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El Cronicón Cinéfilo

El gran director

 

Lo siento, pero no quiero ser emperador. No es lo mío


Ayer ví El Gran Dictador y, sesenta y seis años después de su realización, sigue siendo una experiencia cinematográfica imprescindible, además de resultar asaz clarividente. Como los anteriores films de Chaplin, se mezcla la crítica social con situaciones fundamentadas en la comicidad. Pero no se queda ahí: lo dramáticamente cotidiano y lo puramente hilarante se dan la mano en una película dirigida por un creador que vivió cinco décadas por encima de la mayoría de la Opinión Pública.

Nuestra ciencia nos ha hecho cínicos; nuestra inteligencia, duros y faltos de sentimientos. Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía...


Si en Tiempos Modernos Chaplin alertaba a la humanidad del peligro de la tecnificación bruta, en El Gran Dictador hace lo propio con el creciente avance de las dictaduras en la génesis de un conflicto mundial que cambiaría para siempre el concepto de sociedad que hoy conocemos. Vista hoy día, El Gran Dictador es una película arriesgada, necesariamente propagandística y, por encima de todo, lírica. Algunas de sus secuencias siguen ostentando una cualificación artística sobresaliente. El mundo, de veras lo necesitaba.

La desgracia que nos ha caído encima no es más que el paso de la avaricia, la amargura de los hombres, que temen el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará, y los dictadores morirán, y el poder que arrebataron al pueblo volverá al pueblo. Y mientras los hombres mueren, la libertad no perecerá jamás


La sucesión de secuencias hilarantes, inspiradas en la comicidad del protagonista y en el talento de su puesta en escena, no esconden, sin embargo, una cierta sensación de desasosiego en tanto hemos podido comprobar lo acertadas que eran las predicciones esgrimidas por el cineasta.

Por tanto, en nombre de la democracia, empleemos ese poder, unámonos todos. Lucharemos por un mundo nuevo, por un mundo digno, que dará a los hombres la posibilidad de trabajar, que dará a la juventud un futuro y a los ancianos seguridad


El final rompe con el discurso cómico del film. El personaje que interpreta Chaplin se deshace del dictador que lleva dentro y también del barbero judío... En la pantalla sólo queda el director de cine y el actor, y en su boca un célebre discurso de unificación democrática... Fue el día en el que el Cine se puso al servicio de la humanidad... El mismo día que, en España, se comenzaba a construir la sombra de un dictador que prohibiría este film durante más de 36 años.

 

(Leer discurso completo)

 

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