magnitud que el ingenuo guionista tuvo que llamar a su secretaria para que lo volviera en sí. Si en aquel momento hubiera estado fumando uno de los habanos a los que tanto estaba acostumbrado se lo hubiera tragado sin remisión. "¿A quién le importará la historia de Nadie?", bramó. Y volvió a reír, más comedido, mientras se alejaba.
El guionista, viéndose rechazado una vez más, se condenó a escribir guiones de teleseries de por vida. Aquella misma noche, una de esas noches de diciembre donde los turrones se confunden con manjares y las tristezas emergen de lo más profundo de uno mismo, llegó a casa, se abrazó a su esposa y desenvolvió el regalo de su cumpleaños con una cierta apatía. Aquella pluma ornamentada con ribetes dorados, tan hermosa, había estremecido su corazón. En aquel momento supo que nunca la utilizaría y que si lo hacía, únicamente lo haría por dinero.
No supo reprimir el llanto.
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La leyenda del Director solitario
Miraba a su alrededor y tardó en dejar de hacerlo. Miraba a todos los lados por si acaso se la ocurría volver, esperanzado, pero los rincones eran demasiado oscuros allí donde sólo había lugar para la pantalla y en la tristeza, cuando a uno se le apagan las emociones, las princesas se niegan siempre a regresar.
El clímax seguía in crescendo y las carcajadas saboteaban el visionado de esa puta obra maestra. El público y el director habían soñado dos películas distintas pero a todos parecía gustarles. Los críticos repudiarían sus virtudes y sus colegas le odiarían a muerte: entre todos conseguirían hacerle rico, más rico, al menos mientras todos esos siguieran riendo a mandíbula doliente. Y lo hicieron durante media hora más y después tras una pequeña pausa, y en estos intervalos, lo siento, tampoco a ella se la ocurrió dar señales de vida.
Si el productor hubiera podido sacar el puro que guardaba en el bolsillo de su chaleco hubiera vomitado su humo por toda la platea, feliz de contagiar a todo el mundo el virus del éxito, el virus que había heredado de un abuelo aficionado a los tejemanejes ínclitos a la linterna mágica. ¡Demonios...! Ese niñato recién llegado de la televisión estaba a punto de hacerle un nombre en una industria a la que le gustaba trepanar cabezas más que a un divorciado quemar fotos de boda. Ay. Pero ella no volvía, ¿verdad, Sr. Director?
Sintiéndose nuevo millonario pero sólo, nuestro amigo apenas contestó una pregunta en la rueda de prensa, acudió al baño con premura, se sacudió como pudo el carmín de todas las putas que se le habían arrimado en la fiesta y volvió a casa con la sensación de no haber disfrutado como debía el enorme éxito obtenido por su película. Habituada, como estaba, a los finales felices por imposición de sus productores y guionistas (que no se sentían muy a gusto con el riesgo) le costaba aceptar ese final para si mismo y, bajo la lluvia, en aquella noche aciaga donde incluso los trasnochadores se negaban a aparecer, se preguntaba porqué, ¡porqué!, entre todas las mujeres que había conocido, seducido y follado a lo largo de su vida se había ido a enamorar de una a la que no sólo no le gustaba su cine, ¡el Cine, señores!, sino que encima no perdonaba -ni uno sólo- de los partidos del madrid en Champions...
Desde ese día, enclavado en la poltrona de los directores antojadizos, renunció a acudir a los preestrenos los miércoles por la noche. La leyenda nos cuenta que lo hizo por amor. Vosotros, ¿qué creéis?
La Historia del Martes que fue Lunes
Pero la luminosidad de aquel día era lo único que había cambiado: un desayuno liviano, una caminata sin sentido, un ordenador que no se dejaba utilizar, esos ojos castigados por la petulancia de unos rayos que sólo mi gato sabría ver. Y hambre a media mañana. Y llamadas de teléfono que nunca querrías atender. Y números, y más números, dónde debiera poner: esperanza, anhelos, oportunidades, lucidez, arrojo…
¿Qué de quién es el coche gris del aparcamiento…? Pues, el mío, por supuesto.
Miles de fragmentos de cristal esparcidos por el asfalto en aquel martes que parecía lunes y una luna que no era luna y unos ojos fuera de sus órbitas que comprobaban, entre sorprendidos y sarcásticos, la perversa puntería de aquel chinarro maldito, la cobardía probada de aquel que sólo había dejado por rastro las huellas de su vehículo, ¡el acelerón maldito que había quebrado en un suspiro mi recién lavado… cristal del coche!
Y un seguro que te da largas y otro que te da risa y unas llamadas que no cesan y las que tú haces y te importan ¡no las cogen!, y unos números que te delatan como el más torpe entre los torpes de cuantos gestores de algo has conocido, espejo mío, en aquella siniestra mañana…
Y el día no se enderezaba rodeado de nervios y desesperanzas, suspiros que no merecía, quebraderos de cabeza provocados por aquellos que se saben epicentros de cualquier mundo donde los favores se confunden con exigencias, la cortesía con descortesía, la humildad con servidumbre… ¡Ay!
