Blogia
El Cronicón Cinéfilo

La Memoria: Amor por el Cine

Aquel día me estremecí. Ocurrió en un cine de una localidad, tan pequeña, que le cuesta ubicar su identidad en un mapa. Estaba sólo. O casi. Creerme: pocas cosas son más grandes que una sala de cine vacía. Pero no me importaba: ni la soledad ni la oquedad de aquel recinto. El Cine tenía una oportunidad idónea para reivindicarse y, os aseguro, que no la desaprovechó. El entorno quedó relegado a los establos de la intrascendencia nada más comenzar la película y ahí se quedó hasta algún minuto después de los títulos de crédito. El Cine, el buen Cine, había podido conmigo una vez más. Entre medias, había visto, admirado, sentido El Viaje de Chihiro de Miyazaki. No exagero cuando digo que me costó reencontrarme con la realidad.

El Viaje de Chihiro es un film realizado con las tripas. Reivindicación formidable del mundo de la ilusión, ajuste de cuentas incontenido con el mausoleo de los “mediocres” (el de unos padres que no prevén el peligro, que se inhiben de actuar ante lo desconocido), la historia “cotidiana” de esa “casa de baños para los dioses” (ya sólo este punto de partida es magnífico, ¿verdad?), se constituye en una película infectada por unas altas dosis de imaginación. Sugiere, muestra, evoca y finalmente, estremece y emociona por igual. Ingredientes imprescindibles para configurar un Cine con textura de Gran Cine.

Escarnio



El film de Miyazaki tiene un referente cinematográfico, y que resiste muy bien la comparación, en Los Héroes del Tiempo/Time Bandits (Terry Gilliam 1981),: coincide en cuanto a espíritu y en cuanto a desarrollo argumental. Ambas apuestan por la aventura iniciática de sus jóvenes protagonistas, transgreden las normas físicas del tiempo o del espacio y opinan lo mismo del mundo de los mayores. En las dos, lo que triunfa es la imaginación. Los protagonistas se sumergen en un supramundo delicioso donde detrás de cada esquina puede pasar, literalmente, cualquier cosa. Desde este punto de vista, ambos films se van a identificar con el Cine en si mismo, con su esencia. La intensa emoción que sentí aquel día, pues, encontraba ahí su justificación.

No era la primera vez que me cautivaba tanto una película. Me había ocurrido con Dersu Uzala (la magistral película de Kurosawa) y, como habréis podido deducir, con Time Bandits, ambas en sus pases televisivos. Y sí, soy optimista, y se que me ocurrirá alguna otra vez. Pero, ¿por qué el Cine era capaz de emocionarme hasta ese punto?

La primera película de la que tengo recuerdos es El increible hombre menguante de Jack Arnold. Era una película que hablaba de lo insignificantes que somos los seres humanos en comparación a la complejidad y riqueza del hábitat que nos rodea. Exagerando se puede decir que ese film es un ajuste de cuentas con la humanidad, una invitación a “menguar” inconscientemente nuestra soberbia. No he vuelto a ver esa película desde aquella primera vez (la ví aproximadamente en 1985 ó 1986, con unos ocho años) y, sin embargo la recuerdo con una gran nitidez y clarividencia. Lo cierto es que, aquel día, la casualidad y Jack Arnold habían comenzado a sentar las bases de una pasión cinéfila que el tiempo, y el buen cine, se empeñó en consolidar. Recuerdo, eso sí, fragmentos de películas anteriores o simultáneas a aquella: alguna película de Tarzán con porteadores devorados por los cocodrilos o desgajados en dos por cuenta de alguna tribu indígena o cayendo por un precipicio no sin antes rebotar en alguna roca maldita (en fin, ya sabeis que el escándalo de aquellos films eran los trajes de Maureen O’Sullivan); recuerdo también la proyección de Ben-hur que era cita obligada en el colegio cada año e, incluso, un film de Woody Allen en Super 8 (después supe que era Toma el Dinero y Corre) salpicado con las risas de los míos cuando cierta lluvia impertinente atentaba contra la patética pistola de jabón de Allen. Tambien recuerdo alguna secuencia de Miguel Strogoff (probablemente la versión de Carmine Gallone, 1956) y el hecho manifiesto de que me fascinó, pero ahí no admiraba el Cine, como tal, sino la aventura: la posterior y estimulante lectura del libro de Verne me confirmó esa primera impresión. Lo cierto es que ví todas esas películas en una vieja televisión de blanco y negro que no dejaba de parpadear y, que los calores estivales no dejaban de distorsionar la mayoría de las imágenes que hoy venero... Los tiempos cambian. ¿Os creeriáis que siempre he tenido la sensación de haber visto aquellos films en color?

el increible hombre menguante



El Cine es un arte misceláneo (volveré algún día sobre este punto); un arte dinámico dirigido a los sentidos y que sólo adquiere su verdadero significado a través de la retroalimentación: igual que la literatura, la pintura o la fotografía. Desde este punto de vista, se puede decir que el Cine es un arte que depende, exclusivamente, de sus receptores. Más aún: van a ser los receptores del propio Cine quienes le van a atribuir un sentido. Su sentido. Y es ahí cuando entra en juego la emotividad, el estremecimiento, lo cautivador, la belleza, la exageración, el terror, lo pasional. Un “film total” es capaz de sugerir todas esas sensaciones en poco en más de hora y media de proyección. No dudéis que El Viaje de Chihiro es capaz de todo eso, y mucho más.

Sólo unos días después, en una tienda contigua al recinto comercial donde había visto El Viaje de Chihiro tuve entre mis manos el video de aquel film. Experimenté toda una colección de emociones, renovadas por la curiosidad de volver a sentir aquello que ya echaba de menos. Pero lo dejé ahí. Quizás tuve miedo de analizarla. Nada nuevo. El Cine es el refugio ideal para los miedosos. Ahora puedo deciros que era la primera vez en mi vida que un mismo film me había estremecido dos veces. Mi intelecto trató de protegerme en primer lugar, de justificarme, después. Entonces acudió a mi mente el fragmento de una bella poesía de Cernuda:

Tu justificas mi existencia
Si no te conozco no he vivido
Si muero sin conocerte
no muero
Porque no he vivido.


El día en el que el cine entró en mi vida, (gracias a que el entrañable Chicho Ibáñez Serrador se decidió a quitar uno de los dos rombos que casi siempre acompañaban a las películas seleccionadas para su programa “Mis terrores favoritos”), encontró, dentro de mí, un recoveco de carácter etéreo ubicado entre las tripas y el corazón. De que debió sentirse cómodo en aquel sitio ya tenéis pruebas suficientes...

3 comentarios

J.P.Bango -

Gracias a vosotros por estar ahí, por descontado.

Cierto, Javier. Lo leí via Más te digo. Me gustaría ver esta película otra vez.

Javier -

Yo creo que esa memoria queda muy bien reflejada en Cinema Paradiso. Por cierto, "El increible hombre menguante" está en la última selección de mis favoritas.

Jaime -

Debo admitir que tus comentarios son de lo más lúcidos. Gracias por hacerme pasar gratos momentos recordando pelis de antaño.