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El Cronicón Cinéfilo

Trabajadores

Ayer se me pasó, por falta de tiempo, celebrar con un post reivindicativo el día de la mujer trabajadora festividad onomástica, estaréis conmigo, que debiera redenominarse con más justicia: “El día de la mujer trabajadora remunerada”, pues si el fundamento de esta celebración se emparenta con la incorporación de la mujer al mercado laboral se puede mal entender, con aquella otra denominación simplificada, que se ha accedido a la categoría de “trabajadora” hace bien poco, despreciando, de forma inconsciente, el trabajo impagable e impagado que acumula la Mujer a lo largo de la historia.

En fin, se trataba aquí de reivindicar el trabajo de Sofia Coppola como directora y como ocasional actriz (pertenezco al bastión de los-que-defienden-su-papel-en-El-Padrino-III y no sólo porque provocara, indirectamente, que Winona Ryder acabara protagonizando la mayestática Drácula de Bram Stoker sino porque creo que fue una intérprete idónea para ese personaje -os estoy viendo reir) o de Katryn Bigelow (Loveless, Near Dark) por ser rara avis en una industria enteramente dominada por el género masculino, o de Iciar Bollain por confirmar que el gran avance experimentado en España en la incorporación en el mercado laboral y artístico en nuestra joven democracia no fue empeño unitario de Pilar Miró, por cierto, responsable de una de las filmografías más apasionantes y singulares del cine hispano.

Juliette Lewis en Strange Days, un film dirigido por Katryn Bigelow


Pero no quiero quedarme ahí (y de paso doy inaugurada la sección Preguntas de Cine en este Cronicón) : Si consideramos en el trabajo actoral un talante creativo, ¿por qué admitimos una diferenciación sexual a la hora de premiar a los candidatos a mejor actriz o actor? Acaso, ¿no sería más justo una única categoría que no diferenciara por sexo lo que en realidad es un mismo trabajo artístico?

Quizás deliro.

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