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El Cronicón Cinéfilo

Videodrome (IV): Moldeando la Nueva Carne

Las alucinaciones corporeiformes de Cromosoma 3 auguraban un salto evolutivo en la definición de la Nueva Carne que Cronenberg no estaba dispuesto a dejar de lado en la obra que, definitivamente, debía concretar sus principios. A cambio, el cineasta canadiense construye una de las películas más impactantes e imprescindibles de su filmografía: una cinta de culto cuyo efecto permanece inalterado con el paso del tiempo pues a medida que las imágenes de la cinta se aviejan, sus ideas cobran mayor sentido y fuerza, adquiriendo vigencia en una sociedad altamente desarrollada, cada vez más dependiente y necesitada de estímulos externos que satisfagan o complementen nuestros sentidos.

Videodrome vaticina un presente monoteísta dominado por un terminal de televisión que impele rayos catódicos contaminados. En cierto modo, Videodrome actúa como una especie de droga que trastoca y transforma los sentidos de aquel que se sienta frente al terminal, ayudando a edificar, en su mente, una realidad deformada. La exposición continuada a Videodrome, por ello, subyuga la personalidad del receptor, quien a través de los sentidos (en especial, la vista) descubre una nueva dimensión que, además, consigue transformar su propio cuerpo en términos perceptivos (a través de las alucinaciones) y en términos físicos (por medio del tumor). Cuerpo y Mente se sienten, entonces, parte de un mismo proceso de transformación que más que una mutación se rebela como una auténtica metamorfosis en tanto las consecuencias que provoca, esto es: el surgimiento de la Nueva Carne, se entienden dentro de un proceso evolutivo cuyos cambios los provoca no ya una alteración del entorno medioambiental, sino la propia naturaleza del individuo. En este sentido, Cronenberg muestra al personaje de Renn (y a todos aquellos que se definen víctimas de Videodrome), como un ente enteramente influenciable (incluso, contranatura) por su entorno. La televisión, centro de su universo vital (como bien se aprecia en el primer plano del film protagonizado por un despertador con aires y formas televisivas: “Vuelve al estado consciente, Max Renn”) es el medio que altera la conciencia del individuo. De repente (y aunque Cronenberg ya lo había insinuado con la presencia de O’Blivion -una especie de émulo- y de Marsha -un nombre que se nos antoja nada casual-), nos encontramos a MacLuhan:

Los medios, al modificar el ambiente, suscitan en nosotros percepciones sensoriales de proporciones únicas. La prolongación de cualquier sentido modifica nuestra manera de pensar y de actuar, nuestra manera de percibir el mundo. Cuando esas proporciones cambian, los hombres cambian”[1]

La Realidad que dimana la televisión es la Realidad que acepta como propia la mente del sujeto corrompido por las transmisiones de Videodrome. Las visiones se suceden incontroladas en la mente de Max Renn, que no tarda en convertirse en una suerte de dipsómano cada vez más necesitado y dependiente de satisfacer el impulso de visionar aquellas imágenes. Las imágenes cuyo contenido se resumen en la tortura y la muerte “en directo”, desinhiben las defensas del organismo receptor, haciéndolo más vulnerable y accesible tanto para las órdenes subliminales (que persiguen un control del individuo) como para la entrada de la enfermedad (en este caso, el tumor cerebral que origina la exposición continuada a Videodrome) dimanante/consecuente.

 


 

Así las cosas, Cronenberg concibe a la televisión como un arma (es decir, un medio según la teoría de McLuhan), capaz de transformar la Voluntad del sujeto afectado hasta el punto de convertir a la audiencia en marionetas al servicio de aquellos que se ocultan al otro lado del tubo catódico. Sin embargo, no se trata de un lavado de cerebro ni de una técnica de control mental (diseñada con propósitos mercadotécnicos) al uso. El propósito que, en último término, encierra Videodrome, escapa incluso del conocimiento de aquellos que lo utilizan (no así de su creador, O’Blivion, uno de los personajes más misteriosos y fascinantes que ha tenido a bien pergeñar la cinematografía cronenbergiana, y que conoce los verdaderos límites a los que aboca su creación), alcanzando una repercusión que va más allá de alterar intrasensorialmente el cuerpo infectado, al prepararlo para una nueva etapa vital, perfectamente adaptada y en armonía con la “sociedad tecno-dependiente” que O’Blivion vaticina y que aún estaría por llegar.



[1] MCLUHAN, Marshall. El medio es el mensaje. 1967. Paidos. .

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