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El Cronicón Cinéfilo

La Cuenta Atrás

Queda un día para la Ceremonia de los Oscars y, lo admitamos o no, suele ser un tema recurrente en los debates cinéfilos de el día después. Y esto sucede año tras año. Me apetece poneros aquí la Crónica de la pasada edición, escrita un 24 de marzo, en un contexto marciano que ahora nos parece muy, muy lejano:

El Pianista


Son los óscars unos premios contradictorios. Por un lado no me interesan en absoluto, y de otro, siempre acabo escribiendo de su resultado. En este caso, además, la contradicción se extendió al desarrollo de toda la ceremonia (palmarés incluido). Me explico:

En estos días inciertos se hieren personas con “fuego amigo”; las muertes se denominan “daños colaterales”; los Presidentes del Gobierno “condenan el pacifismo”; las bombas son “inteligentes”; el Ministro del Interior se santigua por actos violentos esporádicos que los Ministros de Exteriores consienten (en el exterior, eso sí) en forma de bombardeos masivos; los ataques unilaterales se redenominan “guerras preventivas” (¿qué prevén?, ¿la guerra?, ¿quienes son los precogniscentes?); se nomina (pido disculpas a la RAE) a Renne Zellweger como “mejor actriz del año...”. Si Groucho Marx levantara la cabeza no haría películas sino documentales. La realidad supera su sarcasmo. Y Luis Buñuel de
camino al paro, naturalmente (¡ah, perdón!, que no hay paro).

En este contexto historicista, la ceremonia transcurrió por el ámbito de la expectativa. Se esperaba una entrada de famosos funesta, con trajes cautelosos, mohínes serios, falta de glamour y fue más de lo mismo pero con menos metros de alfombra roja y algún vestido negro que, como contrapunto, servía para adelgazar envergaduras (exageradamente en algún caso australiano que todos podimos comprobar). Se esperaba también algo más que una palomilla plateada en la solapa (que se asimilaba a una joya, un adorno más); que Susan Sarandon se saliera más del guión; que otros se unieran a su causa. Se esperaba, en definitiva, una versión light (el “lightismo” es un invento norteamericano, no hay que olvidarlo) de esa ceremonia (irrepetible) goyesca que sirvió para reunir a los artistas españoles en torno al círculo del compromiso. Pero todo parecía impostado: 45 segundos para invertir en loas egocéntricas, agradecimientos al entorno (¿alguien contó las veces que se dio las gracias a Miramax?) y demás manifestaciones, dejaban muy poco espacio para la reivindicación (¡Ole los cojones -que me perdone también Halle Berry que no voy por ahí- de Adrien Brody!: se alargó todo lo que quiso, mandó callar a la banda de música del “saboteador” Bill Conti, soltó unas lágrimas en pro de la paz y, aprovechando el viaje –y para rehuir cualquier blacklist improvisada-, se acordó de un soldado amigo suyo que pierde su tiempo en la retaguardia kuwaití). Así las cosas, los premios “menores” (con todos mis respetos para los directores artísticos, ambientadores, trajeadores, técnicos de sonido y demás miembros de los títulos de crédito que sólo unos pocos leemos) sirvieron para sumergir la ceremonia en las marismas del tedio de la misma forma que se le negaban al film
de Scorsese los óscars que más merecía. (Eso sí: óscar para el ausente Mizayagi; para Eminem, para Golldenthal; para Conrad Hall hijo –¡Demonios!, ¿dónde se quedaron el resto de las nominaciones de Road to Perdition? ¿la habrán visto los
nominadores oficiales de la academia?)

Y en esto apareció Michael Moore y provocó el espasmo colectivo de una platea que convirtió los aplausos del principio en abucheos surrealistas (y yo, ingenuo de mí, seguía pensando en que al final llegarían las reivindicaciones). Lo mejor, el acertado y, por desgracia realista, comentario de Steve Martín. Lo peor, que se tilde de orate al más cuerdo (y empático) de todos los que acudieron a la gala.

Y llegó el “momento Almodovar” que diría aquel. Y ganó su segundo óscar. ¿Por qué sigo sin soportar su cine? ¿Qué he hecho yo para esooo? Y amortizó como nadie los 45 segundos (implicitud, que es lo que más añoro yo de su cine). En fin: yo siempre preferí “Y tu mamá también” de Alfonso Cuarón (una road movie sorprendente que hay que ver subtitulada para captar en toda su intensidad), pero igual sirve este galardón para conciliarme, al menos, con la última parte de su filmografía del manchego (aunque soy poco optimista al respecto).

Y llegó el “momento Polanski”. Lo mejor de una noche rutinaria donde los alemanes no subieron a recoger su óscar (bueno, aquí quizás sea coherencia). Para mí fue el gran triunfador, aún ausente. ¿Mejor guión adaptado, mejor director, mejor actor principal, no hacen la mejor película..? Y encima lo merecía. Lo dicho. Una ceremonia, íntegramente, contradictoria.

Siempre nos quedará... seguir protestando"
.

Uff!, como pasa el tiempo...

1 comentario

Pedro -

Jeje... a mí los Oscars me vician... siempre ese suspense por saber si, por una vez, aciertan. Por cierto, Groucho Marx dijo una vez en los Oscars "He pasado una noche maravillosa. No ha sido esta" :D