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El Cronicón Cinéfilo

Quemando... Cine

“Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.” Ray Bradbury: Fahrenheit 451

La posesión y tenencia de libros está prohibida. Una brigada de bomberos se encarga de hacer buscarlos, encontrarlos y calcinarnos con un propósito, eminentemente, socializador. Ese es el trabajo de Montag hasta que un día, un encuentro casual con su vivaz vecina, Clarisse, le hace cuestionarse su realidad, la de su esposa, la de la comunidad aséptica en donde habitan...

“Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del Cine”. François Truffaut

La de Fahrenheit 451 es una sociedad perfectamente reconocible: la televisión (interactiva, por cierto) forma parte de la familias hasta el punto en que interacciona con ella, haciendo partícipe de su propuesta comunicativa a la propios televidentes: juntos forman un enjambre sometido a los dictámenes de los poderosos.

La seguridad del colectivo deviene en un control sutil, no tanto en cuanto a su libertad de movimiento sino al control de las emociones; y qué mejor modo de evitarlo que prohibiendo la identificación literaria: el conocimiento de vivencias y existencias ajenas definidas por el amor, la aventura, la superación, la intriga política...

Toda obra de ficción se identifica por un deseo y por los pasos que se siguen para satisfacerlo: proscribiendo la literatura se niega la posibilidad de obtener (e incluso conocer) un deseo ajeno a las normas preestablecidas.

“Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo lowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía”. Ray Bradbury: Fahrenheit. 451

La película de Truffaut sobrevive al paso del tiempo por la contundencia y efectividad de algunas de sus mejores secuencias:

a) Una maestra de escuela humillada y reprendida socialmente por sus alumnos.

b) Una mujer (robotizada, como llega a insinuar su esposo) que delata a su marido por no acepta su heterodoxia.

c) Una anciana que prefiere inmolarse junto a sus libros que ver quemado su contenido.

d) La comunidad de hombres-libro que, finalmente, da sentido y explica el significado de la historia.

 


 

No es difícil pensar que el propio Truffaut elevara el mensaje de Fahrenheit 451 a la defensa del medio de expresión cinematográfico y que como aquel personaje de su película acabara incinerándose junto a tan fascinantes obras artísticas.

“Puedo añadir que el cine ha sido en mi adolescencia una clase de refugio; por ello le tengo un amor casi religioso. No puedo tener por un hombre político el mismo interés que por los cineastas que admiro, y creo firmemente que, en la historia de Inglaterra del siglo XX, Charles Chaplin es más importante que Winston Churchil”

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