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El Cronicón Cinéfilo

Letras, Cine y... Pasión

No hace mucho leí por ahí, en un folleto institucional ofertado por los medios públicos animando a los niños para que se adentren en el mundo de la escritura, que el principal problema con que se encuentra un niño (o no) que pretende escribir es su primer contacto con la hoja en blanco; literalmente, hablaba de “enfrentamiento”.

No creo que haya que enfrentarse a un papel en blanco. Hay que acercarse a él, olvidar la idea de oposición, de conquista, de sometimiento. El papel en blanco (la pantalla del ordenador, si queréis) no es sino un intermediario entre tus sentidos (posibilitados por la expresión) y el universo que te rodea. Es un medio, no un objeto. No se rellena, se utiliza. El carácter gozoso que define a la escritura se viene abajo con este tipo de insinuaciones que, proyectadas desde medios oficiales, desnaturaliza el proceso espontáneo de la escritura. Un niño no debe pensar que el folio es su enemigo. Los escritores no tienen enemigos antes de ponerse a escribir. Ven y escriben. Interpretan y escriben. Sienten y escriben. Un niño ve, interpreta y siente. El folio en blanco le permitirá capturar todo eso en formato celuloso (o digital). Nada más. Y nada menos.

Yo no recuerdo cuando comencé a capturar mis pensamientos, alegrías, frustraciones, proyectos, en papel. Recuerdo haber escrito una historia de naufragios, submarinistas y tesoros escondidos en mi época de preescolar (seguramente embriagado de una película de Michael Anderson: Misterio en el barco perdido, dado que el título era similar y encontrado recortes referidos a aquellas fechas que demuestran que había sido emitida por televisión) y que me costaba demasiado trabajo ajustar mi deficiente caligrafía a mi, por aquel entonces, desbordada e influenciable imaginación. Escribir era lento y los resultados, mediocres. En ningún caso satisfacían mis exigencias como lector y, claro está, disentían de lo que realmente pretendía expresar. No era una frustración pero acababa de descubrir que la imaginación y la escritura caminaban por caminos difícilmente convergentes y que el procedimiento en sí tenía tanto de arte como de oficio. Y mi oficio de niño era... ser niño.

Mientras la dialéctica planteada entre las ideas y mis letras se apaciguaba con la edad y el conformismo, me encontré de bruces con un universo visual fascinante, repleto de imágenes inolvidables, de historias magníficas que pasaban de un suspiro; un universo poseedor de una textura, al mismo tiempo, personal y amena. Os lo he contado varias veces ya: el Cine se convirtió en compañero de mis tardes y desvelos. Disfrutándolo, viviéndolo... todo era posible.

El Cine aparcó mi interés por las letras pero no lo enterró. Ocurrió la noche en que el equipo de fútbol dirigido por Vicente Miera se acababa de alzar con la medalla de Oro en los JJ.OO. de Barcelona en una transmisión simultánea con un estadio olímpico que también vibraba con un éxito increíble: el oro de Cacho. Días antes, había visto una película, a decir verdad, fabulosa: El Secreto de la Pirámide de Barry Levinson, y sentía unas ganas ineluctables de transmitir, de capturar, aquellas sensaciones. Animado por el célebre gol de Kiko (entonces Quico) me puse a escribir la que todavía recuerdo como mi primera crítica de cine. Tan amateur como los textos que sigo escribiendo, la gozosa sensación que experimenté con la redacción de aquel escrito (todavía perdido aunque sigo buscándolo) acabaría por reunir en un mismo contexto dos de los tres divertimentos que hoy día me conforman.

El tercero, os lo podéis imaginar, me reunirá esta noche frente a un televisor portando un corazón férvido. Con un poco de suerte, Del Piero no tendrá su día.

6 comentarios

Anto -

A veces el folio en balnco se convierte en la propia salida. ADemas no creo que haya existido ni exista un folio en blanco, solo hay que encontrar la manera de sacar lo que este nos esconde

Luis -

Vaya no diré nada de aquello que como atlético me gustaría decir... A seguir a este nivel con el blog!

J. P. Bango -

Pues efectivamente, Del Piero no tuvo su día... No comentaré nada más para no exaltarme a estas horas de la mañana.

Andolini, a Borau le faltó completar el simil. El escrito, es el parto, vale. ¿Y el surgimiento de la idea...? Eso, claro.

Refo: cayó y dio lástima. Afortunadamente el fútbol es una revancha continua. Gracias por tus palabras y enhorabuena por un blog, el tuyo, cada vez más imprescindible.

REFO -

Oiga, lo siento de verdad.

Al final también cayó el Madrid.

Pero a cambio sigue usted teniendo una prosa envidiable.

Andolini -

Te felicito primero, y luego te doy mi pésame. Te felicito por poder acercarte al folio en blanco con la fluidez que describes (y que se aprecia en tus relatos. Felicidades por tu finalista en Pasadizo, aunque el género no sea mi favorito). En mi caso comparto lo mismo que una vez le escuché a José Luis Borau en Santander, una tarde de agosto maravillosa: "escribir es un proceso tan doloroso como debe serlo el parto. Me vacío, luego me contemplo, y un inabarcable desasosiego sigue después" (más o menos dixit). Segundo, mi pésame, pero de fútbol no hablo en este blog.

Lalo Cura -

pues no, Del Piero ha estado a su nivel de los últimos tiempos, igual que Raúl... pero no les ha hecho falta, la verdad, con ese equipo de inválidos que gastamos...