Blogia
El Cronicón Cinéfilo

Vivir el Cine... de Ciencia Ficción (y II)

Cuando la resaca del amor fou (y el baby boom consiguiente), la Revolución del 68, la Guerra del Vietnam y la Crisis del Petróleo debieran haber exigido del género una versión consecuente de la novela de Ursula K. Leguin: Los Desposeídos (una de las favoritas de quien esto escribe), la Década de los Setenta le dio por dejar de lado las cuitas existencialistas y/o metafóricas esgrimidas en periodos anteriores, dando paso a una cinematografía de género mas entusiasta y despolitizada que hubiera sido de Alien -el noveno pasajero de una nave de ascendencia conradiana, Nostromo, de góticos e inabarcables pasillos y desmedida angustia-, si a Lucas no se le hubiera ocurrido rodar La Guerra de las Galaxias. Lucas no sólo se adelantó a su tiempo, ya lo sabéis, adaptó el tiempo a su necesidad, se hizo rico y nos regaló el Space Opera cinematografiado por excelencia. Tantas eran sus virtudes: el ritmo, la música, los efectos especiales, la complicidad de sus protagonistas, su argumento misceláneo, su ambiente multirracial... que tuve que nacer, ya veis, para poder deleitarme, ya en mi infancia, de sus secuelas y arquetipos, del poder subyugador de una linterna mágica que alcanzaba con el Cine de Lucas uno de sus hitos más gozosos...

En la década de los 80, dos razas extraterrestres ayudaron a completar mi infancia cinéfila: una, recuperaba en plena era reaganiana la idea de la invasión alienígena en formato catódico. V de Kenneth Johnson colapsaría las televisiones de medio mundo con un argumento de aire retro y sumamente adictivo (y que algunos siguen viendo como una metáfora de la emigración más allá del Rio Grande). Otra, posibilitaría que el bueno de John Carpenter dejara para la posterioridad la mejor adaptación de una novela de Wyndham y, de paso, uno de los ejemplos más afortunados en la noble labor de conjugar el género de terror con el de la SF propiamente dicha: La Cosa. Pero aún me quedaba por descubrir la película de culto por excelencia: Blade Runner.



Con el film de Ridley Scott el Cine no sólo hacía justicia con la obra de Dick (uno de los grandes), sino con sigo mismo, reinventando las constantes del tech noir cinematografiado con una labor de producción donde el Todo potenciaba cada una de las estimables Partes que parcelaban (conceptual y argumentativamente) la película. El cine de ciencia ficción encontraba en la intriga y la acción una vía de escape ciertamente embriagadora y en la obra del recién fallecido Dick, una nueva redefinición del género, otra vez, con el Mito de Prometeo de por medio.

Los 90, ay, supondrían el apogeo exagerado de los efectos especiales. Se volvió a Dick, sí, pero esta vez de la mano del excesivo Verhoeven y donde debía haber sarcasmo, había violencia, intrigas conspiracionales, acción irrefenable. Es un buen film este Total Recall, no creáis, con sus juegos de identidades, sus realidades virtuales, su Marte mutante... Pero no es suficiente para definir a toda una década como tampoco lo fue la segunda parte de Terminator, con su gran éxito y sus efectos digitales, con la historia de esas máquinas que reclaman del futuro una cuota de dominancia excesiva.

La década pertenecerá a Matrix, a pesar de contar con el mismo argumento (y soluciones visuales) que la película precedente. Pertenecerá a Neo y sus sosias, especímenes místicos de un mundo feliz inventado con propósitos meramente energéticos. Como Star Wars, el film de los hermanos Wachowski recogerá de aquí y de acullá para crear su propio universo conceptual: así podemos encontrar en Matrix referencias al Anime japonés, a las religiones (cristianas, budistas, musulmanas), al mundo cyberpunk, al cine de acción asiático, a la mística, a la filosofía simplificadora de origen Gaarderiano, a la mitología griega (o no), a James Cameron y sus robots pro-evolucionistas... Y por extensión: a Elegidos adictos a la resucitación espontánea, a virus (artificiales) dispuestos a liberar a la tierra de sus plagas humanísticas, a arquitectos de ascendencia kubrickiana aficionados a los juegos de Rubbick, a oráculos que siempre saben el final de la película. Matrix se erigio, en definitiva, en una miscelánea de ascendencia popular que, a modo de revoltijo, serviría a los hermanos Wachowski para crear el gran referente genérico y visual (discutible, sí, pero referente) de la última década del Siglo XX.

En fin, mientras se alargaban más de la cuenta los títulos de créditos del Solaris de Soderbergh y habiendo repasado, mentalmente, más de un Siglo de obras de ciencia ficción cinematografiadas, aún me faltaba conocer la respuesta a la pregunta que había originado mi ensoñación. Pero no quise cesar la rememoración, ya veis, sin encontrándome con Spielberg y su Inteligencia Artificial, con David y su osito de peluche robotizado convertidos en el último vestigio de una humanidad anegada en su propio destino.



Justo en ese momento descubrí el carácter inabarcable del género, sus grandes dosis de heterodoxia, su indudable capacidad para cautivar a nuestros intelectos, el inagotable catálogo de imágenes e ideas fascinantes que lo definen. También supe que seguía sin saber porqué me gustaba... Pero, visto lo visto, ya os podéis imaginar que tardará en dejar de hacerlo.

1 comentario

Steam Man -

Eres grande con todo esta disección del medio ciencia ficcionesco. A seguir así.