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El Cronicón Cinéfilo

La Tierra de los Muertos Vivientes: Supervivencia y lucro

No es fácil encontrar tal grado de subversión en un producto de su naturaleza si bien este film, La Tierra de los Muertos Vivientes de George A. Romero,  se sabe incluso desde su misma gestación (que redunda su carácter independiente y su financiación múltiple), realizado al margen de la comercialidad,  no porque los buenos o los malos no queden claramente presentados, o su argumento no lo suficientemente explícito, o su pretensión última no sea el mero divertimento, o su fundamento no lo adquiera en la exhibición grotesca de sus efectos de maquillaje, sino por utilizar todo ese revoltijo de un modo tan crítico, casi apologista,  con una buena colección de axiomas graves e insurrectos personificadas en algún diálogo recurrente (casi siempre con el mediocre John Leguizamo de por medio), como si Romero quisiera aprovechar el envite para reivindicarse como un náufrago idealista en mitad de un mar embebido de tiburones y otras bestias depredadoras.

 

 

El otro mar, el del argumento, presenta a una sociedad impostada en una suerte de isla donde unos pocos sobreviven a costa de expoliar a quienes, muertos o vivos, se acumulan en rededor de un rascacielos prominente que se ilumina por la noche sustentado por el capital de aquellos que buscan bajo el auspicio del alcalde y fundador... la protección y sustento que sus modus vivendi necesita. Los tiburones, también los del argumento, lo parecen todos menos los Muertos. Y es que en esta nueva versión del mito, Romero no solo se va a encargar de revertir  la estructura clásica del asedio (esta vez los protagonistas se pasan buena parte de la película detrás de aquellos a los que combaten) sino también en utilizar a los cadáveres andantes únicamente como contexto marginal (aun terrorífico no deja de ser un adorno), de una historia social y dicotómica en la que los personajes se mueven en torno al interés crematístico, toda vez que cualquier otro ideal o pretensión (incluso el bienestar común) queda corrompido en un ecosistema, no lo he dicho, definido por la voracidad y la barbarie.

 

Con esta premisa, Romero da un golpe sobre la mesa para delimitar las constantes del subgénero que lo encumbró (y que terminó definitivamente por etiquetarlo y/o encasillarlo), ubicándolo de nuevo en el terreno de la parábola política del que nunca debió salir, sin prescindir de los arquetipos y de los tópicos propios del cine de género más convencional, con el objetivo de captar la atención de los espectadores menos comprometidos con las servidumbres de la incorrección. Pero es en la reconstrucción metafórica de esta sociedad que nos acoge, donde La Tierra de los Muertos Vivientes toma su sustancia: entonces no nos es difícil reconocer este ecosistema vertical que todavía conserva una asimilación —a todas luces anacrónica— entre el adinerado y el poderoso, entre aquellos que se sienten partícipes del bando de los privilegiados y aquellos que detentan el reinado al protegerlos.

 

A pesar de sus indudables virtudes metafóricas, Romero deja pasar la oportunidad de vindicarse como un autor incontestable, concibiendo soluciones narrativas atropelladas (justo al lado de otras sumamente brillantes como aquella que pone colofón al duelo de secundarios),  apostando por la confusión geográfica para compensar las carencias presupuestarias, mostrándose en exceso autocomplaciente en la utilización del humor negro (sin dejar de ser ocurrente en el diseño de algunas de las ejecuciones), construyendo personajes desposeídos de enjundia (para nuestra desgracia, Asia Argento),  subrayando, de continuo, los caracteres arquetípicos de todos los protagonistas (salvo el del muerto guía: Bid Daddy), mostrando una cierta desidia a la hora de componer un giro ocurrente capaz de dinamizar un entramado demasiadas veces previsible.

 

Pero todo eso nos importa lo mismo que a Romero, es decir, nada, en la cinta de la tetralogía en que menos distancia puede apreciarse entre zombies y hombres, y no porque aquéllos hayan aprendido a rearmarse o éstos hayan asimilado conductas bárbaras, sino porque a ambos les mueve un fundamento esencialmente superviviente, definido por el inequívoco instinto de la conversación, a la par que buscan su lugar en este nuevo mundo apocalíptico de la mejor manera que cada uno sabe: cazando, expoliando, conspirando, mandando, especulando, codiciando o devorando vísceras y cerebelos. Que es lo que suele ser hacer la industria de Hollywood en productos mucho más acomodados y prescindibles que esta idealista película de Romero.

 

Lo más destacado: la influencia perenne (e indiscutible) de Howard Hawks en la obra de esta cinéfila generación de la que también forma parte el bueno de George A. Romero (de hecho, esta cinta podría estar firmada, perfectamente, por John Carpenter: otro de los hawkasianos del cine contemporáneo).

 

Lo menos destacado: que el entramado explícito (no así el sucinto) no esté a la altura de todo lo demás.

 

Calificación: 7

3 comentarios

Iveldie -

Para mi toda una decepción, la esperé durante mucho tiempo, la vi con toda la ilusión del mundo y me llevúe un chasco tremendo, tan siquiera la apruebo, prefiero las 3 continuaciones oficiosas, return of the living dead 1, 2y 3, por lo menos son entretenidas y divertidas las dos primeras, Mortal Zombie es junto a Dellamorte Dellamore una de las únicas pelis de zombis románticas que he visto.

Saludos!

John Trent -

No es la gran pelicula que muchos esperabamos, pero entretiene y es una cuarta parte decente, sin mucho que aportar pero decente, al fin y al cabo.

El problema pudo venir, mas bien, de las altas expectativas con las que se tenia que enfrentar.

Aun asi, hay que decir que, en esta ocasion, el terror y la atmosfera inquietante, pausada y sigilosa, deja paso a un ritmo mas frenetico y a la plena action movie, al gore digital y a los seudo happy end, algo totalmente anarquico a la obra de Romero. ¿Sera solo aparentemente?.

Alvy Singer -

Es una cinta muy valiente y subversiva, netamente carpen-hawksiana y una demostración de clasicismo bien entendido.