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El Cronicón Cinéfilo

Kill Bill: Historia de una Venganza

Aparentemente sólo es una orgía sanguinolenta y despiadada, sin parentesco alguno con el buen gusto; un explotation vehemente dividida en dos partes por instintos mercantilizadores, autocomplaciente y sin argumento: una ensoñación homenajeadora y ególatra pergeñada por un cinéfilo compulsivo. Y, sin embargo, estamos en resencia de una película mayúscula, incomparable, que supone la consagración autoral y obra de madurez (aunque no os lo creáis) del que todavía será por muchos años niñato terrible de la cinematografía mundial.

The Bride


Conscientemente trivial en el fondo pero extraordinariamente transgresiva y lúcida en la forma, el primer pedazo de Kill Bill se nos presenta como una sucesión de sketchs violentos desarrollados en tiempos aleatorios que nos introducen en la “historia de una venganza” (como le gustaría decir a Garci) dirigida por una Novia justiciera, vestida de amarillo, hacia los miembros (y nunca mejor dicho) de un escuadrón de asesinos con piel y nombre de serpiente inhabituados a admitir sus errores.

Tarantino juguetea con el color (los cielos que secundan los traslados en avión de Uma) y el tempo narrativo, con la fotografía (el blanco y negro de su escena más sangrienta) y los espectadores (ocultando el nombre de La Novia, entre otras cosas), y se permite la insolencia de mostrarnos, sin avisar, el que es quizá su trabajo de dirección más brillante: el Anime de diez minutos que, en medio de la proyección, usa para presentarnos al personaje de Lucy Liu. El cineasta norteamericano, se regodea de su condición de autor magnifico en cada una de las secuencias del film (incluidas las de acción: narradas con una pericia sobresaliente y del mismo modo montadas), dotándolo de un sentido musical a todas luces emparentado con otra gran obra reciente: Zatoichi de Kitano.

Como antiguo devorador del infracine subgénerico de los años 70, Tarantino no duda en homenajear en Kill Bill (algo habitual en su carrera) a sus ídolos de acción juveniles: Bruce Lee, Chia Hui Liu y Sonny Chiba, pero sobretodo dirige su afán reivindicativo hacia una filmografía preñada de coreagrafías marciales de aroma clásico que, retomando los arquetipos argumentales del Western, había logrado crear un subgénero con entidad propia y reconocible desde la pobreza de medios más absoluta, con la diversión del público espectador medio como genuina pretensión conceptual.

Kill Bill Vol. 1, es un Spaghetti de artes marciales trufado de multirreferencias cinéfilas que destierra, a propósito y a modo de vindicación, cualquier propósito de seriedad (se puede destacar aquí la secuencia del dedo del pie de Uma, o su huida del hospital en la “coñoneta” del enfermero violador). Tarantino, como bien deja claro desde el principio, no quiere saber nada del cine verité, así que enfrenta a sus personajes a todo tipo de situaciones excesivas inspiradas, directamente, en el manga japonés.

Su cuarto film lo confirma, en definitiva, como un apóstol del Spaghetti contemporáneo (dejando por los suelos el trabajo efectista y caricaturesco de dos de sus compañeros de generación y colegas eventuales: Roger Avary y Robert Rodríguez), una rara avis cinéfaga y personalísima que ha encontrado en el homenaje excesivo y autocomplaciente un modo idóneo para reivindicar y mostrar lo mejor del Cine menos valorado.

Lo más destacado: El scorsesiano plano secuencia que precede al desmembramiento de Sofie Fatale en el discopub de O Ren Ishii

Lo menos destacado: Film totalmente desaconsejado para quienes presumimos de pertenecer al Club de los Impacientes.

Calificación: 9

2 comentarios

José Manuel -

Totalmente de acuerdo. Súblime. Por cierto, que a nadie se le ocurra llevar a sus hijos pequeños a verla, que cuando la vi, sí había niños en la sala y no veas la de litros de sangre...

Pedro -

Guau, que gran reseña!!

Yo añadiría que es un film totalmente desaconsejado para los críticos con prejuicios, y mejor no digo nombres ;)