Llegué a casa, por descontado, cené pescado y por descontado: me sentó mal. Ganó el Barça, se murió un pez, se me cayó el mando a distancia, ganará Bush, ¡me seguía doliendo el jodido cuello…!, y me arrellané en el sillón con la esperanza que esas dos gotitas de cianuro conseguirían allanarme el camino hacia la extremaunción, allí mismo como estaba, en las mismísimas Puerta(s) del Infierno de Teinosuke Kinugasa.
Gracias amigo Garci por salvarme el día.
Historias de Cine III: The End
Ya dejasteis de vivir como propias las experiencias idealizadas de otros, los duelos y abatimientos de los que tú, amiga, nunca podrías salir sin mi ayuda y en el pasillo, te acuerdas de recuperar las prisas, salir por la puerta de emergencias, vomitar tu odio en el aparcamiento tras los huesos de un conductor novel que, efectivamente, no parece ser muy hábil al volante…
Y bajo vuestros pies repudiáis los restos de una vanidad que antes había sido un sabor salado, algo caliente, y un bote de cola con hielo y pajita, condenado a perdurar sólo hasta que a la salida, seducido por los colores y el ruido, por los gritos de unos niños que aprenden la doctrina del consumismo, te acuerdas de esa moneda, ay, y de esa caricia que el otro día te regalaron cuando en una situación parecida… la invitaste a otra bolsa de palomitas.
Y aquí quedo yo. Con la escoba en una mano y mis lágrimas, enjugadas, en la otra, esperando en la penumbra de una sala desalojada de sueños que este director presuntuoso del que tanto hablan se haya dignado esta vez a poner tras los dichosos títulos de crédito que sólo yo veo, el destete de la protagonista que anunciaban en aquel chat de internet.
Precisamente hoy que soy consciente, más que ningún otro día, de ser una de aquellas ficciones autocomplacientes de la que tanto acostumbran a crear estos personajillos engreídos y sin talento que pululan por la red de redes creyéndose, ingenuos ellos, que alguna vez vivirán de su saber cinéfilo…
Escenas de una sala de cine
Siempre merece la pena... Por eso: un fotograma que convulsiona a tus sentidos, una remesa de momentos inolvidables, secuencias o diálogos, músicas o hallazgos visuales, emparentados con la genialidad, restos de talento, en definitiva, que se posan sobre el celuloide más inane para construir, con alguna premisa sugerente, una película memorable, una ficción capaz de sublimar las sensaciones, de repletarnos de quietud, terror, o fascinación, a cambio de dos horas de nuestro tiempo... representa una buena inversión. Si señor. Y nunca me arrepiento.
El cine necesita la oscuridad tanto como James Bond su pistola... Y lo mismo respecto al silencio. Todo lo que no es oscuridad y silencio lo distrae: aquella niña preguntona que no entiende por qué, “¿por qué mami han enterrado a esa señora”?; el movil de la otra y los mensajitos, y el ruidito y el vibrador... (del móvil); la luz del acomodador en tus narices, una voz: “la una y la tres libres... las dos siguientes son las vuestras” y tres o cuatro sombras y sus vasos de cola intercediendo entre la pantalla y mis expectativas; esas risitas ante una escena repleta de crueldad adicionadas con un “toooma geroma!!”, ¡demonios!, ¡hay una linea verde que atraviesa la pantalla...! Y no se quita...
¿Quién es más culpable?, ¿la niña que no sabe porque enterraron a La Novia o la madre que la llevó al cine? Bueno, teniendo en cuenta que en la primera parte, hubo quien dejó a su hijo, y a toda la cuadrilla de preescolares que le acompañaban, en las primeras butacas precelebrando su fiesta de cumpleaños (literal), el asunto de la niña no es tan grave. Sobretodo si cuento que, tras el film, la niña explicaba a su madre (con pelos, señales y un sentido de la lógica aplastante) el entramado de todo lo que acababan de ver y, más aún, su moraleja. Mientras la madre abrazaba más fuerte a su pequeña -loando su precoz ingenio-, a uno le costaba disimular una sonrisa a hurtadillas de tan singular muestra de afecto: la niña orgullosa de su logro y la madre incapaz de admitir que, efectivamente, no se ha enterado de nada de lo que ocurrió en la última media hora. ¡Y eso que todos estuvimos callados!
¡Ay...!, ¡qué grande es el Cine!
Historias de Cine
Y sin que sirva de precedente y por seguir con la rutina: Hasta la próxima y a disfrutar del Cine!
ARWEN.
"¿Cómo empezar? Supongo que hablando de cine. Entonces sólo queda abrir los ojos y dejarse llevar a un supramundo delicioso donde la imaginación seduce y las imágenes perturban, justo allí, ya sabéis, donde las aventuras se advienen como propias y los besos ( per)duran todo lo que tienen que (per)durar.
Y donde los malos rara vez ganan…
Y donde los buenos se llevan siempre el mejor botín…
Y donde los sueños presumen de realizables, frente a una fila de butacas sedientas de sangre, expectación, amor o aventura.
