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El Cronicón Cinéfilo

Los dos McGuffin de Pulp Fiction

Habla el Capitán Koons (con la voz y el rostro de Christopher Walken):

Walken en su salsa


Este reloj que tengo aquí fue comprado por tu bisabuelo. Lo compró durante la Primera Guerra Mundial en una pequeña tienda de Knoxville, Tennesee. Fue llevado por el soldado Doughboy Erine Coolidge el día en que zarpó para París. Fue el reloj de guerra de tu bisabuelo. hecho por la primera empresa que fabricó relojes de pulsera, porque, hasta entonces, la gente sólo llevaba relojes de bolsillo. Tu bisabuelo llevó ese reloj durante cada uno de los días que estuvo en la guerra. Luego, una vez que hubo cumplido con su deber, regresó a casa junto a tu bisabuela, se quitó el reloj de la muñeca y lo guardó en una vieja lata de café. Y en esa lata permaneció guardado hasta que tu abuelo, Coolidge, fue llamado por su país para servir en ultramar y luchar de nuevo contra los alemanes. En esa ocasión la llamaron la Segunda Guerra Mundial. Tu bisabuelo le entregó el reloj a tu abuelo para que le trajera buena suerte. Desgraciadamente, la suerte de Dañe no fue tan buena como la del viejo. Tu abuelo era marine y resultó muerto junto con otros muchos marines en la batalla de la isla Wake. Tu abuelo se enfrentaba a la muerte y lo sabía. Ninguno de aquellos muchachos se hacía ilusiones sobre la posibilidad de salir con vida de aquella isla. Así que, tres días antes de que los japoneses ocuparan la isla, tu abuelo, que entonces tenía veintidós años de edad, le pidió a un artillero de un transporte de la Fuerza Aérea, llamado Winocki, un hombre al que jamás había visto en su vida, que le entregara el reloj de oro a su pequeño hijo, el de tu abuelo, al que tampoco había podido llegar a conocer. Tres días más tarde, tu abuelo había muerto. Pero Winocki mantuvo su palabra. Una vez terminada la guerra, visitó a tu abuela y le entregó el reloj de oro a tu padre, que por entonces aún era un niño. Este mismo reloj de oro. Tu padre llevaba este reloj de oro en la muñeca cuando su avión fue derribado sobre Hanoi. Fue capturado y encerrado en un campo de concentración vietnamita. Sabía que si sus carceleros le descubrían el reloj, se lo confiscarían. Según veía las cosas tu padre, ese reloj era tu propio derecho de nacimiento. Y estaba dispuesto a que lo condenaran antes de que cualquier ojos rasgados fuera a poner sus manos amarillas sobre el derecho de nacimiento de su hijo. Así pues, lo ocultó en el único lugar donde sabía que podía esconder algo. En el trasero. ) ¡Durante cinco largos años llevó este reloj escondido en el trasero! Luego, cuando ya estaba a punto de morir de disentería, me entregó el reloj. Yo también oculté este incómodo montón de metal en mi trasero durante otros dos años. Luego, al cabo de siete años de prisión, fui enviado de regreso a casa con mi familia. Y ahora, hombrecito, te entrego a ti el reloj.

Es, naturalmente, una de las escenas más recordadas de Pulp Fiction y, a la vez, la demostración del talento inagotable de Quentin Tarantino. Me explico: Pulp Fiction narra tres historias entrecruzadas (a saber, “Vincent Vega y la esposa de Marcellus Wallace”; “El Reloj de Oro” y “Jules, Vincent, Jimmie y El Lobo”) y en ellas, a grosso modo, intervienen dos McGuffin (objeto o situación que funciona de elemento motivador de las acciones de los personajes): por un lado, el desencadenante de la última historia (aunque en orden cronológico en el film aparezca en primer lugar), narra la recuperación de un maletín por parte de dos matones al servicio de Marcellus Wallace. Y, de otro, la existencia de un reloj de oro, de gran valor sentimental para su dueño (como se ha visto), que un boxeador deja atrás en su huída de la mafia tras haber ganado una pelea que había pactado perder previamente.

Tarantino (y su co-guionista: Roger Avary) trata sendas excusas argumentales de un modo distinto. En el caso del maletín, oculta su contenido a conciencia y como buen McGuffin, su interior sólo les interesa a sus personajes (quedando claro, incluso, que no tienen ningún problema en matar por él). En el otro caso, el del reloj de oro, Tarantino viola una de las reglas fundamentales de este tipo de artificio narrativo, explicándolo hasta el desasosiego. Y, de ambos y opuestos sentidos, sale airoso.

El por qué será objeto de estudio en las siguientes décadas.

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