Blogia
El Cronicón Cinéfilo

Los Hijos de los Hombres: desgarradora visión del futuro de la Humanidad con la redención y el sacrificio como telón de fondo

"Lo que queremos es una historia que empiece con un
terremoto y que luego vaya subiendo hasta llegar al clímax"
 
 
A R.C.



Llevaba varios años el género de anticipación buscando un referente que pusiera al día las constantes que otrora definieran al cine distópico (a.k.a. prospectivo) con obras de referencia (cuando no de culto) como Blade Runner o Desafío Total hasta que apareció Los Hijos de Los Hombres para encaramarse a un cetro cuya potestad debiera durarle, al menos, hasta que alguno de los discípulos audiovisuales de Philip K. Dick consiga parir y financiar la obra definitiva sobre el género.

Y es que la gestación de una obra maestra en el ámbito prospectivo exige el cumplimiento de una serie de pautas:

Por un lado, a) ha de contener un macguffin cuyo desarrollo no sólo soporte una duración convencional sino que construya una urdimbre suficiente como para articular, en su rededor y de forma coherente, las decisiones y movimientos de todos los personajes (El Planeta de los Simios). b) Tampoco debe renunciar a su cariz dogmático y de denuncia con el objetivo de hacer del género lo que siempre ha sido, es decir, un reflejo en formato celuloso de los conflictos sociales (latentes o reales) que nos asolan en la actualidad (Soylent Green). Y naturalmente, c) tiene que encontrar una adecuada correlación entre la maquinaria formal (dirección artística, fotografía, música) puesta a disposición del director y la exigencia de llevar a la práctica de forma espectacular pero también dramática un argumento bucólico pero turbador, estremecedor pero vibrante (Blade Runner).

Todo esto contiene esta sobrecogedora película de Alfonso Cuarón, cuyo resultado final, sin embargo, rebasa cualquier expectativa. No estamos en presencia de un clásico de la Ciencia Ficción contemporánea sino de un clásico del Cine de todos los tiempos, una especie de salto adelante en la evolución del cine de consumo (técnicamente impecable, dramáticamente consistente), que ofrece una perfecta simbiosis entre lo quiere decir y los medios que utiliza para contarlo sin que el desarrollo del entramado se resienta lo más mínimo, antes al contrario, sintiéndose parte de una sinergia donde el todo es mayor que la suma de sus partes hasta el punto de hacer de la completitud... una película, sencillamente, imprescindible.

Así se las gasta la cinematografía cuando engendra historias que no dejan respiro al espectador en su recreación desilusionada de un futuro (extraordinariamente reconocible) cuya naturaleza se explicita en los apenas cinco minutos que dura la magnífica introducción de Los Hijos de los Hombres: La desesperanza domina un mundo donde ya no nacen niños. La esterilidad sabotea las expectativas de unos seres humanos condenados a desaparecer y desintegrarse; en las calles se vomitan toneladas de abatimiento. Solo queda, entonces, vivir. Mientras tanto, la humanidad se desvanece contando batallitas, devastando ciudades, poniendo bombas, llorando la muerte (de fama) del hombre más joven del planeta (un argentino llamado Diego, un nombre nada casual en una película que cuida los detalles hasta el extremo), tomando pastillas que inducen al suicidio prescritas por el Gobierno; persiguiendo, enjaulando, maltratando, deportando y liquidando a unos emigrantes que, sin embargo, anhelan vivir los últimos estertores de sus existencias pisando una tierra prometida que ya no existe.
 
 


Los Estados que todavía mantienen el control de las fuerzas del orden y el ejército, como el Reino Unido (de nuevo devastado como en 28 días después), responden a la desesperación mediante métodos represivos pero, sin embargo, no pueden evitar que entre los emigrantes y sus afines, surja un bastión resistente, una especie de grupo terrorista (como todos: bipolar) que pretende un alzamiento liberador, más y cuando en su regazo, enterrado en el vientre de una refugiada, se haya el germen de una nueva oportunidad, ¿la bandera que liderará una revolución definitiva o la semilla de la que debe brotar el futuro que anhelan los hombres?

