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El Cronicón Cinéfilo

Miyazaki: Viento fresco proveniente de Oriente (I)

Miyazaki: Viento fresco proveniente de Oriente

© J.P. Bango

 

“Si en una película de animación te encuentras unos cielos azules abrumadores, unos mares infinitos, unos curiosos trastos voladores, mucha magia y fantasía y personajes femeninos de fuerte carisma, con una increíble banda sonora de Joe Hisaishi ... es que estás ante un Festival Miyazaki.”

No lo digo yo sino nuestro amigo Miguel Mulero , y tiene toda la razón.  El cine de Miyazaki es previsible como también lo era el de Hitchcock: los personajes, entornos, paisajes, situaciones dramáticas e incluso objetos, aparecen una y otra vez en toda su filmografía, incluso regresan con su misma forma en otras cintas posteriores, contribuyendo a crear un supramundo recurrente, la mayoría de las veces definido por aristas cristalinas y reconocibles como, por ejemplo, la nobleza que portan sus protagonistas o su estética cuidada y subyugante.   

“Miyazaki consigue imprimir un clima emocional, un ambiente estético o lo que es lo mismo, una atmósfera sublime y extraordinariamente poderosa y bella a través de sus puestas en escena. Dicha atmósfera (...) va a conducirnos (...) hacia una preparación psicológica adecuada y una actitud abierta a la comprensión del film, quedando claro y sin confusión, sin que haga frenar el ritmo narrativo y el entendimiento del espectador”. (1)

Esta circunstancia va a tomar su naturaleza del profundo respeto que el cineasta tiene de aquel que le da de comer. Y es el propio espectador, naturalmente, quien más lo agradece, ya sea niño, adolescente, adulto o anciano. Porque todo espectador encuentra en el cine de Miyazaki un lugar al que volver, un personaje con el que sentirse cómplice, un objetivo idealizado que compartir... Cualquiera de estas excusas servirá para fundar las bases de su identificación. Cualquier propósito que ambicionen los personajes, entonces,  mantendrá atrapado al espectador, creando una suerte de montaña rusa emocional que hará las delicias de todos y de cada uno.

Miyazaki rebela su genuina condición de autor en la urdimbre que sostiene todos sus relatos. Y como autor va a construir su obra, más o menos difundida, más o menos ambiciosa, sabiéndose poseedor en sus entramados de una etiqueta identificable capaz de arrastrar a una comuna de entusiastas seguidores, solo algunos de ellos cinéfilos. Sin embargo, el análisis de su obra sobrepasa cualquier delimitación preconcebida cuando comprobamos su alcance eminentemente universal. Y es que el cineasta japonés no trata de satisfacer los estómagos ávidos de imaginación de una comuna de otakus o de otros seguidores del anime nipón, sino de llegar a las entrañas cinéfilas del aficionado más crítico al tiempo que intensifica su expansión hacia Occidente.

No distinguiremos pues, en este análisis,  entre la plaqueta y la paleta de colores, y sí la existencia de un estilo: propio, singular, reconocible. Porque el Cine no entiende de moldes ni de formatos sino de historias que llegan a la médula siguiendo las reglas de narración clásicas, haya o no actores de carne y hueso de por medio. Y eso es lo que lleva haciendo Miyazaki durante años. Películas. Películas que, por ejemplo, incluso se atreven a arrebatar premios a otras, de carne y hueso y también de autor, como El Viaje de Chihiro.

El éxito de El Viaje de Chihiro despertó el interés de la comunidad cinéfila por una filmografía cuyas bondades solo unos pocos habían querido anticipar. Pero antes de El Viaje de Chihiro hubo La Princesa Mononoke, y antes de ésta, Porco Rosso, Nicky, o Mi Vecino Totoro. Incluso antes de esta pequeña obra maestra costumbrista, hubo El Castillo en el Cielo y Nausicaa del Valle del Viento, como pasos confirmadores de un talento también contenido en su ópera prima, obra fundacional e indispensable: Lupin III. El Castillo de Cagliostro.

Y de todas ellas, así como de los capítulos para la televisión que escribió y dirigió, así como las películas que escribe y supervisa para sus estudios Ghibli, puede extraerse una conclusión singular: que estamos en presencia de una de las personalidades más apabullantes y singulares del Séptimo Arte.

Si alguien duda de lo que digo, debería dar un repaso somero a su filmografía. Yo mismo acabo de hacerlo. Podéis creerme que hoy soy mejor persona que ayer. También esto es obra de Hayao Miyazaki.

 

***

(1) "Los Lenguajes del Código Animado"de María del Pilar Yébenes Cortés

1 comentario

dud. -

he encontrado resabios deleuzianos en el viaje de chihiro...