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El Cronicón Cinéfilo

Solo un beso: Loach se redime con amor

Algo más que un beso, mestizo y de corte liberador, se cruza en el camino de un joven DJ pakistaní y una profesora irlandesa católica, quienes a partir de ese momento tendrán que luchar contra viento y marea para poder disfrutar de su relación en plenitud, evitando las sujeciones e intromisiones de sus respectivas familias y/o comunidad, mientras siembran las bases de una convivencia estable y tolerante. 

 

Una relación, en fin,  sustentada sobre la base del conflicto, le sirve a Loach para retomar la senda de la fábula socio-romántica de corte hiperrealista que, en su momento, ya diera origen a la que quizá aun siga siendo su obra más equilibrada y memorable, Mi Nombre es Joe, una película con no pocos puntos en común con este, sorprendentemente vitalista, Ae Bond Kiss, con la que el bueno de Ken Loach parece dejar aparcado la vena reivindicativa (e internacionalista) que había protagonizado su trabajo en los últimos años.

 

Sin apelar al sarcasmo definitorio de aquél célebre episodio de El Sentido de la Vida de los Monty Phyton, pero sin dejar de lado, faltaría más, el espíritu agresivo que siempre protagonizó su filmografía,  el infatigable combatiente Ken Loach (y su fiel escudero desde los tiempos de Land and Freedom, Paul Laverty), dirige ahora su punto de mira hacia el estamento social por excelencia, La Familia (en sentido estricto: no hay padrinos aquí), enfrentándolo con uno de sus mayores enemigos: la decisión personal de un individuo, en este caso, singularizada en la búsqueda de la Felicidad más allá de las convenciones sociales, religiosas, familiares...

 

Bajo esta premisa, asistiremos al rechazo desgarrado de la familia pakistaní (en la linea de Quiero ser como Beckham), de cuya descomposición se hace responsable al afianzamiento de esta historia de amor mestiza. Con ella, los protagonistas quiebran las normas de su entorno provocando un cataclismo emocional que, aparte de favorecer el trabajo interpretativo de los dos protagonistas (protagonistas, a su vez, de un casting más que acertado), posibilita el desarrollo de las propuestas libertinas del bueno de Paul Laverty.

 

Laverty, un guionista antisistema que suele idear "revolucionarias" historias de amor normalmente trufadas por un entorno contaminado por la desigualdad y la injusticia, se las ingenia, sin embargo, para encontrar un poso (solo un poso) de optimismo en este romántico cuento moral con el que cineasta británico Ken Loach vuelve a demostrar su indudable capacidad para el retrato de carácter realista y, de paso,  reafirmarse como el mejor de cuantos osan aventurarse en el resbaladizo terreno del inconformismo cinematografiado.

 

Algo que sus seguidores agradecemos generosamente.

 

Lo más destacado: Algunas secuencias en plano corto made in Loach; el episodio del cura católico.

 

Lo menos destacado: la incompleta (por maniquea) descripción de algunos personajes.

 

Calificación: 8,5

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