Así las cosas, llegamos a Theo (Clive Owen) quien sufre bajo sus carnes el peso de la desmoralización (social y personal), minutos antes de que acuda en su demanda su ex mujer, Julian (magnífica, como siempre, Julianne Moore), voluntariosa líder de los resistentes que se empeña en poner en sus manos un secreto que llevan custodiando durante meses. Theo acepta la invitación a regañadientes y por dinero hasta que comprende y asume el verdadero alcance de su misión. Y es que de su celo y empeño pende, ahí es nada, el futuro de toda la humanidad.
 
 

El argumento de Los Hijos de los Hombres (Children of Men), de corte redentor y mesiánico, desprecia sin embargo cualquier parangón con la mística: no hay atisbo alguno de heroísmo (a pesar de la vena sacrificada que inspira a la mayoría de los personajes) en la conducta de los protagonistas sino de responsabilidad (una responsabilidad que tampoco es ajena al resto de los hombres como bien demuestra la secuencia de la tregua), si acaso es una historia sobre el género humano y sus prioridades imbuida en un entramado articulado en torno al apotegma de la persecución.

En estas lides queda poco lugar para el maniqueísmo (los buenos y los malos lo son por una simple cuestión de ideales y de plazos) o el dogma (afortunadamente), y bastante para la exploración de nuevos terrenos narrativos que liberen de artificio y efectismos una historia que puede contarse controlando la información contextual que se inserta en cada fotograma (ya lo anticipo, inabarcables en un primer visionado pues nada de lo que aparece en pantalla es fruto de la casualidad) aprovechando al máximo (y con la mayor información posible) los planos, encuadres, secuencias y planos-secuencias que componen su película.

Así las cosas, los póster, carteles, cuadros y demás parafernalia estética renuncian a su condición de meros ornamentos para convertirse en parte de la narración de una historia donde cada imagen se sabe repleta de aristas, algunas de ellas profundamente líricas (dos ejemplos: en una de las secuencias más emotivas y esperanzadoras se cuela el reflejo de un triceratops como inexcusable signo de prevención; en otra, aparece expuesto en la casa del Ministro de Cultura, el Guernika de Picasso, el cuadro de una ciudad abatida por las bombas como preludio ineludible de lo que acaecerá al final de la película) y de otras intensamente bucólicas (paisajes circundados por hileras de humos, calles abarratodas de pobredumbre...) que dotan de sentido y textura a esta deliciosa fábula que, sin embargo, conserva en las miradas y los gestos de los personajes un cierto aroma de cine clásico, singularizado en el personaje de Owen quien detenta las mismas aspiraciones (y mirada) que el Bogart de Tener y no Tener (Desprecia los principios pero los respeta: y hace todo lo que puede para ayudar a aquellos que, una vez, confiaron en él). Y es que Los Hijos de los Hombres se nutre de clasicismos y formas del cine de ayer entretejidas aotras más actuales, donde los objetos interaccionan con los personajes incluso provocándolos heridas en planos secuencias afortunadamente interminables que magnifican el sentido del espectáculo haciendo vivir/sentir al espectador (y esto supone emocionarse) de primera mano (¿acaso no era esto el cine?) todo y cuanto sucede en pantalla.
 
 


El virtuosismo de la película es esplendente pero también funcional: no hay mejor modo de narrar la tensión que perseguir por todo el campo de batalla a un hombre que lucha no ya por su supervivencia sino por el destino de toda la humanidad. Este modo de entender la narración podía calificarse como spielbergiano y es el propio Cuarón quien se encarga de traer a colación un apellido cuyo recuerdo despacha en múltiples homenajes (más o menos explícitos y, en cualquier caso, siempre contextuales) que siguen el camino trazado por el cineasta californiano en películas como Salvar al Soldado Ryan, Inteligencia Artificial, Minority Report o, sobretodo, La Guerra de los Mundos.

