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Avance
“Tengo que mostrar las cosas porque estoy mostrando cosas que la gente no podría imaginar. Si las hubiera puesto fuera de cuadro, no existirían. Si usted está hablando de disparar a alguien, o cortar gargantas, puede ponerlas fuera de cuadro y la audiencia tendría alguna idea de lo que está sucediendo. Pero si usted piensa en Max Renn en Videodrome y la hendidura en su estómago...Si yo hubiera hecho eso fuera de cuadro, ¿qué hubiese pensado la audiencia que estaba ocurriendo? Simplemente no habría funcionado.” David Cronenberg.
Próximamente en El Cronicón Cinefilo, "Este Mes... VIDEODROME".
Una (Bella) Historia China de Fantasmas
Buceando en las entrañas de la melancolía, no es difícil volverse a encontrar con esta película de naturaleza entrañable y resultados seductores, una de las cintas de género favoritas de quien esto escribe y firma, digna de formar parte, claro que sí, de mi (discutible pero selecta) videoteca escogida.
Una Historia China de Fantasmas, tal y como su título español advierte, es un cuento protagonizado por espectros, exonerado de toda pretensión por cuenta de un guión imaginativo y delirante, construido sobre una compilación de escenas más o menos sofisticadas (montadas de forma instintiva y funcional), sazonadas –no por casualidad- de un humor cómplice y esencialmente grotesco. Nunca quiere ser una obra perfecta, ni siquiera una gran obra, pero de cada una de sus escenas se desprende un regusto delicioso, levemente inmortal.
El film de Ching Siu Tung narra la historia de un joven estudiante (también cobrador de impuestos), destinado a una aldea provinciana rodeada de bosques misteriosos que ocultan cementerios y santuarios repletos de espectros y aparecidos. Ante la imposibilidad de costearse un alojamiento, decide pasar la noche en un templo (dicen) maldito donde tendrá su primer contacto con demonios, fantasmas y demás entidades sobrenaturales que desean, ante todo, saciar sus estómagos diabólicos con almas jóvenes.
Investido con el don de la impericia, el joven estudiante, sin embargo, logra sobrevivir al acoso de los demonios en su primera noche y, más que eso, comienza a sentirse atraído por una hermosa fantasma que, en un acto de misericordia, se convida a perdonarle la vida. Aunque el estudiante desconoce la condición de la joven (no sólo es un espectro condenado sino que, además, está prometida al mismísimo Señor de las Tinieblas), se propone liberarla de la pena que la aprisiona. Cándido pero valeroso, el estudiante se aliará con un rudo luchador (habituado a las luchas con espíritus desorientados) y se adentrará hasta el mismísimo infierno para intentar salvar el alma de su amada.

Una Historia China de Fantasmas está llena de imágenes fascinantes: demonios deslenguados, vuelos imposibles, artes marciales de linaje mágico, avernos envueltos en niebla, cabezas mordedoras, túnicas extensibles hasta el infinito... Pedazos de Cine Fantástico, (por encima de todo: fantástico), reunidos en torno a una historia cautivadora, romántica, imperecedera.
Seguramente, una de las películas más bellas (y divertidas) que uno recuerda haber visionado.
Condenado a la oscuridad
Darkman nace a partir de las llamas de un laboratorio asaltado, ignominiosamente, por Durant, lacayo justiciero de un desalmado hombre de negocios que trata de borrar a toda costa las huellas proferidas por un documento que prueba alguno de los sobornos dispensados con vistas a obtener la licencia de construcción de un enorme complejo inmobiliario.
Mafiosos del ladrillo al más puro estilo Robocop, pues, sirven de (visionarios) antagonistas arquetípicos a este hombre oscuro que antes había sido Peyton Westlake, un científico brillante, aparentemente frustrado ante la imposibilidad momentánea de llevar a buen puerto su más ambicioso proyecto, generar piel sintética perdurable, pero ilusionado por encontrar la felicidad al lado de su novia, Julie Hastings (la sinpar Frances McDormand), casualmente trabajadora al servicio del magnate.

Darkman ofrece (casi) la mejor versión posible de un cine, el de Raimi, esencialmente dinámico, gratamente virtuoso, genuinamente entrañable, en el que el ritmo y la historia van cogidos de la mano y donde no queda lugar alguno para las secuencias de transición. Especialmente reseñable en este sentido es la elipsis que representa la muerte de Westlake y el nacimiento de Darkman con un solitario entierro de por medio regado de lágrimas pero también de simplificidad y jugosa eficacia narrativa.
Westlake/Darkman, convertido en un vagabundo anónimo, despierta en un tétrico hospital desposeido de la posibilidad de sentir el dolor. Cuando huye, lo hace enamorado, ansioso por retomar su antigua vida y, sin embargo, comenzando a ser consciente que tras sus vendas se oculta el germen de un ser monstruoso, y no solo en relación a su apariencia física. Bajo estas premisas, no tardará en sufrir el insoportable peso de la humillación. Raimi entronca ahora su historia con clásicos universales con individuos deformes de por medio como El Fantasma de la Ópera, El Jorobado de Notre Dame o Frankenstein: quiere a su novia pero no su degradación física y, entre medias, debe encontrar tiempo para conjugar las claves que posibiliten su venganza. Cada asesinato (extremadamente planificado por Raimi y con claras reminiscencias comicófilas), lejos de liberar a Westlake lo introduce en su lado más oscuro, haciendo de él un ser cada vez más irreflexivo y vehemente, en un sujeto incapaz de rehuir, de una vez por todas, su ineludible condición monstruosa.
Payton Westlake, un científico ambicioso e independiente, acaba transformado en una versión violenta de si misma, es decir, en un Hyde contemporáneo infectado por su propia adrenalina; pero su violencia no proviene de proclamas sádicas sino de un cerebro desbordado de pulsiones emocionales. Así las cosas, Raimi construye a su héroe como un ser dual imbuido por la tragedia, lo cual vuelve a emparentar a Darkman con los grandes monstruos cinefílicos, condenado al aislamiento por la irreversibilidad y contundencia de sus heridas (físicas y psíquicas).
Cuando finalmente culmina su venganza su Hyde interior sabe que Payton Westlake ha muerto, como también ha muerto todo lo que representaba. Entonces asume su verdadera identidad y la manifiesta: “Llamadme... Darkman”.

Solo un par de años después, Raimi retomaría el código talentoso para finalizar una de las sagas más entrañables y cimbreantes de la cinematografía moderna, Evil Dead. Pero esa es otra historia y quizá, quién sabe, también forme parte de mi videoteca particular.
Videoteca escogida
Inauguro una nueva sección, de indudable calado veraniego, acerca del grueso de películas que, de una u otra manera, permanecen al margen del gusto del crítico más o menos ortodoxo, y que sin embargo se han sabido ganar un lugar especial en mi videoteca, en mis recuerdos, en mi memoria cinéfila.
No serán críticas al uso sino evocaciones más o menos emocionales pero servirán bien y a las claras para vindicar algunos fragmentos de celuloide formidable ocultos en películas consideradas por la generalidad como menores, o cuanto menos víctimas de una campaña colectiva de infravaloración o, lo que es peor, olvido.
La primera en la lista la dirige Raimi pero, huelga decir, no tiene nada que ver con Spiderman. Pero eso os lo contaré otro día.










