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El Cronicón Cinéfilo

La leyenda del Director solitario

Era uno de aquellos tipos acostumbrados a conquistar nuestros corazones por la fuerza de las imágenes que filmaba. Uno de esos que saben dar forma a sus sueños; a los nuestros, argumento y a los de sus productores, dinero. Y estaba allí, ya sabéis, justo donde los escalofríos jugaban a las cartas con la expectación y sus latidos se confundían con las risas de otros que no lo llegaban a entender del todo. Trataba de comprender el porqué y se conformaba con saber el cuánto y mientras tanto, otros habían llegado a la conclusión de que el talento lo es menos en medio de una jauría de devoradores de palomitas.

Miraba a su alrededor y tardó en dejar de hacerlo. Miraba a todos los lados por si acaso se la ocurría volver, esperanzado, pero los rincones eran demasiado oscuros allí donde sólo había lugar para la pantalla y en la tristeza, cuando a uno se le apagan las emociones, las princesas se niegan siempre a regresar.

El clímax seguía in crescendo y las carcajadas saboteaban el visionado de esa puta obra maestra. El público y el director habían soñado dos películas distintas pero a todos parecía gustarles. Los críticos repudiarían sus virtudes y sus colegas le odiarían a muerte: entre todos conseguirían hacerle rico, más rico, al menos mientras todos esos siguieran riendo a mandíbula doliente. Y lo hicieron durante media hora más y después tras una pequeña pausa, y en estos intervalos, lo siento, tampoco a ella se la ocurrió dar señales de vida.

Si el productor hubiera podido sacar el puro que guardaba en el bolsillo de su chaleco hubiera vomitado su humo por toda la platea, feliz de contagiar a todo el mundo el virus del éxito, el virus que había heredado de un abuelo aficionado a los tejemanejes ínclitos a la linterna mágica. ¡Demonios...! Ese niñato recién llegado de la televisión estaba a punto de hacerle un nombre en una industria a la que le gustaba trepanar cabezas más que a un divorciado quemar fotos de boda. Ay. Pero ella no volvía, ¿verdad, Sr. Director?

Sintiéndose nuevo millonario pero sólo, nuestro amigo apenas contestó una pregunta en la rueda de prensa, acudió al baño con premura, se sacudió como pudo el carmín de todas las putas que se le habían arrimado en la fiesta y volvió a casa con la sensación de no haber disfrutado como debía el enorme éxito obtenido por su película. Habituada, como estaba, a los finales felices por imposición de sus productores y guionistas (que no se sentían muy a gusto con el riesgo) le costaba aceptar ese final para si mismo y, bajo la lluvia, en aquella noche aciaga donde incluso los trasnochadores se negaban a aparecer, se preguntaba porqué, ¡porqué!, entre todas las mujeres que había conocido, seducido y follado a lo largo de su vida se había ido a enamorar de una a la que no sólo no le gustaba su cine, ¡el Cine, señores!, sino que encima no perdonaba -ni uno sólo- de los partidos del madrid en Champions...

Desde ese día, enclavado en la poltrona de los directores antojadizos, renunció a acudir a los preestrenos los miércoles por la noche. La leyenda nos cuenta que lo hizo por amor. Vosotros, ¿qué creéis?

2 comentarios

J. P. Bango -

O igual le comenzó a gustar el fútbol, jeje.

Spaulding -

Está claro, ¿no? El hombre sería toda una eminencia, pero era un calzonazos.