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El Cronicón Cinéfilo

Vivir el Cine... de Ciencia Ficción (Parte I)

¿Qué porqué me gusta el Cine de Ciencia Ficción?

Lo pensaba justamente el otro día, en mitad de la proyección del Solaris de Soderbergh, actualización en versión edulcorada de la colosal obra de Lem (también convertida en película de culto gracias al no menos recordado Andrei Tarkovski), de muchas pretensiones y difuso resultado. Entonces me dio por rememorar varias películas de ciencia ficción que, de algún modo, habían sido substanciales en mi vida de espectador y que además, habían resultado paradigmáticas no ya sólo para el género homenajeado sino para la historia de la cinematografía en sí. Después me di cuenta de que muchas de esas obras reunían una virtud aún más contundente: habían trascendido su ámbito puramente genérico.

Trabajando en esta idea, y ya olvidadas las enormes posibilidades argumentales alrededor del planeta Solaris que nuestro amigo Soderbergh despreciaba por doquier, comencé a recomponer un cuadro sincrónico recopilador de las obras que, a mi juicio, mejor representaban las pautas mencionadas. Me puse a escribir, como veis, pensando en los pioneros: en Meliere y su Viaje a la Luna (1902), en Segundo de Chomón y su Hotel Eléctrico...; y llegué a la década de los años 20 encontrándome con una sociedad dominada por tiranos hedonistas que campaban a sus anchas en un campo sembrado de sudor, libertades cerceradas, revueltas humeantes, al grito (mudo) de un robot feminoide que también anticipaba la clonación. Y me entró parecido entusiasmo del que debió sentir el cineasta alemán al filmar Una Mujer en la Luna al tiempo que sentaba las bases del expresionismo cinematográfico. Luego averigué que los discursos de Thea Von Harbour, inspiradora de ambas historias, calaron con mayor raigambre en el intelecto de su esposo, Fritz Lang, que en el de una escritora que acabaría absorbida por los desvaríos oportunistas de los miembros del partido Nazi. Llegué a la década de los 30, ya véis, abrumado de imágenes en clarooscuro, de historias que proyectaban un futuro esperanzador en una Europa sometida a los dictados de la beligerancia perpetua (aspecto, a buen seguro, inspirador de una de las irónicas novelas de Joe W. Hadelman, “La Guerra Interminable”).



Ya en los 30 me encontré con Cameron Menzies adaptando de Wells, en La Vida Futura, alguna de las proclamas más optimistas definitorias de la Eutopía, con sus taxis aéreos y sus decorados naif, con sus cielos en blanco y negro y su insolencia plástica... Después sólo quedaba encontrarme con una película deudora del fulgor romántico que animara la literatura victoriana del Siglo XIX, Frankenstein, para constatar que el cine de Monstruos comenzaba a adquirir un gran protagonismo en campos temáticos cercanos a la Ciencia Ficción (como después demostraría Alien o La Cosa). El Cine, además, deseaba coquetear con las texturas, la imagen, la referencia visual y en el lugar donde Mary Shelley había creado a una entidad no definida morfológicamente... Pierce, Freund, Whale y Karloff habían inventado a La Criatura (cuya denominación quedaría absorbida subconscientemente al nombre de su creador) y, de paso, a uno de los iconos (monstruos o no) más reconocibles del Séptimo Arte. Ay, pero comenzó la guerra...

La Segunda Guerra Mundial y el éxito de público de dos de los géneros creados ex-profeso por el mundo del celuloide: el Western y el Cine Negro, propiciaron que la Ciencia Ficción se definiera por su inexistencia apenas con un par de obras con mad doctors de por medio y, siempre, en espera de que la Guerra Fría comenzara a propiciar relatos de raigambre paranoica. Uno de ellos, La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, film fundacional del género de invasiones en su vertiente suplantadora, utilizaba los sutiles métodos metafóricos para adoctrinarnos sobre los peligros derivados de la homogeneización sociopolítica. Muchos años después, John Carpenter, habitual trasgresor de los géneros clásicos, reutilizaría la vertiente dogmatizadora de la ciencia ficción geopolítica para construir un título sumamente heterodoxo que convertiría las proclamas reaccionarias de aquélla en los mordaces e irreverentes designios que definen a la indispensable They Live.

Fue la década de las invasiones, del temor al extraño, de los autocines y el cine teen, de La Humanidad en Peligro, Invasores de Marte o La Guerra de los Mundos. Una década en la que el género de ciencia ficción miraba al espacio... y sólo veía amenaza(s). Está concepción decididamente recelosa encontraría, en la década de los 60, la de Kubrick, una nueva vuelta de tuerca.

Contradictoriamente con el contestario ambiente juvenil (que debiera haber exigido una revisión de las paranoias colectivas), 2001 nos aleja del aura politizado característico del género reubicándolo, excepcionalmente, en su vertiente Hard. El film no sólo mira al espacio: se ubica en él para reflexionar sobre nuestra existencia, sobre nuestro sentido en un Universo, definitivamente, insondable.



2001 rebasaría toda expectativa técnica, artística y argumental hasta convertirse en una de las mejores películas de la historia del Siglo XX, reanimando la SF con temas tan fascinantes como el progreso tecnológico al servicio de la humanidad (Things to Come); la teoría de la Evolución llevada hasta límites extremos o el Mito de Frankenstein (personalizado en Hal 9000). El hombre había encontrado su verdadera identidad en el universo y el Cine de Ciencia Ficción, un espejo genialoide en el que mirarse. Pronto descubriríamos que había sido una excepción esta película tan fascinante, pretenciosa y redonda, que apenas si dejaba lugar para la competencia. Una de las que se atrevieron, El Planeta de los Simios de Schaffner, encontró una justa recuperación cinéfila el día del estreno del horroroso remake/versión que de la película (y novela de Pierre Boulleau) había ideado, el otras veces acertado pero siempre excesivo, Tim Burton.

(Mañana, la Segunda y última parte)

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