¿De qué otro modo, sino, podríamos hacer nuestros, sus anhelos? Leí una vez que las películas se (con)forman de deseos; yo quiero, él quiere, ellos quieren: un botín de oro, a aquella belleza pelirroja, el fruto de sus desvelos, a Mina Harker, llegar a buen puerto, ¡a un puerto al menos!, regresar a casa, retozarse en el barro…
Si fuera el Doctor Mabuse querría dominar el mundo y, por extensión, poner a sus gentes a mis pies; si fuera el Teniente Coronel Kilgore…disfrutaría oliendo NAPALM una mañana más al tiempo que uno de mis subordinados, con problemas de corazón, se dedica a rescatar orates de su selva particular…
Y gozar de aquellos labios imposibles…
Y compartir canciones de amor con un robot de pose arrogante y aviesas intenciones…
Y revertir el destino de los condenados, claro, ¿cómo no?
“ Este niño te mira mucho”
Dice ella: “Que mire todo lo que quiera”
En Teoría del guión de Cine se llama peak al momento álgido donde las emociones alcanzan una gran intensidad (una cota elevada), y entonces sólo puedo pensar en Johnny Guitar arrastrándose por el puente para salvar el cuello de su amada, y en ti también, querida , cuando el bueno de Kong sacrifica su vida el lo alto del Empire State Building para salvar la tuya.
Y, ¡ay!, en ese tren empujado contra el túnel dirección norte- noroeste…
Y, ¡ay!, en esa colección de planos breves que idealizaba el asesinato fílmico con una cortina de baño como mudo testigo.

Fellini lo llamó recuerdos, ¿recuerdas? Me gustaría ampliar mi memoria para rescatar lo mayestático de lo bueno, la emoción de la imagen, la esencia del arte…
Y el amor del sexo…
Y la paz de la guerra…
Y el deleite de ese plano…
No sabemos cuándo, cómo ni dónde sucedió la primera vez pero a aquel vouyeur que admitió, sin deshonra, su condición de tal, debió divertirse tanto con las vivencias de sus vecinos que no dudó el hacerlas públicas. Primero, se envenenó de épica; después, hizo lo propio con la poesía, la prosa, el teatro. Cuando se inventó la Fotografía, y después el Cine, debió morir de un ataque de éxtasis. Para los demás dejó la fascinación de hacer nuestras las vidas, aventuras, desdichas de los otros. Cuando los guionistas envolvieron a aquellas historias ficticias o idealizadas de artificios y efectismos ya era demasiado tarde para desenganchar a los millones de personas que había hecho del Cine una (su) pasión irrefrenable.
“ No es que tenga miedo a morirme. Es tan sólo que no quiero estar allí cuando suceda”
Gracias Woody, pero no es para tanto. Todavía me quedan neuronas y buen gusto, letra fácil y más ego del que merezco…
Y fuerzas, ¡ay!
Y ganas, ¡ay!
Y mucho ( y gran) Cine que ver.
¿ La enfermedad? Supongo que no hay nada peor que sentirse protagonista de una película de David Cronenberg, rodeado de batines verdes y rostros de pesadumbre, encontrase en el espejo los síntomas de una degradación física y psíquica; lo bueno es que aquellos no te tienen a ti… espíritu del río, otra vez: gracias.
Si supiera utilizar la elipsis como recurso narrativo no haría falta que explicitara lo que quieren decir mis ojos. Pero yo no soy John Ford, ya lo sabéis, y no tengo muchas más aspiraciones. Sin embargo, puedo proyectar mi sombra contra una pared cualquiera, no me dan miedo los ajos, me bebo el agua bendita. Si veis a Van Helsing por allí no le digáis que me habéis visto, y si lo hacéis, decirle que se venga con Kate Beckinsale. Acabará conmigo de todas formas pero, al menos, podré preguntarla, de primera mano si de veras no se rió a carcajadas cuando leyó su papel en Pearl Habour.
¿Exposición desordenada? ¿Alguien de aquí ha visto Reservoir Dogs? Los tres actos (Introducción, nudo y desenlace) de la narrativa clásica se adaptaron al Cine de acuerdo a los dictados del pragmatismo. El Cine tampoco se atrevió a transgredir una técnica narrativa que llevaba más de tres mil años funcionando. Y si nos gusta Memento es porque a pesar de su apariencia transgresiva mantiene íntegra esta estructura pero al revés, ya sabéis, como un espejo; un espejo fascinante…
Como el Cine, si…
Como el Arte, si…
Como aquellos ojos, si.
Esa mujer lloró. Apenas si alguien más pudo darse cuenta pero yo lo ví: lloró. Lloró protegida por la oscuridad de una sala que nos atrapaba a unos cuantos. Entonces no me dí cuenta de que el maquillaje ocultaba sus mejillas amoratadas, sus labios rotos, la empatía de su rostro pensando “ No le des tus ojos, niña, nos los merece, niña…”
No los merece.
¿ Sabes? Yo ideé esta película y por orgullo me reservé el papel de bueno, y en mis historias, y mientras nadie demuestre lo contrario, los buenos siempre ganan. Ganaré…
Manque cueste.
Manque tarde.

Por vosotros."










