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El Cronicón Cinéfilo

La analogía del árbol y el cineasta caducifolio: el texto

Enero cuesta siempre, más allá de las servidumbres derivadas del consumismo devastador. Es un mes de propósitos que poco a poco se van desvaneciendo, dinamitados por las interferencias, las dudas, los desvelos o la enfermedad. A febrero apenas llegan los aventureros y los insensatos, e incluso estos últimos tienen complicada su entrada lúcida en el mes siguiente, marzo, más que nada por que ya gastaron lo que les quedaba por gastar: su voluntad.

Abril, sin embargo, echa raíces al albor resplandeciente de unas ideas que brotan en primavera como las hojas de los árboles caducifolios y, como éstas, apenas si llegan al otoño afectadas por el frío del ambiente, es decir, por la indiferencia, construyendo en la superficie boscosa una especie de hojarasca intelectual cuyos restos se sedimentan en condiciones adversas junto a cortezas de decepción y astillas de fracaso.

 


 

 A los cineastas que se presentan al público cebados por el impacto de sus primeras obras, les ocurre lo mismo que a los árboles caducos: se pervierten de verde, en cheque o en efectivo, en sus inicios y se pasan el resto del año o de su existencia viviendo de las rentas. Lo difícil, como veis, no es brotar sino permanecer íntegro ante el acoso del invierno y más aún, asegurarse un futuro en las lóbregas estepas de la vida en los márgenes de un río donde además de juncos y nenúfares habitan parásitos y depredadores con aspecto y modos de buitres, cuando no de gusanos... En realidad, el verdadero reto lo asumen los árboles perennes. Su fruto, en nuestro caso, su Cine se define como una carrera de fondo: no buscan tanto rellenar un estómago necesitante sino forjar una carrera indiscutible, más que eso, respetable.

Lo pensaba, claro, esta mañana en que mi sobremesa se sublimaba con las imágenes de una película de ideología detestable y apostura absorbente: El triunfo de la voluntad. Quizá Leni Riefensthal también se viera seducida por los poderosos encantos de los medios puestos a su disposición por un aparato ideológico al que debía defender y promocionar solemnemente. Supongo que con los años, mientras sus hojas y desconsuelos se esparcían por la sabana africana, la pobre Leni se hartaba de degustar, en su paladar octogenario, a qué sabe el desabrido presente de aquella que no quiso renunciar... cuando pudo.

Pero el tema iba de árboles y de metáforas, de acomodo y de ambiciones, de oportunidades perdidas y de carreras de fondo, de éxitos de un solo día y de fracasos continuados, de deseo encontrado y de anhelos perdidos, de bosques y de selvas, en definitiva, que dejan de serlo al abrigo de un cambio climático definido por la especulación y la codicia; precisamente hoy, ya veis, al que a uno le aprieta el comienzo de año y se siente, de repente, un híbrido desconcertante, mezcla de insecto y de planta, una especie kafkiana de árbol.

Pero para ser árbol, sea caduco o sempiterno, antes que nada hay que dejar de ser arbusto, qué digo arbusto, una semilla diseminada en este bosque impenetrable, a duras penas explorado, donde apenas a unos pocos osados... les llega el oxígeno.

3 comentarios

jose -

al carajo con ellos y todas las putas de aqui

Chufo -

Razón llevas con esos directores que viven de las rentas, eso se da mucho en el arte de todo tipo y en el deporte. Después de leer tu artículo ya no sé si soy polen, bonsay y mis hojas están plastificas. Qué jodido es esto de reflexionar en voz alta.