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El Cronicón Cinéfilo

El hombre inexorable

Se hizo hombre sufriendo sobre sus carnes las consecuencias de la inexorabilidad. Cada arruga, cada vestigio de aflicción que el tiempo prendía en su rostro, aumentaba su ineludible sensación de vacío, el residuo emponzoñado que definía su ser.

En la suma de desahogos impostados que iban forjando su experiencia vital, ese, el ver Cine a granel, se había convertido en su hábito más reconfortante; una necesidad artística exigida por su intelecto como respuesta a una realidad más deshumanizada y codiciosa; una realidad maldita, pensaba cada amanecer, donde los buenos sabían que los malos siempre se acababan llevando el mejor de los botines posible. Sí. A su mujer también, no os riáis...

Pero a la salida del Cine todo volvía a ser igual que siempre. Sabía que seguía vivo porque las horas de su reloj no dejaban de fluir, las dudas comenzaban a aflorarle, el ruido asolaba a su cerebelo. Un fuerte dolor estomacal interrumpió sus pensamientos.

A su mente le llegaban recuerdos de esa infancia que tanto añoraba. Deseó, entonces, haberse lanzado de bruces, escaleras abajo, como aquel niño del tambor de hojalata, con la esperanza de revertir la inexorabilidad, la vacuidad de una existencia desencantada y rutinaria. El día que comprendió que el Cine se había convertido en el último reducto de su cordura ya era demasiado tarde...

Hoy pasa los días en el frenopático, jugando al bridge con las cuidadoras, ganándole los cuartos al futbolista retirado, riéndole los chistes al biólogo pro-apocalíptico. No ha vuelto a ver una película, ni el cine ni la tele, y la sonrisa vuelve a formar parte de su cotidianidad.

Ya no le importa el paso del tiempo, los cuernos de su mujer, la mirada seductora de la taquillera del Cine, la terquedad inagotable del tempus fugit. Sabe que Bruce Willis, el hombre del futuro, pronto vendrá a rescatarlo.

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