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El Cronicón Cinéfilo

Alejandro, Magno pero menos

No es una gran película, ésta, la última producción de serie A del otrora transgresor Oliver Stone basada, como tantas de sus obras (todas mejores que ésta), en personajes históricos de ascendencia magnánima (sean o no reyes), convertidos por su entorno en leyendas vivas y por su conciencia, en seres atormentados, frágiles, enigmáticos.

No es una excepción este Alejandro III, el Magno, Hijo de Filippo II y de Olimpia, Rey de Macedonia y conquistador de todos los mundos conocidos. Un personaje, claro, apasionante a nivel historicista: viajero, conquistador, estratega, fundador de ciudades, comerciante y regente alienador que, empero, resulta poco interesante, incluso antipático, en la adaptación cinematográfica de Stone gracias a un guión místico que navega entre dos conceptos: la épica y la elegía (a priori, tolerables entre sí en manos de gigantes del celuloide como David Lean) sin tener la menor idea sobre como deben fusionarse ambas propuestas. Utiliza la épica de cara a la galería (como un objeto rentabilizable en las campañas de promoción) y la lírica de forma desafortunada (con parlamentos ajenos a la inspiración y escenas relatadas de forma imprecisa y equívoca) y en ninguna de las dos se muestra especialmente brillante: secuencias terriblemente confusas y efectistas en el primer caso y encuadres televisivos y exceso de (irritable) primer plano en las segundas. Perdonable en cualquiera de los discípulos de Jerry Bruckheimer pero poco agradable de presenciar en la briosa y, a menudo, lúcida cinematografía de Oliver Stone.



Con esta premisa, el personaje de Tolomeo se recrea en el cantar de las vivencias de Alejandro de cuya gesta participara activamente (repartiéndose, de paso, el más goloso de los botines: Egipto), ajustando en voz en off los saltos temporales (que no emocionales) de la película y, de paso, saboteando la naturalidad de la misma con el único consuelo de mostrarnos, a lo lejos, el maravilloso Faro o el interior de una de las salas de la Biblioteca de Alejandría en cuya apilación de legajos y papiros interviene el propio jerarca, a mayor gloria de un batallado Anthony Hopkins en uno de los papeles más cómodos de su carrera como cronista hagiográfico de andar por casa. Atajo narrativo de naturaleza impropia para cineastas de la talla de Oliver Stone que da buena muestra de la vacuidad de muchos de los pasajes del film...

Coincido con Jose C. en que, incluso en la película (por no hablar ya de la historia real), se insinúan momentos más gratificantes a nivel narrativo (los asesinatos de Parmenio y Cliso, el odio ascendente de Casandro; la revuelta en el Valle del Indo –risible resulta incluso la aseveración de Crátero) que los elegidos como preeminentes por el director (la relación fraterno-filial que entorpece la cotidianidad victoriosa del Rey Macedonio; el amor que expresa por uno de sus amantes, el General Hefestión, su casamiento con la Bactriana Roxana, sus ansias por superar las leyendas de los héroes clásicos y la asimilación trágica de su destino común). Lastre de naturaleza voluntario que, gracias a la sorprendente impericia del director, hace que los pasajes más apasionantes sean resueltos con presteza con un par de escenas descafeinadas, desprovistas de la contundencia narrativo-visual de otros trabajos de Oliver Stone y, las otras, se culminen con una retahíla de parlamentos exonerados de inspiración, redundantes y poco atractivos, que contagian tedio y arritmia a una película, de por sí, escasamente fluida y tan ambiciosa que no hace más sino sobrepasar las cualidades narradoras del cineasta.

La película se sostiene, pese a todo, gracias al esfuerzo de producción, al talante de los actores (no muy acertados pero francamente comprometidos con el proyecto, en especial Colin Farrell) y algunos aciertos esporádicos conniventes con la naturaleza de espectáculo que rodea a este tipo de obras (preciosismo de alguna de las composiciones paisajísticas; vestuario refulgente; despliegue de caballos y artillería...). Elementos insuficientes para este biopic histórico demasiado personal y simple como para convertirse en una obra recordada.



Ajeno, en fin, a las consignas del cine de ascenso y caída (veáse la excelente Lawrence de Arabia), la historia de Alejandro Magno discurre por la senda de una Road Movie Historicista de forma desangelada, sin ninguna progresión dramática (sólo crecen las cicatrices en el rostro, brazos, torso del macedonio) y menos fortuna narrativa. Una desilusión en forma de película que únicamente deja el alivio de la presencia de Angelina Jolie (en su papel de madre castradora, confabuladora y frágil) a pesar de lo espaciadas y redundantes que resultan sus apariciones. Ambición y medios derrochados por capricho de un cineasta que debe, ineludiblemente, reencontrar su rumbo lo más alejado posible de las convenciones de la autocomplaciencia.

Calificación: 5

Lo más destacado: algunos atrevimientos formales de Stone: el plano cenital (a vista de pájaro) que preludia la batalla de Guagamela (y que hará las delicias de los aficionados a los videojuegos tipo Age of Empire); el croma rojo que tiñe la batalla en Hidaspes y la voluntad del cineasta de ser fiel (más o menos: no deja de ser cine) a la historia.

Lo menos destacado: uno de los más aburridos (y simplistas) discursos de los que presume la película, el que profesa un Cristopher Plummer inconvincente en su papel de Aristóteles a unos, no menos adustos, jóvenes aprendices de guerreros.

2 comentarios

Steam Man -

Primero de todo felicitarte por este blog tuyo lleno de interesantísma info para mi!! Te meto en mis links. Lástima lo del Alejandro... se veía venir esta Troya 2... con lo que me gusta el Oliver Stone... igualmente supongo que iré a verla.

Y ahora un duda ¿Como has metido dos imagenes en un mismo post en blogia?

Saludos