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El Cronicón Cinéfilo

Dear American Friend

Querido amigo americano:

Se que estás ahí, que me sigues desde hace varios meses aunque apenas si te atreves a dejar el rastro de un servidor que no reconozco. No te culpo: yo mismo paso por infinidad de sitios sin atreverme a dejar siquiera un suspiro de mi presencia, una huella consciente que refrende esa visita que acabo de realizar. Me vence la timidez como a ti.

No quiero que te lo tomes a mal, o que puedas entender esta misiva como un modo de intromisión en tu voluntad, en tu legítimo ejercicio al voto libre, incoaccionado, voluntario por el que tanto y tan noblemente, por qué ponerlo en duda, lucharon tus antepasados.

My name is Joe, una película de Ken Loach


No quiero hablarte de política porque este no es medio adecuado para ello. Tampoco quiero hablarte de justicia social. Desde aquí sólo puedo hablarte de Cine: te puedo hablar de Ken Loach, ese gamberrete director británico al que le gusta contar historias de gente cotidiana, como tú y como yo, con sus problemas de conciencia de clase, con sus inciertos futuros, con sus sueldos congelados, sus procesos de regulación de empleo, sus jubilaciones anticipadas, su alcoholismo maldito, su imposibilidad para disfrutar de una vida amorosa placentera por cuenta de una globalización auspiciada por aquellos que proyectan sueños en forma de dólares, muertos a cambio de una mayor plusvalía.

Te puedo hablar de Tim Robbins, ese mal cómico pero estupendo director que, de vez en cuando, se desmarca en tu país con alguna declaración altisonante, tu me entiendes: “que si los derechos civiles limitados, que si las libertades públicas cerceradas, que si los presos de Guantánamo, que si la participación en invasiones de terceros países con propósitos mercantilistas...”, alternándolo con alguna película lúcida y consecuente que reflexiona sobre la pena de muerte, sobre la naturaleza y carácter de una religión retrógrada que encuentra un extraño acomodo en la venganza y en la humillación pública.

Susan Sarandon y Sean Penn en Dead Man Walking, un film de Tim Robbins


También puedo hablarte de Michael Moore, un documentalista gordo con aires demagógicos y exceso de ego (y un cineasta como la copa de un pino) que, seguramente conocerás mucho mejor que yo y que se dedica a tocar las pelotas (the balls) a ese que tú y yo sabemos, imagínate, sólo porque dejó toda una insignificamente ciudad de Michigan sin futuro, un país armado hasta los dientes al que le insunfla ingentes dosis de paranoia colectiva, una política exterior emparentada con los traficantes de petróleo y a la ausencia de un compromiso solidario, un cielo sucio y contaminado y algún que otro protocolo medioambiental sin firmar, Frentes internacionales sustentados por qué se yo empresas, eso sí, en nombre del Dios, ya lo sabes, el Dios bueno, el que siempre tenemos de nuestro lado y nos ilumina y fundamenta y nos proporciona tantos devotos, oh gracias, como impuestos para financiar nuestras empresas de armas. En el fondo, el Sr. Moore es un director de Cine que hace Cine y en el Cine, qué te voy a contar que tú ya no sepas, todo se exagera, todo es subjetivo, todo es absolutamente relativo...

Por cierto, ese tipo, el de la consonante intercalada, es hijo de alguien influyente, ¿verdad? Tiene dinero, tiene amigos, tiene petróleo... Supongo que podría comprar cualquier cosa y, que casualidad, se le ocurre vivir en un entorno que le vendería cualquier cosa... En fin, ya sé que es un tipo influyente. Por aquí dejó más de un amigo que hoy, como no tiene gran cosa que hacer, se dedica a devolverle los favores escribiendo algún discurso de caracter anacrónico, algún chascarrillo cómplice con los mismos aires paranoicos esgrimidos por su mentor y maestro, sazonado de un sentido del humor surrealista que, irremediablemente, los cinéfilos asociamos a Groucho Marx o a Charles Chaplin en imagen pero, por descontado, jamás lo haríamos en talento.

Yo no puedo presumir de nada: mientras escribo esto han muerto de hambre más de un centenar de críos mucho más cerca de lo que me gustaría creer y no parece que me importe demasiado... Esta mañana he presenciado un amanecer y me he ocultado en una oficina para dejar pasar el día encerrado en mis números y una ristra de asuntos de escasa trascendencia. Si esta noche hubiera habido fútbol ni siquiera hubiera pensado en tí, amigo americano, ni en la posibilidad de estar contándote todo esto...

No. No te engañes. No pido tu voto. Simplemente me desahogo porque yo no puedo votar y sé, que a larga, el resultado de esta elección me va a afectar de algún modo. Y con alguien tengo que desahogar mi impotencia. Me comprendes, ¿verdad? Vota. Vota en conciencia, como sí realmente tu voto fuera más que un único voto, como si tras tu decisión se encontrara el destino de toda una humanidad . Vota, tú, que puedes hacerlo...

Nos veremos en el cine, si te apetece, en el único lugar del mundo donde la utopía aún es posible.

Yours sincerely,

J. P. B.

2 comentarios

Woed -

Gran post sincero. Mola.

charito -

bravo...bravísimo... me encanta..aunque gane quien gane las elecciones no se porque ya no confío.
saludos.