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El Cronicón Cinéfilo

La Soga y el exhibicionismo

Es una de las historias más macabras de la cinematografía de Alfred Hitchcock y, aún hoy, una de sus películas más controvertidas y estudiadas.

Adaptar la obra de teatro de Patrick Hamilton como si realmente se tratara de una obra de teatro (incluido el tiempo real), le supone al tío Hitchck un primer quebradero de cabeza si no quire renunciar a alguno de sus artificios de suspense. Más y cuando uno de sus arquetipos habituales: el falso culpable, queda descartado con su explícita e incontenida escena inicial. De otro lado, la trampeada única secuencia de la que presume el film le imposibilita utilizar uno de los recursos que, todavía hoy, definen al cine de suspense: el uso narrativo del montaje.

“Textualmente, cuando pienso en ella, me doy cuenta de que era completamente estúpido porque rompía con todas mis tradiciones y renegaba de mis teorías sobre la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar visualmente una historia”.


Hitchcock utiliza la técnica al servicio de la narración alterando los fondos de la ciudad, desplazando muebles y decorados para que la cámara pudiera moverse con toda naturalidad por el apartamento. La cámara (la mastodóntica Dolly) y los operadores y técnicos debían moverse en absoluto silencio. Las tomas debían repetirse una y otra vez debido a lógicos problemas de iluminación en la que sería la primera película en Color del maestro inglés.



Pero La Soga no sólo destaca por su apartado formal cediendo buena parte de su interés en el tratamiento otorgado al contenido. El McGuffin, el cadáver dentro del baúl (centro de atención de toda la película), y las motivaciones que definen la actitud de los dos protagonistas, una deformación del mito del Superhombre en el que los protagonistas asocian el ideal de Nietzsche con el ejercicio de la libertad más absoluta (una libertad malentendida que les permite disponer de las vidas de los demás únicamente para demostrar su supuesta superioridad intelectual), serán los pilares controvertibles sobre los que se van a sustentar la base ideológica del film.

No se queda ahí. Hitchcock insinúa una relación homosexual entre los dos estudiantes. Los detractores del film sugieren un tratamiento homófobo al identificar dicho carácter con el propio asesinato; teoría alucinatoria según la cual, sólo unos depravados como ellos serían capaces de cometer dicho crimen. En realidad, y visto en la actualidad, el carácter homófobo, incluso misógino del film, queda al margen de la interpretación final de la película y, seguramente, de su propia concepción. Porque lo que realmente interesa a Hitchcock es el carácter exhibicionista de su sustrato argumental:

No hay crimen perfecto si no hay crimen. Y no hay crimen si nadie, excepto el cadáver, sabe que se ha producido. El maestro aprobará o reprobará el trabajo de sus alumnos única y exclusivamente cuando los propios alumnos le entreguen los deberes. La cena supone un desafío intelectual que sigue el esquema narrativo de las “migas de pan” del cuento de Hansel y Gretel. Dan pistas a su maestro para que los cojan: uno, llevando su “juego criminal” hasta el paroxismo. El otro, soportando la certeza de que, al final, el maestro resolverá el juego.

El cadáver siempre está presente en escena, incluso comen encima de él en una fiesta donde también está invitado el propio padre del fallecido. Hitchcock comienza a superarse a si mismo.

3 comentarios

Andolini -

Estupenda película que ví en aquellos añorados ciclos de la 2 cuando la llamábamos "la segunda". Un saludo para Vd., maese Bango, y un comentario intruso sobre su post de "Sin City" (por estar fuera del país, y en lugares ajenos a internet, no pude leerlo hasta ayer). La peli está bien, pero para los que seguimos la serie de cómics del genio Frank Miller no aporta ninguna novedad. Es demasiado "literal", y por tanto predecible 100%. Mil perdones por "colarme". Un abrazo.

Queco -

A mí también. Un peliculón.

VSancha -

A mi me parece una de sus mejores obras, de mis favoritas del maestro.