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El Cronicón Cinéfilo

Bourne: cine de espías renovado

Con la Saga Bourne, uno se vuelve a reencontrar con el cine de espías en su vertiente más satisfactoria, un cine que recupera la verosimilitud del fragmento contenido en un receptáculo mayor del todo punto inverosímil y, sin embargo, cautivador y deleitable, donde la acción transcurre por circunstancias lógicas y los héroes se resienten de un pasado lóbrego y, seguramente, brutal.

Es un tipo de cine de acción, por ende, que se encarga de recuperar la esencia del género de espías (una evolución sofisticada del cine negro adaptada a las circunstancias psicosociales en las que la acción tiene lugar) adaptándolo a un contexto actual repleto de países desposeídos de fronteras o, cuanto menos, fácilmente traspasables (La facilidad de Bourne para cambiar de identidad y moverse a sus anchas por todo el territorio Europeo resulta claramente paradigmática de lo apuntado), de temores paranoicos de origen desconocido (cuya metáfora se representa en el propio personaje protagonista), de más fondos públicos destinados a la seguridad de lo que realmente merecen sus gestores... Es un Cine, además, que nos reencuentra con aquellas películas de perseguidos por un aparato gubernamental que los ha permitido convertirse en asesinos despiadados e implacables, individuos de naturaleza salvaje sin ninguna otra posibilidad de redención que la confrontación directa contra aquellos a los que creen causantes de sus desvelos... Naturalmente, es un cine de espías en el que un tipo como Bourne, atormentado por el recuerdo de un pasado que no logra rememorar pero imagina, se mueve a sus anchas, utilizando cualquier excusa de carácter cómplice para demostrarnos su valía como miembro destacado de una élite financiada por aquellos que reniegan de los formalismos procesales.

Bourne y la renovación del cine de espías


Herido por las heridas de una batalla que no recuerda haber comenzado, el propio Bourne se autoconvence de que la mejor defensa sigue siendo un buen ataque, algo para lo que su entrenamiento y talento, parecen haberle preparado especialmente y que sufrirán en sus carnes aquellos que osaron acosarle.

El Caso Bourne y El Mito de Bourne parecen apéndices de un mismo enunciado. La primera se resuelve sofisticada y oscura, bien dirigida pero más convencional en cuanto a entramado y la segunda se rebela como una película aun más sombría y creíble, más tentadora y despechada pero peor realizada, con un montaje que confunde el desconcierto con la funcionalidad y con una música en exceso cimbreante.

Ambas, juntas y por separado, representan un magnífico ejemplo para aquellos que pensamos que el buen cine de género aún tiene un montón de cosas que contarnos

3 comentarios

José C. -

Ya sólo nos falta una por ver. Porque creo que Ludlum solo hizo 3 partes.

J. P. Bango -

Sí: es lo que suele ocurrir cuando a un director reputado (en otros ámbitos) le dan presupuesto y prerrogativas suficientes como para hacer un tipo de cine que, está claro, no sabe hacer. Por eso yo reivindico a Jonathan Mostow para este tipo de producciones...

Spaulding -

Es una lástima que su segunda parte, con ese guión milimétrico en donde todo cuadra, tenga esa realización tan acelerada (y mal resuelta) en sus escenas de acción.