Sin tregua ni apenas respiro, asistimos a una buena colección de momentos y secuencias memorables que merecerían por sí solas un análisis más detallado y profundo: me quedo esta vez con lo evidente: a) con la emoción contenida que desprende la tregua al asalto del edificio; b) con ese cristal desecho que sin embargo permite entrever, en la distancia, un columpio impregnado de nostalgia; c) con ese plano-secuencia que comienza con una emboscada en mitad del bosque y finaliza con un asesinato catártico asaz conmovedor y emotivo; d) con esa huida en un coche que no acaba de arrancar, en tiempo real, marcando todos los tiempos del suspense (con claras reminiscencias, además, a la secuencia inicial de La Noche de Los Muertos Vivientes); e) con el que es, sin duda, el plano secuencia de la década: sí, "el del parto"; f) con ese Jasper (Michael Caine) contando en segundo plano y desenfocado el doliente pasado de Theo; g) con esa conclusión de corte liberadora embebida de brumas, faros y esperanza...

Todo lo que ocurre y, por tanto, lo que sabemos, lo sabemos porque sucede ante los ojos (o a su espalda en segundo plano) del personaje principal. No nos importan las razones de la esterilidad y la ausencia de explicaciones plausibles sobre una solución de laboratorio, sino el dolor de una comuna de hombres testigos y sufrientes del Apocalipsis. Cada charla y conversación se saben afectadas por una tara insondable que pone a los hombres frente a un espejo, su espejo, preñado de destrucción y añoranza.

Los subplots que lo contextualizan, en fin: la represión al emigrante; las guerras desmedidas; las capuchas sobre las cabezas de unos presos que no se sienten presos... nos recuerdan, además, que estamos en presencia de una película que se acuerda de sus fuentes y argumentos, que busca en la exploración del futuro una respuesta, a modo de reflexión, que explique nuestra más severa actualidad. Pretensión que también define a una película que pronto se habituará a resistir cualquier análisis al margen del gusto personal. Es lo que tiene ser y nacer con aires y apostura de Obra Maestra.


  • Lo más destacado: la gozosa sensación que impele su primer visionado.
  • Lo menos destacado: que se acabe.
  • Calificación: 9,50

2 comentarios

J. P. Bango -

Por supuesto, yo también opino que la presencia de los animales no es casual (a pesar de ser un recurso habitual en producciones pro-apocalípticas como bien puede verse en "12 monos" de Terry Gilliam, donde se podía ver algún animal en medio de la urbe o, incluso, en El día de Mañana de Emmerich -lobos), precisamente porque ya sé que nada es casual en esa película. Cuando -!!!SPOILER!!!- los aviones sobrevuelan la bruma al final del film, mi subconsciente se estremecía pensando en que una hora antes el Guernika de Picasso había sido tema de conversación de los protagonistas...

Son ideas que quedan al margen de leitmotiv principal, pero enriquecen notablemente el visionado de un film, insisto y quizá exagero, extraordinario, a ratos, brillante y estremecedor.

robgordon1982 -

Maravilloso comentario, para una maravillosa cinta!

Puestos a buscarle elementos intrinsecos , yo veo un detalle en lo referente a la omnipresencia de los animales, en concreto perros, durante toda la película.
Cuaron incide subconscientemente en la subsistencia de los animales, que han sabido adaptarse mejor al entorno que el propio ser humano, el cual esta destinado a la desaparición, sin esperanza de nuevas vidas y alumbramientos y preso de un panorama desolador.
Probablemente, en un futuro del futuro que ofrece Cuaron, serían los perros o animales los supervivientes (en una posible similitud, salvando las distancias, con "El Planeta de los simios").

Creo que es la mejor película de los ultimos años, con permiso del "Munich" de Spielberg, al cual, como bien apuntas, debe mucho este universo futurista pero ultrarrealista, planteado por Cuaron.

Un saludo septimocielero!
(Por cierto, he puesto un enlace a tu pagina en mi blog. Que ya iba siendo hora)