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El Cronicón Cinéfilo

Dos hombres y un entorno

Rescato del archivo la crítica de una magnífica película: Master And Commander. Al otro lado del mundo: 

 

Se ha acusado, injustamente, a Peter Weir de ser un director carente de estilo propio, incapaz de desarrollar rítmicamente los entramados argumentales que llegan a sus manos, que rehuye la condición de creador propia de su oficio… Quizás, lo que no saben sus detractores es que el estilo Peter Weir no proviene tanto del oficio de cineasta, sino de su preocupación por los formidables entornos en los que envuelve a sus personajes y la motivación que a éstos les inspira. En este sentido Weir es un director personalísimo,  una rara avis de inspiración romántica que condena a sus personajes a crecer emocionalmente en un ecosistema extraño pero sugestivo del que no podrán escapar sin comprender la urdimbre que lo sostiene. No extraña, por tanto, que el cineasta australiano se oculte tras los créditos de  Galipolli, El Año que vivimos peligrosamente, La Costa de Los Mosquitos, Único Testigo, Fearless y, naturalmente, la película de entorno impostado por excelencia: El Show de Truman.  

 

Impelido por su condición de brillante narrador de contextos, Weir cuenta en Master and Commander. El otro lado del mundo, la historia de dos amigos embarcados en un velero de nacionalidad británica que lucha por restringir el dominio que,  del mar, ostentan las tropas del estratega Napoleón. El uno es un tipo afortunado,  Capitán experto (suponemos) de glorioso pasado, querido por sus tripulantes, de gran carisma, abnegado. El otro es un galeno dotado de una gran destreza, inquieto, entusiasta, precientífico. A ambos les une su amor por la música y el ron, la camaradería propia de una amistad cuyos orígenes nunca se explican. Desde otro punto de vista, también se narra la historia de una persecución, de un duelo entre dos barcos y capitanes, dos estilos de navegación, dos países en contienda,  dos tripulaciones que se temen. Pero esa historia, teóricamente el hilo conductor del film, una historia que a Weir le importa menos.

 

Las (contadas) escenas de batalla son impactantes, bien planificadas en su origen y rodadas con gran verosimilitud pero prefiere recrearse en la anécdota, en la vida habitual de unos marineros que pasan frío, calor o miedo, echan de menos a sus esposas y cantan canciones populares antes de dormir. De este modo, el director australiano propone una visión novedosa del género de la aventura con barcos, no le importa quien fue Raoul Walsh sino cazar iguanas en las galápagos, jugar al críquet en los tiempos muertos y dejar sonar el violonchelo en alta mar. Se permite el lujo de hablar de barcos fantasmas, de corsarios, de motines, sin perder un fotograma en el rodaje de arquetipos; exhuma cine por los cuatros costados. Estructura su entramado como un gran episodio (no tiene principio ni final) donde van a tener cabida diversas intrahistorias de indudable interés argumental: Jonás y el gafe;  el señuelo;  las islas galápagos... y rehuye, seguramente porque parte de una base literaria de prospección popular, los personajes almibarados y distantes. 

 

Master and Commander se rebela como un film magnífico, afectado de un bello lirismo, singular en todo cuanto propone. Es una película  que departe con la amistad y con la guerra,  con los lagartos y las espadas, con el mismo compromiso y rigor.

 

 El director australiano disecciona el hábitat en el que los personajes se desenvuelven con una precisión de cirujano cardiovascular, mostrando sin ningún rubor  y a modo de docudrama, el lado oculto de toda gran aventura: su cotidianidad.  Y nos la ofrece sin ningún miramiento (véase la amputación del brazo de uno de los jóvenes protagonistas), sin renunciar a la aventura ni a los efectismos. No ganará ningún Oscar importante (quizá el de Crowe, más moderado que de costumbre aunque con los mismos gestos autocomplacientes de siempre; seguramente el de Paul Bettany) pero servirá para reivindicar el trabajo de un director que no merece pasar más tiempo en las cenagosas simas de la infravaloración.

 

Lo más destacado: Las escenas de las islas galápagos;  las constructivas conversaciones de los dos protagonistas;  la coherencia del conjunto.

 

Lo menos destacado: el tono patriotero de alguno de sus discursos y la precipitada resolución de alguna de las intrahistorias.

 

Calificación: 8

5 comentarios

John Trent -

Esta es de esas peliculas que en un principio iba a ir a ver al cine y al final, por unas cosas o por otras, no la he visto ni a dia de hoy.

El caso es que hay una discrepancia muy grande ante ella, desde opiniones que hablan de obra maestra hasta opiniones que dicen que es un autentico bodrio.

Cuando la vea, opinare...

frastraslafra -

Tengo que discrepar. Desde los 15 voy al menos 1 vez por semana al cine. Sólo me quedé dormido 2 veces. Una fue con el Código Da Vinci. La otra fue con esta película.

Y eso que me gusta Peter Weir...

IVAN -

Un titulo inapropiado para una pelicula que ya he defendido varias veces. Aunque Weir se defiende solo. A mi me encanta.
Unico testigo la vi de pequeñin en el cine, con Ford en sus mejores facultades fisicas y una, nunca antes ni nunca despues, tan bella Gillis.
Este tio hace peliculones sin meter demasiado ruido.
Saludos

Raúl Cerezo -

A día de hoy, buena película.

A día de mañana, un clásico.

Roberto -

Una gran película de Weir que ha sido algo infravalorada, pero....¿que hace usted que no está en el cine viendo "Las colinas tienen ojos"?

Saludos