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El Cronicón Cinéfilo

El Lobo: entre la parodia y el cine de acción

El lobo, aka Jose María “Txema” Loygorri, un joven oficial de albañilería inmerso en un entorno dominado por la violencia, se infiltra en un grupo terrorista con el objeto de desmantelar su cúpula directiva y, de paso, redimir su culpa (y condena) por su participación en un atentando financiado con propósitos independentistas. Dentro de la organización, y mientras recoge datos de los dos grupos dominantes (el teórico-conciliador: representado por un Jorge Sanz castrado por las trabas de un guión insuficiente; el drástico-violento: interpretado por Patrick Bruel a modo del Franco Nero de Por un puñado de dólares) le da tiempo a a) ganarse la confianza del jefe Nelson; b) follarse a su más devota (y desalmada) seguidora (como en James Bond, sí); c) actuar como jefe de un comando; d) propiciar la infraestructura de la organización en territorio nacional; e) traicionar a todos sus compañeros de batallas y f) teñirse el pelo de rubio.

Con la pesada losa que supone el construir una obra sobre un infiltrado de los (oscuros) servicios secretos franquistas como si de un héroe de cinta norteamericana se tratara, la película de Courtois se sostiene a duras penas con un entramado de arquetipos conceptuales e interpretativos de naturaleza simplista y resultados casi paródicos, y un sentido del ritmo diseñado para compensar los desaciertos de un guión que persigue ajustar cuentas con tantos y tan crueles demonios que acaba por entronizar la figura del Lobo (ojo, dije "entronizar" en lugar de "definir") por encima de los interesantes giros argumentales a los que podía haber dado lugar la historia y, sobretodo, por encima de las primigenias pretensiones de quienes la concibieron.

El Lobo perseguido por su presente


Es precisamente esa desidia a la hora de definir y componer el trabajo interpretativo; esa incapacidad para hacer creíbles las situaciones que les ocupan, esas peroratas de intelectual de perfil bajo que predican alguno de ellos; esa falta de competencia esgrimida por el cineasta para proyectar una cierta afinidad para con los personajes y sus motivaciones, la que anula cualquier vestigio de cine veritè, quedando únicamente el sustrato del thriller (de Serie B) como único e insuficiente elemento definitorio de la película y, en consecuencia, como irrefutable prueba del desacierto dimanante del conjunto. Un resultado, naturalmente, por debajo de las expectativas que aleja al film de Courtois, y más que nos pese, de cualquier filiación con el cine de Costa Gavras, Ken Loach o, incluso, Imanol Uribe, al argumento, de su verdadero origen: la realidad (algo impropio de un biopic: cualidad ésta y por ejemplo, que sí poseía el Alejandro de Oliver Stone).

La película, empero, consiente sobre si misma algún momento destacable (casi todos ellos) de la mano de José Coronado. El actor, habituado a la composición de personajes despreciables, ejerce de si mismo dando vida al siniestro agente del servicio secreto que posibilita la infiltración de El Lobo. Torturador y conspirador a partes iguales, despiadado instrumento al servicio de una tiranía insana (no os asustéis pero muchos de éstos aún siguen entre nosotros con otras pieles, puestos, objetivos), el personaje interpretado por Coronado sale victorioso en la pugna de antagónicos que le enfrenta a a) el Lobo (al que utiliza a su antojo); b) a las huestes del poder franquista (que le da de comer) y c) a Nelson, el daguerrotipo de terrorista tradicionalmente enfrentado a Jean Claude Van Damme, que el bueno de Courtois presenta como malvado de la historia.

El planteamiento de la película del cineasta, en fin, oscila entre la trama pseudopolítica y el thriller de acción, sin que podamos tomarnos en serio ninguna de las dos propuestas. La primera porque es una historia mal interpretada, terriblemente simple y perezosamente dialogada. La segunda porque sus persecuciones, torturas, tiroteos y demás coqueteos con los momentos de vértigo (tan cotidianos en este tipo de cinematografías) están afectados de un sentido del ritmo desapasionado y carente de consistencia dramática (consecuencia, claro, de la ausencia total de empatía de sus personajes) y, claro está, de los medios mínimos exigibles al cine de género en sentido estricto.

Todo junto convierte estas dos horas de película en una cinta de acción de serie B sin mayor pretensión que el entretinimiento de una platea demasiado acostumbrada a la simplificación.

Lo más destacado: que a pesar de todo resulta ligeramente entretenida.

Lo menos destacado: su indefinición; la apatía de sus intérpretes; sus (numerosos) arquetipos.

Calificación: 4,5

2 comentarios

J. P. Bango -

No se sí falsa, desde luego lo que sí es, es arquetípica, insubstancial y mal ejecutada. Un divertimento como otro cualquiera que toma como excusa una historia que puede resultarnos reconocible, o interesante, y la transforma en un producto menor, de poca enjundia y parecida fortuna.

Spaulding -

A mí lo que más me molestó de esta película es que me sonó toda ella, de principio a fin, muy falsa. Además, quien conozca esa época de la dictadura franquista, no entenderá como podían ser igual de malos los terroristas que los policías. Demasiada corrección política a la hora de hablar de un periodo de nuestro país ciertamente nefasto.