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El Cronicón Cinéfilo

El Secreto de los Hermanos Grimm: Una de cuentos, de los de toda la vida

Crear ficciones recurrentes basadas en personajes que una vez existieron, le supone al arte cinéfilo la posibilidad de a) explorar el mundo y las ideas de aquellos hombres que forman parte de la Historia, más allá de las convenciones de la realidad; b) obviar el carácter biográfico de los mismos; y c) abordar los temas que surgieron gracias a su existencia haciendo de la persona, un personaje, de los textos e imágenes que concibió: un universo de ficción reconocible.

Siguiendo esta premisa, la idea de base de El Secreto de los Hermanos Grimm es, precisamente, convertir a los propios Hermanos Grimm en protagonistas de uno (o varios) de sus cuentos (repletos de iconos legendarios: brujas vendedoras de manzanas, sapos que ocultan secretos confesables, leñadores que pierden a sus hijas en bosques encantados, hermosas princesas de largas trenzas dueñas de espejos aduladores, zapatos de cristal en los pies de una adolescente comatosa...); crear una ficción que conjugue situaciones y personajes de todos ellos, y hacer de su resultado una propuesta cinematográfica sugerente...

En este contexto -pues sí- de cuento, Gilliam nos presenta a los Hermanos Grimm como una suerte de farsantes que aprovechan las impresionables conciencias de unos crédulos campesinos germanos para repletar sus bolsillos de monedas, representando una pantomima de terror en la que ellos mismos se constituyen en cazafantasmas al servicio de los pobres, y un par de actores a sueldo en espectros temibles que los hermanos se aprestan a derrotar ante los ingenuos ojos de los lugareños.



Descubierta la farsa por cuenta de un General racionalista (y por uno de sus súbditos más despreciables, Cavaldi), serán condenados por el ejército franco-invasor a desenmascarar a los responsables de una serie de desapariciones infantiles que tienen lugar en las inmediaciones de un siniestro bosque germánico...

Referencias características a los cuentos de Hansel y Gretel o Caperucita (fuentes legendarias que ya protagonizarían sendos filmes de culto: las dos partes de Freeway), Blancanieves, el Príncipe y la Rana, La Cenicienta, Las habichuelas mágicas, La Bella Durmiente, El hacha mágica y, sobretodo, Rapunzel, (que provocan situaciones más o menos cómplices, más o menos hilarantes -especialmente, el primer descenso de la Torre protagonizado por Jako Grimm), van a servir de jergón cómplice a esta aventura de fantasía dominada por la acción imparable, por los juegos pirotécnicos de un cineasta acostumbrado a saciar nuestra demanda de secuencias imaginativas con abundantes dosis de fantasía ficcionada.

Gilliam vuelve por sus fueros, inundando de objetos los decorados, mostrándose excesivo, peleándose con sus productores, dejando en la sala de montaje alguna de sus secuencias más caras, manejando como nadie las servidumbres de la técnica aplicada a una narración jactanciosa. Crea imágenes fascinantes y evocadoras con la complicidad de un departamento de arte capaz de hacer caminar a los árboles (sin que se note su cualidad infográfica), sumergir a los personajes en un bosque, no podía ser de otro modo, de aspecto feérico y misterioso; hacer de todos los protagonistas: personajes excéntricos, caricaturescos, grandguiñolescos...

Gana en fascinación e invectiva visual al Sleepy Hollow de Tim Burton (en realidad, es cien veces más vibrante y divertida) y en profundidad emocional y mística a El Bosque de Shyalaman pero no logra estar a la altura de las mejores películas de Gilliam, en especial de Los Héroes del Tiempo (con la que este film debería compartir algo más que la paridad geográfica y el tratamiento bufonesco de los generales napoleónicos). Pese a todo, cuenta con suficientes alicientes como para destacarse dentro de la filmografía visionaria del menos acomodado de cuantos miembros de la factoría Monty Python se atreven a seguir en activo.

El Secreto de los Hermanos Grimm es una película a la que le cuesta definirse (debido a su mezcla de géneros y arquetipos) pero también es una experiencia visual absorbente, un Cine plagado de gozosa e inagotable fantasía que cojea, sin embargo, a la hora de dar empaque dramática a una historia más o menos previsible (no es lo que más importa, la verdad) imbuida en un contexto recargado, aparatoso, barroco y deslumbrante.

Es, en fin, el trabajo alimenticio de un director indomable, una obra de encargo que sobrepasa las expectativas del cine de consumo actual pero que no logra rebasar las exigencias de una película inolvidable o paradigmática como lo fueran en su momento Time Bandits, Brazil o 12 monos.



El Cine de alto presupuesto, herramienta de los demiurgos de los nuevos tiempos, presta todo su arsenal técnico a Terry Gilliam para conseguir hacer de esta película la obra excelente e intemporal que pudiera haber sido y, finalmente, no es. No hay que lamentarse. Sigue siendo una buena y recomendable película.

Lo más destacado: la imaginativa resolución de alguna de las situaciones planteadas...

Lo menos destacado: el escaso (pero inolvidable) protagonismo de una de las mercantilizadas cabezas de cartel: Monica Belluci.

Clasificación: 7

4 comentarios

ñaca! -

viven con tu puta madre XDD

Anónimo -

donde viven

ana -

!hola! solo queria decirles que por que no escriben sus cuentos en una pagina especial porfa

EKI -

Sin duda es una buena película, aunque a mi lo que me agradó en menor medida es precisamente el toque excesivamente caricaturesco de los soldados napoleónicos.

le agregaré en los links de mi blog para seguirle más asiduamente.